Sociedad

Pobres, gordos y malnutridos

¿Fruta? Apenas comen bananas. ¿Verdura? Cebolla si está cortadita en un guiso. ¿Carne? No, porque se atragantan y sólo aceptan salchichas. Carina Ramírez dice que sus hijos “son raros”. Consumen nada más que pan, fideos, golosinas… por eso están cuadrados (gordos)”, concluye.

Carina es madre de cinco niños menores de 13 años. Recolecta ropa usada y la vende en Buenos Aires. Su ex marido percibe un seguro de desempleo que destina, en parte, a comprar alimentos. Para ella, la harina y la leche son fundamentales. “Si me falta leche me vuelvo loca, porque la toman a todas horas“, afirma.

Ramírez añade que sus hijos no comen casi ninguna fruta ni verduras o carnes magras, que reconoce son alimentos más nutritivos y menos calóricos. Cree que esto ocurre porque sus niños “son raros”. Pero para los expertos, el fenómeno en general se explica por la falta de acceso familiar a una dieta rica, variada y equilibrada.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que la obesidad y las enfermedades crónicas asociadas con ella, como la diabetes tipo II, hipertensión arterial, enfermedades coronarias, algunos cánceres y la osteoporosis aumentan con rapidez en la región y afectan predominantemente a los más pobres.

La doctora Cecilia Albala, del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Chile, comentó que, entre todos los factores de riesgo de las dolencias crónicas, “la obesidad es la que más aumentó en la región, y es hoy la principal enfermedad nutricional en países latinoamericanos”. La obesidad y la malnutrición eran “problemas que tradicionalmente se consideraban extremos opuestos, pero ahora son ubicados como diferentes formas de desnutrición”, explicó. Albala señaló que hay “inadecuada nutrición prenatal, posnatal e infantil”, seguida por “exposición a dietas ricas en grasas, de alta densidad energética y pobre en micronutrientes”.

La OPS ubica este asunto como un nuevo reto para la salud pública en América Latina y el Caribe, donde 53 millones de sus 561 millones de habitantes son obesos, según afirma. También señala que los precios de los alimentos se vinculan con el mayor consumo de productos ricos en grasas saturadas, azúcares y sal, así como reducidos en micronutrientes. El problema no es de disponibilidad sino de acceso a los alimentos, puntualizó la antropóloga argentina Patricia Aguirre, autora de los trabajos titulados “Ricos flacos y gordos pobres” (2004) y “Estrategias de consumo: Qué comen los argentinos que comen” (2005).

“En sociedades de mercado, la seguridad alimentaria no depende de la disponibilidad sino del poder de compra”, explicó Aguirre. “Los alimentos se eligen por precio” y los energéticos son más baratos que los nutrientes, observó. Por eso, el problema de desnutrición típica, que se refleja en niños y niñas con “piel y hueso”, va dejando paso a la obesidad y la malnutrición, alertó.

El nutricionista argentino Sergio Britos coincide. “Todavía se cree que el niño sano es ‘gordito’ y el que conmueve es el de bajo peso, pero en realidad los dos pueden estar mal nutridos si la dieta a la que acceden tiene exceso de hidratos de carbono, grasas y azúcares y un gran déficit de micronutrientes”, explicó. “La alimentación de los más pobres no necesariamente es escasa en cantidad, pero es mala en calidad”, añadió Britos, de la Escuela de Nutrición de la estatal Universidad de Buenos Aires.

Precisó que la última Encuesta Nacional de Nutrición en Argentina refleja esas tendencias. Con bajo peso aparecen 3,8 por ciento de los niños y niñas de entre seis meses y cinco años que fueron estudiados y son obesos 6,6 por ciento de ellos. Asimismo, se registra un déficit de nutrientes, al punto de que en 16 por ciento de estos niños aparece la anemia. En el caso de embarazadas, esa carencia llega a 30,5 por ciento.

Si se toma América Latina y el Caribe en su totalidad, la OPS señala que la anemia afecta a 16 millones de menores de cinco años y a 32 millones en la franja de cinco a 14 años. En tanto que las embarazadas con bajos niveles de hierro suman cinco millones. Hay además carencias de yodo y vitaminas A y B12, que llevan a enfermedades crónicas. “Los obesos pobres tapan su malnutrición con papas y fideos”, aporta Aguirre.

“Son las nuevas formas del hambre. Los pobres no comen lo que quieren ni lo que saben sino lo que pueden” y, entre sus posibilidades, rara vez está la de consumir carnes magras, lácteos en cantidad, frutas o verduras, añadió. “En la canasta de los pobres comprobamos la importancia que tiene el precio a la hora de elegir alimentos”, indicó. Abundan fideos y carnes grasas y casi no hay frutas y verduras, caras y poco rendidoras. Son las estrategias que desarrollan las familias para comer, dice.

Hace 30 años, ricos y pobres comían parecido, pero desde entonces se abrió una brecha. Familias con mejores recursos acceden a 250 alimentos, mientras que entre los pobres la compra se restringió a 22 productos. “Son dietas pobres en calcio, hierro, vitaminas y minerales”, aseguró. Ese desequilibrio se refleja en cuerpos “más gruesos y bajos. No es desnutrición aguda típica sino desnutrición crónica con obesidad”, identificó.

“En América Latina, la obesidad se da en grupos con menor nivel socio económico, fuertemente asociados a los ingresos bajos“, y es mucho más frecuente todavía entre mujeres pobres, puntualizó.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie