Sociedad

Recuperar por un día el espíritu del 68 mexicano

Jóvenes y no tan jóvenes volvieron a marchar como cada dos de octubre para conmemorar la Masacre de Tlatelolco

A 42 años de la matanza que desbarató el movimiento estudiantil del 68 se mantienen las mismas reivindicaciones

Este sábado se volvió a escuchar en las calles del centro de la ciudad de México miles de voces al unísono gritando: “2 de octubre no se olvida”, en conmemoración a la masacre de Tlatelolco, el dos de octubre de 1968, cuando el ejército y paramilitares dispararon con alevosía a un mítin de estudiantes que llevaban más de dos meses movilizados para exigir democracia a un régimen de partido único, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que ya había olvidado los preceptos de la Revolución Mexicana que 40 años antes lo había puesto en el poder. El desenlace es conocido: cientos de muertos, lesionados, detenidos y desaparecidos; un grupo paramilitar con guante blanco en una mano -el Batallón Olimpia-, que quedó en la impunidad y el principio del fin del movimiento estudiantil.  Ahora, 42 años después, se sigue conmemorando la derrota de esos estudiantes que fueron el parteaguas de la inacabada transición hacia la democracia.

Miles de estudiantes estaban reunidos en un mítin pacífico el 2 de octubre de 1968 cuando dos bengalas marcaron el inicio del tiroteo que dió lugar a la masacre: centenares de muertos, detenidos y desaparecidos. AP Photo

El 68 fue el año de las movilizaciones estudiantiles. Bajo el paraguas de la condena a la invasión americana de Vietnam, jóvenes de todo el mundo protagonizaron protestas transformadoras. Las más famosas, París, Estados Unidos y México. En este último país miles de estudiantes se aunaron en toda la nación bajo la bandera antirepresiva. La chispa fue la represión policial de una pelea entre dos institutos del centro de la ciudad, pero en el transfondo había mucho más. Por un lado estaba el descontento con un gobierno y una policía corrupta, que hacía de la administración de la violencia, su arma para acallar la disidencia. Por otro, los avances de la reciente revolución cubana, que en ese entonces se erigía aún como un modelo de justicia social renovador y desligado de los tentáculos estadounidenses que cada vez más se esparcían por México y América Latina. Y en este sentido, en la república azteca la Universidad era prácticamente el único ágora que se escapaba al control príista. En las fábricas y las comunidades, los sindicatos blancos, charros, dominaban cualquier intento de organización social, y cuando no lo hacían como en el caso del movimiento ferrocarrilero de 1959, los trabajadores eran duramente reprimidos y encarcelados.

El ejército entró a los edificios aledeaños donde los jóvenes se resguardaban de las balas y detuvo a cualquiera con pinta de estudiante. AP Photo

“El 68 es la culminación de muchos procesos que venían dándose, las demandas laborales de los ferrocarrileros, del magisterio, de los médicos, la huelga estudiantil de la Universidad de Michoacán, y los principios de las guerrillas mexicanas”, explica el responsable del Observatorio de Movimientos Sociales de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Héctor Jiménez.

En este contexto, la organización de los estudiantes que paralizaron la universidad durante cuatro meses, fue una sorpresa. Aunque bebieron de los movimientos contestatarios que ya se venían dando en la última década, nadie anticipaba su capacidad de movilización, su profundidad y su amplitud.

Se agruparon bajo un pliego petitorio de 6 puntos que exigía al gobierno el fin de la represión (libertad de los presos políticos, derogación de los artículos del código penal que establecían el delito de disolución social, destitución de los jefes de policía del Distrito Federal, deslindamiento de responsabilidades de las autoridades represivas e indemnización a las familias de las víctimas), pero su radicalidad residió en plantear estas demandas como base de un “diálogo público”, que contrastó con el secreto y las medias palabras a las que estaban acostumbradas las autoridades.

“La bandera era el alto a la represión, pero íbamos mucho más allá, éramos un movimiento revolucionario, no defendíamos el voto, ni los partidos políticos, era libertario, queríamos un nuevo orden social y mundial, desde el internacionalismo, el antiimperialismo, y la soberanía del pueblo”, explica Marcelino Perelló, uno de los líderes del 68 mexicano, curiosamente hijo de exiliados catalanes y catalán por convicción.

Él junto a miles de estudiantes tenían asambleas diarias, donde practicaban la democracia directa. Dieron un grito de libertad, durante 131 días, las calles fueron tomadas por centenares de miles de personas que proclamaban sus ilusiones y gritaban su rencor. En un momento donde el gobierno tenía el control absoluto de los medios y el monopolio exclusivo de la violencia, los estudiantes le ventilaron sus trapos sucios, consiguiendo el apoyo de muchos otros sectores sociales.

“Los estudiantes sacudieron un concepto de libertad que a los obreros les era familiar desde sus fábricas, a la clase media,…

Miles de personas salen a la calle cada dos de octubre para recordar la masacre y exigir justicia. M.S.

Sí hubo una vinculación de parte de la sociedad con el movimiento, sobretodo por la violencia atroz que sufrieron. Aunque mucha gente simpatizó desde el armario, por temor”, detalla Jiménez.

Con nuevos modos, la juventud cuestionó el régimen de partido único. Su lucha contra la represión gubernamental cuestionaba el poder desde abajo. Ahora, en 2010 siguen reivindicándola.

“Lo que pasó el 2 de octubre debe estar siempre presente en la sociedad y reinvindicamos esa lucha porque seguimos con las mismas problemáticas que en el 68, o más graves. Esta es una marcha de recuerdo y a la vez es una marcha combativa, por una mejoría de la educación, y contra las injusticias”, explica en la manifestación Carlos Orozco, un estudiante de 18 años, que asiste al Bachillerato CCH Vallejo de la UNAM, justamente uno de los centros educativos que nacieron del movimiento del 68.

Y es que aunque el gobierno acabó aplastando el movimiento del 68, no pudo frenar las fuerzas que siguieron carcomiéndolo. El 68 abrió una brecha, la experiencia de esos jóvenes greñudos y con minifalda, que repartían volantes por doquier y aguantaban asambleas diarias maratónicas, convirtió por primera vez a los estudiantes en un actor político de la sociedad y  se tradujo en procesos de democratización fuera del pensamiento oficial.

“A partir del 26 de julio todo cambió,… yo no soy el mismo, todos somos otros. Hay un México antes del movimiento estudiantil y otro después de 1968. Tlatelolco es la escisión entre los dos Méxicos”, relata uno de los jóvenes que participó en el movimiento en el libro La noche de Tlatelolco, un recopilatorio de testimonios hecho por la escritora Elena Poniatowska.

Por un lado se mantiene el México de la vieja guardia príista, el desfasado y ridículo que sigue dirigiendo el país como padre autoritario y con su familia. Del nuevo, surgieron nuevas formas y nuevos discursos. Se crearon universidades, se lanzaron medios de comunicación independientes, otros conformaron la oposición política partidaria, algunos salieron de la capital a pregonar las nuevas ideas en los estados y unos cuantos apostaron por la vía armada. La dictadura encubierta quedó herida de muerte.

El 2 de octubre fue la culminación de la represión abierta contra los estudiantes. Ahora, aunque se reprimen marchas, no se concibiria un ensañamiento tal. AP Photo.

“Se deslegitimó el poder, el gobierno se retrató en su doble discurso, y sin proponérnoslo, resquebrajamos el sistema de partido único. El primer PRD surge en parte de ahí. Luego en el 1994, la fuerza del alzamiento zapatista reside en la vuelta al espíritu del 68, el EZLN vuelve a decir que estos güeyes (el gobierno) no son nadie, no valen nada”, analiza Perelló.

Poniatowska, asegura hoy en día, que el 68 fue “la punta de flecha”. Se desencadenó una revolución cultural y a favor de los derechos humanos. La represión se redujo y se crearon espacios para ejercer libertades básicas, pero buena parte de las aspiraciones de esos jóvenes que ahora ya tienen 60 años, siguen sin cumplirse, como sigue sin saberse la verdad de quién y porqué ordenó la matanza.

Mientras continúe la impunidad, y no se satisfagan las ansias de justicia social seguirán saliendo a la calle cada 2 de octubre. A modo de lamento colectivo.

“El 2 de octubre fue el momento crítico en que el gobierno de México perdió la máscara democrática y quedó al desnuda su vocación autoritaria y represiva. 42 años después, ni se ha hecho justicia, ni se han resuelto los problemas si no que se han agregado nuevos agravios, nuevas formas de opresión y ahogo económico de la población”, asevera Félix Hernández, miembro del Consejo Nacional de Huelga y uno de los centenares de detenidos en aquel primer 2 de octubre, que le costó dos años y siete meses en prisión. Ahora sigue saliendo a las marchas. Este sábado, además de refrendarse los reclamos históricos y asuntos pendientes, el Comité del 68, del que forma parte Hernánez, demanda educación y empleo, el cese la de la guerra contra que el narcotrafico, que en la práctica tiene militarizado al país, y el fin de la violencia contra migrantes indocumentados.

Si la masacre de Tlatelolco dejó una herida aún sin cicatrizar, el país vuelve a sangrar.  La guerra contra el narcotráfico emprendida por Calderón ha evidenciado el desafío del crimen organizado para el estado y al progreso social, provocando una media de 46 muertos diarios entre junio y agosto de este año, según los últimos informes revelados por el portavoz de Seguridad, Alejandro Poiré. Tlatelolco y el narco han unido a los mexicanos en el dolor por los muertos inocentes y en la indignación por la impunidad que disfrutan los autores de tantas muertes.

Las demandas del 68 siguen vivas y presentes en las nuevas generaciones mexicanas. M.S.

“Hoy el gobierno es igual de represivo que entonces, sólo que contra nuevos actores que antes no estaban mobilizados: campesinos, indígenas,… Y con la guerra contra el narco han instaurado una política represiva, invierten en policías en lugar de invertir en maestros, invierten en cuarteles en lugar de invertir en escuelas”, declara Félix Hernández, quién apuesta además por la justicia sobre el 68 como paso para acabar la impunidad. “Castigar a Luis Echevarría (Ministro de interior entre 1964 y 1970 y posteriormente Presidente) sería un paso muy grande en la construcción de una nueva moral en este país, un alto a la impunidad que se ha venido repitiendo”, agrega.

Así pues, 42 años después del 68 México sigue esperando que la democracia funcione y que los gobiernos respeten sus intereses. Mientras no sea así, cada dos de octubre miles de personas seguirán marchando en una suerte de ritual catártico contra las injusticias del pasado y del presente.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie