Sociedad

La famosa muerte de un niño desconocido

Hami Najafi murió en un atentado en Atenas hace menos de un mes

Su padre, profesor, tuvo que huir de Afganistán por dar clase a niñas

Llevamos buscando su nombre tres semanas. No es que sea una persona cualquiera. Su muerte ha aparecido en casi todos los medios de comunicación del mundo, al menos una vez. Pero de su nombre ni rastro.

En inglés, en francés, en español, en ruso. Todo el mundo habla de la muerte pero casi nadie habla del muerto. Y el muerto tenía 15 años y se llamaba Hamidullah Najafi y su familia había salido de Afganistán huyendo de los talibanes. Qué retorcida es la vida, que llevó a ‘Hami’ a la muerte en un atentado pero no en Kabul sino en Atenas. Una bomba que la gente pensó al principio que él mismo había colocado. Como es afgano y tal…

Acudimos a la prensa griega. Tampoco hay muchos detalles sobre la identidad y la vida de este chaval, más allá de que iba con su madre y con su hermana y que creyó estar recogiendo un reloj del contenedor de basura cuando lo que realmente tenía en la mano era un temporizador. Detalles contados por la policía el mismo día de la explosión y poco más.

Hasta que llegamos, en una esquinita de Internet, a Afrodita Al Saleh, una chica que dedica su vida a aquellas personas que viven en Grecia sin papeles. Afrodita nos cuenta la historia de una familia afgana que llegó a Grecia en septiembre de 2009. Una historia, nos dice Afrodita por e-mail, “que ha pasado desapercibida porque aquí está todo el mundo concentrado en hablar de la crisis y nada más”. Y nos da pistas y referencias en algunos medios griegos para poder reconstruir algo de la vida de una muerte famosa.

Un grupo de refugiados afganos recuerda a Hami frente al parlamento de Grecia (A. Al Saleh)

El profesor Najafi

El padre de Hami, Mohamed Najafi, pertenecía a una familia burguesa del Afganistán de los años 90. Vivían en una ciudad al sudeste de Kabul, donde regentaba junto a su hermano una escuela que había abierto su padre, el abuelo de Hami. Irrumpió el auge talibán, que expulsó a las mujeres del sistema educativo. El profesor Mohamed Najafi resistió y mantuvo sus aulas abiertas a las niñas. Su hermano, socio y cómplice, fue entonces asesinado. Mohamed decidió que era el momento de huir.

Comenzó la diáspora de los Najafi. Unos a Pakistán, otros a Australia, otros a Noruega. La acomodada posición económica familiar fue agotándose en las manos de las mafias que te abren las fronteras. Hami llegó a Irán con su padre, su madre Zahara y su hermana pequeña Fershte, desde donde Mohamed siguió incomodando a los talibán enviando libros clandestinamente a su país. No era un lugar seguro, tampoco éste, y tuvieron que vender lo que les quedaba para poder dar el salto definitivo a Europa. Se unen al viaje otro hermano de Hami, ya adulto, y su mujer embarazada. Primero a Turquía y, desde ahí, a Grecia.

Quería que mis hijos vivieran en un país cuya cultura admiro. Dejamos atrás las bombas creyendo que íbamos a estar seguros en Atenas, donde aguardaba la muerte Mohamed Najafi

Llegaron hace siete meses a las costas griegas de Mitilene. Su barca no corrió la misma suerte que la de un grupo de compatriotas afganos que un mes después chocó con las rocas cuando ya llegaban a su destino, también desde Turquía. De las 19 personas que iban a bordo, murieron ocho. Cuatro de ellos eran niños.

Mitilene está en la isla de Lesbos, escenario de uno de los infiernos de la inmigración más espeluznantes que ha cobijado Europa, como contamos en periodismohumano precisamente en el mes de septiembre. La familia Najafi fue detenida por inmigración ilegal y hacinados en el centro de internamiento de Pagani.

Hami llegó al centro de Pagani cuando éste daba sus últimos y terribles coletazos. Este vídeo está grabado apenas unas semanas antes de que Hami y su familia fueran recluídos allí:

Imagen de previsualización de YouTube

Se trata de una de las celdas colectivas del centro de internamiento de inmigrantes de Pagani. Hasta que la plataforma Noborders Lesbos consiguió con el apoyo internacional cerrar Pagani, más de novecientas personas, procedentes de Oriente Próximo, el noreste africano y de Europa del Este, estuvieron meses encarcelados, los padres separados de sus mujeres e hijos, sin poder comunicarse con ellos o saber si simplemente seguían allí. Una jaula de 200 metros cuadrados, con las letrinas en el interior, con literas de tres y cuatro camas de altura y colchones tirados por el suelo. Hombres y niños desesperados. Tras una huelga de hambre protagonizada por los propios niños del centro, las instalaciones fueron calificadas por el nuevo gobierno griego como un “inhumano campo de concentración” y fue cerrado en noviembre de 2009.

Hami y su familia permanecieron tres semanas en Pagani y fueron liberados. Su pasado en Afganistán les daba argumentos para recibir asilo político, pero solo consiguieron que los dejaran en la calle como inmigrantes ilegales.

Seis meses después, la noche del 28 de marzo de 2010, Hami paseaba con su madre y su hermana Fershte (significa Ángel en farsi) por las calles de un barrio ateniense. Iban de vuelta a casa, echando un ojo en los contenedores de basura por si encontraban algo de valor. Así era su nueva vida en Atenas, donde por fin habían conseguido llegar. Hami incluso estaba yendo a la escuela. Querían ahorrar lo suficiente para poder irse a Suecia y de ahí a Noruega, donde estaba parte de la familia que una vez vivió unida en Afganistán.

Al pasar frente al edificio de la asociación nacional de empresarios, a Fershte le llamó la atención entre la basura una bolsa. En su interior había algo brillante. Hay que imaginar la escena de la hermana pequeña y el hermano mayor disputándose el hallazgo de la noche. Es mío, no, es mío. No, mío. Hami le quitó a Fershte el reloj y, en ese instante, le estaba salvando la vida a su hermana sin saberlo.

Horas después, entrada la noche, el profesor Mohamed llegaba a su casa y se asustó al verla rodeada de policía. Él no pudo pensar en otra tragedia: habían venido a deternerle por ser un inmigrante sin papeles. Huyó del lugar y se escondió hasta el día siguiente. Apareció cuando alguien le dijo que su hija había perdido la vista y que su mujer y él habían perdido un hijo.

La muerte estaba en todas las noticias.

Fershte, Zahara y Mohamed Najafi en un hospital de Atenas, después del atentado (Tea nea)

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie