lafoto

Francia no quiere a la niña Alicia

Vive con su familia a orillas del río Ródano, en una fábrica abandonada de la localidad francesa de Arlés

Sólo tiene ocho años, pero ya ha vivido cuatro expulsiones violentas que recuerda como indeseables fotogramas en blanco y negro.

Mañana está previsto el desahucio de ella y su familia del inmueble y hoy se han presentado más de 1000 firmas de vecinos pidiendo su suspensión.

Alicia (Jordi Oliver)

Actualización 5 de Julio de 2013

La presión de sus vecinos ha conseguido aplazar por dos meses el desahucio de la niña Alicia.

________________________________________

2 de Julio 2013. Alicia empieza a estar cansada de rodar de aquí para allá. A veces tiene delirios de princesa, unos días más que otros. Mira inquisitivamente con unos ojos negros que reflejan el principio de todas las cosas. Puede pasar horas bailando descalza, sin parar, sobre todo si lleva puesto su vestido favorito: un traje de flamenca que le trajeron de España. Vive con su familia a orillas del río Ródano, en una fábrica abandonada de la localidad francesa de Arlés. Sólo tiene ocho años, pero ya ha vivido cuatro expulsiones violentas que recuerda como indeseables fotogramas en blanco y negro. “Estaba durmiendo. Hacía frío. De repente, escuché un estallido y la puerta se abrió de golpe. Gritos. Dos gendarmes. Uno de los gendarmes puso un arma en mi cabeza. Hicieron lo mismo con mi madre, que sostenía en brazos a mi hermano de 2 años. ¡Afuera! Más gritos. Ni siquiera pudimos recoger nuestras cosas. Estábamos en la calle. Hacía mucho frío”. Alicia plasmó algunos episodios de las expulsiones en una carta que redactó en perfecto francés para su amiga Esmeralda Romanez, una activista de reconocimiento internacional comprometida con los derechos de las mujeres gitanas.

El dueño de la propiedad ocupada por la familia de Alicia quiere vender el terreno a una promotora que construirá un edificio de apartamentos privados. Tienen día y hora para abandonar el emplazamiento que durante 18 meses ha sido su hogar. Hace seis años que Florin y Rodica llegaron de Rumanía. La familia ha crecido, ahora tienen siete niños: Sorin, Ionut, Luis, Alicia, Samuel y Adam, con edades entre los 14 y 5 años. Gabriel, el más pequeño de la prole, acaba de cumplir dos meses. Los niños están escolarizados y dominan el idioma del país galo, apenas hablan romaní.

La mayoría de los gitanos que emigran a Francia son de origen rumano y búlgaro. La adhesión de Bulgaria y Rumanía a la Unión Europea, en enero del 2007, favoreció la emigración de cientos de familias gitanas, que confiando en mejorar sus precarias condiciones de vida decidieron abandonar sus países para establecerse en asentamientos repartidos por diferentes puntos del territorio francés.

Uno de los hermanos de Alicia (J. O.)

Durante su mandato, Nicolas Sarkozy sugirió que los gobiernos de Bulgaria y Rumania debían asumir la responsabilidad de mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos para evitar que emigraran a Francia. En el verano del 2010, el expresidente francés anunció un programa de expulsiones masivas que incluía a “todos los nacionales de Europa oriental en situación irregular”. Alrededor de 700 gitanos de origen búlgaro y rumano fueron devueltos a sus países. Los incidentes violentos que se produjeron en Saint Aignan son señalados como la causa de estas medidas. La muerte de un joven gitano de 22 años a manos de la policía desembocó en una serie de disturbios callejeros que el gobierno calificó como un peligro para la seguridad del país. Ante las críticas de diferentes sectores que calificaron este plan como “un ataque xenófobo disfrazado”, el Ministro del Interior puntualizó: “No se trata de estigmatizar a una comunidad, sino de hacer respetar la ley”. Las expulsiones en masa fueron condenadas por el Consejo Europeo en un tenso debate en el que se recapituló el derecho que tienen los ciudadanos de la UE a moverse libremente por los estados miembros y a no ser discriminados por motivos étnicos. Miles de franceses expresaron su desacuerdo con las nuevas políticas de extranjería, participando en manifestaciones de protesta que se extendieron a otras ciudades europeas y que contaron con el apoyo de varias asociaciones defensoras de los derechos humanos.

A pesar de la diferencia de edad — más de cinco décadas — entre Esmeralda y Alicia se ha forjado una amistad legítima. Esmeralda también vive en Arlés, sigue de cerca los pasos de la niña y está convencida de que Alicia romperá con el prototipo de la mujer gitana: “Ella logrará grandes cosas, es el futuro. Tendrá aspiraciones propias y querrá explorar el mundo que hay fuera de las paredes de su casa. Es una niña muy lista, si un día se casa será con el hombre que ella elija. Será una mujer independiente y luchadora. Será lo que ella quiera ser”. A veces van juntas al supermercado, Esmeralda con su imponente presencia de matrona protectora y Alicia con su risa de cascabel y su ligereza de pluma. La niña no para de parlotear de mil cosas. Empieza a compartir sus impresiones sobre algo que ve. Se fija en todo. Cambia de tercio y vuelve a hablar de cosas suyas. Lleva en sus pies una urgencia que solo se sosiega cuando baila y posee una chispa enigmática que conquista con facilidad. Alicia serpentea los pasillos del supermercado con un dominio que no deja de sorprender a Esmeralda. Sabe dónde encontrar los productos que compra su madre y conoce de memoria los precios que están al alcance del presupuesto familiar. La madre cuida de los niños, de su marido y de la casa. El padre se gana la vida tocando en la calle. A veces lo contratan para actuar en un bar o para dar clases particulares de acordeón a extranjeros y a niños. Fantasea con la idea de trabajar para los servicios de limpieza del ayuntamiento pero sabe que sus posibilidades para acceder a este empleo son mínimas. Mientras caminan por el supermercado, Esmeralda y Alicia perciben que toda la atención del personal de seguridad se concentra sobre ellas. Alicia ríe divertida. Sus hermanos viven atemorizados, sienten pánico cuando escuchan el sonido de un coche o cuando ven a los gendarmes merodeando por el barrio. Intuyen que algo malo puede pasar y corren a esconderse. Alicia reacciona con rebeldía, se muestra desafiante, es valiente y contestataria, pero hay una cosa que no entiende, y se lo pregunta a Esmeralda, a sus padres, se lo pregunta a sí misma: ¿Por qué no nos quieren?

En su discurso de campaña, el presidente francés François Hollande mostraba una postura más integradora que la adoptada por el gobierno de Nicolás Sarkozy. Durante su mandato se siguen llevando a cabo expulsiones y desmantelamientos de campamentos gitanos. El actual Ministro del Interior, Manuel Valls, ha señalado que las razones de estas expulsiones se avalan en que “muchos campamentos ilegales ofrecen graves problemas de seguridad e higiene”. Y, aunque aclara que su política de inmigración es totalmente distinta a la aplicada por el anterior gobierno, sentencia que: “un gobierno de izquierdas no puede permanecer pasivo ni permitir eso”.

En agosto del 2012, el Ministerio del Interior derribó decenas de asentamientos gitanos y cientos de familias de origen búlgaro y rumano se quedaron sin hogar y fueron deportados a sus países. “Entiendo que haya gente que quiera que demos a todo el mundo una vivienda digna y una plaza escolar. Pero eso no es posible, también porque muchos de ellos no quieren. Pero no hacer eso no es xenofobia ni racismo. ¡Somos lo contrario de la xenofobia! Queremos integrar a los roma y no asociamos inmigración y delincuencia como hacía el anterior gobierno”, subrayó el Ministro Valls.

Tanto el gobierno actual como el anterior justifican sus políticas de inmigración y ambos niegan que sus medidas sean de naturaleza racista y xenófoba. Coinciden en que el objetivo de las expulsiones y los desmantelamientos de campamentos gitanos no es otro que garantizar la seguridad del país y sus ciudadanos.

Esmeralda Romanez no deja de expresar su indignación en las redes sociales: “Otra vez, Rodica, Florin y sus siete hijos están amenazados con la expulsión, y eso es intolerable. Las falsas promesas del alcalde de Arlés ponen en peligro a una familia que ha encontrado su camino aquí. Sus hijos están matriculados en la escuela y son especialmente apreciados. Rodica y Florin tienen el derecho de criar a sus hijos, de beneficiarse de una vivienda social y de romper con los años de vagancia y precariedad. El anuncio de su desalojo es una vergüenza para los vecinos de Arlés”. La activista ha iniciado una recolección de firmas con las que se propone aunar fuerzas para impedir el desalojo, y anunció que si la expulsión se hace efectiva en la fecha fijada no dudará en iniciar una huelga de hambre.

El próximo 4 de julio Alicia y su familia deberán abandonar la antigua fábrica en la que viven, de lo contrario serán expulsados por quinta vez. Hasta ahora no han recibido ninguna propuesta de reubicación. Puede ser que se repita la historia, que tengan que salir de madrugada con lo puesto y que no les quedé otra opción que emprender la búsqueda de un lugar que los cobije. Puede ser que, una vez más, aquello que garantiza la seguridad de unos se convierta en el desasosiego de otros. Alicia ha tenido la oportunidad de aprender el significado de la palabra libertad en el idioma francés. El director de cine francoargelino de ascendencia gitana, Tony Gatlif, asegura que no existe ninguna palabra en la lengua gitana para nombrar este estado. Dice que los gitanos no emplean esta palabra porque lo de ser libres les viene dado, son libres de por sí.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie