En conflicto

Un día en Mogadiscio

Somalia no ha tenido un Estado efectivo desde 1991, cuando el dictador Siad Barré fue derrocado.

Sólo desde 2007, la ONU estima que cerca de 20.000 personas han muerto

Son las 8 de la mañana y Nancy y Amina esperan en la consulta médica a que empiecen a entrar los pacientes. Aunque limpia y ordenada, la sala tiene un aspecto pobre y se echa en falta el típico olor a desinfectante de los centros médicos. A pesar de la hora y el agobiante calor, unas cien personas llevan ya un rato esperando fuera del recinto. Han formado dos colas, una de hombres y otra de mujeres. Los policías y soldados empiezan a cachear a los primeros de cada fila, incluidos niños pequeños y ancianos. Recorren sus cuerpos con un detector de metales y registran concienzudamente cada bolsa y paquete. Rostros de tensión entre los militares, de cansancio entre los pacientes y moscas felices que no distinguen entre unos y otros. Surge una discusión entre un grupo de somalíes y los soldados observan a varios pasos de distancia sin saber muy bien qué hacer. “Cualquiera de ellos podría ser un suicida bomba”, nos dicen un soldado desde la entrada al recinto, retirándose el sudor de la frente y sin dejar de mirar las dos filas de personas. “Hay que tener cuidado”. Y sólo tras esta inspección se les permite a los somalíes entrar en esta consulta médica de Mogadiscio, un destartalado edificio cercano al aeropuerto y administrado por AMISOM, la misión de paz de la Unión Africana en Somalia, cuyas tropas proceden de Uganda y Burundi.

Nancy es una soldado y enfermera ugandesa con una enorme sonrisa. Lleva poco más de tres meses en Somalia como parte de AMISOM, que ha puesto en marcha esta consulta y dos hospitales en la capital.

Amina es una joven somalí, trabaja como intérprete entre el personal ugandés y los pacientes y en realidad no se llama Amina. Pide que no se publiquen su nombre completo y su foto porque entonces su vida correría peligro.

Somalia, y en particular Mogadiscio, vive en un estado de guerra. En todo el país, el Gobierno Federal de Transición (TFG, en inglés) apenas controla una cuarta parte de la capital, y esto sólo gracias a la presencia militar de AMISOM.

El resto del territorio –con la excepción de las regiones autónomas de Somaliland y Puntland en el norte– está bajo el control de rebeldes islamistas y en especial de Al Shabab, una milicia que empezó a funcionar entre 2006 y 2007 y que ha declarado formar parte de Al Qaeda.

Soldados de AMISOM y el TFG combaten a los rebeldes de Al Shabab en las calles de Mogadiscio, donde el ruido de los disparos de AK-47 y las explosiones se han convertido en algo cotidiano y normal.

Al Shabab (“los jóvenes”, en árabe) quiere derrocar el gobierno y establecer un régimen basado en su particular y estricta interpretación de la ley islámica Sharia. Y ha prometido matar a todo somalí que colabore con los “cristianos invasores” de AMISOM y “su gobierno apóstata”.

Pero uno de los médicos entra con la primera paciente, una chica con el brazo derecho completamente vendado. Nancy y Amina retiran el vendaje y descubren la mano ennegrecida y desfigurada y el antebrazo hinchado y en carne viva.

“Esta chica se quemó en casa con aceite hirviendo hace unos dos meses”, explica Nancy, que por primera vez ha dejado de sonreír. “No tenía donde ir y no supo qué hacer y hasta ahora no la había visto ningún médico”.

Nancy y Amina limpian y desinfectan el brazo de la paciente mientras ésta gime, se muerde los labios y grandes lágrimas le caen por las mejillas. Huele a carne descompuesta.

“Si alguien la hubiera tratado en el momento, su brazo estaría mucho mejor; pero ahora tenemos que enviarla al hospital para que le amputen los cuatro dedos excepto el pulgar o todo el brazo se le acabará gangrenando”, se lamenta la soldado y enfermera.

Somalia no ha tenido un Estado efectivo desde 1991, cuando el dictador Siad Barré fue derrocado. Desde entonces, señores de la guerra, diferentes clanes y milicias islamistas se enfrentan por el poder en un conflicto que ha devastado el país.

La ausencia de un Estado durante casi 20 años ha creado una de las peores situaciones humanitarias del mundo y ha dejado a la población civil obligada a valerse por sí misma.

Sólo desde 2007, la ONU estima que cerca de 20.000 personas han muerto y 1,5 millones han resultado desplazadas en Somalia debido al enfrentamiento entre el gobierno y Al Shabab y otras milicias islamistas.

La paciente ya se ha marchado y las dos mujeres limpian la habitación, charlan y recuperan la sonrisa. Nancy comenta que se unió al ejército en Uganda “para poder viajar al extranjero y ver lugares nuevos”. Mogadiscio ha sido su primer destino.

Amina cuenta que vive cerca de la consulta y que apenas puede alejarse del recinto del aeropuerto, una de las pocas zonas controladas por el gobierno gracias al apoyo de AMISOM, junto con el puerto y el recinto presidencial, conocido como Villa Somalia.

“Antes vivía en el K4 (una zona comercial de la ciudad) pero un día recibí una carta del Al Shabab diciendo que me iban a matar y me tuve que ir”, comenta con naturalidad. “Pero esto es lo único que puedo hacer para ayudar a la gente, así que aquí estoy”.

Nancy asiente: “Nosotros también vivimos con miedo. Aquí somos médicos y enfermeros y tratamos a todos por igual, sean civiles, soldados del TFG o miembros de Al Shabab, y nunca sabemos quién es amigo y quién enemigo”.

La mañana transcurre lentamente. En el patio a la entrada de la consulta, decenas de somalíes aguardan pacientemente su turno entre el calor, las moscas pegajosas y una luz blanca y cegadora. Ellos, sentados en dos filas de bancos bajo un techo. Ellas, sentadas en el suelo bajo un toldo. Aunque al final la falta de espacio hace que algunos chicos jóvenes se acaben sentando junto a las mujeres.

El registro a la entrada y este patio son unos de los pocos lugares donde las tropas de AMISOM se relacionan de forma directa con la población somalí. La situación de seguridad es tan precaria que los soldados no se aventuran a pie fuera de sus destacamentos y sólo se desplazan por las calles de Mogadiscio en convoys de vehículos blindados y armados y a toda velocidad.

Y además soldados y población civil necesitan de intérpretes para poder comunicarse. “A los pacientes que vienen aquí no les importa que les registren tan minuciosamente”, dice Mohamed, otro traductor somalí. “Saben que es peligroso y que ésta es la única forma de que la consulta médica pueda funcionar”.

“AMISOM son nuestros amigos”, sonríe Mohamed, que antes de convertirse en traductor estaba desempleado pero ahora, gracias a este empleo, puede mantener a su familia. “Vivo justo ahí”, dice señalando a las afueras del recinto. Como Amina, él y su familia tampoco se desplazan por la ciudad por miedo a las represalias de Al Shabab.

Esta consulta recibe entre 200 y 400 personas cada uno de los tres días que abre a la semana. Los enfermeros envían los casos más graves al hospital que AMISOM ha establecido cerca de allí, aún dentro del recinto donde se encuentran el aeropuerto y su cuartel general.

El hospital está formado por varias tiendas de campaña, una serie de salas prefabricadas y otras dos de obra y se ha convertido en el mayor de Mogadiscio con unas 100 camas. Aquí, AMISOM trata a sus propios soldados, a los del TFG y a los de Ahlu Sunna, una milicia islámica moderada opuesta a Al Shabab. También son atendidos contratistas de la ONU que se puedan encontrar en Mogadiscio y civiles. Cada grupo recibe tratamiento en salas separadas.

Uno de los vehículos llega con un herido de bala. Se trata de un soldado del TFG que acaba de recibir un disparo en el abdomen mientras combatía en el K4, un punto estrátegio de la ciudad que sirve de enlace entre la carretera del aeropuerto y la calle que se dirige al recinto presidencial.

Uno de los doctores lo recibe y comienza a limpiar la herida. “Éste es el agujero de entrada”, señala rutinariamente, “pero no hay agujero de salida, así que tenemos que encontrar la bala”. Después venda la herida y envía al paciente a rayos X. La escena ha durado menos de cinco minutos.

Según Mukuye Ronald Lopez, médico jefe en estos momentos, el 90 por ciento de las personas que llegan a este hospital sufren heridas de guerra, pero también hay civiles que acuden en busca de un milagro.

En la sala destinada a mujeres, una paciente con cáncer agoniza mientras su marido asiste impotente. “Los doctores hacen lo que pueden pero mucha veces no es suficiente”, relata Sahra, traductora en el hospital.

“Dola, dola”, dice el marido intentando buscar las palabras en inglés y refiriéndose a ‘dólar’, dinero. “Medicinas, no aquí. No dola. Americo, Dubai, Nairobi”, insiste mientras hace un gesto señalando hacia la lejanía. “No aquí”.

El doctor jefe reconoce que “los casos más graves deberían ser trasladados a otro lugar, a Nairobi, pero nosotros no tenemos recursos, sólo es posible cuando alguna ONG o algún particular financia el traslado”.

AMISOM no nos permite hablar con sus soldados heridos pero en la sala destinada a las tropas del TFG está Osman Mohamed Mahmud, un joven capitán que se recupera de su tercera herida de bala recibida en combate contra Al Shabab.

“Llevo ocho días aquí, soy un capitán en el ejército del TFG y cuando me recupere, volveré a luchar”, afirma con orgullo. “Odio a Al Shabab”. En la cama de al lado, un soldado al que le falta un brazo nos mira con tristeza.

Osman tiene 33 años y en el pasado regentaba una tienda de colchones en el mercado de Bakara, la mayor zona comercial en el centro de Mogadiscio y actual bastión de los rebeldes.

“Pero en 2006 llegó Al Shabab y tuve que cerrar el negocio, así que me uní al ejército del gobierno y desde entonces lucho contra Al Shabab”, narra desde la cama en la que también se sienta su mujer.

Él continúa: “El gobierno no nos paga, no tiene dinero, la moral de nuestras tropas es baja, pero ésta es mi patria y tengo que luchar, sólo habrá paz cuando expulsemos a Al Shabab de Somalia”.

Osman cuenta que Al Shabab cuenta con tropas extranjeras en sus filas y que cuando consiguen matar a algún rebelde y registran el cuerpo, “tienen los bolsillos llenos de dólares”.

“Nosotros no tenemos nada, a veces tenemos que comprar las armas a nuestros amigos, como a Ahlu Sunna, ellos tienen más dinero que nosotros”.

Los que sí tienen artillería pesada son los propios rebeldes, que desde zonas pobladas con civiles, como el mercado de Bakara, suelen disparar proyectiles a los destacamentos de AMISOM y el TFG.

Ali Muse, el director de un servicio voluntario de ambulancias en Mogadiscio, ha acusado repetidamente a AMISOM de contestar a esos ataques con sus propios morteros, que matan y hieren indiscriminadamente a civiles.

El portavoz de la misión de paz, el mayor Barigye Ba-Hoku, responde que “nunca disparamos a zonas pobladas con civiles” y califica las acusaciones como “propaganda”.

Pero las de AMISOM no son las únicas clínicas de Mogadiscio. El Comité Internacional de la Cruz Roja mantiene los hospitales de Medina y Keysaney. Ambos han recibido en lo que va de año más de 3.300 pacientes, la mayoría heridos durante los enfrentamientos y más de la mitad del total mujeres y niños.

El hospital Dayniile, en las afueras de la capital, está administrado por Médicos sin Fronteras, quien señaló en un comunicado que en lo que va de año y hasta julio, la mitad de los 2.800 pacientes admitidos sufrían heridas de guerra, unos 870 de ellos como consecuencia de explosiones, “lo que sería consistente con un continuo e intensivo fuego de mortero en zonas residenciales de la ciudad”.

Además, del total de heridos durante los enfrentamientos, “el 38 por cien eran mujeres y niños menores de 14 años”1.

Combatientes islámicos toman posiciones durante los combates contra soldados del gobierno y cascos azules africanos en el sur del barrio Hodon en Mogadiscio, Somalia. 4 de Oct. 2010. LOs combates causaron al menos 20 muertos y 70 heridos. (AP Photo/Farah Abdi Warsameh)

El pasado 15 de septiembre y tras visitar Somalia, la vice Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, Kyung-wha Kang, pidió en Nairobi una investigación sobre violaciones de los derechos humanos por todas las partes del conflicto, incluyendo AMISOM.

Después de todo, Mogadiscio es una ciudad en guerra, como resulta obvio desplazándonos con las tropas de AMISOM en sus carros blindados. Edificios en ruinas y con las paredes agujereadas por las balas, calles destrozadas, coches carbonizados.

Jóvenes con fusiles Kalashnikov y ristras de munición y sin un uniforme identificativo se pasean por las calles. “Quizá son soldados del TFG, quizá una milicia privada, quién sabe”, comenta desde el interior del vehículo uno de los soldados de AMISOM.

Jóvenes somalíes arrastran el cadáver de un soldado de paz de la Unión Africana muerto en combate con combatientes islámicos. 6, Oct 2010. AP Photo

Pero algunas zonas siguen animadas y bulliciosas. Precisamente en el K4, numerosos minibuses van cargados de pasajeros y vendedores de frutas compiten por atraer clientes a sus puestos. Con una población muy joven –la gran mayoría son menores de 35 años–, muchos somalíes sólo conocen su país en estado de guerra.

Más tarde, visitamos el segundo hospital que AMISOM ha establecido en la ciudad, éste en el campus de la Universidad Nacional de Mogadiscio, donde el contingente burundés tiene su cuartel general.

En unas pocas tiendas, soldados y civiles se recuperan de sus heridas y enfermedades cuando oímos una serie de explosiones no muy lejos del hospital. Continuamos con la visita y de repente otras dos explosiones suenan muy cercanas. Varios civiles se asustan y algunos soldados ríen.

Por la noche, ya de vuelta en nuestra base en el cuartel general de la misión de paz en el recinto del aeropuerto, nos enteramos que las explosiones fueron el resultado de un ataque de Al Shabab con morteros al parlamento y de la consiguiente respuesta de AMISOM.

Al menos 15 personas murieron y unas 50 resultaron heridas durante esos ataques. Un día normal en Mogadiscio.

* Los nombres de todos los traductores han sido cambiados por seguridad.

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