En conflicto

Resistir en el infierno de Ciudad Juárez

Ciudad Juárez es la urbe más violenta del mundo con una tasa de 240 asesinatos por cada 100.000 habitantes

Sin embargo, en medio de esta bacanal de la muerte, la ciudadanía busca salidas para sanar sus heridas y evitar que la violencia aumente ante la inacción de las autoridades.

Cruz en memoria de las muertas de Juárez en el puente fronterizo entre esta ciudad y EEUU. Raúl Ibáñez

En medio de la espiral de violencia que azota México hay lugares mucho más críticos que otros. Ciudad Juárez es uno de ellos. Tiene el triste honor de serla urbe más violenta del mundo. En los últimos cuatro años han asesinado cerca de 10.000 personas, una cuarta parte de los homicidios perpetrados en todo el país relacionados con el narcotráfico. La cifra es escandalosa a lo largo del territorio, pero en Juárez alcanzó en 2010 una tasa de 240 muertes violentas por cada 100 mil habitantes, más del triple de los decesos que se producen en El Salvador, el país más sangriento de América Latina. Sin embargo, en medio de esta bacanal de la muerte, la vida busca sus cauces. Aunque cerca de tres cientas mil personas han abandonado la ciudad por la inseguridad, más de un millón siguen luchando por sobrevivir en esta urbe, marcada por estar justo en la frontera con los EEUU.

Esa línea divisoria ha sido su fuente de riqueza pero también el origen de sus peores desgracias. En los años 80 empezaron a concentrarse allí las maquilas, las fábricas manufactureras dedicadas a la exportación, que se aprovechaban de la mano de obra barata y la cercanía a los EE.UU. El desarrollo económico atrajo migrantes de todas partes del país. En los 90, Juárez era la ciudad del desempleo cero. La posibilidad de trabajo hizo que las autoridades se despreocupasen por crear un mínimo de bienestar y la ciudad creció sin los servicios ni las infraestructuras adecuadas. Juárez se convirtió también en el patrio trasero de los EE.UU. no sólo por ubicarse allí las fabricas sino porque los estadounidenses del sur cruzaban cada día la frontera para divertirse desenfrenadamente, atraídos por los bajos precios del alcohol, las drogas y el sexo. Las redes de trata empezaron a desarrollarse en medio de un clima de impunidad y un gran desprecio por la vida y por el género femenino. En 1993, un grupo de madres dispararon las alarmas al denunciar 300 feminicidios de mujeres jóvenes, secuestradas, violadas, mutiladas y asesinadas en los alrededores de la ciudad. Y desde 2008, cuando el gobierno mexicano desplegó el Ejército para luchar contra la delincuencia organizada, las desapariciones y los asesinatos de mujeres se han multiplicado exponencialmente. En los últimos tres años y medio, han asesinado a 903 mujeres más y han desaparecido a otro centenar en todo el estado. Mónica Alanís Esparza es una de ellas. La mañana del 26 de marzo de 2009, su padre, Ricardo Alanís, la dejó como cada día en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez donde Mónica estudiaba Administración de Empresas.

Olga Esparza delante de su casa con el cártel que hicieron en el Comité para encontrar a su hija, Mónica Alanís, desaparecida en Juárez en 2009. Raúl Ibáñez

Cuando salió de clase Mónica les dijo que iba a casa de una amiga y les dio un número de teléfono. Su familia llamó y llamó, pero siempre respondía una señora que decía no tener ninguna hija ni conocer a Mónica. A fecha de hoy, ni Ricardo, ni su madre, Olga Esparza, saben nada. Pero la incertidumbre no les deja dormir. Olga tuvo que medicarse durante meses para poder conciliar el sueño y, aún así, la desesperación la despierta en la mitad de la noche, preguntándose por su hija. Quiere pensar que Mónica está bien en algún lado, pero no descarta que pudiese haber caído en una red de trata de personas, como apuntan las organizaciones juarenses como motivo de las desapariciones sistemáticas de mujeres jóvenes que se han dado en la ciudad. La fiscalía no ha resuelto nada y Olga solo encuentra consuelo en su fe y en el Comité de Madres Desaparecidas, donde se reúnen otras mujeres que, como ella, han perdido a sus hijas.

“Es horrible no saber que ha pasado con tu hija. Y las autoridades no hacen nada”, resume Olga. “¿Qué les pasó a nuestras hijas? ¿Dónde las tienen? ¿Qué hace el gobierno? ¿Porqué tanta impunidad? ¿Quién está detrás?”, se pregunta Evangelina Arce, otra madre del Comité, en un acto en memoria de sus hijas desaparecidas. La hija de Evangelina fue desaparecida por la policía en 1998. Con sus recursos, estas madres reparten entre la gente las fotografías de sus hijas y periódicamente empapelan las paredes y los ventanales de la Fiscalía. Para que no las olviden, para ver si tocan el corazón de la Justicia.

En el estado de Chihuahua en 2010 matan a una mujer cada 20 horas. Pero esta impunidad que permitió que se repitan los feminicidios también favoreció que todo el crimen campase a sus anchas. Por su ubicación fronteriza, Ciudad Juárez siempre ha sido un lugar de tráfico de todo tipo de mercancías, desde ropa americana hasta el alcohol en tiempos de la ley seca. Con el auge del narcotráfico en México, Juárez se convirtió en una plaza muy disputada por los diferentes cárteles. La violencia se disparó en 2007, cuando el cártel de Sinaloa, el más poderoso del país, emprendió la disputa de esta pedazo de frontera, con el cártel local. De unos 20 asesinatos al mes empezaron a haber cerca de 50. En 2008, para controlarlos, el gobierno federal mandó al Ejército. En un año y medio llegaron más de 10.000 soldados y policías, el mayor operativo en todo el país. Sin embargo, el año siguiente, la cifra de asesinatos se multiplicó hasta 3.111, casi una decena diarios, en una ciudad de 1,3 millones de habitantes. Esto se explicaría por la versión oficial promovida por el propio presidente Felipe Calderón y que repitió más brutamente el general al mando en la ciudad, Jorge Juárez, a la prensa: “en lugar de decir un muerto más, digan un delincuente menos”. Con esta consigna el Ejército no combatió a la delincuencia si no que dejó que los criminales se mataran entre ellos. Sólo que no fue así.

Velas en memoria de las víctimas de esta guerra entre y contra el narcotráfico en la iglesia de San Lorenzo, en Ciudad Juárez. Raúl Ibáñez

Así lo explican miles de familiares de víctimas de la oleada de violencia cuyos parientes nada tenían que ver con el crimen. Como José Sánchez, quien vendía ropa traída del otro lado de la frontera en un mercado. La madrugada del 29 de mayo de 2008 fue con su esposa y sus hijos a acompañar a un sobrino a urgencias. Harto de la espera, salió a fumar y entabló conversación con otro hombre que se recostaba en un árbol. De repente llegaron un grupo de sicarios y el hombre que lo acompañaba echó a correr. José se quedó parado porque no tenía nada que temer y lo tirotearon. A 20 metros había un retén militar pero los soldados no hicieron nada. Quien sí reaccionó fue el hospital, que cerró las puertas al escuchar los balazos. José quedó allí, tendido en el suelo, sin atención médica. Tres horas después, la abrieron sus hijos y su esposa vieron el cuerpo de José, desangrándose. Aún no se recuperan del shock. Su madre, tampoco. “No se merecía esa muerte. ¿Quiénes son ellos para castigar a una persona, para quitarle la vida?”, se pregunta consternada, Guillermina Sánchez. El gobierno les ofreció ayuda psicológica pero estaba aterrorizada. “Cuando te matan a alguien sin saber porqué sientes miedo y ese miedo te paraliza”, cuenta. Ahora, asiste a un taller de duelo en su barrio para mitigar el dolor que aún le causa la muerte de José, organizado por el Centro Familiar para la Integración y Crecimiento, una de las muchas organizaciones sociales en Juárez que han apostado por hacer terapias grupales para que la gente supere las pérdidas de seres queridos.

“Cuando llegan están en shock, no pueden expresar sus emociones, su mirada vaga, sus caras. En el taller regresa esa herida, ese coraje. Hay quien se desmaya, quien sale corriendo, porque es demasiado fuerte la pérdida. Pero trabajamos para que vayan liberando su dolor, sus culpas”, explica la tanatóloga y facilitadora del taller donde asiste Guillermina.  Las terapias no son un remedio mágico contra el dolor pero facilitan el proceso. “Ella nos enseñó que cuando estemos muy tristes nos pongamos en un lugar que hayamos escogido, nos abracemos y pensemos en las personas que nos faltan y en que ellos estarán con nosotros. Y yo lo hago. Me voy a mi cuarto junto al poema que él me regaló por mi último cumpleaños y me abrazo y pienso que me está abrazando él. Y lo siento y sí me reconforta”, cuenta Guillermina.

Como ella, son miles las familias que sufren estas pérdidas, tantas que la propia Organización Panamericana de la Salud calificó lo que está ocurriendo en Juárez como un “desastre humanitario”.

“Se ha visibilizado mucho la violencia en Juárez, pero no se tiene conciencia de los efectos que causa sobre los vivos. La mayoría de la población vive con ansiedad, hay muchísima gente con estrés postraumático y duelos muy difíciles de trabajar y elaborar. Personas jóvenes que no completaron su ciclo de vida, muertes inesperadas que acaban con los que les sobreviven”, explica Gabina Burciaga, una psicoterapeuta de otra de las organizaciones que imparten talleres de duelo, crecimiento humano y dducación para la Paz.

Los familiares de las víctimas trabajan su duelo en los talleres grupales que facilitan las organizaciones sociales juarenses. Raúl Ibáñez

Iris tiene ocho años. Hace dos meses celebró su primer cumpleaños sin su padre. Es la mayor de 4 hermanos, que el pasado 17 de septiembre se quedaron huérfanos. Su padre fue asesinado la madrugada de un sábado cuando tirotearon el bar donde festejaba con sus amigos. Su madre, Yuvia Muro, le insiste a ella y a sus hermanos que fue un accidente, pero en la escuela los otros niños ya le dijeron que su papá fue asesinado. E Iris ya ha visto un par de tiroteos en su calle. Yuvia, lleva a la niña y a su hermano de siete años a un taller de duelo para niños también en el Centro Familiar para la Integración y Crecimiento. Su directora, Silvia Aguirre, asegura que los niños sufren un “doble duelo”. “Pierden al papá y pierden a la mámá, que primero se enfrasca en su propio dolor y deja de ser la madre que el niño conocía, está encerrada, dormida, se la pasa llorando o trabajando doble jornada y no tiene tiempo ni fuerzas para darle la atención necesaria o para cocinar”, narra. De hecho, cuenta que en la última escuela en que han trabajado, 210 de los 320 alumnos que asistían han perdido a alguien muy cercano: padres, hermanos o primos.

En este sentido Burciaga exige una política de Estado que atienda la situación psicoafectiva de la población, a los vivos. “Vivimos en crisis, una emergencia que no se está contemplando de la manera necesaria”, replica. Hace un año y medio se dispararon las alarmas. Quince estudiantes fueron masacrados mientras se divertían en una fiesta en una casa. La matanza causó tanto revuelo que obligó al gobierno mexicano a ampliar su estrategia contra la inseguridad. Desde presidencia se implementó el programa Todos Somos Juárez, 160 acciones para  combatir la violencia con escuelas, parques, hospitales, programas culturales y más vigilancia. Pero el balance de 2010 no mejoró. Murieron 3.111 personas. A un año y medio de la implementación del programa la ciudadanía no está convencida.

“Hay avances, el problema es que mientras se siga reproduciendo la situación de violencia es tratar de parchar mientras se hunde el barco. Al gobierno le falta claridad para entender que hay que priorizar los programas que tienen más impacto para mitigar la violencia, un programa de atención integral a las víctimas antes que pavimentar las calles. Hay que crear un sentido de vida diferente, que genere esperanza porque es necesario desactivar los círculos de la violencia”,  subraya Hugo Almada, profesor de la Universidad de Juárez.

La estrategia oficial olvida a los nuevos protagonistas de la guerra, los jóvenes y los adolescentes. Esta falta de atención la suplen organizaciones como CASA, el Centro de Asesoría y Promocion Juvenil,  que trabaja con más de 20 colonias populares con mujeres y chavales, como Abraham Barrasa, quien a sus 21 años es promotor juvenil en su barrio. Entró en CASA a estudiar la secundaria a distancia después de años de “vaguear”, como él dice, por el barrio. Ahora no solo ha avanzado en sus estudios sino que enseña a otros chavales como él mecánica y carrocería de coches, dos cosas que consiguieron motivarle lo bastante para sacarlo de la calle y sus pandillas. Antes, más de una vez le ofrecieron jale, como le llaman coloquialmente a entrar al crimen organizado. Por matar a alguien los delincuentes ofrecen a los jóvenes 1000 pesos, unos 60 euros, frente a los 50 que ganan en la maquila por casi 60 horas a la semana. “Está tentador para los chavos que, como yo, no hacen nada. Te pagan por hacer desmadre. Además buscas trabajo en la maquila y no te dan y si eres menor de 16, ¿qué haces?” plantea Barraza. Él decidió salirse de las pandillas hace 5 años, cuando su pareja se quedó embarazada. Ahora viven juntos y tienen un niño de 4 años y medio, José Ronaldo.

Ernesto Martínez, enmedio de camiseta azul, y Abraham Barraza a la izquierda en las instalaciones de CASA. Raúl Ibáñez

“Ahí no duras mucho. Conozco unos cuates que le entraron al jale y mataron a un tipo y a la semana les mataron a los cuatro en un coche”, cuenta Ernesto Martínez, otro de los jóvenes que asiste a CASA.  Ernesto tiene 28 años y hasta hace seis meses trabajaba en la construcción. Con la crisis económica y la huida de población, la obra cayó en picado y ahora agradece haber podido entrar en la maquila porque también están en crisis. Tiene dos hijas a las que mantener a medias con su exmujer y asegura que es difícil. Aunque también le han ofrecido trabajar de matón o vendedor de droga, se niega. “¿Para qué se va a meter uno en broncas?Ahora hay tres chavos que conozco que están en prisión y a otros los han matado. Aquí estoy mejor, aprendiendo informática y electricidad y conviviendo con mis amigos”, confiesa.

“Muchos de estos chavos vienen de círculos de pobreza tradicional. Sus papás eran maquiladores, crecieron en una lógica de supervivencia, donde todos trabajan todo el día, no hay quien atienda a los niños y tampoco hay instituciones. Hasta hace dos años sólo había dos bachilleratos públicos para la zona poniente, que agrupa a  700.000 habitantes. También faltan espacios públicos para los jóvenes fuera de los centros comerciales. Por ejemplo, hay 4 teatros frente a 321 maquilas, carece de espacios culturales para los niños… El objetivo de CASA es formarles para que consigan un trabajo, que estudien, que se motiven,y darles seguimiento para que no se metan en otra cosas”, explica Isaac González, uno de los coordinadores.

En el mismo sentido trabaja Jacob Cárdenas, más conocido como Vekors, su nombre artístico cuando escupe las verdades de Juárez a ritmo de rap. Este rapero hace talleres de grafiti y hip hop en los barrios. “Pretendemos que los chavos tengan una manera de expresarse, de hacer propuestas, de ser creativos. Son las nuevas generaciones las que tienen que cambiar esto y no tienen apoyo”. Vekors ha vivido la violencia muy de cerca. En 2009 perdió a su hermano mayor, Otoniel Cárdenas, con quien descubrió el rap y la vida. Un día Oto salió de casa después de una discusión con su padre. Lo encontraron tiempo después, envuelto en una lona, con dos tiros en la cara. La música le sirvió como vía de escape. En su primer disco, Historias del Mictlán 2007-2010, Vekors canta la crónica de los últimos años de su ciudad.  El Mictlán es una especie de infierno para los aztecas. Es el destino final de un camino sin retorno. El valle de los muertos, al norte, más allá del desierto, la metáfora justa para Ciudad Juárez según Vekors.

Historias del Mictlán

Y es que cualquier viaje a Juárez está repleto de las mismas historias. Prácticamente nadie se libra de la violencia. Como un rosario de dolor, cada quien cuenta cómo un familiar o amigo cercano fue asesinado, secuestrado, asaltado o, incluso, extorsionado por parte de la misma Policía. Como un joven médico, que prefiere ocultar su nombre, que asegura que la policía federal le robó su coche hace unos meses. Le detuvieron en uno de los múltiples retenes esparcidos por la ciudad. Le faltaba un trámite y en lugar de multarle le amenazaron, y al confesar que era doctor le exigieron un cuantioso soborno que no podía pagar. A cambio le despojaron de su vehículo. No denunció por miedo. “Si lo hago, como mínimo me puede pasar como a muchos otros que luego llegan a sus casas a catearles y se llevan su ordenador, su televisor y hasta la compra. Vivimos un maltrato constante por parte de la autoridad”, asevera. En 2009, la Comisión Estatal de Derechos Humanos documentó 1.250 abusos del Ejército y 40 de la Policía federal y calculan que sólo son un 20% de los que hubieron. En los hospitales tampoco están seguros. Más de una vez han entrado los criminales a rematar heridos. Otros médicos han sido secuestrados y el pasado 21 de agosto asesinaron otros dos doctores que trabajaban en la cárcel de Juárez. Sin embargo, el personal sanitario tampoco se rinde. Los médicos están organizados y han salido varias veces a la calle a denunciar la violencia que padecen como gremio y como ciudadanos. La próxima movilización será el próximo lunes 13 de diciembre convocada por el Comité Médico Ciudadano.

Como ellos, decenas de organizaciones intentan rearticular el tejido social, desde la participación ciudadana, la psicoterapia o el arte. El Pacto por la Cultura es otro ejemplo. Una asociación que desde 2005 busca incidir contra la violencia dando alternativas artísticas. “La cultura aporta propuestas de vida. Es una opción para los jóvenes, es expresión e, incluso, una manera de sobrevivir. No vas a ser rico ni famoso pero tampoco sicario o policía”, resume Jorge García, del Colectivo Barimbala, un grupo de malabaristas y músicos que se ganaba la vida haciendo espectáculos callejeros hasta que este año les empezaron a multar por sus demostraciones en la vía pública. “Es una lucha constante con las instituciones. No hay trabajo y sin embargo no nos dejan trabajar. La expresión artística podría potenciarse como un atractivo, crear espacios culturales, pero no, están peleados con la cultura y solo entienden la política de la represión”. La prohibición empezó después que asesinaran a dos chicos que hacían malabares en los cruces.

Jorge García hace malabares delante del centro cultural La Cafebrería, uno de los pocos espacios particulares de construcción de paz desde la cultura. Raúl Ibáñez

Barimbala es uno de los colectivos que se suman al Pacto por la Cultura. “Refundar Juárez implica cambios muy profundos económicos, sociales y culturales. Cambiar la cultura, significa alzar la voz, crear un polo de desarrollo diferente, una ciudad de derechos. Basta de impunidad y del modelo que se nos ha impuesto, de industria maquiladora, de opresión y marginalidad”, explicaba Verónica Corchado, la portavoz de esta asociación hace un tiempo. Conforme avanza la violencia, más significado cobran sus palabras.

Y es que, como recuerda Isaac González de CASA “la delincuencia no crece gratuitamente, hay una crisis de empleo, de valores y falta de un sistema bienestar… El narcotráfico creció porque dio empleo, aseguró la supervivencia de la gente por un rato”.

Ante tanto horror y tanta ineficacia gubernamental, gran parte de la sociedad busca recetas para resarcirse ante tanta violencia. Éstas son solo algunas de sus experiencias de las muchas que les permiten sobrevivir en el mictlán.