En conflicto

“El Gobierno tailandés debe ser castigado por sus violaciones de los derechos humanos”

Entrevista a Thongchai Winichakul, reconocido experto en la historia de Tailandia

Thongchai Winichakul es uno de los más reputados especialistas del mundo en la historia contemporánea de Tailandia. Su obra más importante es Siam Mapped, un libro en el que, según el historiador Benedict Anderson, demuestra “de manera concluyente que la Tailandia o el Siam eternos de la cultura conservadora dominantes fueron una invención de la década de los setenta del siglo XIX” mediante un “brillante microestudio de los mapas publicados en Bangkok durante el siglo XIX”. También es autor de innumerables artículos académicos sobre la cultura y la historia contemporáneas de Tailandia y el Sudeste Asiático, escribe habitualmente para la prensa tailandesa y colabora como asesor para medios internaciones como Voice of America, BBC, Christian Science Monitor, Far Eastern Economic Review o The Economist.

Winichakul, que en la actualidad ejerce la docencia en la Universidad de Wisconsin-Madison y, según sus propias palabras, disfruta de la “oportunidad de mantenerse en activo tanto en el mundo académico estadounidense como en el tailandés”, ha accedido a responder a algunas preguntas de Periodismo Humano sobre la crisis política de Tailandia y las recientes protestas en Bangkok, que finalizaron con un brutal asalto del ejército en el que murieron decenas de camisas rojas.

PREGUNTA: Esta crisis ha puesto de relieve una profunda división en la sociedad tailandesa entre la población pobre urbana y rural y las clases medias urbanas. ¿Cuáles son los orígenes culturales e históricos de esa división?

THONGCHAI WINICHAKUL: Un desarrollo desigual a lo largo de varias décadas y la centralización del Estado desde el siglo XIX son dos de los factores que dieron como resultado un desproporcionado dominio de Bangkok sobre la economía y la política nacional. Pero las cosas comenzaron a cambiar a partir de mediados o finales de los ochenta. Todo el sector agrícola había cambiado. La prosperidad del país había comenzado a basarse y a depender más en la producción, el mercado y la fuerza de trabajo del sector rural, mientras la clase alta urbana disfrutaba los beneficios. No obstante, esos cambios hicieron que la población rural tendiera a ser más semiurbana o incluso global. Los habitantes del campo adquirieron mayor importancia en la economía y la política nacionales. Al mismo tiempo, también dio sus frutos la democratización que se produjo a partir de los años ochenta, con varias elecciones y gobiernos electos. Esa gente es consciente de que las elecciones pueden beneficiarles de formas concretas.

Teniendo en cuenta todo esto, llegamos a una situación en la que, por un lado, siguen existiendo unas profundas diferencias económicas entre los ricos (que en su mayoría se hallan en los centros urbanos, sobre todo en Bangkok) y los pobres (mayoritariamente pertenecientes a la población rural y a los sectores más desfavorecidos de la sociedad urbana) y, por otro lado, se niega el aumento de la conciencia política entre los pobres del campo y la ciudad. Se ha despojado a esa gente de sus derechos políticos. Políticamente, se ha negado sus voces y sus votos o se les ha concedido escasa importancia, por lo que cuando luchan, lo están haciendo contra la injusticia, es decir, los “doble raseros”, la aplicación e imposición de las leyes de una manera parcial e injusta que favorece a la clase alta urbana en detrimento de los pobres del campo y la ciudad. En general, las raíces de esas diferencias económica y política se hallan hasta cierto punto en unos prejuicios de los habitantes de las ciudades sobre la población rural cuyos orígenes se remontan a centenares de años. Siempre se ha considerado lo urbano como el centro de una autoridad moral más elevada, de lo sagrado, de la virtud y el poder. Lo rural siempre ha estado asociado al atraso, a la falta de civilización, a la carencia de educación. Las diferencias de los últimos tiempos se han articulado en un marco y un discurso sobre las distinciones entre la ciudad y el campo históricamente muy antiguos.

P: Mucha gente piensa que el primer ministro Thaksin Shinawatra, derrocado en 2006 mediante un golpe de estado incruento, controla y financia a los camisas rojas. ¿Cree usted que eso es cierto o que, por el contrario, forman un movimiento autofinanciado y espontáneo?

T. W.: No me sorprendería que Thaksin apoyara económicamente al movimiento, pero no creo que ésa sea la razón principal de que exista, haya crecido tanto y se haya convertido en un desafío a la clase dirigente tailandesa. Las reivindicaciones de los “rojos” son reales y muy legítimas: los mismos derechos democráticos para todos, igualdad y justicia bajo la misma ley y tener el gobierno que han elegido. Se trata de asuntos reales, de problemas reales. La idea de que los camisas rojas no son más que una turba a sueldo de Thaksin es un completo insulto. No sólo es errónea, sino que sugiera una y otra vez que al pueblo sólo le importa el dinero y no puede pensar por sí mismo, no conoce sus derechos democráticos, no merece justicia bajo la misma ley que las clases altas urbanas y sus votos no cuentan. Ese insulto de las clases altas urbanas, y especialmente de los medios de comunicación mayoritarios y del Gobierno, ha sido constante a lo largo del conflicto.

P: Algunos sostienen que este baño de sangre se podría haber evitado si el Gobierno y los camisas rojas hubieran sido capaces de llegar a un acuerdo como el que propuso el primer ministro Abhisit Vejjajiva a principios de mayo. ¿Por qué cree que fracasaron las negociaciones?

T. W.: Ha habido varias oportunidades de evitar un derramamiento de sangre. Ambas partes las han desaprovechado por diferentes motivos, algunos de ellos razonables y otros no. Pese al fracaso de las negociaciones a principios de mayo, culpar únicamente a los “rojos” es sumamente simplista y engañoso. Es lo que el Gobierno quiere hacernos creer, y es lo que ha utilizado como pretexto para la ofensiva final.

P: Los camisas rojas y Thaksin Shinawatra propusieron la mediación de la ONU y el Gobierno rechazó la propuesta aduciendo que “ningún gobierno tailandés ha permitido nunca que nadie intervenga en nuestros asuntos internos”. ¿Cree usted que ésa podría ser una solución? Llegados a este punto, ¿es necesaria una intervención extranjera?

T. W.: La cuestión más importante es la necesidad de restablecer la justicia, que se lleve a cabo un proceso justo e imparcial para investigar y juzgar las fechorías cometidas por todas las partes. Entre ellas, los casos más urgentes son los enfrentamientos de los dos últimos meses y especialmente los del 10 de abril y la ofensiva final. Todas las partes, incluido el Gobierno, deben comparecer ante la justicia. Teniendo en cuenta las injusticias cometidas contra los “rojos” durante los dos o tres últimos años, éstos no confían en el sistema judicial del país ni en el Gobierno. Ésa es la razón por la que se ha propuesto la idea de una mediación extranjera. Si el país fuera capaz de encontrar a alguien en quien pudieran confiar ambas partes, no habría ninguna necesidad de un mediador extranjero. Pero si no hay nadie en el país y aún así se rechaza la mediación extranjera, no existe ninguna posibilidad de restablecer la confianza pública en el sistema judicial.

P: Algunos analistas, incluido el International Crisis Group, han advertido que la crisis podría desembocar en una guerra civil. ¿Qué opina usted de esa posibilidad?

T. W.: Eso depende de lo que se entienda por guerra civil. Si nos referimos a algo similar a lo que sucede en el sur, existe una posibilidad de que ocurra. Pero no creo que sea probable aún y tengo la esperanza de que no ocurra.

P: ¿Cuál cree que sería la solución del conflicto?

T. W.: La convocatoria de elecciones lo más pronto posible. Que decidan las urnas. Pero el derramamiento de sangre y la manera en que el Gobierno y las clases altas urbanas han tratado a los “rojos” no han hecho más que empeorar el problema. Ahora también tiene una enorme importancia la cuestión de hacer justicia sobre esas muertes. El Gobierno debe ser castigado por sus violaciones de los derechos humanos y las leyes y por sus crímenes políticos.

P: ¿Cuál es el papel de la monarquía tailandesa en esta crisis?

T. W.: Guarda silencio. ¿Qué significa ese silencio? Entre los observadores extranjeros existe el mito de que en el pasado el rey siempre ha intervenido en crisis como ésta, pero eso no es cierto. Sus intervenciones en 1973 y 1992 ayudaron a detener las matanzas, pero guardó silencio ante la matanza de 1976. ¿Por qué? Es una pregunta que esos periodistas y observadores extranjeros casi nunca plantean. Quizá el papel de Palacio en la masacre de 1976 y en la crisis actual sea parecido. [Sobre las intervenciones del rey en diferentes crisis de la historia reciente de Tailandia, véase más abajo el texto que acompaña a esta entrevista].

P: ¿Cuál cree que es el futuro de la monarquía tailandesa, si es que tiene alguno?

T. W.: ¿Cree usted que puedo hablar con libertad ni tan siquiera en un periódico español? Hace un par de semanas pronuncié una conferencia en una universidad de Estados Unidos. Después me enteré de que algunos tailandeses iban a denunciar ante la policía tailandesa que había quebrado la ley de lesa majestad. En la actualidad, el alcance de la ley de lesa majestad tailandesa se extiende al mundo entero porque tenemos que tener en cuenta lo que podría ocurrirles a nuestras familias en Tailandia. Ahora también se siente miedo a esa ley estando muy lejos de Tailandia. Eso hace que no seamos libres ni siquiera en el campus de una institución estadounidense.

Permítame expresarlo de la siguiente manera: a largo plazo, los monárquicos tailandeses están cavando su propia tumba. Están socavando el futuro de la monarquía con acciones políticas como el golpe de estado, el control y las intervenciones en los procesos políticos y judiciales, con acciones civiles como la propaganda, la censura, con el estado de miedo que están creando y con su enorme estrechez de miras al no permitir a la gente tener ni tan siquiera una opinión levemente diferente sobre la monarquía. La ley de lesa majestad es el paradigma de la cortedad de miras de esos monárquicos. El futuro de la monarquía depende de lo que hagan ellos más que cualquier otra gente. Deberían dejar de tratar de culpar a los demás.

P: Ahora que esta serie de protestas ha llegado a su fin. ¿Qué cree usted que puede ocurrir en el futuro?

T. W.: Es demasiado pronto para decirlo. Se ha generalizado el sentimiento de rabia y es muy comprensible, aunque es peligroso y no ayuda a encontrar una solución. Los motivos de queja y todos los problemas que subyacen en este conflicto siguen estando presentes e incluso han adquirido una intensidad mayor tras el brutal ataque. A ello hay que añadir la difícil cuestión de la justicia sobre las muertes. El Gobierno continúa con su represión, lo que no hace más que empeorar las cosas. Deben comparecer ante la justicia el primer ministro y todas las personas involucradas en las violaciones de los derechos humanos y de las leyes, en el empleo de una fuerza excesiva y en abrir fuego contra los manifestantes políticos; todas las autoridades que han estado involucradas en las mentiras, en la censura y en la desinformación pública que suscitaron los graves prejuicios y odios que desembocaron en el derramamiento de sangre. El primer ministro y sus ayudantes deberían dimitir y ser condenados o castigados. Sin justicia, Tailandia seguirá un rumbo, con justicia tomará otro. Si la sociedad tailandesa, especialmente la clase alta urbana, aprueba los crímenes cometidos por el Gobierno, Tailandia seguirá un rumbo y posiblemente nunca consiga superar este trágico episodio. Si no lo hace y exige justicia para todos por igual, Tailandia podrá superarlo.

Las intervenciones del rey Bhumibol en la historia reciente de Tailandia

En 1973, se produjo un enorme movimiento popular en Tailandia pidiendo reformas democráticas tras varios años de dictadura militar. Después de varias semanas de manifestaciones multitudinarias y de la posterior represión del ejército, el rey apoyó el movimiento, tras  lo cual el país atravesó por un breve periodo en el que disfrutó de más libertades que en cualquier otra época anterior de su historia. Sin embargo, en el contexto de la guerra fría y con los comunistas ganando la guerra de Vietnam, los sectores más reaccionarios pronto comenzaron a ejercer una fuerte presión contra el Gobierno para volver a instaurar una dictadura militar, tachando de enemigos de la patria y comunistas, lo fueran o no realmente, a quienes luchaban por preservar la democracia y especialmente a los estudiantes universitarios, muy comprometidos políticamente en aquella época.

El 6 de octubre de 1976, una horda de paramilitares irrumpió en el campus de la Universidad de Thammasat de Bangkok y, con la connivencia del ejército y la policía, perpetró una de las matanzas más cruentas de la historia de Tailandia [pdf], a la que siguió un golpe de Estado militar. Muchos de los supervivientes a la masacre huyeron a la jungla y se unieron a la guerrilla comunista. Winichakul, que en aquella época estudiaba en la Universidad de Thammasat, fue uno de los “18 de Bangkok”, un grupo de estudiantes acusados y condenados por el delito de lesa majestad tras el golpe de Estado. Los dieciocho fueron indultados por el rey dos años después. El Gobierno también perdonó a los estudiantes escondidos en la jungla, y la mayoría volvieron a la capital a terminar sus carreras y, escarmentados por sus recientes experiencias,  abandonaron el activismo político, lo que, junto a la derrota final de las guerrillas, supuso el final de la izquierda tailandesa.

En 1991, tras un período de reformas democráticas iniciado a principios de los ochenta, el ejército volvió a dar otro golpe de Estado. Numerosos manifestantes, liderados por el ex general Chamlong Srimuang, salieron a las calles de Bangkok para protestar contra el gobierno de los militares. En mayo de 1992, el ejército reprimió duramente las protestas. Tres días después del comienzo de la represión, el rey convocó a Srimuang y al general que detentaba el poder, Suchinda Krapayoon, les pidió que solucionaran sus diferencias pacíficamente y el general se vio obligado a renunciar al poder.

La reputación de defensor y garante de la democracia tailandesa de la que disfruta el rey Bhumibol Adulyadej tanto dentro como fuera de Tailandia se debe en gran medida a sus intervenciones en las crisis de 1973 y 1992. Sin embargo, muchos especialistas, entre ellos Paul Handley, autor de la biografía del rey prohibida en Tailandia The King Never Smiles, sostienen que tanto sus intervenciones como sus silencios están más motivadas por la supervivencia política de la monarquía que por su supuesto talante democrático.

La batalla de Bangkok

20.05.2010 · Javier Bauluz · Fotografía de / AP

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