Economía

Con nocturnidad y solidaridad

Cada noche, siete días a la semana, voluntarios de la Red Solidaria recorren Buenos Aires para hacer compañía, dar algo de comida caliente, ropa de abrigo, entre otras atenciones.

Acompañamos a Nacho y Leo en una ruta que ellos tienen claro que no se basa en la caridad sino en la "justicia social".

La villa 31, Retiro, Buenos Aires. Capital Federal (R. M. H.)

Recoleta primera hora de la tarde de un día entre semana cualquiera. Los turistas se agolpan para entrar en el cementerio en el que descansan los restos de María Eva Duarte, más conocida como Evita Perón. Frente al cementerio,  las terrazas de los restaurantes  están a rebosar. Hace buen día y la gente aprovecha para salir a comer por una de las zonas más emblemáticas y caras de la capital porteña. Entre las mesas de las terrazas merodea  una niña de unos 7 años, si llega, descalza y sucia. Lleva una naranja en la mano con la intención de comérsela, ya que la va pelando con un cuchillo de plástico que ha conseguido en un restaurante del lugar. Cada vez que se acerca a una de las mesas que ocupan gran parte de la acera, su manita se extiende con la intención de conseguir algunos pesos. Las recorre todas. Una a una. Al terminar, otro niño mayor que ella que le sigue, se le acerca para ver cuánto han conseguido recaudar entre ambos. Al final del recuento deciden emprender la búsqueda por otro lado.

Niñas comiendo las sobras de un restaurante de Plaza Francia, Recoleta, que uno de los camareros les acaba de servir (R. M. H.)

Situaciones como esta son más que habituales en Buenos Aires, Capital Federal, una ciudad en la que el contraste entre la extrema pobreza y la opulencia está presente casi al doblar cualquier esquina. Por poner un ejemplo, a la villa Retiro 31, tan solo la separan 200 metros de uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, en el que la habitación estándar cuesta unos 400 euros la noche, y es que más de 2 millones de personas, que se haya podido contabilizar en el  censo de 2010, viven en las conocidas como villas miseria -asentamientos informales caracterizados por una gran cantidad de viviendas precarias-, en toda la provincia. En los últimos años en Capital, las villas han crecido más de un 50%, alcanzando así casi los 170 mil habitantes, lo que supone 56 mil personas más que en el año 2001. Una parte significativa de ese crecimiento se basa en la inmigración proveniente de países limítrofes  más pobres como es el caso de Bolivia, Perú o Paraguay y

Nacho y Leo, voluntarios de Red Solidaria, antes de iniciar su recorrido nocturno por la ciudad. (Diego Abel Penas)

otra, de provincias argentinas del interior donde la pobreza es mucho mayor. “Aquí dentro de todo se vive bien, peor vive la gente que está en la provincia con sus chicos. Allá sí que hay mucha necesidad”.  A José Luis al menos no le falta comida y abrigo. No puede decir lo mismo del techo: a sus 46 años vive en la calle, desde hace 9. Más bien sobrevive, como dice él mismo, con lo que la gente le da y con lo que gana de vender el cartón que consigue juntar. “Parece que esta noche va a llover”, comenta mientras acomoda unos plásticos a modo de techo sobre unos cartones, su cama, su hogar: un trozo de acera de la Avenida Santa Fe en el que se le puede encontrar habitualmente al caer la noche. Nacho y Leo lo ven casi todos los jueves a su paso por allí. No van por casualidad, sino porque son voluntarios de Red Solidaria, una organización sin ánimo de lucro que se dedica, entre otras cosas,  a recorrer las calles de esta gran ciudad desde hace 2 años, sobre todo durante el invierno, de domingo a domingo. Es decir, sin un día de descanso a la semana. La finalidad es proporcionar algo de comida caliente, ropa de abrigo y/o algún que otro tipo de atención, como por ejemplo cuidados médicos, a los sin techo o a la gente de las villas que se acercan al núcleo urbano a conseguir algún tipo de sustento que les permita seguir viviendo.

“Aunque en algunos casos lo que más necesitan es que se les escuche. Suele tratarse de gente muy solitaria”. Leo lleva colaborando desde hace varios meses y aunque reconoce que es duro compatibilizarlo con su día a día, en el que trabaja como encargado de una fábrica, poder hacerlo le hace sentir bien consigo mismo. Hoy ha traído algo de ropa de su hijo de 7 años, “por si coincidiera que hubiera algún nene de esta misma edad, al que le pueda venir bien”.

En primer plano la villa 31. Al fondo, uno de los hoteles más caros de Buenos Aires, Capital Federal, en el que la noche en una habitación estándar cuesta 400 euros. Foto, RMH.

Tanto Leo como su compañero Nacho son conscientes de la necesidad tan grande que existe en su ciudad. Es precisamente esa consciencia lo que les motiva a no faltar a su cita semanal. El resto de los días son relevados por personas anónimas que como ellos, aportan su granito de arena que ayude a paliar el sufrimiento de quienes más lo necesitan.

Desde las 20:00 hasta las 23:00 horas aproximadamente, 22 zonas de Capital habrán sido recorridas a pie o autobús por distintos voluntarios, que realizan la misma labor que Nacho y Leo. “El año pasado la organización contaba con 400 voluntarios, ahora tenemos alrededor de 1000”, señala Ana Auge una de las coordinadoras que trabaja a pie de calle con ellos redistribuyendo equipos y recopilando la información sobre las necesidades más urgentes que los voluntarios obtienen de su charla con quienes van encontrando a su paso, sean habituales de la zona que les toca recorrer, o no. Cada vez que encuentran a una persona nueva tratan de acercarse a ella con delicadeza, simplemente para tenderle una mano. Es así, de la nada, como van conociéndola y recopilando información que anotan y con la que se va creando una especie de pequeño vínculo personal del que se basan para tratar de hacer un seguimiento de sus necesidades más básicas. “Me

Avenida Santa Fe (Diego Abel Penas)

impresionó mucho el primer recorrido en el que participé y en el que conocí a una chica de 16 años embarazada de casi 9 meses, que estaba con dos pibes: su novio, de su misma edad y futuro padre del bebé, y el hermano de este. Los tres venían a Capital desde una villa del barrio de Ezeiza en la que vivían. Al volver la semana siguiente y encontrar al novio solo, llorando, y enterarnos de que a ella la habían tenido que ingresar grave porque se había puesto de parto, marché triste a casa ese día. Por suerte, al cabo de las semanas, el hermano de este pibe al que vimos una noche, nos dijo que tanto la chica como el bebé estaban bien”, tras unos minutos de silencio Leo, con la mente puesta todavía en aquella noche, concluye: “Para mi acaban siendo como de la familia. Llegas a compartir sus problemas y sus alegrías, como si fuesen propios”. Aunque a veces les cuesta llegar a ellos. “Nos cuenta su vida quien quiere, nosotros no les forzamos a que lo hagan”, comenta Nacho mientras nos acercamos a César, del que todavía desconocen muchas cosas. Para empezar no saben su edad exacta, porque César no se la ha sabido decir. Calculan que entre 65 y 70 años, de los cuales alrededor de 11 vive en la calle. Al llegar al soportal en el que se encuentra recostado  y  tapado con una manta, casi dispuesto a dormir, Nacho se interesa por su salud: “¿Todo bien César?, ¿también la salud?”. César asiente mientras toma un sorbo de la sopa de calabaza que le acaban de servir caliente.  De repente una chica que observa atenta la escena mientras espera el autobús de vuelta a casa, se interesa por la asociación a la que pertenecen Nacho y Leo y  ellos muy gustosos le explican cómo puede informarse si desea echar una mano, “que tanta falta hace”. “Esto suele ser así”, dice Nacho al reemprender la marcha, “muchas veces te enteras de este tipo de cosas por el boca a boca, aunque tanto en mi caso como el de Leo fue por una nota informativa en uno de los diarios argentinos de mayor difusión”. Leo asiente mientras escucha con atención a su compañero, al que toma el relevo de la palabra para añadir: “A mí siempre me ha gustado colaborar con este tipo de iniciativas. Hace unos años estuve ayudando a un grupo de religiosas que trabajaban desde dentro de la villa. Ahora las cosas se han puesto muy feas en ese sentido, ya que cada vez hay más violencia. Si no conoces a alguien de dentro, te la juegas entrando a una de ellas, aunque tus intenciones sean buenas”.

La violencia es un mal endémico presente en muchos países de América Latina, en mayor o menor medida,  ya que está directamente relacionada con la brecha de desigualdad tan grande que existe en la región, que sigue siendo la más desigual del mundo. A este respecto, y según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en su libro La hora de la igualdad: brechas por cerrar y caminos por abrir, durante las últimas dos décadas,  a pesar de que la región ha mostrado significativos avances en materia de reducción de la pobreza, no se han conseguido avances equivalentes en materia de reducción de desigualdades. Según la CEPAL, todavía una proporción significativa de la población no logra acceder a los beneficios del crecimiento económico, es excluida de participar en la economía formal, vive en condiciones de vulnerabilidad y no tiene acceso, o lo tiene de forma muy restringida, a los sistemas de protección social.

La situación se agrava en los casos de aquellas personas que viven en la marginalidad absoluta, debido a que en muchas ocasiones están indocumentadas, lo que significa que aunque pudieran optar a cualquier tipo de ayuda social por parte del Estado, no se benefician de ella por no tener la documentación en  regla, tal como comenta Ana Auge: “eso es algo que normalmente la gente de la calle desconoce, por eso desde Red Solidaria pusimos en marcha una campaña para informarles de los beneficios que podrían obtener si tuvieran su documentación en regla, y les facilitamos la manera de realizar los trámites. Hace unas semanas  sacamos una furgoneta de la administración a la calle, para que durante 3 días pudieran adquirirla, y no sabes cómo estaban de contentos muchos de ellos por haberlo conseguido: un señor mayor lloraba como un nene al ver su documento de identidad”.

Cuando Ana acaba de recoger los últimos testimonios de los voluntarios que hoy han recorrido Capital Federal, se le ve alejarse agotada y satisfecha. Lo mismo que sucederá con Nacho y  Leo, que un día más se irán a la cama con la sensación de haber hecho lo que debían. Lejos de la caridad, les mueve un sentimiento de “de justicia social”, algo en lo que todos los miembros de esta asociación coinciden.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie