Culturas

“El vino es como un soborno al dolor”

Miguel Fuster vivió durante 15 años en la calle

Ha publicado un libro de dibujos en el que narra cómo vive y siente un sin techo

“¿Por qué has aguantado tantos años, Miguel?”, piensa mientras dibuja una agresión que sufrió mientras vivía en la calle. Porque Miguel lleva sobre su cuerpo 15 años durmiendo entre cartones, sintiendo el frío y las vejaciones de ser un sin techo. “He visto el mal en la mirada de un muchacho que, porque sí, ni tan siquiera para robarme, me arrojó un adoquín que me partió el tabique nasal y no me causó la muerte porque no era ese mi momento. Me costará perdonarle y no sentir el desagarro que me produce el sonido de su risa mientras se alejaba contemplándome desde su cobardía triunfante”.

Desde hace algunos años, Miguel Fuster, vive en un piso tutelado por la Fundación Arrels. Rompió su amistad con el vino: “hace siete años que soy abstemio y no se me pasa por la cabeza tomarme ni una cerveza porque el alcohol no acepta ni una sola fisura“, nos cuenta, “pero uno nunca deja ser alcohólico”. Todo este tiempo lo ha invertido en recuperar su vida, y ahora, con la publicación de su libro de dibujos Miguel, 15 años en la calle, en contarle a la gente cómo vive, siente y piensa un indigente. “Quiero que lo que hago sirva para que la gente sepa que somos conscientes de que nos hacemos polvo nosotros mismos y de que estamos haciendo sufrir a quien nos quiere”.

Empezó con 16 años en la editorial Bruguera como aprendíz, “allí era el chico de los recados, pero después de la jornada laboral nos íbamos al estudio de los dibujantes y nos fijábamos en cómo lo hacían”. Por sus manos pasaron las planchas del Capitán Trueno. Después llegó a Selecciones Ilustradas, que más tarde se convertiría en Norma Editorial, y allí se especializó en hacer historias de romances para Inglaterra, Suecia y Escocia. “Con el auge de los videojuegos los encargos cada vez eran menos” y en esa época la situación de Miguel era crítica: pasó por una ruptura sentimental, la casa donde había vivido con sus padres y con su primera mujer y su hijo se incendió, “estuve un año viviendo en el piso quemado, sin cristales, sin agua y sin luz, pero seguía trabajando”. Cuando la situación se hizo insostenible comenzó a ir de una pensión a otra, a pisos compartidos. Y un día sin darse cuenta estaba durmiendo en calle. Nunca dejó de pintar: “hacía cuadritos de toros, de flamenca, de la catedral de Barcelona, cosas de Gaudí para vender a los turístas a precios patéticos, pero que me permitían ir aguantando”.

Primera parte del videodocumental sobre de Miguel Fuster, de Irene Boehme

Cada tarde huía de la ciudad a refugiarse en los parques de Collserda, prefería el frío del monte al riesgo de dormir en los cajeros de Barcelona. A veces, cansado de esperar colas para pegarse una ducha en los centros de acogida se iba de noche a una fuente y se metía allí para “quitarme el sudor, el olor y sobre todo la pobredumbre”. Su dieta consistía en cuatro o cinco cartones de vino al día, “el vino es como un soborno al dolor”. “Si tenía dinero me tomaba una o dos copas de anís”, cuenta que incluso llegó a hacerse adicto al paracetamol.

Miguel pinta el capítulo agresión (Juan Lemus)

Está acostumbrado a tener una vida muy sedentaria, dice, “me acuesto temprano, leo, escribo o dibujo un poco y a las cinco o las seis de la mañana me levanto y me voy a dar una vuelta”. Por las tardes se pasa por la Fundación a echar una mano, se sienta con Juan Lemus, quien le ayuda con su blog y con el correo electrónico “porque yo de los ordenadores lo único que sé es si pasando el dedo está limpio o sucio”, bromea. Estos días de entrevistas y presentaciones del libro están siendo frenéticos para Miguel, “estoy pasando un segundo shock” y se ríe porque sabe que muchos ojos están puestos en él y eso, aunque le cueste trabajo admitirlo, le gusta.

Habla rápido, con vitalidad, salta de un tema a otro, encadena vivencias, tiene tanto que contar, “he visto tanta ruina y tanto dolor” que ya está preparando el segundo libro. Con 66 años, Miguel tiene una vida nueva que exprimir y eso se le nota en la voz y “en la mirada sobria”.

“La vida siempre supera la ficción”, dice Irene Laxmi sobre Miguel. En 2006 Irene acudió a la Fundación, “quería documentar la vida de un sin techo” para su posgrado de Fotoperiodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona. “Creo que fue un flechazo por ambas partes” que les llevó a “una especie de pacto, donde yo documentaba su vida actual y también hacíamos fotos de lo que había sido su vida antes”, recuerda Irene porque “según él, cosa que no es verdad, por el alcohol se había olvidado de pintar y necesitaba a alguien que hiciera fotos de las viñetas de su vida”.

“En broma, él me decía que guardara las fotos por que algún día se haría famoso y alguien me las pediría”, dice Irene. Y sí, la vida siempre supera a la ficción.

Irene Laxmi y Miguel jugaron al blanco y negro para representar la vida en la calle; con el color en las imágenes para documentar la nueva etapa del dibujante. Aquí algunas de las fotografías:

Fotografías de Irene Laxmi