Culturas

El librero de Sudán del Sur

Hilary Logoro Suru es el propietario de la única librería de Sudán del Sur.

Su padre la abrió en 1976, pero pocos años después pasó a formar parte de las milicias que combatieron durante 20 años al gobierno central.

Hilary abrió todos los días durante la guerra, como hace ahora, durante la paz.

Hilary Logoro Suru en su librería (J. M. C.)

En Juba, la capital de Sudán del sur, la mayoría de las calles son de tierra y piedras y están llenas de agujeros. Durante casi todo el año, hace mucho calor durante el día, la luz es muy blanca y te ciega y la ciudad está llena de polvo. Moverse por ella es muy pesado y un paseo a pie te deja empapado en sudor y cubierto de tierra. Así que cuando de repente ves una pequeña librería en una calle sin nombre en la zona de Nimra Talata, cerca del estadio de baloncesto, entras para huir del sol, tomarte un respiro y ver si puedes comprar algún libro. Dentro, quieto como una estatua, está Hilary Logoro Suru. Las manos apoyadas sobre el mostrador, te mira con ojos tranquilos y, cuando le preguntas sobre qué tal es tener una librería en Juba, responde lentamente y en voz baja. Primero, se disculpa por el hecho de que la mayoría de los libros son en árabe y tienen un aspecto viejo y cansado. “Son de segunda mano y me los consiguió un amigo, ahora es lo único que hay”. “Pero, desde la paz, las cosas van mejor y estoy planeando comprar muchos más libros. No es como durante la guerra. Finalmente, espero poder acabar teniendo una buena librería”, continúa.

Se refiere al tratado de paz que en 2005 puso fin a una guerra que enfrentaba al norte y al sur de Sudán desde 1983. Cerca de dos millones de personas murieron debido al conflicto, que también desplazó a más de cuatro millones, según cifras de Naciones Unidas. El norte de Sudán, de población mayoritariamente árabe y musulmana, quería mantener el control sobre el sur, que cuenta con tierras más fértiles y ricos recursos petrolíferos. Además, la población del sur es negra y mezcla creencias tradicionales con elementos cristianos. Según Naciones Unidas, en 2005 el 90 por cien de la población de Sudán del sur vivía con menos de un dólar al día. Hoy, seis años después, algo más de la mitad de la gente sigue contando con menos de un dólar al día para vivir y no es que el resto haya mejorado significativamente más allá de la estadística. No es fácil vender libros en un lugar así.

“No vendo mucho y la gente suele decirme: ‘Cambia la librería por otro negocio’”, cuenta Hilary, “pero yo digo: ‘No, mi profesión es librero, yo vendo libros y no voy a cambiar’, además, quiero ayudar a que mi gente se eduque”. Y continúa con orgullo: “De hecho, ésta es la primera librería que abrió en Juba, si preguntas a la gente, te lo dirán, y muchas de las otras librerías en realidad sólo venden artículos de papelería pero yo vendo libros”. Para corroborar sus palabras, Hilary muestra el certificado de apertura de la librería: febrero de 1976. Y una vuelta por el centro de Juba también le da la razón: la mayoría de los establecimientos que se anuncian como ‘Bookshop’, Librería, no tienen libros sino paquetes de folios, bolígrafos, cuadernos.

“Fue mi padre quien abrió la librería, yo entonces era joven (tenía 19 años) y aún estudiaba pero, cuando no tenía clase, venía aquí a ayudar y desde entonces he estado interesado en los libros”. Hilary acabó sus estudios en 1979, trabajó durante un tiempo fuera de Juba y regresó a la capital en 1983 para hacerse cargo de la librería. Su padre, Eliaba James Suru, se involucró en política entre los que se oponían al régimen de Jartum. “Mi padre acabó siendo detenido y torturado y expulsado a Kenia, de donde regresó para unirse a la resistencia junto con el difunto John Garang”, narra Hilary.

Garang lídero y unificó al sur durante el conflicto. Tras el acuerdo de paz en enero de 2005, se convirtió en el primer presidente de Sudán del sur, aunque poco después, en julio de ese año, murió en un accidente de helicóptero. Hoy es un héroe nacional y está considerado el padre de la nación. Tras el fin de la guerra, el sur se convirtió en una región con bastante autonomía dentro de Sudán, y Eliaba James fue elegido miembro de la Asamblea Legislativa de Sudán del sur, hasta que se retiró en mayo del año pasado.

Durante la guerra, Juba era el principal objetivo del norte, la ciudad sufrió numerosos bombardeos y al final del conflicto estaba vacía y destruida. Y mientras su padre luchaba en las milicias que acabaron formando el SPLA (el ejército del sur), Hilary seguía abriendo la librería cada día. “Yo no podía irme de aquí, así que seguí vendiendo libros cada día. Pero cuando caían las bombas, entonces tenía que cerrar e irme corriendo a esconderme. Y cuando volvía la calma, pues volvía y abría la librería otra vez”, cuenta tranquilamente mientras señala hacia un lado de la calle: “Allí cayó una bomba”. “Parezco muy valiente pero éramos todos, no sólo yo, teníamos que correr por la calle mientras caían las bombas pero entonces era normal”, describe con humildad.

Salvando todas las diferencias, uno piensa en “El librero de Kabul”, el relato de no ficción escrito por Åsne Seierstad. Pero, en realidad, la historia de Hilary es diferente, más simple y, quizá, más triste. “No tenía adonde ir, no había ningún otro sitio donde yo pudiera estar. Mi familia, mi mujer y mis hijos estaban en Jartum, pero éste era mi único trabajo y yo tenía que ganar algo de dinero para enviárselo a mi familia en Jartum”.

Hilary siguió abriendo la librería cada día durante la guerra porque necesitaba el dinero y no tenía otra opción. Insiste en que le gustan los libros pero cuando se le pregunta cuál es el último que ha leído, no sabe qué responder y no dice ningún título. “¿Cuál es tu libro favorito?” “No sé, todos”, contesta. “O, bueno, ¿cuál es tu autor favorito?” “No sé”, responde Hilary, que tampoco sabe decir si tiene novelas en inglés en su establecimiento.

El dueño de la librería más antigua de Juba, y por tanto seguramente de Sudán del sur, la mantuvo abierta y se jugó la vida durante la guerra porque era su única opción para poder mantener a su familia. Si hubiera podido, se habría refugiado en Jartum con su mujer y sus hijos, pero en Juba podía seguir vendiendo libros y al mismo tiempo mantener el negocio familiar.

Hilary sí cree en la educación. “Las escuelas seguían abiertas”, recuerda, “así que la librería tenía que estar abierta para que la gente pudiera venir y comprar manuales escolares y lápices. Si hubiera cerrado la librería, ¿dónde habrían comprado estas cosas?”. E igualmente cree en la capacidad de los libros para formar y mejorar la sociedad. “Durante la guerra, la gente puede seguir aprendiendo, no podía permitirme cerrar la librería”. Y concluye: “Los libros son muy, muy importantes. Cuando vayamos construyendo nuestro nuevo país, necesitamos crecer con la educación. Vamos a tener universidades, vamos a tener escuelas secundarias, vamos a mejorar los estándares de nuestros jóvenes”.

Pero su historia no es la historia de un librero apasionado que corrió entre las bombas para poner a salvo un ejemplar especialmente valioso. Ni es la historia de alguien que vendía libros prohibidos a escondidas durante la noche. Su librería no tiene un refugio secreto en el que se ocultó un escritor maldito. Nadie va a escribir un libro sobre Hilary ni su vida ha sido de película. Ni tiene porqué serlo.

La suya es la historia de un hombre que arriesgó su vida y siguió haciendo su trabajo para poder enviar algo de dinero a su familia durante la guerra civil de su país. La suya es la misma historia de tantas otras personas en la guerra entre el norte y el sur de Sudán y en otros conflictos en otras partes del mundo. Es una historia muy simple: has de hacer lo que tengas que hacer para mantener a los tuyos. Sin más.

Cuando uno se marcha de la librería, en la que no ha entrado un solo cliente durante todo este tiempo, Hilary sigue imperturbable, la mirada seria y tranquila, las manos sobre el mostrador.

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