Sociedad

Memoria migrante, la realidad sobre las tablas

Los recuerdos de mujeres refugiadas, luchadoras y algunas octogenarias se convierten en teatro

Hacer de la historia oral de distintas comunidades arte comprometido es el objetivo del colectivo que ahora mueve por México la obra “Todo está aquí”

Los globos de colores lo inundan todo. Y aún así Adelina Granados, 57 años, salvadoreña que se interpreta a sí misma, no deja de inflar más y más.  Sobre el escenario cinco mujeres, tres octogenarias, todas refugiadas que huyeron de la guerra, la represión o la muerte, entretejen sus recuerdos: un suelo que durante un tiempo fue la única cama, los preparativos de una boda,  mensajes clandestinos escondidos en los zapatos, los ausentes, la comida, los amores…

“A veces se me confunden las historias del pasado y las del presente, he llegado a pensar que algunas de esas historias nunca sucedieron pero me dicen que no me preocupe, que en el teatro a veces se cuentan verdades y a veces mentiras, que lo importante es contarlas”, dice sobre el escenario la hondureña Dilia Ramírez, de 78 años, una mujer pequeña y delgada de ojos vivarachos que sobre las tablas ultima los preparativos de la boda de su hija hasta que su compañera espeta: “María Dilia, miente. En realidad ella se enteró de que su hija se había casado a través de una carta”.

Eva Aranda sentada

“Todo está aquí” es mucho más que una obra de teatro, es el último proyecto del colectivo “Memoria migrante”, una forma de “dar voz a los sin voz, de reconstruir la historia oral de personas y comunidades mediante el arte, de crear algo a través de experiencias individuales y ahora es un intento por reconstruir el proceso migratorio”, explica su directora, Melina Alzogaray.

No es la primera vez que Alzogaray utiliza la memoria para hacer arte. “Memoria Migrante” comenzó reconstruyendo el movimiento hippy de la Ibiza de los 70 y se fue moviendo de país en país, de historia en historia hasta llegar a Ciudad de México. Alzogaray se cruzó con “las mujeres monarcas”, un grupo de refugiadas políticas latinoamericanas, mujeres comprometidas que coincidieron en la Casa del Refugiado A.C de la capital mexicana hace años, y comenzó a fraguarse la idea. “Queríamos crear espacios de reflexión, ofrecer una salida laboral a esas mujeres cuando  muchas ya han entrado en la tercera edad y parece que no pueden hacer nada, construir algo alegre”. La idea no era mostrar a víctimas sino a mujeres con vida propia.

El proceso de creación llevó su tiempo. Ellas decidían qué era importante contar, qué sugerir, qué callar aunque lo hicieran sin darse cuenta, a través de los talleres que Alzogaray y sus compañeros impartían con el apoyo de la Casa de Refugiados.  “Yo no puse un texto tras otro –comenta el dramaturgo Noé Morales- . Fue un proceso de creación colectivo que al principio las generó incredulidad pero que funcionó gracias a la increíble entrega y profesionalidad de estas mujeres”.

Dilia Ramírez (de pie) y Adela Aranda (sentada)

Recuerdos y catarsis 

Todo comenzó cosiendo muñecas. “Fue muy bonito, comenzamos a hablar, a recordar mientras las hacíamos, nosotras nos conocíamos de antes pero salieron muchas cosas nuevas”, explica Dilia. “Uno sí quiere contar pero cuesta, a veces no sale”.  Y eso aunque Dilia nunca olvida esa tarde de 1975 en Guatemala cuando se llevaron a su marido, o los años que pasó buscándolo sin tener nunca noticias, o su huida a Honduras y luego a México. “A mí el miedo se me fue metiendo y solo quería pasar desapercibida, por eso lo más difícil fue sacar la voz”.

“Yo inflé 99 globos rojos y 103 azules”, comenta Adelina.

Teresa Carranza, salvadoreña de 80 años, comparte con el público los tres besos de aquel chico que conoció al llegar al DF, el que decía que ella tenía “una mirada devoradora”, el recuerdo más dulce de unos tiempos en los que dormía en el suelo y cobijaba a sus hijos en una caja de cartón mientras otro de sus vástagos –hoy entre los espectadores- sufría en una cárcel salvadoreña. O cómo en El Salvador pasaba mensajes clandestinos en la suela de su zapato o en termo de chocolate para contribuir así con la lucha de su pueblo.

“Y 263 globos eran amarillos”, detalla Adelina.

Otra salvadoreña, Eva Aranda, de 84 años, toma una ducha sobre las tablas. Muestra una cara alegre y cierta coquetería aunque recuerda que antes no era así. “La tristeza se quedó en mi cara”. “Han pasado 33 años y todavía no he podido superar la muerte de mi hijo. Usted no sabe cómo los camiones de basura recogían los cadáveres que dejaban tirados en la carrera y muchos no podían decir que era su hijo porque se llevaban a toda la familia”.

“También inflé 608 globos verdes”, insiste Adelina.

“Yo les voy a contar como conocí al hombre de mi vida” suspira Nélida Herrera, colombiana de 50 años, la más joven del grupo, mientras hace tortillas. Fue después de pasar un año en México sin salir del refugio. “Tenía miedo”. Ahora su sueño es reunirse con su hija, la que dejó en Colombia hace 17 años y a la que no ha podido volver a ver.

“509 rojos y 5 negros”, continúa Adelina.

Con todos estos recuerdos y horas de ejercicios y ensayos, se configuró una obra que está recorriendo México, ofrece un salario a sus actrices y trabajadores gracias al apoyo de diversas instituciones, y su directora confía en que pueda llegar a otros países. “Ha empoderado a mujeres luchadoras” dice orgullosa Alzogaray, aunque reconoce que durante todo el proceso se vivieron momentos duros.

“Ha sido una catarsis”, subraya Dilia. “Me he liberado de esos dolores y me siento realizada”.

Antes de salir a escena, calientan la voz, el cuerpo, gritan, se abrazan, pierden el pudor, se gustan a sí mismas. Sobre el escenario comparten impresiones como refugiadas en un país por el que hoy, cientos de migrantes como ellas transitan en busca de una vida mejor. “Es muy importante recordar todo aquello en el México de ahora”, dice Eva.

Después de una hora de espectáculo, comienzan los aplausos. Hernán Texpan mira a las actrices emocionado. Es el hijo preso del que Teresa habla en el escenario. “No sabía lo de los papelitos, no pensé que se había arriesgado tanto”, reconoce tan orgulloso como asombrado.

A pocos metros, Adelina sentencia: “Hace 25 años me operaron y de ejercicio me pusieron inflar globos. No me acuerdo de nada más…o tal vez de un poco sí”.

 

Nelida Herrera cocinando

Teresa Carranza y su hijo Hernando

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