Sociedad

La otra capital, la otra ciudad

El SIDA se considera una epidemia en Washington, donde afecta al tres por ciento de la población

El estigma de la enfermedad, la prostitución y el consumo de drogas han impulsado los contagios

Hay 57.000 nuevos infectados cada año

Define Washington tanto como la sensación de poder en el ambiente. Pero no lo ves. No participa en el desfile de trajes y tacones de la calle K, la de los lobbies. Ni en su reflejo al otro lado de la ciudad, cuando la moda avanza desde el metro hasta las oficinas del capitolio. Ni en los mercados de comida orgánica que relajan el ritmo de la capital el fin de semana. Ni en los parques ni en las avenidas. Ni en el aire a obsesión con el poder que respira la capital de Estados Unidos. The capital. El otro nombre de Washington.

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Pero las cámaras de televisión sólo apuntan a los símbolos. La Casa Blanca, el Capitolio, el Congreso. Lejos de los iconos del poder, los anuncios gritan en las paredes del transporte público dónde hacerse las pruebas del SIDA de forma gratuita. La importancia de utilizar preservativos. Cómo denunciar explotación de menores. En la parada de autobús un mensaje gritaba a Obama antes de las elecciones que “el SIDA es el Katrina de DC”.

57.000 nuevos infectados cada año. Tasas superiores a las de Lagos, en Nigeria, y sin nada que envidiar a países en desarrollo como Haití o Somalia. La Organización Mundial de la Salud declara una epidemia cuando se sobrepasa el 1 por ciento de la población infectada. En Washington afecta al 3 por ciento de la población adulta. Esos son los ciudadanos diagnosticados. Los datos reales podrían llegar al cinco por ciento. Mientras el ex presidente George Bush lanzaba uno de los programas más ambiciosos para luchar contra el SIDA en África, la situación tenía un reflejo idéntico a pocas manzanas de la Casa Blanca.

Se estima que un tercio de los infectados se debe al uso de jeringuillas infectadas. La falta de información, el estigma de la enfermedad, la prostitución y el consumo de drogas empujan al virus. El SIDA se ha convertido así en la primera causa de muerte de las mujeres afroamericanas de Washington entre los 25 y 34 años.

Poster del documental The Other City

La Otra Ciudad” es el nombre del documental que quiere obligar a medios, autoridades y ciudadanos a descubrir la verdadera ciudad en la que viven. La verdadera capital de su país. “En los cinco años que llevaba en D.C. y trabajando para el Washington Post, la diferencia entre el Washington que yo conocía y el que descubrí -caminando, en el autobús o en el metro, entrevistando a los residentes- era tan aplastante que no dejaba de preguntarme si la etiqueta de ‘la ciudad más poderosa del mundo’ no es más que un insulto”, cuenta Jose Antonio Vargas, cuya cobertura sobre el SIDA en la capital inspiró el documental.

Washington acumula el poder del gobierno de Estados Unidos. También están presentes las organizaciones nacionales e internacionales. Grupos de interés. Medios de comunicación de todo el mundo. Entre todos ellos pasean precisamente los más interesados de esta situación, pero con menos poder: los ciudadanos de Washington no tienen representación política en el Congreso. La única congresista que corresponde a la capital -no corresponde un senador- puede votar en determinados comités, pero no está considerada legisladora de pleno derecho. Nadie representa completamente los derechos de los ciudadanos de la capital, a pesar de que sí paguen impuestos.

Por muy alto que grite la epidemia de SIDA, nadie escucha. Es la sensación de José Ramírez, uno de los protagonistas del documental y que representa el caso de los latinos indocumentados que se cruzan con el VIH en su camino hacia el sueño americano. Ramírez es el coordinador de los programas para jóvenes de La Clínica del Pueblo y la Clínica Whitman Walker. Es el único centro en Washington y los estados de Maryland y Virginia. Luchan porque la epidemia no se extienda en la comunidad hispana como lo ha hecho en otras minorías.

“Aquí se sienten seguros, nadie se tiene que esconder”, dice Ramírez de los más de 20 chavales que entran a diario a pedir información, utilizar los ordenadores, hacerse las pruebas del SIDA o participar en las actividades en grupo. El programa “Mpodérate” ofrece consultas médicas, ayuda psicológica, apoyo para acceder al sistema educativo o preparación de exámenes a decenas de jóvenes indocumentados. También se acercan a los jóvenes en MySpace, Facebook o Twitter. “Vienen con mucha presión, todo el mundo les dijo en casa que llegarían aquí y lo conseguirían todo, pero no conocen a nadie y acaban en la calle, sin papeles y sin acceso a nada”, explica Ramírez de los jóvenes con los que trabaja a diario.

El Katrina de Washington DC

El Katrina de Washington DC

“Estar infectado desde los 17 años me afecta, por supuesto, pero me resulta más difícil todavía saber cómo lo están pasado estos jóvenes”, cuenta Ramírez. “Están haciendo la calle, no tienen nada y les ofrecen 200 dólares más por no utilizar condón, por supuesto que lo van a coger. Lo único que hacen es sobrevivir”.

Una de las cosas que estos jóvenes pueden hacer gracias al programa que coordina Ramírez es negociar sexo seguro con los clientes.

Las dos clínicas se han convertido en un pequeño refugio para un sector de la población de la capital que, como describe Ramírez, está atrapado en medio de dos fuegos. La comunidad homosexual no suele implicarse en la polémica sobre inmigración: “están preocupados por el matrimonio gay y la discriminación en el ejército”. La comunidad inmigrante, por otro lado, no acoge a los jóvenes que salen del armario.

“Puedes vivir tu vida completamente en silencio. Es lo que yo habría hecho”, declara la hermana de Ramírez en el documental.

El SIDA ha avanzado en silencio por las calles de D.C. desde los últimos 30 años. “La Otra Ciudad” retrata también los casos de Joseph, cuya muerte a los 35 años inspiró la creación de una casa para pacientes terminales de SIDA; J’Mia, infectada desde los 25 años por un compañero que sabía estar infectado y compartió todo menos esa información, madre soltera de tres hijos y a punto de ser desahuciada, y Ron, el afroamericano que intercambia jeringuillas limpias por usadas en los parques de Washington.

Todos ellos llegan hoy a los cines de la capital después de inaugurar el Festival de Cine de Tribeca en Nueva York. Para algunos espectadores el documental pondrá rostro a las estadísticas, para otros, descubrirá por completo su otra ciudad.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie