Sociedad

“La destitución de Mursi fue un paso atrás para volver al buen camino”

Dalia Ziada (Cairo, 1982), defensora egipcia de los derechos humanos y de las mujeres, cree que a veces es necesario dar un paso hacia atrás para avanzar dos adelante.

 La destitución del presidente egipcio Mohammed Mursi por parte del ejército tras multitudinarias manifestaciones a lo largo y ancho de Egipto supuso, en su opinión, una regresión democrática, pero también una oportunidad para corregir el rumbo de la revolución egipcia, del que tanto Mursi como los Hermanos Musulmanes se habían desviado, y volver al camino correcto.

Nombrada por Newsweek como una de las mujeres más influyentes y valientes del mundo, considerada por The Daily Beast como una de los diecisiete bloggers más valiente del mundo  y galardonada con el Premio de Periodismo Mediterráneo Anna Lindh, la directora ejecutiva del Centro Ibn Khaldun para Estudios del Desarrollo, una de las más antiguas ONGs para la promoción de los derechos humanos de Egipto y del mundo árabe, cree que la situación en Egipto estaba madura para una intervención militar como resultado de la incapacidad de Mursi para resolver los problemas que aquejaban al país y que es necesario pasar página y comenzar una nueva etapa con los Hermanos Musulmanes.

Pregunta: La pregunta del millón: ¿Fue o no fue un golpe de estado? 

Dalia Ziada: Se necesita un tercer término. No fue un golpe y no fue enteramente una revolución. La gente salió a la calle y recibió el apoyo de las instituciones del estado. Esto suele ocurrir en las revoluciones, especialmente en las no violentas, como las revoluciones en Europa oriental y en la primavera árabe en 2011. Sin embargo, esta vez fue algo único, porque la respuesta del ejército se produjo después de que el propio ejército hubiese sido marginado durante un año y tras disensiones entre el ejecutivo y las instituciones del estado, incluidas las fuerzas armadas.  Creo que la única institución que apoyaba al régimen era la policía. Las demás instituciones quedaron marginadas: el poder judicial, Al-Azhar, incluso la iglesia copta…Todo el mundo estaba en contra de lo que ocurría. Podríamos decir que todas esas fuerzas sociales, el pueblo y las instituciones del estado, conspiraron para sacar la manzana podrida del medio de la cesta para evitar que el resto se pudriesen también.  Creo que el golpe fue una regresión. No supuso progreso ni fue un paso adelante, sino un paso hacia atrás, pero la razón por la que estamos daño un paso atrás es porque nos desviamos. Bajo el gobierno de los Hermanos Musulmanes nos salimos del camino durante un año.  Nos estaban forzando a ir en la dirección incorrecta. Lo que hicimos fue decir que parasen, que no le seguiríamos por más tiempo y dimos un paso atrás para volver al camino correcto. Se necesitaría un término especial. Se puede decir que fue un golpe y que no fue un golpe y en ambos casos se estaría en lo cierto.

P: Hace un año, el ejército era una de las instituciones más impopulares de Egipto y un año más tarde se ha vuelto a convertir en la institución más popular del país. ¿Qué ha pasado?

DZ: Es cierto. Bueno, no del todo. El ejército ha sido popular durante mucho tiempo, porque siempre ha sido una institución independiente y profesional. Tiene su propio presupuesto y su existencia no depende de ningún presidente.  Al contrario, la existencia del presidente o del régimen depende del ejército, pero no al contario. Siempre tienen voz y voto. Es un estado dentro del estado. Olvídate de la guerra del Yom Kippur con Israel en 1973. La mayoría de los jóvenes no conoce esa guerra y su relación con el ejército no está basada en ella sino en otros sucesos, como el terremoto de 1992 o la crisis del pan en 2008, cuando el ejército ayudó a la gente.

P: Y esto aumentó la popularidad de los militares.

DZ: Por supuesto. El ejército interviene cuando lo necesita, cuando necesita hacer algo bueno para el pueblo. ¿Por qué por ejemplo la policía sólo nos golpeaba, nos torturaba y hacía daño, pero nunca ayudaba? La gente edificó este fuerte lazo con el ejército, que alcanzó su cénit con la decisión de abandonar a Mubarak a su suerte y ponerse del lado de la gente en 2011.

P: Al mismo tiempo, todo el mundo celebró el hecho de que Mursi destituyese al jefe del estado mayor del ejército (Mariscal Tantawi) hace un año.

DZ: Sí, quizá no todo el mundo, pero un gran número de gente que sufrió las consecuencias del mal gobierno de los militares durante el primer año post-Mubarak. Los militares no son políticos y cometieron un grave error al tratar de jugar el juego político, pero creo que ahora están aprendiendo de sus errores. Tras la primera oleada revolucionaria, trataban a los civiles como si fuesen soldados. Daban órdenes y no estamos acostumbrados a que se nos de  órdenes.  No somos soldados y así la gente comenzó a ponerse nerviosa. Fue extraño. Habíamos hecho una revolución para tener democracia y el ejército nos estaba dando algo distinto. Los egipcios sufrieron mucho y es por ello que pidieron el final del régimen militar. Tras esto, cuando Mursi cometió tantísimos errores en el manejo de los asuntos de estado, antepuso los intereses de los Hermanos Musulmanes, creó caos para ganar popularidad o para llevarse el mérito por haberle puesto fin, la gente se dio cuenta de que quizá estaban mejor con los militares en el poder.  El ejército nos proporcionaba seguridad, algo que Mursi no podía darnos, y es patriota y honesto, algo de lo que los Hermanos Musulmanes carecen, porque no son para nada patriotas. Sus líderes aparecieron en varias cadenas de televisión diciendo que no les importaba Egipto, que Egipto sólo era una pequeña parte de la Umma [Comunidad de los creyentes] islámica. Si eres el presidente de Egipto tienes que respetar el país y sin Egipto no eres nadie. Los egipcios empezaron a pensar que, aunque el ejército es mal político, quizá es preferible tenerlo en el poder, no necesariamente como político, sino para proteger el país y nuestra seguridad nacional.

P: El hecho de que las fuerzas armadas sean un poder independiente y tengan su propia agenda, ¿podría suponer un problema a la hora de poner el ejército bajo control civil en una fase posterior de la transición?

DZ: No creo que el ejército quiera involucrarse en política de nuevo.  Ha aprendido de sus errores.  Ahora hace las cosas de forma más transparente y está tratando de mantener una mejor relación con la gente.  No creo que quiera mantenerse en el poder de nuevo, porque le interesa quedarse como está, independiente y profesional, para poder decidir lo que quiere, evitar injerencias externas en sus procesos de decisión, y mantener su popularidad. Al mismo tiempo, no aceptará que un gobernante civil mine su popularidad o afecte su independencia.  Dicho de otro modo, no aceptaría por ejemplo que un gobierno civil controlase su presupuesto. No creo que esto vaya a suceder en los próximos diez años. No aceptará que un gobierno civil tome la decisión de entrar en guerra. Quiere tener esa prerrogativa. Y creo que es aceptable en tanto en cuanto no afecte nuestro progreso hacia la democracia.

P: La destitución de Mursi por parte del ejército envía un peligroso mensaje: si consigues que las suficientes personas salgan a manifestarse, puedes anular los resultados de las elecciones. ¿No supone esto una amenaza a la democracia?

DZ: Creo que quien envía este mensaje es la gente, no necesariamente el ejército. El ejército no intervino cuando hubo otras protestas porque pensó que no era democrático o que la gente sinceramente no quería que lo hiciese, pero además de las protestas, hubo otras cosas que empujaron al ejército a intervenir. En Marzo, la gente pidió el regreso del ejército al poder como medio de resolver nuestros problemas de seguridad e inestabilidad. Varias fuerzas políticas pidieron una intervención militar y el Centro Ibn Khaldun publicó un sondeo de opinión que mostraba que el 82% de los egipcios querían el retorno de ejército al poder. El 82%! Es mucho! Esto muestra que el ejército era bienvenido.  No hay que olvidar que el ejército tiene sus propios intereses. Es parecido a lo que ocurrió en 2011. En aquel entonces las fuerzas armadas estaban ofendidas, porque Gamal Mubarak podía auparse al poder, así que empezaron a movilizar a la gente. La inteligencia militar hizo una investigación en abril de 2010 y descubrió que habría protestas masivas en los meses siguientes. Las fuerzas armadas decidieron que abandonarían a Mubarak y se pondrían del lado del pueblo, si las protestas eran lo bastante grandes. Lo mismo ha sucedido ahora. La situación estaba madura para que el ejército se vengase de Mursi, que había facilitado el asesinato de ocho soldados en Rafah en Ramadán de 2012 y se había negado a hacer algo tras el ataque. En lugar de dar algún tipo de consuelo a los soldados, Mursi destituyó al Mariscal Tantawi, que era muy popular dentro del ejército.  Más tarde llego Al-Sisi, que tenía una visión muy conservadora sobre los temas en los que las fuerzas armadas debían implicarse.  Sin embargo, llegado el momento, Al-Sisi dio un paso al frente no sólo para ayudar a la gente, sino para vengarse en nombre de los líderes destituidos y de la gente que había sido asesinada.

P: ¿Cree entonces que el ejército apoyó a la gente para defender sus propios intereses?

DZ: Por supuesto. En parte fue por propio interés.

P: Parece que ahora estamos asistiendo a un combate: la legitimidad otorgada a un presidente democráticamente elegido en unas elecciones contra la legitimidad de la gente que se manifiesta contra un gobernante que se niega a escuchar lo que la gente le exigente.  ¿Ve alguna salida a este dilema?

DZ: Sí. Creo que es importante que los Hermanos Musulmanes se den cuenta de que la legitimidad popular es ahora mayor que la legitimad que otorgan las urnas, porque la democracia no son sólo elecciones. En Octubre de 2012, Mursi empezó una deriva anti-democrática, a hacer promesas que nunca cumplió, a dañar nuestras relaciones con el resto del mundo, a decir que apoyaría a los coptos y a las mujeres cuando en realidad les marginaba y hablaba mal de ellos. Entonces empezamos a pensar que algo malo estaba pasando y que no queríamos a un presidente que no representase nuestra gloriosa revolución. Mucha gente pagó la revolución con sus vidas y todos nosotros arriesgamos las nuestras participando en ella. Aquellos que votaron a los Hermanos Musulmanes empezaron a oponerse a Mursi y su legitimad quedó socavada porque no pudo conseguir el apoyo de sus propios votantes. Es cierto que esto supone un dilema, pero ¿cómo podemos empezar a resolverlo? Creo que el primer paso lo deben dar los Hermanos Musulmanes. Sus líderes están diciéndole a sus seguidores que esta guerra no trata de democracia, elecciones o de la revolución, sino del Islam y esto es un problema. Creo que deberíamos empezar por apartar a los líderes que están incitando a la violencia de los Hermanos Musulmanes y trabajar con gente decente que carece de educación y no entiende las dinámicas del proceso político y enseñarles que sólo es una cuestión de ganar y perder y que perder no significa ser asesinado. Podrían regresar en unos años e incluso participar en las elecciones parlamentarias dentro de unos meses. Probablemente ganarían unos cuantos escaños.  Así es cómo deberían ir las cosas. Ahora tenemos un presidente interino, una declaración constitucional…El país está avanzando y créeme cuando te digo que no queremos dejarles atrás. Queremos que se suban al tren, pero no parecen estar dispuestos a ello. Siguen viéndolo como una cuestión de vida o muerte.

P: En su opinión, ¿cuáles fueron las causas de la caída de Mursi?

DZ: La lista puede ser eterna. Permíteme centrarme en los temas que más me conciernen, que son los derechos de la mujer y las minorías religiosas. Mursi marginó a ambos grupos y así perdió popularidad no sólo a los ojos de los egipcios, sino a los ojos del mundo. Por otra parte, tenemos interminables problemas económicos. Nunca habíamos visto una depreciación tal de la libra egipcia…un dólar equivale a siete libras egipcias por primera vez en la historia. Esto se reflejó en el paro, la falta de inversión en el país, la falta de inversores y de turistas. En la vida diaria de los egipcios, nos encontramos con frecuentes cortes de luz, escasez de gasolina y precios por las nubes.  Mursi no se interesaba por Egipto lo más mínimo. Hablaba todo el rato de Siria, de Hamas, de los islamistas en Mali. Venga ya! Tienes un país que tiene numerosos problemas y, en lugar de centrarte en resolverlos, te dedicas a hablar de otros países. No puedes ponerte a arreglar los problemas del vecino hasta que no hayas resuelto tus propios problemas. Todo esto resultó muy ofensivo para los egipcios y es por ello que decidieron deshacerse de él antes de que fuera demasiado tarde. Una de las cosas que la gente se preguntaba era si debían esperar cuatro años para deshacerse de él. Si hizo lo que hizo en un año, ¿qué hubiese pasado si hubiésemos esperado? Por último, la falta de seguridad y estabilidad.

P: ¿Cree que fue un error celebrar elecciones presidenciales antes de tener una Constitución?

DZ: Sí, lo creo. Lo dije antes de las elecciones presidenciales. Si quieres crear una democracia, hay una diferencia entre las meras elecciones y la democracia liberal y por liberal quiero decir una democracia que concede la máxima importancia a los derechos civiles, políticos y humanos.  Lo que te da esos derechos es un estado que tiene una Constitución, las instituciones y, por último, el presidente, sea quien sea.  Si hubiésemos tenido una Constitución de verdad, le hubiésemos hecho dar cuenta de sus actos; si hubiésemos tenido instituciones verdaderas, no hubiese abusado de su poder de la manera en que lo hizo.  Fue un gran error el precipitarnos a unas elecciones presidenciales sin tener primero una Constitución.

P: Tras la intervención del ejército, Egipto se ha polarizado. Por un lado, el Presidente Mansour ha formado un gobierno de unidad nacional.  Por otro lado, los islamistas siguen exigiendo que Mursi sea repuesto en su cargo. ¿Hay lugar para una solución de compromiso?

DZ: Creo que debería haber, pero no con los líderes de los Hermanos Musulmanes.  Creo que deberíamos centrarnos en los jóvenes.  Por cierto, Los Hermanos Musulmanes son un grupo muy estricto, pero ha habido recientemente tensiones entre los líderes y las generaciones más jóvenes y muchos jóvenes han dejado el grupo.  ¿Por qué no empezamos acercándonos a aquellos que rechazan la violencia o el uso de la violencia para proteger al grupo? Deberíamos abrir un nuevo capítulo con ellos, no reconciliarnos o llegar a un compromiso, sino empezar un nuevo capítulo donde ellos actuaran como una facción política más en el país con todo el respeto y sus derechos, pero si insisten en actuar del mismo modo que la vieja guardia perderán.

P: Para salvar las diferencias entre ambos bandos, ¿qué cree que cada bando podría ofrecer al otro para llegar a un compromiso?

DZ: Creo que aún es demasiado pronto para saber con exactitud lo que se está dispuesto a dar o lo que se quiere conseguir.  Necesitamos esperar y ver qué sucederá con Mursi.  Cuando termine el periodo de interinidad creo que las cosas estarán más tranquilas y podremos sentarnos juntos y negociar para que podamos vivir juntos, pero en medio de toda esta violencia a la que estamos asistiendo y de toda esta locura y mientras continúe este estado de polarización creo que será muy difícil la reconciliación Se necesita tiempo.

P: ¿Qué papel cree que podrían desempeñar los Hermanos Musulmanes en la transición?

DZ: Ninguno!(risas). Creo que deberían quedarse tranquilos durante un tiempo. Es todo lo que les pedimos.  Deberían dejar de usar la violencia, de protestar, porque ahora ya es inútil. Creo que es momento de prepararse, de reorganizarse. Podemos vivir juntos. No es tan difícil.

P: ¿Cree que el partido salafista Al-Nour podría ser el que atrajese a los salafistas hacia la democracia?

DZ: No lo creo. Ya no. Solía creer que si los Hermanos Musulmanes cayeran, los salafistas ocuparían su lugar, pero tras la intervención militar me pregunté: ¿Dónde están los salafistas ahora? Cuando se trata de política, los salafistas no están tan bien entrenados como lso Hermanos Musulmanes. Tienen una buena capacidad organizativa, pero una vez que han conseguido movilizar a la gente no saben qué hacer con ella. De alguna manera son políticamente cándidos. Creen en su causa, que es promover el Islam y el islamismo, más de lo que creen en la política. Es exactamente lo mismo que les sucede a los revolucionarios. Creemos en nuestra causa apasionadamente, derechos, derechos y más derechos, más de lo que creemos en la política. Los salafistas son de algún modo idealistas. No persiguen cargos políticos y no saben cómo hacerlo. Creo que esa candidez política les hará fracasar en su intento de desempeñar un papel decisivo en el proceso de decisión.

P: ¿Cree que el hecho de que las autoridades militares hayan cerrado cuatro canales de televisión islamistas y arrestado a los líderes de los Hermanos Musulmanes podría empujar a los islamistas a distanciarse de la democracia y radicalizarse?

DZ: Es una Buena pregunta. Estoy por supuesto en contra del cierre de las televisiones. Creo que son las personas las que deben ser castigadas, no los canales de televisión. Por ejemplo, uno de mis peores enemigos tras la caída de Mubarak fue Tawfiq Okasha [popular y controvertido presentador de televisión], pero cuando cerraron su canal de televisión le apoyé, porque, pese a que había dicho cosas malas sobre mí, creo en su derecho a hacer eso. Lo mismo sucede con los islamistas. Es verdad que están incitando a la violencia y les están encarcelando, pero no se deben cerrar sus canales de televisión, porque quiere decir que se está acallando su voz y eso es muy peligroso. Creo que esto llevará a loa salafistas a radicalizarse. Estarán más dubitativos sobre si participar en la vida política  en los próximos años. Por eso creo que hay que incluirles, hacerles sentir parte del país, cambiar su percepción sobre los que se juega en este conflicto: se trata del estado y no del Islam. Llevará tiempo.

P: Todos los sucesos que han tenido lugar recientemente en Egipto han eclipsado el éxito de la campaña Tamarod, que logró recoger veintidós millones de firmas contra Mursi.  ¿Qué papel ha jugado la sociedad civil en las protestas y qué papel está desempeñando en el actual proceso de transición?

DZ: La sociedad civil en Egipto es vibrante y muy fuerte y hemos estado ahí desde los años ochenta, cuando nadie hablaba o se interesaba por la política. La sociedad civil ha desempeñado un papel clave en todo lo que ha sucedido en los últimos tres años. Con la campaña Tamarod, las organizaciones de la sociedad civil les dieron una plataforma para expresarse, les ayudaron a ponerse en contacto con organizaciones de base en distintas ciudades y a conseguir atención a nivel internacional. La sociedad civil mantiene buenas relaciones con Occidente, porque compartimos las mismas ideas, así que promocionamos a Tamarod para que no pillase al mundo por sorpresa. ¿Qué papel tenemos que desempeñar en el futuro? Creo que lo primero que la sociedad civil egipcia debe hacer es redefinir su papel, porque las cosas están cambiando muy rápido. Estábamos programados para hacer ciertas cosas bajo Mubarak y de repente todo cambió. Creo que, antes de nada, debemos aprender cómo responder adecuadamente a los cambios y redefinir nuestro papel en la siguiente fase. Debemos centrarnos en nosotros mismos como sociedad civil para mantenernos fuertes y unidos y luego seguir en nuestro papel de enlace entre el nuevo gobierno y las organizaciones de base y entre el gobierno y Occidente.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie