Sociedad

Vivir (y morir) en un cenicero

La erupción del volcán chileno Puyehue sepulta la ganadería en la meseta patagónica argentina tras años de sequía

Pequeños productores, mapuches en su mayoría, lamentan la escasa respuesta pública al desastre natural

Igual que una maldición bíblica: la tierra rugió, el cielo se oscureció, la ceniza llovió, las plantas se secaron y los animales murieron. Así ocurrió en las provincias argentinas de Río Negro, Neuquén y Chubut a partir del 4 de junio con la erupción del volcán chileno Puyehue, un cono de 2.240 metros en la cordillera de los Andes.

Un cordero yace muerto en el margen del camino. (A.C.)

Fueron días muy tristes de vivir. Se puso muy oscuro, se hacía de noche en pleno día. Temblaban los vidrios y crujían los tirantes de la casa”, recuerdan habitantes de la inhóspita estepa patagónica. Y el desastre continúa, pues el cráter no cesa de expulsar material a la atmósfera y el viento no para de trasladar millones de toneladas de cenizas, arena y piedra pómez hasta cubrir centenares de kilómetros cuadrados con una capa plomiza. Un paisaje tan irreal como un sueño en escala de grises pero transformado en una auténtica pesadilla de la que no se despertará, al menos, hasta dentro de un lustro y agravará, además, las consecuencias de una sequía sufrida durante los últimos cuatro años.

Al igual que sucedió con el islandés Eyjafjallajökull en 2010, el foco de atención se situó, sobre todo, en el efecto de la erupción andina sobre el transporte, ya que los obstáculos para la navegación aérea afectaron a millones de personas de todo el planeta. Hasta cuatro meses después del primer estallido se registraron retrasos y cancelaciones de miles de vuelos por efecto de unas cenizas que, literalmente, dieron la vuelta al mundo. Y pérdidas millonarias sufrió también el turismo, pues el despertar del Puyehue coincidió con el inicio de la temporada invernal en el entorno del principal y elitista destino latinoamericano para los deportes blancos. El cambio de nieve por ceniza restó alrededor de 600 millones de pesos (cerca de 100 millones de euros) a las economías de Villa La Angostura, convertida casi en una ciudad fantasma por su cercanía al volcán transandino, y de San Carlos de Bariloche, con un escaso 20% de ocupación en las plazas hoteleras y casi un 80% de caída en las ventas del comercio minorista. Justo un año después de los disturbios desatados en la ciudad tras el asesinato de tres jóvenes por parte de la policía rionegrina, la campaña invernal se volvió a ensombrecer en el cerro Catedral y el Gobierno provincial debió declarar en emergencia económica y turística al departamento barilochense.

Raúl Llancaqueo contempla su rebaño. (A.C.)

Quizá con menor repercusión que transporte y glamour que turismo, pero actividades económicas del sector primario resultaron tan golpeadas o más por la erupción volcánica y, de hecho, desde mitad de junio la alerta agropecuaria se extendió sobre las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut mientras la calificación “zona de desastre” se aplicó al territorio estepario de la Línea Sur rionegrina. “Vivir en una zona rural implica una postergación constante”, argumentan desde Radio Nacional en Bariloche sobre la menor atención prestada a las pérdidas en el campo patagónico, aún sin detallar por la Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) pero estimadas del 15 al 80% de la cabaña ganadera. Y todavía resulta mayor el olvido, además, en el caso de pequeños ganaderos y minorías étnicas, dos condiciones que suelen unirse en la zona pues los indígenas mapuches no tienen muchas más opciones para ganarse la vida que como criadores ovinos. Desde la emisora pública se impulsa, precisamente, la iniciativa social Un fardo para mi hermano junto a otras entidades como Cáritas Argentina, Red Solidaria Voluntarios Bariloche, Mesa de Enlace Mapuche o Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) para recaudar donaciones y distribuir la ayuda entre los pequeños productores de la Línea Sur, alrededor de 1.500 personas que representan más del 80% del sector ganadero. Hasta mediados de octubre, la campaña solidaria ingresó más de 630.00 pesos (alrededor de 126.000 euros) con el objetivo de adquirir, fundamentalmente, forraje y grano para alimentar a las cabezas de ganado, pero también mascarillas y gafas de protección para preservar la salud de la población.

En cualquier caso, la principal ayuda, cifrada en más de 10 millones de pesos (2 millones de euros) para la provincia de Río Negro, procedió del Gobierno nacional y se distribuyó en cada departamento a través del respectivo Comité Operativo de Emergencia Municipal (COEM). “Tras una parálisis inicial, todas las instituciones se juntaron para trabajar y ayudar”, subrayan desde el INTA en Bariloche. Unidad como fórmula para superar la catástrofe como evidenció, por ejemplo, la novedosa constitución de una cooperativa de productores criollos e indígenas en la provincia de Neuquén para gestionar los fondos públicos contra la ceniza, aunque otras voces cuestionan la respuesta pública.

“Llevo sangre india con mucho orgullo”

Segundo Puenman posa ante la escuela primaria de Cañadón Chileno. (A.C.)

“No estamos abandonados totalmente, pero estamos muy aislados”, lamentan Segundo Puenman, de 46 años, y Teodora Paine, de 32. Al matrimonio residente en el paraje de Cañadón Chileno, perteneciente al municipio de Comallo y ubicado 150 kilómetros al este de Bariloche, no le falta razón. Para avisar de una visita, de hecho, no se puede llamar por teléfono, ni fijo ni móvil, sino que se debe emitir un mensaje radiofónico, a la vieja usanza, con la confianza de que los interesados o sus conocidos escuchen el anuncio. Y para viajar por los caminos sin asfaltar de la Línea Sur, por ejemplo, diversas empresas de alquiler de automóviles niegan el arrendamiento si se desvela el trayecto programado, por el temor al daño sobre el motor de una ceniza tan fina como polvo de talco. Resultado, no solían llegar muchas visitas a Cañadón Chileno y ahora, menos. Quizá por ello agradecen el esfuerzo del visitante con hospitalidad: invitan al interior de su hogar, ofrecen mate amargo o pollo asado y, sobre todo, abrazan con tanta fuerza en la despedida que parece el adiós a un familiar cercano o a un amigo íntimo.

Las ovejas abortan por la falta de alimento. (A.C.)

La mayoría de la población de Cañadón Chileno, alrededor de 70 habitantes en casas dispersas, tiene ascendencia mapuche y, de hecho, los vecinos del paraje tramitan su inscripción en el registro nacional de comunidades indígenas. La gestión, según explican, “lleva tiempo y se demora, pero sirve para un montón de cosas beneficiosas. Si no la peleamos juntos, solos no se hace nada. La autoridad no da bolilla si vas solo”. Tras mejorar la captación del agua en una vertiente natural y su distribución en una red comunitaria para la aldea, compuesta por las viviendas de ocho familias junto a una escuela y una capilla, quizá la constitución de una comunidad mapuche permita ahora, por ejemplo, prolongar 10 kilómetros el tendido eléctrico y disponer así de suministro energético permanente en Cañadón Chileno. Hasta ahora se apañan con generadores a gasolina, placas solares o velas para iluminar el interior de sus hogares, donde siempre se pasa mucho tiempo por la crudeza del invierno patagónico y más todavía por las actuales cenizas volcánicas. “Al mediodía se levanta el viento y no se ve nada afuera. Te aburrís acá dentro”, relata Segundo Puenman. Padre de un adolescente de 15 años y de una joven de 18, interna en el instituto de Comallo, disfruta de un empleo como encargado del mantenimiento en el vecino colegio de educación primaria, pero la economía familiar se debe completar con la venta de verduras, huevos u otros productos del campo y los ingresos de la esposa como costurera. “Yo tengo un sueldo, pero a esa pobre gente que vive en el fondo del campo no le alcanza y el Gobierno no se da cuenta. Los años de sequía se podían arreglar, pero hoy no se puede subsanar nada. No hay agua ni para tomar”.

Teresa Torres y Evaristo Neculmán, en el comedor de su vivienda (A.C.)

Apenas hay pasto por la ausencia de lluvia y los escasos rastrojos sin marchitar se cubrieron de polvo volcánico. Animales famélicos, ovejas en su mayoría, mueren por inanición o se erosionan los dientes al mordisquear más ceniza que hierba, enferman del aparato digestivo al ingerir esa mezcla y, finalmente, mueren por intoxicación. También afecta a los ojos, incluso hasta causar ceguera, y ensucia la lana, con la consiguiente dificultad en la esquila y posterior desvalorización del producto. “A 17 pesos [poco más de 3 euros] el kilo se pagó el pasado año, no sé qué pasará este”, se pregunta Evaristo Neculmán, 71 años y todavía miembro de la cooperativa de pequeños productores agropecuarios en Cañadón Chileno. De su rebaño de 300 ovejas ya se murieron 60 animales, sin contar los numerosos abortos sufridos por la falta de fuerza de las hembras para desarrollar el embarazo. Aunque la ternera Dorita sí consiguió completar la gestación, su madre no sobrevivió al parto y ella casi no se sostiene de pie ahora. Durante el paseo por la chacra, Evaristo muestra el último feto expulsado por una oveja mientras lamenta que las ayudas públicas, en forma de fardos de forraje y sacos de grano, tardasen más de dos meses y apenas le durasen dos semanas.

Ni su discurso ni su mirada muestran resignación y abatimiento, sino resistencia y dignidad, y no solo ante la sequía o las cenizas: “Llevo sangre india con mucho orgullo. Un bisabuelo mío vino por estos lares después de escaparse de una hacienda en Azul, en la provincia de Buenos Aires. Aunque se hicieron muchos abusos con la pobre paisanada ignorante, como sacarles tierras, ahí arriba hay algo y toda la maldad la acabaron pagando con la justicia divina”. A pesar de todas las dificultades, ni Evaristo Neculmán ni su esposa, Teresa Torres, piensan abandonar el paraje, aunque sus 8 hijos (18 nietos y 4 bisnietos) vivan en Bariloche y ellos también deban desplazarse a la ciudad cada mes por las cuestiones sanitarias propias de una pareja de septuagenarios. “Es una vida durísima, pero en la ciudad se vive enloquecido. Nunca fuimos de la idea de marchar, acá luchamos toda la vida y acá tenemos toda nuestra vida”. Una vida ahora seca y gris, pero toda una existencia plena en Cañadón Chileno.

Cementerio en el término municipal de Comallo. (A.C.)

Forzosas vacaciones escolares

La escuela hogar de Cañadón Chileno permaneció cerrada casi cinco meses.  Tras la erupción del Puyehue, los 25 alumnos, 14 de ellos en régimen interno, debieron abandonar el centro de educación primaria porque ventanas y puertas del edificio de 1975 estaban desencajadas y las cenizas campaban a sus anchas por el interior, con el consiguiente riesgo para la salud de docentes y estudiantes. “Son dos pesos lo que hace falta”, se lamentaba Segundo Puenman, encargado del mantenimiento del colegio y con 20 años de residencia en Cañadón Chileno. Y aún así tuvo que esperar hasta principios de noviembre para recibir los materiales necesarios y corregir el cerramiento de los vanos.

Aunque no de una manera tan drástica, el volcán chileno también afecta al funcionamiento del Centro de Educación Media (CEM 26) de Comallo, con un total de 200 alumnos y 60 de ellos internos en la residencia estudiantil. Las clases se acortaron para limitar el horario docente a la mañana, pues el viento suele soplar a partir mediodía y levanta las cenizas hasta dificultar la respiración y la visibilidad. “Algunas actividades de la tarde y de la noche se tuvieron que suspender, la educación física es más temprano ahora y siempre estamos pendientes del pronóstico del viento”, detalla Silvia Castañares, natural de la provincia de Entre Ríos y directora del CEM 26 tras dos décadas en Comallo. Tras advertir de perjuicios sobre la salud como “más resfríos o problemas respiratorios y en los ojos”, la profesora expresa “respeto y miedo” por los posibles “trastornos psicológicos” ocasionados por las cenizas volcánicas: “Aunque acá todo es gratuito, hay comida, están calientes y tienen a los compañeros, los chicos ven morir a los animales y quieren quedarse en las casas para ayudar a sus familias, pero tampoco pueden hacer mucho… Darío, por ejemplo, de 14 años, se quiere volver a toda costa y vino sin la bolsa de ropa para la semana, pero tampoco puedo pedir a su papá que lo deje acá si no quiere”.

Cartel informativo en el Centro de Educación Media de Comallo (A.C.)

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie