Sociedad

La Haya juzgada por las víctimas del Congo (I)

Viajamos a Ituri, al este de la República Democrática del Congo, para conocer cómo perciben los juicios de la Corte Penal Internacional las víctimas de los crímenes más graves.

Viajamos a Ituri, al este de la República Democrática del Congo, emplazamiento de una guerra sin cuartel entre etnias que dejó más de 50.000 muertos entre 1999 y 2003. Hoy, los responsables de tanto odio se enfrentan a la justicia de la Corte Penal Internacional. ¿Pero cómo perciben estos juicios las víctimas de la infamia?

Bunia dista mucho de lo que pudo ser diez años atrás, cuando las diferentes facciones rebeldes se enzarzaban en una lucha por el poder político y el control de los recursos naturales. La capital de la provincia de Ituri goza estos días de cierta calma, quizás lograda por la omnipresencia del mayor contingente militar desplegado por Naciones Unidas en misión de paz, la MONUSCO. Sin embargo, lo que parece haber cambiado poco es el apoyo del que aún goza el primer rebelde acusado por el tribunal de La Haya de haber reclutado niños para la guerra. Hoy Bunia, y en particular barrios como el de Mutzipela, siguen siendo feudo indiscutible de Thomas Lubanga Dyilo.

Bunia, Ituri (Sheila Vélez)

Me dirijo a la oficina regional de la Unión de Patriotas Congoleños, el partido político-militar que Thomas Lubanga fundó en 2002 en torno a su grupo étnico, los Hema, y que actualmente, tras un lavado de cara, ocupa tres escaños en el Parlamento Nacional. El símbolo de la agrupación corona la fachada del edificio, situado en una de las calles céntricas de la ciudad, polvorientas y agrietadas como todas las de Bunia. Me reciben Simon Ngadjole y Jean Baptiste Ngolotcha, Secretario y Presidente Federal del UPC en Ituri respectivamente; dos hombres de aparente gesto amable, visten prendas raídas que nada tienen que ver con los trajes de perfecto corte que su ‘Presidente Thomas’ luce en los días de juicio. Parece difícil imaginar al que llamaban Rais (jefe en árabe), invistiéndole de sagrada autoridad, compartiendo mesa con estos hombres, en esta oficina de falsos muros de madera y documentos apilados sin orden sobre una mesa, la misma en la que acceden a conversar. “El UPC nació para poner fin a las masacres en Ituri,” cuenta Ngadjole mientras muestra fotos difíciles de observar. Heridas de flechas, cortes de machetes, cuerpos decapitados. Ngadjole achaca tal crueldad a su enemigo, los Lendu, quienes también alzados en armas, se organizaron en las milicias del Frente Nacionalista e Integracionista (FNI) y las Fuerzas Patrióticas de Resistencia (FRPI), y cuyos líderes, Mathieu Ngudjolo y Germain Katanga, son también juzgados en La Haya.

Al igual que hicieran con los tutsis de Ruanda, los colonos belgas favorecieron a los pastores Hema, concediéndoles tierras y puestos en la administración. Mobutu Sese Seko, Presidente del entonces Zaïre, simplemente se limitó a seguir las mismas prácticas en sus 32 años de férrea dictadura. Sin embargo, como explicó a los jueces el africanista Gerard Prunier, las rivalidades étnicas, lejos de ser la causa del conflicto en Ituri, fueron su instrumento. “Esta rivalidad fue manipulada,” dijo durante el juicio de Lubanga, “fueron los líderes quienes utilizaron la cuestión étnica en favor de sus intereses políticos”. La identidad de grupo se usó entonces como un arma de la que se beneficiarían incluso países vecinos. Según Roberto Garretón, Relator Especial sobre la situación de derechos humanos en Congo y testigo en el mismo juicio, la presencia ugandesa en la región exacerbó las tensiones latentes. “Había un sentimiento generalizado entre los congoleños de que todo cuanto acontecía en Ituri se decidía en Kampala”, dijo. Para los ugandeses como para los colonos, los Hema habían nacido para gobernar.

Oficina del partido Unión de Patriotas Congoleños (UPC) liderado por Thomas Lubanga (Sheila Vélez)

Los tratos de favor fueron siempre negados por este grupo. El Secretario Ngadjole, con una ristra de folios en mano, continúa explicando los orígenes de su partido, el que, dice, surgió como respuesta a la opresión y marginalización a la que los suyos, los Hema, se vieron sometidos por parte del gobierno en la región. Un entonces joven miembro de la Asamblea de Ituri, Thomas Lubanga, vio la oportunidad de negociar en Uganda la formación de un nuevo partido político-militar. Con el apoyo de Kampala, en Agosto de 2002, el UPC de Lubanga expulsa de Bunia al gobierno local siendo al poco nombrado Presidente del partido y Comandante en Jefe de su brazo militar, la Fuerzas Patrióticas para la Liberación de Congo.

“Thomas fue elegido por su coraje y su experiencia política,” dice Jean Baptiste Ngolotcha. Nacido en el seno de una familia Hema en 1960, Thomas Lubanga estudió psicología en la Universidad de Kasangani. Hablando del Presidente del UPC reparo en las paredes de la oficina, donde cuelgan fotos y recortes de prensa sobre su juicio en la Haya. Y es que estos hombres adoran a su líder. Cuentan que sintieron consternación cuando conocieron la noticia de su detención. Lubanga fue arrestado por las autoridades congoleñas en Marzo de 2005 y trasladado a la Corte Penal Internacional un año después para ser juzgado por el reclutamiento de niños soldados menores de 15 años. “Rezamos cada día para que sea liberado,” dice Jean Baptiste.

Sin mencionar las edades, Jean Baptiste dice con orgullo que sus cuatro hijos lucharon en las filas de “Thomas”. “Su deber era defender a su familia, y defendiendo a su familia defienden a su comunidad, es automático,” dice. Esta fue la contribución de los Hema a la guerra. La Fiscalía de la CPI asegura que Lubanga hizo público un decreto según el cual cada familia debía contribuir a la defensa de la comunidad entregando a sus hijos para la lucha, “reclutad a todos aquellos que encontréis”, decía la orden. No mencionaba ningún límite de edad, la única condición era que los niños fuesen capaces de portar un arma.

(Sheila Vélez)

Algunos muchachos se unían a los rebeldes de forma voluntaria, empujados por la frustración, el hambre o la ira de haber perdido a algún familiar. Otros, hallados en plazas, calles y escuelas, eran trasladados por los soldados de manera forzosa a campos de entrenamiento militar. Me cuenta Emmanuel, mi traductor, que varios de sus amigos estuvieron en aquellos campos. “Todos los días almorzaban lo mismo, decían que los entrenamientos físicos eran muy duros, que los comandantes tenían prisa porque fueran al campo de batalla.” El adiestramiento era cuestión de semanas, a menudo acompañado de castigos físicos inhumanos; perder el arma o intentar huir suponía la muerte. Según Kristine Peduto, responsable de la unidad de protección de los derechos del niño de la MONUSCO y testigo en el juicio de Lubanga, la situación psicológica de los niños tras ser desmovilizados era preocupante. “Estaban realmente traumatizados, los más pequeños parecían perdidos, habían presenciado masacres, experiencias muy difíciles,” dijo. “El estado físico y psicológico de las niñas era incluso peor, era catastrófico. Sufrieron abusos sexuales sistemáticos de parte de comandantes y soldados. Creo que la niña más joven que entrevisté tenía 12 años“. Peduto formó parte de la delegación de la MONUSCO que en Mayo de 2003 visitó a Lubanga en su residencia personal. “Le dije que el uso de niños soldados era un crimen, sin embargo, no hubo intención por su parte de discutir este tema. Creo que entonces dijo que los niños estaban en el UPC porque necesitaban protección.”

Campos de entrenamiento militar del UPC. Fuente: Fiscalía de la CPI