Sociedad

“Hemos querido morir antes de llegar a casa de Gloria, ahora todos queremos vivir”

Gloria, prejubilada de Iberia mantiene en su casa y con su pensión y a diez hombres sin techo con los que, además, ha creado un proyecto en el que trabajan.

Ha acogido ya a 160 en trece años.

-¡Gloria!, ya está aquí la periodista-, grita Fede como elevando la voz con la cara hacia arriba. Se dirige hacia el piso superior del mercadillo, donde parece que está Gloria esperándome… La veo llegar entre sofás, cuadros, estanterías, lámparas y libros de segunda mano. Cruzamos la mirada y me sonríe, -hola Mónica-.

Gloria es una mujer morena de expresión risueña. 60 años. Ojillos pequeños y claros. De su pensión de prejubilada de Iberia (fue azafata) ahora viven diez personas. Nueve hombres, con los que no le unen lazos de sangre y ella. Son su única familia. Y les quiere como tal.

De su pensión y de las ganancias de los dos mercadillos de muebles de segunda mano que ha montado gracias a las donaciones de la gente que abandona sus enseres viejos. “Sus chicos”, como ella les llama, van con la furgoneta por las casas recogiéndolos para después restaurar y vender pero también hacen chapuzas a buen precio, pintan si se tercia, taladran si se ofrece y lo que sea con tal de llevar algo de dinero a la casa en la que viven todos. La casa que Gloria alquila para todos. La casa en la que comen, tratan las enfermedades de su cuerpo y de su alma, que son las que más duelen, viven y sueñan. Sueñan con que pasará la crisis y algún día el mundo será mejor. De momento, desde que Gloria les acogió en su casa, para ellos ya lo es.

Todo comenzó hace 13 años cuando Gloria, que había sido voluntaria ayudando a hijos e hijas de mujeres prostituidas, con cáncer o con síndrome de down, decidió montar su propia ONG, Proyecto Gloria, acogiendo en su casa a hombres sin hogar que habían tenido problemas de drogodependencia.

¿Por qué sólo hombres? “Porque es de lo que está plagada la calle… fíjate cómo hay muy pocas mujeres…”, me dice.

Comenzó dándoles cobijo en su casa de alquiler, por la que paga 1.500 euros al mes y donde cada uno cuenta con su cama en una habitación compartida. Les ayudaba también si estaban enfermos con médicos y enfermeros que trabajaban de voluntarios. La convivencia no fue fácil. “Veníamos todos salvajes, de la calle- cuenta Fede- sin leyes, hartos de la dureza de la vida, del rechazo de la gente… A mí me costó adaptarme. Llegué aquí con 54 kilos. Según me vió me metió en la ducha y cuando salí me había tirado la ropa a la basura. Aún lo recuerdo. Lo que más me costó fue dejarme dar besos y abrazos… Ella es muy cariñosa y yo al principio lo rechazaba. No estaba acostumbrado…”.

“Cuando entras por esa puerta y te dan limpieza y cariño, te extraña. Pero con el paso del tiempo ves que es porque sí y ese amor te transforma. Los que vamos saliendo del hoyo vamos tirando de los que van entrando. Se ha creado un estado de ánimo colectivo y no nos dejamos caer unos a otros”, reflexiona Fede.

Me sorprende ver a hombres hechos y derechos que superan la cincuentena y hablan de amor sin tapujos, con todas las letras, a la cara. Lo hablan y lo valoran. Porque ellos, que han tocado fondo, saben lo que se necesita.

Gloria me muestra el almacén-mercadillo donde tienen todos los muebles. “Ojalá tuviéramos muchos como éstos. Podría dar trabajo a decenas de personas que me lo piden cada día. Es de donde entra el dinero a casa, de lo que doy de comer a los chicos, de lo que sacamos de este mercadillo. Al principio fue traumático. Publiqué un libro, Mi vida con ellos, donde cuento cómo en los primeros años me intentaron hasta matar… Claro, metes en tu casa a gente que no sabes por dónde te va a salir, pero ahora se ha creado un poso de gente muy bueno. Tengo algunos que están enfermos y otros parados”.

“Lo que les ofrezco es un sitio donde dormir y, sobre todo, cariño. A alguno le he tenido que escolarizar… les suelo apuntar a todos los cursos que salen, de Internet, de idiomas… Me encargo de que salgan adelante. A lo largo de los 13 años he tenido a 160 viviendo conmigo. Y todo hombres. Es muy raro que tenga una plaza libre”.

Con la crisis las cosas están cambiando y Gloria ha empezado a acoger a hombres parados o divorciados que se ven abocados a mendigar y malvivir fruto de la crisis. “El dinero hace mella en las parejas. Cuando una familia está en paro y no entra dinero en casa, surgen los problemas de convivencia y está empezando a haber separaciones. Hay hombres que se van de casa y acaban en la calle cuando ha sido un padre de familia honrado y un trabajador intachable. Ahora tengo en casa dos chicos que han acabado en la calle por la crisis. Un economista y un ayudante de aparejador. Hoy están haciéndole la mudanza a una señora con cuatro hijos a la que mañana desahucian y han ido a ayudarle con los muebles. Se lo hacemos gratis. Tenemos que ayudarnos…”

Joaquín es otro de esos casos. Le sorprendo restaurando un mueble en la parte de arriba del mercadillo. Me muestra orgulloso lo que está haciendo… “Mira qué bien lo estoy dejando. Luego esto restaurado se vende muy bien y muy baratito”. Tiene 63 años y es ingeniero técnico industrial. “30 años cotizados-me cuenta-. Yo me quedé en paro y eso propició muchas discusiones con mi mujer. Nos acabamos divorciando aunque no tenemos mala relación ahora. Tengo dos hijos de más de 30 años“. A cuenta del paro y del divorcio terminó también en la calle. “Mi mujer se quedó en la casa y yo salí. Pensé que sería más fácil pero tuve que terminar pidiendo. Pasé de trabajar en la construcción a pedir. Con mi edad ya no me van a llamar para ningún empleo. Y eso que me he recorrido medio mundo con mi trabajo. He estado en centrales nucleares de Sudáfrica, Arabia, soldando. Yo empecé a trabajar con 14 años y nunca había parado. Un día en el Banco de alimentos vi la furgoneta de los chicos que llevaban muebles, les di mi teléfono y me llamaron. Fui a ver a Gloria, estuvimos charlando… Ahora llevo un año en la casa“.

“A Gloria le pago con mi esfuerzo reparando muebles, también voy a recoger por las casas. Tenemos que pagar entre todos el alquiler del piso, de la luz, del agua. Etre mis compañeros y yo somos como el Equipo A, y me siento útil. Yo ahora he cogido pánico a la calle, a la soledad. Nunca me había imaginado que llegaría a esta situación, teniendo mi casa pagada, mis hijos universitarios”, nos dice.

“Gloria para mí es un hilo de esperanza, es de la que recibo amor porque en la calle estás muy solo y es muy duro. Ella es todo corazón y si pudiera meter a cien personas en su casa o tener varias casas, las tendría. La sociedad se ha deshumanizado. El 80% del trato que he recibido en la calle es “tanto tienes, tanto vales”, y claro,sucio, te miran mal, como si fueras un borracho o drogadicto. ¡Trabaja!, me han llegado a decir”. Y sobre su experiencia en la casa nos dice: “la convivencia es difícil. Todos sabemos quiénes somos y dónde estamos y tiene que haber tolerancia. Con violencia no vas a ningún lado. Claro que surgen discusiones pero nos necesitamos unos a otros. Además todos tenemos algo en común, que antes de llegar a la casa de Gloria, todos nos hemos querido morir alguna vez… y ahora todos queremos vivir”.

Llega la hora de cenar y nos encaminamos a la casa, no sin echar un último vistazo al mercadillo y despedirnos de clientes que andan buscando muebles a buen precio. También se venden libros. Se me antojan dos. Angel María de Lera y Elena Quiroga. Se vende un hombre y Viento del Norte. -¿Cuánto cuestan? Fede, Joaquín y Gloria, con los que me voy a casa, me responden que un euro cada uno, son de segunda mano, pero que vendiéndome a mí dos libros no van a salir de pobres así que me los regalan. Me resisto al principio pero me convencen.

Muy cerquita del mercadillo, también en el madrileño barrio de Arganzuela, llegamos a la casa. Allí nos reciben Calcetines, un enorme perro muy cariñoso que convive con todos y al que todos miman, y Pedro, que está haciendo la cena. Hoy tocan judías verdes y puré. También hay otros tres compañeros más, uno polaco, otro portugués y Pi, que vive pegado a su máquina de diálisis.

Mientras Pedro termina de cocinar, los demás van poniendo la mesa. Cada uno cumple con su papel. Y eso que hoy no están todos. Faltan los dos que están haciendo la mudanza de la señora desahuciada. La casa es grande, las habitaciones son dobles y hay dos cuartos de baño. Gloria tiene su zona propia. Y Calcetines, que parece alegrarse de que todos le dediquen alguna palabra.

-“¿Alguien ha llevado ya los platos?, ¿faltan cubiertos?, ¿cuántos somos hoy?”…  Escucho por la casa entre el trasiego de ir y venir de la cocina al comedor.

-“Por supuesto, estás invitadísima a cenar. Pero no queremos comprometerte por si tienes otros planes”.

Gloria, ¿por qué haces esto?, le pregunto mientras sirve el puré. ¿Qué ganas?

-“Probablemente suena tópico pero lo hago por amor. Soy creyente y sé que me voy a ir al cielo con las maletas llenas. Y estoy muy orgullosa de presentarme así ante dios. Yo ya no tengo familia así que son ellos. Eso es lo mejor. Lo peor es que a veces crees que alguien es de una manera y con el tiempo ves que es de otra diferente y te decepciona pero también viceversa. Las más de las veces. También llevo mal cuando luchas por ellos, les levantas, se marchan de casa incluso a un trabajo buscado por mí y se van a la francesa, como si no te conocieran. A veces, si no estás detrás, fallan. Y claro luego me llaman de los trabajos y eso ya son puertas que se cierran…”

“Me hago respetar. Ellos traen un deterioro brutal en afectividad. Cuando llenas ese hueco, entonces me empiezan a considerar su madre, su amiga, su apoyo… ¿insultarme? De 160 sólo 3. Pero la experiencia es, sobre todo, positiva. Ahora estoy muy bien parapetada porque “mis hombres fuertes”, con los que vivo conocen bien a los que entran nuevos y me avisan…”

“Soy muy confiada. No tengo criterios para elegir a unos sí o a otros no. A todo el mundo le doy una oportunidad. Si luego no responden, me habré equivocado pero nunca he rechazado a nadie. Los elijo en función de su necesidad y su enfermedad. Al final he conseguido convertir la ONG en familia y eso sí, vamos juntos todos a todo. De vacaciones también, ¡incluido Calcetines! Y si me salen más mercadillos y ganamos más dinero, podríamos, a lo mejor, abrir otra casa…”

Pedro, Federico, Joaquín, Pi… comen y de vez en cuanto asienten a lo que ella dice. Todos coinciden en que la adoran y que para ellos esta azafata es un ángel. Su hermana, su madre, su confidente. Ella es quien les da los abrazos más fuertes en los peores momentos. En los de la droga, en los de la calle, ahora en los de la crisis.

Cuando me doy cuenta, salgo de la casa con el bolso y el estómago llenos. Dos libros más y una cena. Gloria ya me ha dado a mí también.

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