Sociedad

Vencidxs, la memoria del recién fallecido Antonio Torres

Hijo de una familia obrera, pronto se da cuenta de las injusticias sociales y se introduce en el movimiento libertario. Al estallar la guerra inicia la retirada por la carretera de Málaga, donde es testigo uno de los primeros bombardeos a civiles que existen en la historia

"¿Tú ves allí al fondo, esa neblina, ese horizonte borroso? Así es como ven los jóvenes el porvenir. Pero ¡cuidado! los jóvenes son siempre los jóvenes..."

Actualización 14 de mayo 2014:

Ha fallecido Antonio Torres. Cuando Antonio se puso ante la cámara para ser parte de los testimonios que hoy dan vida al proyecto Vencidxs, cuando recordaba lo que no reflejaba su sonrisa y su calidez, nos confesó que hacerlo le dolía. «Pero entonces no me dolía. En la guerra se endurecen los corazones»

Publicado originalmente el 9 de julio de 2013

Esta historia es el capítulo del libro Vencidxs, de la Asociación Date Cuenta *

Éstos son los recuerdos de un hombre normal y corriente, que en su juventud luchó con fe y lealtad para que terminaran las injusticias entre los hombres.

Málaga era una ciudad hermosa, pero llena de sufrimiento. Mi madre, cuando ponía un puchero, tenía que apartarle a los niños del vecino porque sino ese día no comían. Yo vivía en un barrio que quería salir de esa situación, pero no podía. Los niños buscaban a ver de dónde podía venir algo para ayudar, pero no venía nada. Mi madre trabajaba en una fábrica textil y mi padre en una fábrica de óxido rojo, estaban muy mal pagados. Por eso me coloqué muy joven, y tuve la suerte de entrar en una peluquería para señoras. Allí estuve cinco años.

En la peluquería le lavaba la cabeza a las señoras ricas, y con las propinas me compraba libros del movimiento libertario. Con 14 años entré en las Juventudes Libertarias. En aquellos tiempos la UGT y la CNT estaban llenas, yo me decanté por la segunda opción. Nuestra lucha era que el trabajador participara de las ganancias del patrón, que había producido con su trabajo. Pero en todo eso llegó la guerra. Me hice voluntario de una columna de milicianos. Se llamaba Columna Libertad. Hacíamos instrucciones por las calles, pero no teníamos armas. Y, sin armas, ¿cómo íbamos a ir al frente?

Yo era una persona muy inocente y hasta el último momento no me di cuenta de la entrada de los fascistas. Salí de Málaga con mi padre, a toda prisa, en dirección a la carretera que iba a Almería. Aquello era como una procesión de gente, no te vayas a pensar que eran ni diez ni veinte; era… como la Semana Santa, como una manifestación. Al principio mi padre y yo nos agarramos a los amortiguadores de un camión para ir mejor. Caminamos toda la noche y amanecimos en Torre del Mar. La gente iba con lo que había podido coger de casa, algunos no llevaban nada, y se pusieron a desayunar caña de azúcar que había plantada. Entonces vimos unos barcos. Alguien dijo: “¡Ésos barcos son de los nuestros! ¡Nos van acompañando en el camino…!” Sí, acompañando… Al rato esos barcos se pusieron a bombardearnos.

De pronto nos caían encima los obuses. Imagínate el terror de la gente, que iba muriendo en la carretera, y nosotros no podíamos hacer nada, sólo quitarnos del medio. Aquello no lo esperábamos. Luego vinieron los aviones y se pusieron a ametrallarnos. Querían que volviéramos a Málaga, querían sembrar el terror. Y mucha gente murió en el camino. Hay escenas que no se te olvidan. Yo pude ver a una mujer, llena de sangre, con un niño muerto en los brazos. La mujer no estaba ni sentada, ni tumbada, estaba como un poco de lado, mirando hacia el cielo. Ella miraba para arriba, como pidiendo una ayuda. En fin, cuadros como ése se veían más malos que buenos.

Tuvimos que abandonar la carretera del mar y entrar hacia adentro. Después de cinco o seis días llegamos a Motril y comenzaron a bombardearnos otra vez. Nos pudimos esconder en un cañaveral, pero había que seguir andando para evitar la muerte. Almería está muy lejos, ¿sabe usted? Las criaturas, las mujeres de su casa, los viejos, todos íbamos muy cansados, porque aquello era mucho caminar, y además vinieron los bombardeos, los aviones. Y al final llegamos, llegamos a Almería. Pero allí no había nada, ni para comer, ni para dormir. Nos metieron en un tren y nos llevaron a Murcia. En Murcia tampoco había nada, ni teníamos ningún familiar, así que pedimos irnos a Barcelona, porque teníamos familiares allí, y nos aprobaron el viaje.

En Barcelona sí que vi organización. Al llegar la CNT ya lo tenía todo controlado. Nos dieron chocolate caliente y luego nos llevaron al Pueblo Español a dormir. Un hombre, que no paraba de preguntar, dijo: “Y la exposición, ¿la van a encender más tarde?” Ya cansados, le contestaron: “¿Para qué, para celebrar que hemos perdido Málaga?” Aquello sirvió casi de risa. A la mañana siguiente, cuando me desperté y vi Barcelona, con el Tibidabo al fondo, me quedé… ¡viendo visiones! Estábamos un poco mejor, pero no nos olvidábamos de mi madre, que se había quedado en Málaga, con una tía ciega y mi hermana de quince años. La obligaron a irse de la fábrica y después la molestaban. Un día yo le envié una fotografía, y le dijeron:“Su hijo va a tener que volver y entonces lo vamos a matar.” Cosas así. Yo en la solapa llevaba una plaquita que ponía “Generalitat de Catalunya” ¡y los fascistas se pensaron que yo me había hecho el amo de Barcelona! Los fascistas eran gente muy ignorante. El caso es que a mi madre le costó salir mucho adelante, y salió por la solidaridad de sus jefes.

En Barcelona estuve colaborando en una fábrica de guerra colectivizada por la CNT. Un día en el comedor pude ver algunos jóvenes que corrían. Un hombre detrás de mí me dijo: “Corren porque son unos cobardes.” El hombre tenía unos papeles en las manos y me dijo: “¿Y tú te quieres apuntar voluntario?” Yo le dije que aquello de voluntario no tenía nada y que por la tarde iría a su cuartel a apuntarme por propia voluntad. Aquella misma tarde me alisté voluntario en el cuartel Voroshilov, en la columna Carlos Marx. ¡Con todo lo que había de anarquista en Barcelona y tuve que meterme en una columna comunista! Pero, como le di mi palabra, seguí adelante, nuevamente comprometido en la milicia. Además, en realidad yo me he llevado bien con todo el mundo, con comunistas, anarquistas y republicanos, hasta con algunos fascistas. Porque yo he ido a la verdad. A hacer algo bueno, a ayudar.

Me hicieron cabo furriel. Yo tenía un ayudante y un mulo a mi disposición, le llamábamos “Pocholo”. Nos llevaron al frente de Tardienta, y luego protegimos el Segre, en Aitona y Seròs. En Calaf presencié el fusilamiento de un chaval que desertó. Los compañeros le apuntaban, se quitó la gorrilla y dijo “¡Pueden tirar!” Otra vez fueron fusilados un comisario político que no defendieron bien una cota y ordenaron muy pronto la retirada, siendo tomados por cobardes. Los propios soldados lloraban mientras les disparaban.

Y yo ya llevaba muchos meses de guerra, pero aquella guerra no tenía nada que ver con lo que se avecinaba. A partir de julio de 1938 se contraatacó en el Ebro. Aquello era una guerra de mortero, de bombardeo continuo hacia nosotros. Los pontoneros arreglaban los puentes de noche y de día los volvían a destruir. Se luchaba y se perdía la vida por un metro de tierra que a las pocas horas había que dejarlo en manos del contrario. En el Ebro un tiro de suerte era un tiro en una pierna, en un brazo, porque del Ebro se quería salir: aquello era un infierno. En el Ebro a veces no teníamos ni agua para beber. Allí murió la mejor juventud. A un compañero, se llamaba Alcoriza, le dieron un tiro en la boca, lo pusieron boca arriba y se ahogó. Hoy te estoy contando estas cosas y ya me duelen, pero entonces no me dolían. En la guerra se endurecen los corazones, porque no queda más remedio que sobrevivir. Las guerras son muy malas. Sólo es bueno el camino de la paz.

En Ascó me puse enfermo, y me mandaron al hospital de Reus a curarme. Salí el 1 de noviembre del 38. Cuando volví a mi unidad, que ya no estaba en el Ebro sino en Borges Blanques, en la provincia de Lérida, vi que faltaban muchos compañeros. Al final de todo yo había tenido mucha suerte. Parecía que tenía una mano invisible que me iba salvando de todas las cosas. Nuevamente me encontraba en el Segre, pero esta vez en el frente. Luchamos con todas las fuerzas, hasta que el 2 de enero de 1939 nos hicieron prisioneros. Fue de repente, sin tener ningún oficial alrededor, sin tener ninguna posibilidad de fugarme. Pensé: “¿Será esto otra venta?” ¡Tantos meses de sacrificio para acabar siendo al final prisionero de guerra!

Inmediatamente nos pusieron a trabajar forzadamente, primero en el batallón 102, en Badajoz y Córdoba. El 1 de abril de 1939 un alférez nos reunió y nos dijo: “La guerra ha terminado. Claro, con el triunfo nuestro. ¡A vosotros sólo os queda que sufrir…!” Y era verdad, porque él pegaba que no veas. Estuvimos haciendo limpieza de trincheras, donde había que tener mucho cuidado porque había bombas sin explotar. Los Batallones de Trabajadores fueron la más vil explotación de hombres, por el único motivo de haber perdido una guerra. Nos hacían llevar gorros de prisioneros de guerra, para humillarnos y para diferenciarnos de los soldados de Franco.

En junio de 1940 pude regresar a Málaga, pero para ellos mi castigo no había sido suficiente y me hicieron iniciar nuevamente una ruta por diversos campos de concentración. Al final acabé en de nuevo en el Batallón 27, hasta completar los tres años de castigo, en Madrid y en Palencia, entre malos tratos, poca comida y humillaciones continuas. Pude volver a Málaga con 27 años, había salido con 18. Había perdido mi juventud.

Málaga seguía siendo la misma tierra de miseria, de paro, de siempre. No sabíamos si al día siguiente íbamos a tener trabajo. Nos decían: “El lunes no vuelvas” y teníamos que ponernos a vender fruta, por las calles, para poder sobrevivir. O íbamos vendiendo vino, todo el día con garrafa al hombro, por un jornal de seis duros a la semana. En Málaga, en los campos, por todos lados, se seguía fusilando gente. En cada pueblo había cien Francos, cien esbirros del diablo, que eran los que le hacían daño a la gente. Esto no se puede comprender ahora, por mucho que os lo contemos.

Y así sobrevivimos hasta que murió. La Transición la hicieron hartos de guerra, quitándose del medio a todo el que les molestaba. Criaturas de izquierdas quedaron muy pocas. Y, la verdad, creo que en el fondo, en lo esencial, no ha cambiado nada. ¿Quién ha liado esta crisis? ¡Han sido los bancos! Ahí tienes, al Santander, que ha ganado más que nunca. Y la gente no quiere miseria, viven al día, sacan dinero de donde haga falta, para el fútbol, para los toros… Es muy difícil organizar a la gente. A los sindicatos les cuesta mucho, fíjate, aquella CNT ya no se ha visto nunca más. Y así vamos viviendo, en una democracia de conveniencia.

¿Tú ves allí al fondo, esa neblina, ese horizonte borroso? Así es como ven los jóvenes el porvenir. Pero ¡cuidado! los jóvenes son siempre los jóvenes. Los jóvenes tenéis algo que nosotros ya no tendremos jamás. ¡Quién tuviera ahora veintitantos años! Yo a los jóvenes les digo que luchen, pero que por nada se metan en una guerra. No vale la pena. Sólo hay una cosa que arregla las cosas: el tiempo y la paciencia. La mejor juventud de España murió en el Ebro, en Belchite. ¿Y qué se alcanza con eso? Nada. Yo soy un hombre de paz.

——————————————————————————————————————————————-

 

*La asociación DateCuenta ha realizado este libro del proyecto ‘VENCIDXS’. La obra relata la historia de un centenar de testimonios que fueron represaliados durante y después de la guerra española de 1936 dando primera voz a personas anónimas que sufrieron las consecuencias del régimen franquista.

VENCIDXS pone cara y voz a personas como Alejandra Soler, comunista de 97 años que explica que lo que ocurrió en España no fue una guerra civil, sino una guerra de ricos contra pobres. Antonio Nieves, un aviador que tuvo que vivir escondido en un zulo de un metro cuadrado o la de Román Mourín, un republicano que fue forzado a combatir en el bando fascista y presenció cómo muchas mujeres se tenían que prostituir a cambio de un trozo de pan. Así hasta completar 107 testimonios, 107 historias recopiladas a lo largo de 12.000 kilómetros a través de todo el estado y ahora reunidos en un libro de 360 páginas, con más de 200 fotografías impresas en alta calidad y en una imprenta local barcelonesa que trabaja con principios ecológicos. El libro cuenta con los prólogos del escritor MANUEL RIVAS y la fotoperiodista SANDRA BALSELLS.

Ahora DateCuenta, que lleva cinco años trabajando en el proyecto, pone a disponibilidad de quien lo desee este libro que se puede pre-‐comprar a través de su web, sin intermediarios y directo de imprenta y, además conseguir como recompensa otros materiales relacionados con la lucha social o la memoria histórica. El proyecto ‘Vencidxs’ es el primer gran proyecto de esta asociación sin ánimo de lucro, y ha sido autogestionado desde el principio. Se trata de un proyecto transmedia que difundirá los testimonios más olvidados de la historia de España en tres formatos: un libro, un documental y una página web con todas las entrevistas.

Imagen de previsualización de YouTube

 

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie