Sociedad
Srebrenica: la fosa del terror (III)
Segundo capítulo de la serie Srebrenica: la fosa del terror
Las Madres de Srebrenica permanecen de pie, junto a las tumbas y sosteniéndose unas a otras. Los hombres llevan los 775 ataúdes hacia las tumbas recién excabadas. Las 775 víctimas que los forenses han identificado sólo en el último año.
50.000 familiares han venido para celebrar el aniversario de la matanza de Srebrenica.
775 ataúdes
Las Madres de Srebrenica permanecen de pie, junto a las tumbas y sosteniéndose unas a otras, absolutamente indefensas ente el dolor. Sus lágrimas se derraman por sus rostros cansados. La ansiedad se escapa de repente en un sincero grito. La agonía de la pérdida, tanto individual como colectiva, encuentra una gran sinergia con el estrés y el calor. Por encima de todo, resuena la oración por todas las almas perdidas, un mantra para ayudarles a encontrar su paz, una imprecación para desalentar cualquier intento fallido de venganza.
Los hombres, por su parte, llevan los 775 ataúdes hacia las tumbas recién excavadas, el lugar del descanso final de las 775 víctimas que los forenses han conseguido identificar en el último año. El aniversario de este año ha traído la mayor masa de allegados que Potočari había visto en su vida, alrededor de 50 000. Y eso a pesar de que a setenta autobuses se les negó la entrada a este valle de lágrimas, la versión balcánica de “Los gritos del silencio”. Los policías que detuvieron a los autobuses estaban contratados por la República Srpska, una bendición política de los serbios de Bosnia y Belgrado que han sido reconocidos por la comunidad internacional como los autores del genocidio. La República Srpska, una bendición política para los carniceros que todavía niegan que nada particularmente trágico haya sucedido en Srebrenica, excepto, por supuesto, los delitos contra la población serbia. La Haya, por desgracia, no es de Nuremberg. La historia oficial serbia nunca ha sido reescrita para dar a conocer a la terrible verdad.

Inclinado sobre la tumba 413, Mehmedalija me dice que nunca ha sentido la necesidad de vengarse: ni contra los monstruos que mataron con pistolas y cuchillos, ni contra los que destruyeron sus vidas con la burocracia. Algún día, cada uno de ellos tendrá el suyo, dice simplemente, rodeado de lo que queda de su familia: parientes lejanos y tan distante que habían acudido a Srebrenica desde todo el mundo, desde Nueva Zelanda a la Florida.
Mehmedalija le dice unas pocas palabras tiernas y reflexivas a cada uno de ellos. Entonces, muy cansado y apenas pudiendo reprimir sus lágrimas, abraza a su hija menor Sanela.
Extraviado durante cinco años
Como Mehmedalija se convirtió en el jefe de seguridad de la mina Zagorje en 1993, dedicó intentar respirar tranquilo, aunque sólo fuese por un momento. Estaba convencido de que finalmente podría cumplir la promesa que le había dado a sus padres: convertirse en un ciudadano respetable. Un ciudadano de Eslovenia.
Su vida parecía adquirir un cierto sentido. ¡Le prometieron incluso un apartamento más grande! Pero una mañana, recibió una llamada del director gerente de la mina que le comunicó que antes de mudarse a su nueva casa, necesitaba un certificado que probase su ciudadanía eslovena.
“El problema,” recuerda: “era que yo todavía ¡no lo tenía! Le dije que toda mi familia tenia el certificado de residencia permanente y que pronto iban a solicitar la ciudadanía. Sin embargo, éste fue el comienzo de la ruina absoluta de lo que quedaba de mi mundo. No tenía ni idea de qué hacer. De vuelta a casa, todo estaba ardiendo en Bosnia. La muerte cabalgaba sobre un carro en llamas. En la primavera del 93, después de una angustiosa espera, la embajada de Bosnia, finalmente me envió los papeles necesarios, así que finalmente podrían solicitar la ciudadanía. Sin embargo mi solicitud, ¿te imaginas?, ¡se extravió cinco años! Y tampoco pude mudarme al nuevo apartamento. En el otoño del 93, mis mal llamados amigos del trabajo, los que me habían estado alabando y felicitando durante años, me echaron de la mina. Acudí al despacho del director gerente y le pedí cualquier trabajo. Desde su escritorio, tomó una lista con 97 nombres de los que conocía a muchos de ellos y cuyo único delito era no haber obtenido la ciudadanía eslovena. Salí de la oficina del director con las lágrimas en los ojos, pero lo único que me dijo al despedirse fue: ‘Ya sabes, ahí fuera, hay decenas de hombres mejores que tú”.
Poco después, su esposa perdió su trabajo a pesar de sus muchos años de servicio impecable. Justo después de la secesión reinaba un ambiente de locura nacionalista, “la diligencia, la experiencia y la dignidad humana no valían nada en absoluto”.
El mundo de Mehmedalija se había derrumbado justo antes de arreglarse, pero que todo saltase por los aires era algo que no podía asumir. Bosnia fue consumida por la guerra. Muchos miembros de su familia inmediata quedaron atrapados en la ‘zona segura’ de Srebrenica. En enero de 1994, Mehmedalija entró en una profunda depresión y pasó unos días en el hospital. Y para empeorar las cosas, su familia se arruinó. En un momento en que cualquier tipo de comunicación con sus seres queridos en Srebrenica era imposible, Mehmedalija pasó dieciocho largos meses en varias minas alemanas y en construcciones. Fue brutalmente expulsado de estos lugares también y, en muchas ocasiones, se negaron a pagarle lo que le debía. Todo lo que ganaba se lo enviaba inmediatamente a su familia. Parte de ella fue a Zagorje, y otra parte, a través de la Cruz Roja, a Srebrenica.












[...] “Srebrenica: la fosa del terror (III)”. Bostjan Videmsek (Periodismo Humano) [...]
Ahora Mladic dice en La Haya que está enfermo. Efectivamente, su enfermedad abona los campos de Srebrenica desde los años noventa: http://gallota.com/2011/05/28/mladic
[...] Srebrenica: la fosa del terror (III) [...]
Que crueldad y m`s cruel ver como los gobiernos mienten con tal desfachatéz.
ver como esconden los “trapos sucios” pretendiendo a estas alturas aun hacer creer a las personas que nada pasò.
Madlic, has de pagar por tus crímenes, quizà no sea importante para muchos que ya perdieron a sus familiares.
Pero como leìa, el comentario de uno de las personas que diò su testimonio.
Los ve en las calles, rièndose de ellos y viviendo en las casas y praderas que fueron de ellos.
Nadie debe quitarle la vida a nadie, pero en esta vida uno cosecha lo que siembra.
Gracias periodismo humano, por tan gran artículo y por traer siempre estos temas que no se ven en ningùn otro lugar o medio digital.
Acá en Honduras no lo ves.