Sociedad

Más que todo el oro del mundo

Estudiantes universitarios en la manifestación (R. C.)

“El pueblo unido jamás será vencido”. Estudiantes universitarios, campesinos, trabajadores de todo tipo y edad, pero también niños, han entonado este grito tras ver como su pacífica ciudad ha dejado de serlo. Huaráz se encuentra en el districto de Áncash, un callejón que se extiende entre la Cordillera Blanca y la Cordillera Negra del Perú. Es un lugar que representa un paraíso para los que aman la naturaleza y la aventura. El valle está circundado por la cadena montañosa, considerada una de las más importantes y fascinantes del mundo. Los picos altos y nevados dibujan un paisaje único, cuyas formas, características y perspectivas, no pasa desapercibido para ninguno de los habitantes de la zona. Los huarazinos conocen los nombres y las características peculiares de cada montaña y los recorridos que conducen a las tantas lagunas de maravillosos colores. Una de ellas, es la Laguna Conococha, situada en el noroeste del país. Las aguas de esa laguna son una fuente de riqueza natural, a las cuales es imposible renunciar, según me cuenta un joven artesano junto a sus compañeros de protesta. Es una manifestación que involucra a todos; desde campesinos indigenas que viven en las montañas y en los valles de la Cordillera, hasta los estudiantes universitarios de la capital de esta región. La laguna Conococha es la cuna de tres canales de agua: el Río Pativilca, que recorre la Cordillera central y desemboca en el océano Pacifico, en el umbral de la capital peruana; el Río Santa, que recorre el Callejón de Huaylash y el Río Hortaleza. Esas fuentes de máxima riqueza sirven para los riegos de los campos y abastecen de agua potable la región entera. La verdadera riqueza, para los habitantes de Huaráz y de toda la región de Àncash, no se corresponde con lo material, ni lo mineral. Pero, no muy lejos de la Laguna Conococha, se está explorando y construyendo una mina de oro. Si el proyecto, en manos de empresas extranjeras, siguiese adelante, esas aguas de colores inverosímiles, se contaminarían, así como los cultivos.

Una joven mujer llora porque sus sobrinos se han quedado atrapados en casa mientras que los policías lanzan gases lacrimógenos. La casa donde viven está cerca de Hidrandina, la empresa regional del servicio público eléctrico. Me dicen que la empresa pertenece a Chile y que muchas veces, la corriente eléctrica desaparece sin ningún aviso previo, dejando a todos sin luz. La hermana menor de la joven tiene 19 años y se encuentra en el medio de la protesta, con los otros estudiantes. Los huelguistas están decididos a lanzar piedras e incendiar todo lo que es ajeno a su región: la empresa eléctrica o los cristales del Banco de Crédito (BCP).

Decenas de antidisturbios en la manifestación (R. C.)

Soy la única en la manifestación con cámara. Me gritan que de esta lucha no habla ni la crónica amarillista de la capital. Y ha llegado el rumor de que en el Congreso de la República se dijo: “Si los ciudadanos de Áncash no quieren el progreso, que se maten entre ellos, no les haremos caso”. Estos rumores son la fuente de la desesperación de la multitud. El silencio del Estado sólo hace agravar la situación.

A pocos metros de los enfrentamientos, el padre del artesano, dentro de su casa poco iluminada, se asoma desde su máquina de coser y me dice: “Con ese cuento del progreso, nos matarán a todos. Le llaman progreso, pero eso se llama contaminación”. En su acogedor reino de colores, crea hermosas mantas, gorras, bolsos de buena calidad y buen gusto, además de estudiar los beneficios de las plantas.

El agua, para los habitantes de la sierra peruana, vale más que todo el oro del mundo. El imaginario indígena de conexión con la tierra resulta difícil de comprender desde las grises ciudades industrializadas. La civilización y el progreso, entendidos a la manera capitalista, significa para ellos contaminación, destrucción y sordidez. Para extraer un gramo de oro se utilizan mil litros de agua por segundo. En un día de explotación minera, se usa la misma cantidad de agua que necesita, en un día, una ciudad de 600.000 habitantes. El cianuro y el arsénico, empleados para separar el oro de la tierra, son altamente venenosos. Y para ellos el agua es el verdadero oro, el bien común de cada uno. “Es el alimento fundamental para la tierra, para los animales y para nosotros mismos” se oye en cada esquina.

Prácticamente todos los habitantes de la región participan en las protestas (R. C.)

No es la primera vez que los recursos de esta región son explotados por compañías extranjeras. Lamentan la llegada de empresas de Canadá, como las mineras Antamina y la Pierina, han convertido el Cerro del Pasco en una de las regiones más contaminadas del continente sudamericano, y prevén que a la Laguna de Conococha le tocará el mismo destino. Las aguas del Río Santa abastecen a la región entera y producen energía eléctrica para el Cañon del Pato. Si estas aguas se contaminaran se perdería la mayor fuente de trabajo de la zona, la agricultura y el pastoreo, además de que sería un ultraje para la tan querida Pacha Mama (Madre Tierra).

Casi todos los ciudadanos están unidos en las protestas y ningún establecimiento está abierto, ni siquiera las escuelas. Los niños están en la calle, junto con sus padres y abuelos. Casi parece una fiesta popular, pero cuando el humo de los gases lacrimógenos llega a irritar los ojos y las gargantas secas, la multitud sucumbe ante el terror. Pronto va a llover, como es común en esta época del año y es hora de correr a refugiarse. En las callejuelas adyacentes el humo no parece haber llegado. Tres hombres alrededor de un mototaxi, suben el volumen a la chicha, música típica de Perú y en la calle principal, después de haber lanzado piedras y gritos, una docena de chicos muestran su destreza con una pelota, improvisando un partido de fútbol. La vida vuelve a pasar por encima de las situaciones más adversas y sus habitantes vuelven a sonreir a los desconocidos: desde una puertecita negra, una familia local me invita a entrar en su casa, ofreciéndome comida, y con sonrisas y abrazos, se disculpan por las condiciones incómodas a las cuales, seguramente una europea como yo, no estaría acostumbrada.

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