Sociedad

Lecciones de Panabaj

El 33% del territorio guatemalteco es zona de riesgo ante los desastres naturales.

La población es víctima, pero también parte responsable.

Miguel, que sobrevivió al deslave de Panabaj en 2005, muestra las ropas y restos de los fallecidos en la zona 0. Foto: Dickens Zamora/ND

Llovía torrencialmente desde hacía varios días y nada hacía prever que el temporal fuera a amainar. Las frágiles casas de lámina temblaban al compás de los truenos mientras su hija, Dolores Mendoza, trataba desesperadamente de convencerla para que se fueran: “¡Madre, por favor, vayámonos de aquí, tengo miedo de lo que pueda pasar!”, le suplicó.

Pero en la mente de Concepción Quiejú no cabía la posibilidad de abandonar lo que con tanto esfuerzo había logrado obtener. Sus trajes, sus ollas, su escaso mobiliario, sus recuerdos. Todo lo que poseía estaba en aquel humilde lugar llamado Panabaj. No imaginaba que seis años después, de aquella aldea solo quedarían un manto de malas hierbas y algunas ruinas de lo que antaño fuera una escuela o un hospital.

Destrozos ocasionados por el desbordamiento de un río en Cuilco, Guatemala, hace 6 años. Foto: Archivo

En los primeros días de octubre de 2005, la tormenta tropical que azotó el sur de México, Guatemala y El Salvador, se convirtió en el huracán Stan, uno de los más destructivos que se recuerdan en la región. La cifra de muertos y desaparecidos, que solo en Guatemala ascendió a 670 y 844 personas, superó con creces la del Mitch, de 1998, donde también se perdieron 268 vidas.

“La situación es crítica porque la topografía de nuestros países hace que en época lluviosa los suelos se saturen, lo que da lugar a inundaciones y corrimientos de tierra. El problema es cuando se deforestan laderas y barrancos o se construye sobre terrenos de alto riesgo. Eso es lo que provoca que las catástrofes sean mayores”, asegura Alejandro Maldonado, director ejecutivo de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres.

José Xicay, otro de los supervivientes del Stan, está de acuerdo con él. Sus abuelos fueron de las primeras familias que se asentaron en Panabaj, una comunidad a orillas del lago Atitlán, en el corazón de Guatemala. En pocos años, nos cuenta, llegaron a vivir allí unas 2 mil personas, que huían de la falta de espacio y de los precios más altos de las propiedades en pueblos vecinos como Santiago o San Lucas Tolimán.

“No éramos conscientes del peligro y cuando hubo el deslave, muchos no supieron qué hacer y corrieron directos hacia la muerte. La ignorancia fue lo que provocó que Panabaj se hiciera tristemente famoso en todo el mundo, porque en pocas horas quedaron soterrados aquí casi 200 habitantes”. Después de eso, comenta Xicay, los que quedaron tuvieron que volver a empezar, tratando de no cometer los mismos errores.

Supervivientes

Concepción Quiejú llora al recordar a los 12 familiares que perdió durante el huracan Stan, en 2005. Foto: Dickens Zamora/ND

Concepción Quiejú llora al recordar a sus 12 familiares que perecieron durante el huracán, entre ellos su hija Dolores. Relata en su lengua materna, el tzutuhil, que el día 5 de octubre de 2005 fue un día de desgracias. “Llegó la noche y no había luz eléctrica. Recé durante horas y cuando quise irme, ya era demasiado tarde. La correntada era  muy fuerte y a duras penas logré refugiarme en casa de una vecina. Cuando amaneció, no podía creer lo que mis ojos veían”.

Desolación. Escombros donde antes había casas. Cadáveres de lo que habían sido niños llenos de vida. Puertas sin paredes y un silencio sepulcral entre una montaña de lodo que se extendía hasta más allá del horizonte. Este cuadro dantesco es el mismo que describen, con algunos matices, la mayoría de vecinos de Chokmuc, el nuevo asentamiento a unos 10 kilómetros de la zona 0, donde progresivamente fueron reubicadas las víctimas del desastre.

Cada temporada de lluvias los destrozos en Guatemala dejan pérdidas millonarias que lastran al país. (Foto: LH)

Costó recuperarse. Según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), los daños y pérdidas materiales sobrepasaron los 837 millones de euros en todo el país. Y es que el Stan no solo afectó a aquella pequeña localidad: 15 de los 22 departamentos de Guatemala fueron sacudidos por la furia del fenómeno natural. Más de 38 mil viviendas resultaron dañadas en mil 372 comunidades y el total de damnificados fue de 3 millones y medio de habitantes.

Pero después de la tormenta llegó la calma y poco a poco la rutina diaria volvió a imponerse. Tras varias semanas resguardados en parroquias, escuelas y salones comunales de las cercanías, los panabajenses como María Coo`, cuya suegra tuvo que enterrar a 14 parientes en aquellos días, montaron un improvisado campamento a pocos metros del área arrasada. Tras más de un lustro de vivir hacinados en pequeñas chabolas de techo de plástico y piso de barro, sin agua y sin luz, las últimas familias que quedaban allí se trasladaron al nuevo poblado, financiado por la cooperación internacional, hace poco más de 3 semanas.

El círculo de la eterna pobreza

En Panabaj, algunas familias no han querido trasladarse a un área segura, por lo que siguen viviendo en zona de alto riesgo. Foto: Dickens Zamora/ND

Mientras, otros ya han empezado a ocupar el espacio que ellos dejaron, alimentando el círculo de la eterna pobreza. Hace justo un año, durante la última semana de mayo, la erupción del volcán Pacaya y la tormenta tropical Ágatha volvió a repetir la historia, poniendo otra vez de manifiesto la vulnerabilidad de un país como Guatemala. Esta vez  murieron 268 personas y 76 mil 72 casas resultaron dañadas, además de pérdidas millonarias en infraestructura, agricultura y vivienda. Como en las ocasiones anteriores fue la población indígena del área rural la que sufrió las peores consecuencias.

“Y lo más triste es la impotencia de saber, a ciencia cierta, que va a volver a suceder, si no esta temporada la que viene”, explican Mario Buch y Marvin Turcios, del Instituto de Agricultura, Recursos Naturales y Ambiente (IARNA). Para ambos expertos, una de las principales causas que magnifican las crisis humanitarias provocadas por los desastres naturales en la región es la ocupación descontrolada de tierras, tanto para uso urbano como agrícola, especialmente en la zona norte, donde no se han implementado suficientes tecnologías de cultivo que fomenten la sostenibilidad.

Crater que apareció en la capital guatemalteca hace un año, a causa de la mala planificación municipal. Foto: Archivo

En esta problemática, añaden, inciden también otros factores como la falta de una buena formación académica, los bajos ingresos económicos de la población y la ausencia de normas que regulen la construcción de viviendas. Todo ello aunado al endeudamiento cada vez mayor que, año con año, va contrayendo un estado debilitado, incapaz de asumir por sí solo y de manera inmediata el alto costo de las reparaciones de los daños registrados durante el invierno.  A día de hoy, son más de 8 mil 200 las comunidades en alto riesgo por inundaciones, deslaves y desbordes de ríos en todo el país; comunidades que, como ocurría antes con Panabaj, se juegan a la ruleta rusa sus destinos.