Sociedad

La bandera que anuncia la llegada de los barcos mineros

Los Vilos, pueblo de pescadores, es otro de los muchos lugares en Chile afectados por la actividad de las grandes mineras. Desde que la empresa Los Pelambres levantó un puerto minero en la zona, hace 13 años, las caletas se han visto obligadas a colgar con frecuencia una bandera que anuncia la llegada de grandes barcos cargados con cobre que no les dejan salir a faenar.

El mal de la abundancia III

En un pueblo costero de Chile llamado Los Vilos, Pedro Codoceo, presidente de una caleta de pescadores, baja de su bicicleta y abre la puerta de una oficina que está cerrada con llaves. Al entrar, va directo a un armario y rebusca dentro hasta que encuentra un montón de telas, que coloca con cuidado encima de la mesa. “Éstas son las banderas del código internacional”, explica. “Sirven para mandar mensajes a los pescadores”.

“Por ejemplo, esta de aquí significa que tengo un buzo faenando”, cuenta señalando una de color azul. “Y esta otra”, señala, “quiere decir que el puerto cierra por mal tiempo”. Y después de rebuscar un poco más entre las telas, abre una bandera verde que tiene una cruz en el medio: “Ésta no está en el código internacional”, aclara. “Ésta la tuve que inventar yo para poder avisar a los pescadores cada vez que entra en el puerto un barco minero”.

Un tubo kilométrico transporta concentrados de agua y cobre desde Caimanes, donde se instaló la gran empresa minera Los Pelambres hace 13 años, hasta el puerto de Los Vilos.  En la bahía, unos barcos enormes esperan el mineral.  Y cuando han cargado 110.000 toneladas de cobre, se embarcan rumbo a Japón.

 

“Nosotros no queríamos que la minera se instalara en la bahía”, asegura Pedro, “porque en el mar están nuestros recursos, y sabíamos que toda esa gran maquinaria podía acabar con ellos”, cuenta. “Fuimos el primer organismo que se opuso a la apertura del puerto minero, pero como no hubo una movilización social fuerte que nos respaldara, nos llegó el momento de sentarnos a negociar con la minera”, explica.

“Y acabamos firmando un convenio en el que la empresa Los Pelambres se comprometía a entregarnos unas ayudas a cambio de poder instalar este puerto en la bahía”, explica el pescador. “A partir de ese momento, recibimos apoyo en cosas como el fortalecimiento de las áreas de manejo, que son unas parcelas marítimas protegidas en las que nadie puede faenar”, aclara. “Las vigilamos para poder asegurar la preservación de ciertos recursos, como el loco, que ya estaba comenzando a extinguirse. Y la minera nos aporta con los gastos de combustible, alimentación, teléfono, y todo lo que se necesita durante la vigilancia del área de manejo”.

Los pescadores también reciben dinero de parte de la empresa para poder llevar a sus hijos y a sus nietos a estudiar fuera.  “Aquí no hay institutos superiores ni universidades”, explica Pedro, “No es mucha plata la que nos dan, ni una solución, pero sí es una ayuda bastante importante para nosotros, que muchas veces hemos tenido que endeudarnos para poder entregar una mejor educación a nuestros hijos”, asegura.

Pero todas estas ayudas les han traído muchos problemas con sus vecinos, que les acusan de haber vendido su bahía. “Para el resto de la comuna, nosotros somos los malos”, lamenta Pedro. “Creen que nos vendimos, y no entienden que lo que la minera nos está entregando son demandas que les hacemos nosotros de manera totalmente legítima, porque quién sabe si el día de mañana ocurre algún desastre en la bahía y perdemos todos nuestros recursos… Como esa vez que llegó una mancha de petróleo y perdimos cinco millones de pesos en marisco. Además, que teniendo a la minera de nuestro lado se supone que saldremos adelante más rápidamente, porque contamos con el principal aliado, que es la plata”, confía Pedro.

Sin embargo, según Lucio Cuenca, director del Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales (OLCA), las acciones de responsabilidad social que realizan estas grandes empresas nunca apuntan a restituir el nivel de vida que las personas tenían antes de la explotación minera. “Normalmente entran en las comunidades ofreciendo dinero a determinados grupos estratégicos; se meten a intervenir en las escuelas, a financiar proyectos a las agrupaciones sociales, pagan las camisetas a los clubes de fútbol y ofrecen cursos a los agricultores. Pero lo único que buscan es tapar la boca a la gente, y por lo general, acaban dividiendo a las comunidades”.

En Los Vilos, los pescadores llevan cinco días sin salir a faenar por el mal tiempo. Y hoy, cuando por fin el mar entró en calma, a Pedro Codoceo le toca la terrible tarea de salir a colgar la bandera “que más odian los viejos”, esa que tuvo que inventar una vez para poder avisarles de que está entrando en el puerto un gran barco minero y que, nuevamente, no podrán salir a trabajar. Pedro saca del montón de telas una bandera que no forma parte del código internacional y guarda el resto en el armario. Vuelve a cerrar su oficina con llave y, después de dar la mala noticia a los pescadores, monta en la bicicleta y pedalea de regreso a casa, dejando atrás todas las embarcaciones a las que un día más se les prohíbe salir a navegar.

 

 

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