Sociedad

El mar alimenta y amenaza las Islas Salomón

El nivel del mar en Islas Salomón creció a un ritmo de ocho milímetros al año desde 1993, por encima del promedio mundial de entre 2,8 y 3,6 milímetros, según el Programa Científico sobre Cambio Climático del Pacífico

Aproximadamente 12.000 personas viven en los islotes artificiales creados en las lagunas de Langa Langa

El incremento del nivel del mar amenaza a Islas Salomón. (Catherine Wilson/IPS)

Por generaciones, los isleños apelaron a su tenacidad para subsistir en pequeños atolones artificiales construidos en el medio de la laguna, desprovistos de agua potable y de tierras para cultivar. Pero el cambio climático se volvió ahora su mayor amenaza.

“El mar es hostil y las mareas se hacen más altas. A veces el agua cubre toda la isla durante la temporada de lluvias”, dijo el salomense Alphonsus Waleronoa, sentado en un banco bajo el alero de su casa en el islote artificial de Raolo, de apenas 100 metros cuadrados.

Una de las columnas de su vivienda se sostiene sobre las rocas de la isla, y la otra se hunde en las aguas de la laguna.

En Raolo hay media docena de viviendas para cinco familias, con un total de 26 personas. El islote fue construido sobre una base de corales, piedras y arena por el padre de Waleronoa, luego de que un ciclón destruyera su casa anterior, en otra isla artificial llamada Rarata, en 1945.

Nuevos ciclones a fines de los años 60 obligaron a la pequeña comunidad a abandonar temporalmente la provincia de Malaita, pero regresó hace 10 años huyendo de la guerra civil, entre 1998 y 2003, conocida en este país del Pacífico como “Las Tensiones”.

Islas Salomón es un archipiélago de más de 900 islas al este de Papúa Nueva Guinea. La mayoría de sus más de 500.000 habitantes residen en la costa, que se extiende por 4.023 kilómetros.

Los desastres naturales son un alto riesgo, especialmente durante la temporada de lluvias, de noviembre a abril, cuando los ciclones, tsunamis y pequeños tornados pueden causar inundaciones y gran destrucción.

En la actualidad, el cambio climático, el mayor desafío para los llamados pequeños estados insulares en desarrollo (SIDS, por sus siglas en inglés) y para los países menos adelantados (PMA), agrava los problemas que ya afrontan las vulnerables comunidades costeras.

El nivel del mar en Islas Salomón creció a un ritmo de ocho milímetros al año desde 1993, por encima del promedio mundial de entre 2,8 y 3,6 milímetros, según el Programa Científico sobre Cambio Climático del Pacífico.

La predicción es que, para 2030, el nivel del mar podría aumentar un máximo de 15 centímetros, la velocidad promedio de los ciclones se incrementaría 11 por ciento y las precipitaciones asociadas a estos fenómenos crecerían en intensidad 20 por ciento.

Caspar Supa, coordinador en Islas Salomón del Programa de Adaptación del Pacífico al Cambio Climático, dijo a IPS que los lugares más vulnerables son las islas y los atolones artificiales, donde “hay poca seguridad alimentaria, falta de desarrollo, pocos recursos y limitada educación” sobre el fenómeno del recalentamiento planetario.

Aproximadamente 12.000 personas viven en los islotes artificiales creados en las lagunas de Langa Langa, sobre la costa oeste de Malaita, y de Lau, en el noreste.

En Langa Langa, de 21 kilómetros de largo y uno de ancho, se cuentan 13 islas artificiales.

Muchas personas, incluyendo a Waleronoa, no saben exactamente por qué sus ancestros crearon esos ambientes únicos, donde las comunidades se dedican fundamentalmente a la pesca, a la construcción de embarcaciones y a la fabricación de unas monedas tradicionales hechas con conchas de mar que usan en sus intercambios comerciales.

Los ancestros de Thomas Dakero abandonaron hace 500 años la región de Kwaio Occidental para trasladarse a la mitad natural y mitad artificial isla de Busu, hoy hogar de unas 300 personas.

Dakero es testigo de cómo se producen altas mareas casi cada mes, y las olas inundan la mayor parte de la isla. Hay un manglar que ofrece cierta protección contra el mar, pero que también está bajo amenaza.

“Le digo a la gente que no tale los manglares, pero lo cierto es que necesitamos leña para cocinar”, dijo Dakero. “En el pasado usábamos la madera muerta y seca, pero, debido al aumento poblacional, necesitamos cortar los árboles”.

La vida diaria tiene muchos otros desafíos. No hay ninguna fuente de agua potable en las pequeñas islas artificiales de Raolo y Busu, y el terreno no es adecuado para la agricultura.

Los habitantes de Busu recolectan agua de lluvia en tanques, pero durante la temporada seca tienen que hacer un viaje en bote a tierra firme varias veces por semana para adquirir agua en contenedores de plástico.

“Queremos quedarnos en nuestra isla”, dijo Waleronoa a IPS. “Hemos sido pescadores por generaciones. Vendemos pescado en los mercados, y ese es el único ingreso que tenemos, así que nos es muy difícil mudarnos”.

La pesca es una importante fuente de subsistencia y dinero para muchos salomenses. Pero, el año pasado, un informe oficial alertó que se estaban empleando métodos destructivos para esta actividad, lo que constituía un gran problema en especial para Langa Langa.

Dakero señaló que varios pescadores locales estaban usando dinamita. Para intentar recuperar la laguna, él plantó corales en las aguas que rodean Busu, creando así una zona en que los peces pudieran alimentarse.

El futuro de los habitantes de estas islas artificiales es incierto. “Estamos tratando de elevar el nivel de la isla y cultivar manglares de un lado”, dijo Waleronoa, de Raolo.

Dakero también está considerando aumentar el nivel de Busu, pero señaló que eso era muy costoso, porque se necesitan grandes cantidades de piedra.

El Gobierno Provincial de Malaita ya planea la posible reubicación de las comunidades de los atolones de Ontong Java y Sikaina, donde se deteriora la seguridad hídrica y alimentaria.

“La primera etapa es que consultemos a las comunidades afectadas sobre una posible reubicación”, dijo a IPS la subsecretaria provincial de Malaita, Augustine Faliomea.

“Podrán elegir a dónde reubicarse en la isla de Malaita. Luego podremos negociar con los actuales propietarios de esos terrenos para comprarlos y reubicarlos”, añadió.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie