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Sociedad

Lucía

Retratos entre la multitud. Lucía estudió Arte Dramático y ahora trabaja como actriz en pequeños teatros. Su vida gira en torno a la interpretación y prepara cada papel a conciencia.

Dice que sin público no hay teatro y por eso siempre intenta ofrecer lo mejor de sí misma en cada representación.

Lucía

“Por ejemplo… el otro día estaba en un conocidísimo restaurante cuando se me acercó el ministro del Interior y me dice: “Esthercita”… Él siempre me llama así… “Oye, escríbeme algo sobre la influencia de la gripe porcina en el tráfico rodado, que tengo a varios diputados un poquito nerviosos”… Así me dijo: “Un poquito nerviosos”. Entonces le dije: “De acuerdo, mi ministrito, acepto el encargo.” El suspiró aliviado, y yo le advertí: “Pero cuidado conmigo. Yo no me caso con nadie. Mis artículos pueden ser demoledores” Le dejé temblando. Yo soy así. Soy inflexible. No me arrodillo ante nadie. Casi todos los días me llaman de uno u otro  ministerio… y eso que yo les pido que no me hagan perder el tiempo, pero parece que los pobrecitos no pueden prescindir de mis consejos. Ya les tengo dicho: Amiguitos, cualquier día de éstos me vais a consultar qué calzoncillos os ponéis: si los negros o los blancos…”

Mientras recita este trozo de texto de su última obra de teatro, Lucía acompaña cada golpe de voz con toneladas de sorna. Se mueve ampliamente por el chiquito escenario y provoca las carcajadas del respetable. Está interpretando una obra cómica que denuncia la corrupción del poder político. Esta vez se ha colado en la piel de una supuesta funcionaria de la fiscalía que en vez de realizar su trabajo, pretende desplumar a todo un ayuntamiento. Antes de eso, Lucía tuvo muchas otras vidas: fue granjera, enfermera, guardia civil, estrella de Hollywood. Lo fue sobre las tablas, pero algo de eso ha quedado en ella: una actriz siempre guarda en el corazón un poco de cada papel representado.

Comenzó a estudiar Arte Dramático nada más puso un pie en Madrid después de dejar atrás 17 años en su Cuenca natal. Y a la vez, se matriculó en Periodismo. A Lucía nunca le han faltado ocupaciones porque toda ella es ocupación, actividad, energía. Es explosiva. Nunca antes había actuado pero de alguna manera siempre supo que quería hacerlo. Siempre supo, antes siquiera de auparse a un escenario, que el arte dramático le daba identidad. Durante los años que siguieron, compaginó el aprendizaje de los diferentes métodos que emplean los actores, por ejemplo, con el de la redacción periodística. Por la mañana revisaba la historia del Periodismo y hacía interminables trabajos en la biblioteca de la Universidad Complutense y por la tarde se colgaba el traje de turno, o interpretaba al personaje de turno, o se aplicaba en la improvisación del día en las aulas de la Escuela de teatro Bululú.

Mientras se formaba en ambas materias, empezó a representar sus primeras obras en círculos de teatro universitario, a realizar prácticas de periodista en diferentes radios y televisiones, a correr con el tupper de la comida del día a cuestas, a arañar al reloj las horas para intentar llegar a todo. Y siempre sin perder ni un trocito de su alegría. Porque quien la conoce sabe que la alegría encuentra en Lucía una buena parte de su significado. Siempre anda riendo con una risa de altos decibelios y bromeando para que otros rían. E igual que sobre un escenario, a veces se arranca a cantar algo que le parece que viene a cuento. O a bailar. O a soñar un ratito en voz alta. Según le pida el cuerpo.

Cuando terminó su formación, comenzó a alternar también su vida profesional trabajando en sus dos pasiones. Además de su labor de redactora de informativos y programas en medios de comunicación como Localia o Telemadrid, comenzó a estrenar obras en pequeños teatros. Porque aunque ha trabajado para series de televisión como LEX, El Internado o Cuenta Atrás, la sangre que le corre por las venas es sangre de teatro. De sala pequeña, de texto cuidado, de público cerca. Con una adaptación de ‘El enfermo imaginario’ recorrió media geografía española interpretando a la díscola hija de un supuesto enfermo crónico, invención de Molière. Angélica, que era el nombre que recibió esta vez Lucía en escena, estaba perdidamente enamorada de un joven llamado Cleantes pero condenada, para su desgracia, a casarse con el médico Tomás, el yerno perfecto para el hipocondríaco de su padre. Lucía se pasaba la obra seduciendo clandestinamente a su enamorado, haciendo chiribitas con los ojos a espaldas de su padre, desplegando todo el humor del que es dueña.

Antes de subirse a las tablas se le agarran los nervios a la tripa, pero no por inexperiencia, sino por respeto al oficio. Porque sabe que cada día debe dar lo mejor de sí misma para ser honesta con las personas que ocuparán una butaca para verla. Pero cuando irrumpe en escena no siente vergüenza, tan sólo deja que cientos de personajes se apoderen de sus 50 y pico kilos de cuerpo para expresar emociones. Lucía, como todos los buenos actores, es un saco de emociones.

Para preparar un papel realiza primero el que llama ‘trabajo de mesa’. Lee a conciencia el texto, le busca referencias a su personaje para situarlo correctamente en su contexto histórico, y se vale para eso de interpretaciones anteriores que se hayan podido realizar pero, sobre todo, de su propia memoria visual. Es decir, si tiene que representar un papel de tirana, Lucía busca a mil revoluciones en el archivo de sus experiencias vitales, por ejemplo, a un mal jefe. En ese momento trata de pensar cómo actuaría la persona que se parece a su personaje. Quizá por eso, en su vida cotidiana, tiene siempre la mirada atenta a su alrededor, escucha mucho y observa más. Después de ese trabajo de mesa, se pone en manos del director y se deja guiar. Justo antes de la obra, se concentra durante horas y repite el texto trabajando la dicción con un corcho que atraviesa su boca. Y finalmente sale a rendir homenaje a este arte de la emoción que es el teatro.

Lo que le enamora del oficio es el constante sobresalto que supone. La alerta y la concentración que requiere le hacen sentirse muy viva. Y ella adora sentirse muy viva. Y transmitir emociones con su cuerpo, y que una función pueda colarse en el corazón de alguien y enseñarle algo. Por eso lo que le pide al futuro es poder seguir trabajando como actriz y que su partenaire siga siendo el público. Lucía siempre dice que sin público no hay teatro. Y sin artistas como ella con tantas ganas de dignificarlo, tampoco.

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Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

3 comentarios

  1. PerroComeMosca

    Esta chica es fabulosa

  2. Débora Navarro

    ¡¡Que envidia me da!!
    Es una chica todoterreno.

  3. Diego

    “…este arte de la emoción, que es el teatro.” Me parece una frase fantástica. Igual que el perfil de Lucía. Un aplauso a las dos.

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