Sociedad
Que venga, que venga, que no le vamos a hacer nada…
Europa envía presos a países denunciados por tortura aceptando promesas imposibles de supervisar
Bienvenidos al fantástico mundo de las “garantias diplomáticas“. Son promesas que unos países que están deseando pillar algún enemigo público le hacen a otros que quieren quitarse de encima a un sujeto incómodo. Entrégamelo (o déjamelo un par de días), que te prometo que no le va a pasar nada. Amnistía Internacional y Naciones Unidas llaman la atención a 13 países, entre ellos España, Italia, Alemania o Reino Unido, para que no acepten esas promesas imposibles de controlar por parte de países acusados de torturar.
Mejor con un ejemplo.
El checheno Murad A. Gasayev llegó a España en 2005 en busca de asilo. Llegó desde Rusia, donde fue interrogado y torturado durante tres días por los atentados masivos contra un edifio oficial en Ingusetia que causaron la muerte de 27 civiles y 35 militares y policías rusos. Después de esos tres días fue liberado sin cargos. España le negó el asilo basándose en “información confidencial” y en diciembre de 2006 fue detenido en Valencia a petición de Rusia, un país que ha recibido fuertes acusaciones por parte del Comité Europeo de Prevención de la Tortura. Amnistía Internacional reclamó entonces que no se entregara a Gasayev a Rusia ante el riesgo de que fuera torturado de nuevo.
A pesar de “las pruebas evidentes de que había riesgo de tortura”, la Audiencia Nacional autorizó la extradición “bajo la promesa de Rusia de que Gasayev no sería condenado a muerte o a cadena perpetua”, y que “podría recibir visitas del Comité contra Tortura de la ONU”. Luego hubo que cambiar “visitas” por “supervisión” porque se enteraron de que el Comité contra la Tortura nunca hace visitas a las cárceles (qué cosa, por otro lado). Y luego el Comité dijo que nadie le había avisado de este marrón y que “no estaba preparado para supervisar” el caso en un escenario de dudosas promesas.
¿Y quién iba a vigilar las promesas de Rusia, entonces? Pues el personal de la embajada española en Moscú, que le hizo una visita. Su familia, ninguna. Como se dijo en Francia, donde sí se negaron algunas extradiciones a Rusia con motivo de los atentados de 2004, “con o sin garantías diplomáticas, un checheno que está acusado de matar policías no va a sobrevivir mucho tiempo en una cárcel rusa”. Gasayev pasó diez meses en una cárcel rusa hasta que un juez dictaminó, de nuevo, que no tenía nada que ver con los atentados de 2004. Está en libertad desde 2009, pero siguen pesando sobre él cargos de pertenencia a banda armada, a pesar de que el único testigo que le inculpaba ha retirado su declaración, hecha tras recibir “descargas eléctricas”, según fuentes de Amnistía.
Gasayev vive ahora vigilado, “absolutamente aterrorizado, en un clima de intimidación”, según su abogado, y ha sido “amenazado repetidas veces” por las autoridades rusas. “Con o sin juicio, acabaremos con él”, dicen que unos oficiales le dijeron a alguien de su familia. No hay pruebas, claro, pero tampoco hay garantías de que no fuera así.

Ben Khemais
No en todos los casos el retornado resulta quedar libre y de hecho la denuncia de Amnistía requiere aceptar una mayor importante: nadie, por mucho mal que haya hecho, merece ser torturado o vejado. Esto, también, mejor con un ejemplo claro.
El jefe de Al-Qaeda en Italia, el tunecino Essid Sami Ben Khemais, fue detenido en Milán en 2001, poco antes del 11-S. Siete años después, en 2008, el gobierno italiano, “amparándose en las promesas de las autoridades tunecinas”, lo puso en un avión hacia Túnez “a pesar de la abrumadora evidencia de que corría un riesgo real de ser torturado y vejado”. Pasó dos días de interrogatorio en el Minsterio del Interior de Túnez, durante los que su abogado afirma que fue torturado. No hay pruebas, claro, pero tampoco hay garantías de que no fuera así.
El Tribunal Europeo de los Derechos Humanos dictaminó que Italia había violado la prohibición de poner a un preso en riesgo de ser torturado y dijo que las promesas de Túnez no valían de nada. El relator de Naciones Unidas sobre Torturas, Manfred Nowak, afirmaba hace unas semanas “las garantías diplomáticas relativas a la tortura no son sino un intento de saltarse el principio” de que no se puede devolver a presos cuya vida pueda correr peligro en su país.
Son solo un par de ejemplos de que los que se pueden leer en este informe de Amnistía Internacional, donde se documentan casos de tribunales de otros países como Alemania, Austria, Azerbaiyán, Bosnia y Herzegovina, Dinamarca, Eslovaquia, Francia, Reino Unido o y Suecia, que aceptan o han aceptado garantías diplomáticas de los gobiernos de Argelia, Libia, Túnez, Rusia o Turquía, en los que “no se puede confiar”.













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