Sociedad

Madres en huelga de hambre para que México busque a sus desaparecidos

La iniciaron el 9 de mayo y sólo la dejarán si el presidente las recibe.

“Estamos hartas de promesas que no se cumplen, ya nos cansamos de esperar”.

“Lo que hacen no vale la pena”, les dice el único funcionario que se ha dignado visitarlas. “Si un hijo no vale la pena, ¿entonces qué lo vale?”, responden ellas

(AP Photo/Marco Ugarte)

Actualización 18 de mayo de 2013

El 17 de mayo, tras 9 días de ayuno, el gobierno de México se comprometió con las madres a poner en marcha en una semana un grupo especial de búsqueda de desaparecidos. Las madres dejaron la huelga de hambre y confían en que, esta vez, no las vuelvan a engañar”.

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Junto al puñado de tiendas de campaña instaladas frente al edificio de la Procuraduría General de la República (PGR), en pleno Paseo de la Reforma, siete mujeres y un hombre debaten intensamente. Están decidiendo si sacarse sangre y escribir con ella los nombres de sus hijos en una sábana. “Es sólo una idea, a ver si por fin algo les impresiona”, dice  Nancy Rosete, madre de Elvis Axell Torres, un joven de 17 años que desapareció camino de Matamoros (frontera norte) en 2010.  

Los ocho (junto con otras dos mujeres que abandonaron por motivos de salud) iniciaron una huelga de hambre el pasado 9 de mayo, víspera del Día de la Madre en México, pero la protesta no ha interesado a ninguna autoridad. “No nos ven o no quieren vernos”, señala  Erika Montes de Oca. “Lo único que pedimos es que hagan su trabajo y busquen a los desaparecidos como prometieron”. Ella se unió a la protesta por su sobrino, Sergio Eduardo Guillén. Un día de noviembre de 2012 se fue a trabajar a un bar de la Zona Rosa del DF y nunca regresó. “La investigación está prácticamente parada y como trabajaba en un bar lo que argumentan las autoridades es que quién sabe en qué andaría metido” (el argumento reiterado mil y una veces desde que empezó la guerra frontal contra el narco en 2006). “Mi hermana quedó tan afectada que no puede permitirse esto, por eso hago yo la huelga”.   

 

Los huelguistas debaten cada día las acciones a tomar (M.V.)

Llevan una mascarilla en la boca, para esquivar un poco la intensa contaminación de la concurrida avenida, y una botella de plástico en la mano, con suero y su hombre escrito en ella. El cuarto día de huelga llegaron miembros de Médicos sin Fronteras a asesorarles física y psíquicamente. “Nos ayudaron mucho,”, indica Atanasio Rodríguez, el único padre que se ha unido a la lucha después de tres años buscando a su hijo Alejandro Rodríguez, desaparecido en San Luis Potosí. “Le dio tiempo a llamarme cuando le estaban deteniendo unos policías municipales y me dio el número de las patrullas que se lo llevaron. Pero cuando les llamaron a declarar dijeron que no sabían nada y ahí quedo todo”.

Vacío y rabia son las sensaciones más compartidas en este pequeño campamento en pleno centro de la capital mexicana que casi pasa desapercibido. Para sus integrantes, una gota en el océano de los 30.000 desaparecidos que las ONG calculan que hay en el país. Es difícil creer en un Estado que les ha dado la espalda y que les niega una petición aparentemente sencilla: una reunión con el presidente Enrique Peña Nieto, el procurador general, el secretario de Gobernación y el responsable de Seguridad Pública. “Solo dejaremos la huelga de hambre cuando nos sentemos con los cuatro juntos para evitar que luego se pasen la bolita unos a otros y nadie haga nada”, subraya Ana María Maldonado, que sonríe aunque el día previo habían querido hospitalizarla. “Me subió mucho la presión y me dieron un medicamento para bajarla bruscamente, se me fue la cabeza. Luego los de MSF me dijeron que esa medicina era devastadora en casos de huelga de hambre”, indica un tanto asustada. “Quieren que abandonemos, pero no”. “Aunque esto no es fácil, es una cadena de dolor…”.

Ana María no solo se refiere a la impotencia porque las autoridades ni siquiera se acercaran al lugar donde se vio por última vez a su hijo, Carlos Palomares, un departamento del DF, sino porque su decisión de no comer hasta conseguir esa reunión con el presidente daña también a su otro hijo y al resto de su familias. “Nunca he querido ni quiero morir pero, ¿por qué el gobierno permite que lleguemos a esto?”.

El campamento pasa casi desapercibido en el Paseo de Reforma de Ciudad de México (M.V.) 

Todos los días barren el campamento, recolocan las fotos de los desaparecidos y acomodan las flores que les regalan y una pequeña caja donde reciben donativos. Lo más duro es la lluvia que llegó fuerte la noche del quinto día e inundó los pocos metros de calle de los que se han adueñado temporalmente.

“Estamos hartos de promesas que no se cumplen, de que nos mientan, de que nos citen para nada. No se está buscando a nuestros hijos y ya nos cansamos de esperar”, argumenta Margarita López. Ella es una de las líderes morales de la protesta porque es su segunda huelga de hambre. La primera fue en noviembre frente a Gobernación (Ministerio del Interior). La hicieron tres madres y duró una semana. “La dejamos porque logramos compromisos como la creación de un equipo especializado de la Policía Federal para buscar a los desaparecidos, pero nada de eso se ha cumplido. Ahora no nos vamos a dejar engañar”, asegura.   

(AP Photo/Marco Ugarte)

Margarita busca a su hija Yahaira Guadalupe Bahena desde 2011. Un comando de hombres armados se la llevó “por ser michoacana”, argumenta. Desde entonces no ha dejado de investigar y lo que ha encontrado en el camino es un glosario de los horrores de la violencia en México: policías antisecuestros confabulados con el cártel de Los Zetas, miembros del gobierno de Oaxaca involucrados en la desaparición, atentados contra ella por buscar a su hija… “Me llegué a enterar de un lugar donde tenían retenidas a unas cien muchachas y se lo dije a las autoridades pero ¿qué hicieron? Pasaron 6 o 7 meses hasta que ordenaron un cateo (registro) del lugar y lógicamente ya no encontraron nada”. La emoción vuelve una y otra vez, aunque haya contado la historia mil veces.

“Tengo miedo, tengo tres hijos más y me he dejado la vida, el patrimonio, todo…” Lo único que ha logrado es “un cuerpo que apareció como por arte de magia”. “Me dijeron que era mi hija pero nunca me enseñaron las pruebas de ADN y las que hice yo con la ayuda de peritos argentinos no coincidían. Luego gracias al apoyo conseguido en la Caravana de la paz a EEUU un congresista consiguió colaboración del FBI y ellos dijeron que el cuerpo estaba tan deteriorado que no se podía saber con seguridad ni siquiera el sexo”.

Margarita se arropa con una gruesa manta mientras habla. Su salud comienza a resentirse mucho porque hace solo unas semanas que salió de una cirugía. Pero la moral está alta. “Nos cuidamos entre nosotras”, dice Erika. Ella lo demuestra cuando un hombre que dice ser víctima de torturas y conocer a muchos ‘malandros’ de Veracruz se acerca al campamento. “Me suena la cara de ese chico y las quiero ayudar”, dice señalando una de las fotos de desaparecidos que empapelan el campamento.  Erika le toma los datos y le da las gracias pero sabe que deben cuidarse. “Adivina en qué lado está, hay que comprobar todo”, añade la mujer. 

Los días se hacen largos y las noches eternas. “No se han preocupado de nuestra seguridad aunque hay varias mujeres amenazadas. Dicen que no es de su incumbencia, ahora nos han puesto una ambulancia pero lo que único que nos dicen es por qué no comemos. Hay quien pasa y hasta nos mienta la madre”, lamenta Erika.

No obstante, también hay apoyo, sobre todo de los jóvenes, coinciden todos sin dudarlo. “Han tenido una respuesta increíble, vienen a pasar el rato nos nosotras, a distraernos”, cuenta Dolores Rodríguez. “Me recuerdan tanto a mi hijo… son de la misma edad”.  Juan Eduardo Olivares, tenía 21 años cuando desapareció en Tampico nada más subir a un autobús cuando regresaba de ver a su hermana. “Dos sujetos lo sacaron del autobús, no sabemos el motivo, y desde entonces no sabemos nada de él”.

Desprecio de las autoridades

 

El campamento está frente al edificio de la Procuraduría General de la República (M.V.)

El quinto día de huelga hambre el subprocurador de Derechos Humanos, Ricardo García Cervantes, se acercó por segunda vez al campamento. “No vale la pena lo que están haciendo”, dijo a las madres. Las palabras fueron como una puñalada al corazón, una humillación más, comentan después. El funcionario añadió que ellos seguirían trabajando en sus casos al mismo ritmo con protesta o sin ella, algo que más que a compromiso sonó a resignación.

“Si mi hijo no vale la pena, ¿entonces qué lo vale? ¿Valdría la pena si fuera el suyo?”, grita indignada Irma Alicia Trejo, a cuyo hijo Francisco Albavera parece que se le comió la tierra cuando viajaba en el metro de la capital. Irma pidió expertos en delitos cibernéticos porque Francisco era informático y “su vida eran las redes sociales”. “Yo no sé de leyes pero creo que podrían encontrarse pistas por ahí, pero los policías cibernéticos no llegaron. Creo que no existen”.

Tampoco llega ninguna respuesta concreta del gobierno y el argumento es siempre el mismo, que no hay dinero. Pero como dijo el obispo Raúl Vera, que el día de la Madre pasó a visitar el campamento para bendecir a los huelguistas, “dicen que no hay fondos pero continúa la corrupción, el lavado de dinero y los políticos siguen acumulando riquezas”.

Las autoridades les han llamado “ingratos” y hasta “pinches malagradecidos”, recuerda Margarita López que, aunque reconoce que este gobierno, el del PRI de Enrique Peña Nieto, ha tenido mejor disposición que el anterior, el de Felipe Calderón, el resultado ha sido el mismo: “no buscan y nosotros queremos a nuestros hijos vivos… o muertos”.

La muerte está presente en el pequeño campamento, aunque ni se mencione. “Nadie quiere verlos muertos pero encontrarlos al menos cierra un ciclo”, reconoce Olga Reyes Salazar. Esta mujer del fronterizo Valle de Juárez sabe muy bien de lo que habla. Pocas familias en México han sido tan brutalmente atacadas como la suya. Ha enterrado a seis familiares cuyo único delito, asegura, “fue defender los derechos humanos”. Tres de ellos fueron secuestrados y estuvieron 20 días desaparecidos. “Entonces vivimos lo que estas madres viven hoy”. Incluso  hicieron un plantón para exigir que aparecieran, con su madre Sara Salazar a la cabeza. “Mientras protestábamos nos quemaron y robaron las casas pero finalmente los cuerpos aparecieron”.  

No hubo ninguna detención y toda la familia tuvo que huir a EEUU. Ella optó por seguir luchando desde Ciudad de México donde se encuentra un poco más segura que en la frontera. “¿Qué de dónde saco fuerzas? No lo sé. Solo sé que mis hermanos nunca se doblegaron”.  “Mi familia no sabe que estoy aquí, solo mi hija pequeña”, añade tragando saliva,  los ojos se le humedecen. “Es difícil”. Las lágrimas brotan descontroladas al preguntar por su madre. “A los 74 años, sé perfectamente lo que me diría si supiera que estoy aquí… ‘me voy contigo”.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie