Sociedad

El papel de la demografía en las revueltas

Entrevistamos a Youssef Courbage, prestigioso demógrafo internacional, colabora con las Naciones Unidas como especialista en las regiones de África del Norte y Oriente Próximo.

Sentado en un pequeño salón de la Casa Árabe de Madrid, Youssef Courbage, prestigioso demógrafo internacional y colaborador de las Naciones Unidas como especialista en las regiones de África del Norte y Oriente Próximo, parece estudiar en su cabeza los últimos acontecimientos en el mundo árabe. Las revueltas populares no le alteran demasiado, ni siquiera se tambalean sus hipótesis. “Estoy convencido de que la historia política violenta tiene su razón demográfica”, se explica. Y sentencia: “esta revolución democrática es también el fruto de la revolución demográfica. En el futuro, acabará extendiéndose a Pakistán o a Bangladesh”.

Una afirmación de este calibre podría parecer exagerada pero el demógrafo libanés pisa sobre suelo firme. “Yo no estudio los acontecimientos en caliente. Me baso en elementos cuantitativos: la historia y los datos”.

Courbage es un firme defensor de la teoría de la transición demográfica. Su clásica exposición sobre cómo una sociedad que empieza a controlar su natalidad está, a su vez, cuestionando los poderes que la someten cobra de nuevo sentido a la luz de los casos de Túnez y Egipto. La suya no es una explicación convencional, es otra perspectiva desde la que interpretar los levantamientos a favor de la democracia en África del Norte.

A modo de guía rápida para que nadie se pierda, su razonamiento sigue un orden muy claro: aumento de la alfabetización, progreso mental y caída de la natalidad. “Cuando las poblaciones son educadas se dan cuenta de que la natalidad depende del hombre. Cuando las personas se sienten más libres cuestionan su sistema de jerarquía política. Una población que limita su natalidad tiene más opciones de éxito económico y cultural”. La idea que resiste bajo este entramado es sencilla: la revolución de hoy se ha venido fraguando lenta y silenciosamente, tan desapercibida para los sátrapas como para el mismo pueblo.

En tu obra “Encuentro de civilizaciones” (2007) te extrañabas por el hecho de que Túnez no hubiera vivido un movimiento revolucionario como consecuencia de la transición demográfica, como sí sucedió en Argelia, Irán o Turquía. ¿Estamos asistiendo a esa revolución en estos momentos?

Túnez está estallando estos días como resultado de una contradicción. Con una población instruida y una tasa de natalidad baja tenía unas estructuras políticas arcaicas. Es justo reconocer que es uno de los países más avanzados en la transición demográfica en su ámbito geográfico. El nivel de alfabetización en chicos y chicas ha llegado a una tasa muy próxima al 100%. El analfabetismo está hoy muy cerca de desaparecer. Allí, el número de hijos por mujer es el más bajo del mundo árabe; 2 hijos por mujer, que es el mismo nivel que se registra en Francia.

¿Cómo podría afectar demográficamente esta revolución?

Hay que estar seguro de que esta revolución va a evolucionar en la buena dirección, hacia un régimen democrático. Esto es, que va a continuar en el sentido que marcó Burguiba [primer presidente tunecino] en lo que se refiere al espíritu laico, las libertades y la igualdad entre hombres y mujeres. En el caso más probable se dará una transición pacífica y un régimen democrático aceptable. Este nuevo sistema debería contribuir a que la demografía tunecina sea mejor, que haya más igualdad entre hombres y mujeres. Aunque el caso de Túnez es de los más avanzados de la región, en ámbitos como el laboral todavía se dan prácticas segregacionistas que afectan a la mujer y es también preocupante el analfabetismo en el caso de las mujeres de edad adulta. Podemos imaginar que un régimen democrático puede impulsar campañas para afrontar estos problemas. Pese al éxito de la transicióndemográfica, un régimen democrático lograría mejores resultados.

Algunas voces alertan de que el vacío que dejan los dictadores podría ser ocupado por fuerzas islamistas. ¿Tiene sentido en el contexto en el que se han producido estas revueltas?

R. Las inquietudes de ciertos europeos son muy exageradas, en ocasiones calculadas para dar una falsa imagen del mundo árabe. Los indicadores demográficos que he estudiado muestran que una transición demográfica tan importante como la que se ha dado en Túnez solo es posible si la sociedad está secularizada. Hace cuarenta años la conciencia de los tunecinos y del resto del mundo árabe seguía instalada en el mundo de lo providencial. Traer a un niño al mundo era algo que pertenecía a Dios, no a las personas. Hoy, sin embargo, una pareja tunecina puede decidir tener un hijo o dos, o incluso no tener hijos. Depende únicamente de ellos. La sociedad ha caído en el llamado “desencanto del mundo”; ya no sirven las explicaciones divinas. Si observamos las imágenes que muestra la televisión sobre la revolución en Túnez es fácil descubrir la traducción de esto que digo en imágenes. La calle que se ha levantado contra Ben Ali es una calle mixta: hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Y también islamistas, pero no son más que un elemento minoritario.

P. ¿Existe también una explicación demográfica en el caso de Egipto? ¿Podría tener repercusiones en este aspecto?

R. Egipto tiene un problema demográfico importante. Las mujeres tienen, de media, 3,3 hijos y eso representa un 60% más que en el caso de Túnez. 88 millones de habitantes en 44 millones de km2 de país útil con una tasa de natalidad tan elevada es un grave problema. El resultado es una población elevada para un territorio limitado, y esto afecta especialmente a los jóvenes, que llegan al mercado laboral con pocas esperanzas. Lo que se observa es un desempleo acuciante y un alto nivel de pobreza. Por eso la crisis egipcia tiene también una explicación demográfica. Las políticas demográficas de Anwar el Sadat [presidente egipcio durante la década de los 70] y Hosni Mubarak no convencieron al pueblo egipcio para que adoptara unas pautas de natalidad más modernas. Nasser, hasta su muerte en 1970, lo había conseguido. Hay un efecto, pues, de la política sobre la demografía, pero también se da el caso contrario; hay un efecto de la demografía sobre la política. Estas carencias durante 40 años han dado lugar a un aumento de la población y la crisis que vivimos actualmente es el resultado de la incapacidad de los gobernantes para gestionar este problema demográfico.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie