Sociedad

El 15M de Israel

30.000 israelíes crean acampadas en una veintena de ciudades para reclamar la bajada de los precios de la vivienda y los productos esenciales.

Los salarios han subido en siete años un 1%, mientras los alquileres lo han hecho un 250%. La desproporción les obliga a vivir con sus padres.

El mercado está al alza por la demanda de judíos adinerados que quieren un lugar donde pasar unas semanas al año y por la especulación de millonarios de todo el mundo, sobre todo en Tel Aviv.

Acampada en el bulevar Rothschild de Tel Aviv, en la noche del jueves 14 de julio. / Activestills

Acampada en el bulevar Rothschild de Tel Aviv, Julio, 2011. / Activestills

La protesta de los indignados de Israel es imparable: 150.000 personas se echaron a la calle en la noche del sábado para exigir un cambio radical en la política nacional, que evite que la clase media sustente a una clase pudiente que reluce y da una imagen errónea del país, la de una tierra de leche y miel. 30.000 israelíes viven en acampadas repartidas en una veintena de ciudades, en una pelea que no se conforma con logros parciales. Cansados de estar “exprimidos”, lo que en principio era un movimiento residual se ha convertido, en 17 días, en una corriente popular que contagia a todos. Hasta en Zara hay carteles de apoyo. Su tenacidad ha bajado la popularidad del primer ministro, Benjamin Netanyahu, del 51% al 32%. De ahí que, raudo, anuncie 10.000 viviendas para jóvenes echando tabiques en edificios oficiales que hoy son oficinas, o rebajas en impuestos indirectos, o ayudas para jóvenes que se tradaladen a ciudades poco pobladas. Ayer, anunció incluso la creación de un equipo ministerial especial para aportar soluciones. No es bastante para la calle, que hoy ha arrancado la convocatoria de huelga en una treintena de municipios, que han cerrado las oficinas municipales y se niegan a limpiar las calles y recoger basuras. Huelga hasta en la administración. El temblor ha llegado al Gobierno, con la dimisión del director general de Finanzas, el hombre que cifró en 12.000 millones de euros el coste de dar respuesta a las reivindicaciones ciudadanas. La coalición de Netanyahu con ultraderechistas y ultraortodoxos no corre peligro, pero la oposición aprovecha la causa: la líder de la oposición, Tzipi Livni, ha reclamado que el Parlamento siga trabajando, pese a que el jueves debería irse de vacaciones hasta octubre. “Ahora toca luchar”, dice. Aquí está el relato del nacimiento, reivindicaciones y anhelos de los indignados de Israel.

La noche del 14 de julio, Tel Aviv bullía. Jueves en la ciudad con más marcha de Israel, turistas abarrotando las terrazas de la playa, atasco monumental por culpa de un mitin de Netanyahu y el concierto de Moby… En mitad de esa masa de idas y venidas, de calor, música y combustible quemado, comenzaba a latir un corazón pequeño, hecho de tiendas de campaña, colchones inflables y fiambreras con hummus, ensalada y pollo frito. En el bulevar Rothschild, una zona de paseo, mitad césped, mitad tierra, acampaban los primeros indignados de Israel, un grupo de jóvenes convocado a través de las redes sociales dispuesto a protestar por el mayor problema que arrostra la clase media del país: el acceso imposible a la vivienda. Dahpni Leef, una universitaria de 25 años, fue la que comenzó la cadena: hace un mes se le notificó que debía dejar su piso en Tel Aviv porque el edificio entero iba a ser derribado para hacer uno nuevo. Tras tres años en la misma vivienda, comenzó a buscar repuesto y se dio cuenta de cómo se habían disparado (y disparatado) los precios, tanto de la compra como del alquiler. Y se enfadó. Convocó a sus allegados a una protesta que debía durar un fin de semana. Hoy más de 10.000 israelíes de toda edad y condición acampan en no menos de 20 ciudades, del sur, del norte, de la costa y del desierto, de mayoría judía o árabe. El sábado pasado, unidos en una gran marcha en Tel Aviv, lograron reunir a más de 30.000 personas bajo dos lemas con sabor a 15M español: “La democracia sale a la calle” y “El Gobierno contra el pueblo-El pueblo contra el Gobierno”.

Mensaje del 15M israelí al 15M español

La docena de detenciones que se produjeron tras la medianoche no pudieron empañar la fiesta reivindicativa. El gabinete del primer ministro está buscando soluciones y se ha reforzado un grupo de trabajo en la Knesset, el Parlamento. En un país en el que la apatía alimenta casi todos sus males, el nervio de los jóvenes que están tirando de todo Israel supone una inmersión profunda en el concepto de democracia popular, un despertar que recuerda al pueblo que dejaron las decisiones en manos de los gobernantes, y que es tiempo de compartirlas. Simple deber ciudadano.

Asamblea a primera hora de la tarde enn Jerusalén, a los pies de la muralla, junto a la Ciudad Vieja.

Asamblea a primera hora de la tarde enn Jerusalén, a los pies de la muralla, junto a la Ciudad Vieja.

Israel está soportando mejor que otros países la crisis: apenas tiene un 5,8% de paro (186.000 personas, según datos oficiales de abril), la economía crece a un ritmo del 6% anual, las empresas tecnológicas patrias suman en el Nasdaq de Nueva York más que todo el continente europeo (es la segunda potencia tras EEUU) y es la nación que mayor porcentaje del PIB invierte en I+D+i (4,5%, 1,3 puntos más que Japón y 1,8 más que EEUU). Pero el ciudadano medio no hace fiestas con las macrocifras: el precio de la cesta de la compra es entre un 15 y un 18% superior al de la media de la OCDE y la tasa de pobreza es del 20%. Mal que bien, la gente tira, se toma sus cafés y escapa a Eilat o Galilea un par de días cuando encarta. Pero sólo unos pocos pueden pagarse una vivienda. “Hace mucho que renunciamos a la idea de comprar, pero es que ya es imposible hasta alquilar”, se queja Kobi Skaat, traductor, 26 años. “Tel Aviv, mi ciudad, es la más cara de Oriente Medio desde hace tres años. No se hacen promociones de vivienda social, sino que se levantan bloques de lujo para europeos y norteamericanos judíos que quieren un hogar en Eretz Israel. Luego vienen una semana al año y cierran la casa. O las toman como inversión,  para especular. Así los precios están altísimos y no hay quien acceda a un derecho tan básico”, relata desde la acampada de la capital israelí, donde se mezclan movimientos sionistas con pacifistas, ecologistas, activistas gays, comunistas y hasta ultraortodoxos del barrio de Bnei Brak. Aquí todos sufren.

Según el Instituto de Estudios de Mercado de Jerusalén (JIMS), desde 2008 las letras de los pisos han subido entre un 17 y un 20% en Tel Aviv y hasta un 40% en Beer Sheva o Haifa. En Jerusalén la subida es menor (13%) por la política de expandir el municipio y dar subsidios para las colonias, en un intento de consolidar el poderío israelí sobre la ciudad triplemente santa. Hasta en los suburbios más remotos y castigados, los precios han subido al menos un 12% en el último año. Los israelíes deben destinar cerca del 70% de su renta mensual a vivienda, y un 35% si es un alquiler compartido. Se han reforzado los cinturones de las grandes ciudades, alejando a la población, pero incluso allí los precios son “ridículamente altos”, explica Kobi. En Jerusalén, por ejemplo, se pagan 400.000 euros por una vivienda de tres habitaciones y sin ascensor. “Es imposible llegar. Yo soy abogado –dice Boaz Levi- y mis amigos también tienen profesiones liberales: son periodistas, economistas, pequeños empresarios… Todos, al final de mes, tenemos en la cuenta corriente 10 shekels en rojo, 10 shekels en negro [unos dos euros]. Somos una generación totalmente endeudada. Mis padres pueden pagar una casa toda su vida, pero yo necesitaré que me sigan mis nietos para estar libre del banco”, se lamenta. Boaz aún convive con sus padres y sus tres hermanos en la ciudad de Holon, al sur de Tel Aviv. Ha intentado marcharse dos veces, pero el salario al final no daba para todo. Y ya tiene 31 años. Es un mal generalizado en el mundo, esa dependencia paterna, pero aún más acentuado en Israel, donde los chavales salen del Ejército con 20 años (las chicas) y 21 (los chicos), listos para entrar en la universidad o trabajar. Lo último que desean es retornar al hogar, después de una madurez insólita adquirida con el uniforme y sus vivencias. Por eso aquí hay tantos universitarios casados y hasta con hijos, porque la vida acelera.

Un grupo de indignados pasa la siesta en la concentración de Tel Aviv / Activestills

Un grupo de indignados pasa la siesta en la concentración de Tel Aviv / Activestills

Un sueldo medio en Israel ronda los 1.400 euros (400 menos que en España) y el mínimo está en los 776. Sin embargo, las estadísticas oficiales desvelan que al menos el 27% de la población cobra en realidad menos de esa mínimo. Si los salarios han subido un 1% desde 2004, los alquileres lo han hecho un 250%. Cero proporcionalidad. En mayo, el Ministerio de Vivienda aprobó ayudas de 20.000 euros para comprar viviendas en la periferia de las ciudades, en pequeños pueblos, pero la orden aún no ha entrado en vigor y el dinero no se ha liberado. Además, los comunistas del Hadash han obligado al Ejecutivo a reducir los plazos de ejecución y permiso, procesos que llevan un notable sobrecoste y dilación. Pero sigue habiendo otro problema serio: la obra nueva debe hacerse mayoritariamente en suelo estatal y no en el privado, lo que impide la eclosión de la construcción y la bajada de los precios, por pura competencia. El Gobierno quiere rebajar esa pretensión (al menos el 80% en suelo público), con la excepción de las ciudades árabes, que son las que precisamente más problemas de vivienda tienen por la limitación de tierras para construcción y por el inferior nivel adquisitivo (-15% respecto a la media estatal). Es insuficiente, dice la portavoz Dahpni Leef: “Reclamamos la intervención de los gobiernos locales y nacional para impedir el alza de precios, les exigimos que rebajen los impuestos sobre el alquiler, sobre todo a los jóvenes, y que obliguen a las constructoras a destinar parte de sus promociones a viviendas asequibles”, dice, leyendo parte de las conclusiones surgidas entre las tiendas de campaña. El mismo día que se convocó la acampada, se abrió el concurso para 6.900 hogares más (300 de ellos en colonias ilegales). “Es un parche, hacen falta más de 30.000”, replica Daphni.

Martha Alcalay, con sus padres, Moshe y Miriam, y su perro Motek, en Haifa. / Marta Alcalay

Martha Alcalay, con sus padres, Moshe y Miriam, y su perro Motek, en Haifa. / Marta Alcalay

Martha Alcalay ha tomado lecciones de indignación en Jerusalén y se ha marchado a Haifa a seguir la pelea a domicilio. Lee con fervor las conclusiones de la Puerta del Sol de Madrid, revisa vídeos de las concentraciones. Se siente identificada con sus razones: “La nuestra no es una pelea por la vivienda, sino por la dignidad. Somos como esclavos. Todo sube pero la gente lleva tres o cuatro años ganando lo mismo. ¿Por qué la clase media tiene la obligación de sostener a los de arriba? Los grandes empresarios se han llevado 50.000 millones de dólares en fondos de pensiones y jubilación. Ya no quiero pagar más eso, cuando no puedo ni irme de casa”, señala. Tiene 29 años, ha estudiado Magisterio y trabajaba hasta hace días en una academia. Han sido apenas unos meses, así que retorna a vivir con Moshe y Miriam, sus padres. Y con su perro Motek. “Porque me llevaba la compra desde casa, y con guisos de mi madre, que si no…”, abunda. Y es que los israelíes también sufren cada mes para llenar el frigorífico: empezaron el año con la subida del pan (casi un 7%) y la gasolina (otro tanto) y ya han pasado por un boicot nacional contra el requesón, muy usado en la cocina local, que ha subido un 70% en lo que va de 2011; la presión de los consumidores ha forzado a las distribuidoras a bajar el precio un 25%. “Nos hemos cansado de este escándalo”, resume Martha. El escritor y presentador Yair Lapid reconoce que el estallido por los precios de la vivienda y el requesón es un grito de una sociedad adormecida que al fin toma conciencia de que ha dejado la política, la de la polis, demasiado tiempo en manos ajenas a la ciudadanía real. “El problema de Israel es el silencio. Callamos y cumplimos como reservistas, pagamos clases particulares para nuestros hijos porque la educación no es lo suficientemente buena, callamos al enfrentarnos a nuestros padres para pedirles dinero para el alquiler. Ya basta”, señaló la pasada semana en su columna del diario Yediot Aharonot. Martha señala este artículo como la quintaesencia de su filosofía.

Pese al malestar generalizado, paciencia es lo que le pide Ron Hulday, alcalde de Tel Aviv, a los acampados con los que se acerca a conversar. Sale mal parado por unos cuantos reproches a lo que no sabe contestar. Como el que le hace Ruth Kessel, estudiante de Biología. Vive en Ramat Gam, una zona cercana a la capital pero rodeada de polígonos industriales y centros de innovación. Su padre, experto en Telecomunicaciones, ha podido pagar con esfuerzo la casa en la que viven los seis miembros de la familia. Ella no tiene “ni paciencia ni esperanza”. “No gasto piso por estar con mis padres, pero empleo cada día tres horas y media en el transporte, entre ir y volver al campus. Las conexiones son penosas y ninguna autoridad refuerza el servicio. No hay carreteras rápidas. ¿Cómo pretenden entonces que nos vayamos de Tel Aviv?”, se pregunta. El Gobierno prometió un metro en esta zona metropolitana hace 40 años, pero nada se ha hecho. Israel carece de un buen sistema de trenes: había otras prioridades cuando nació el Estado y luego, con los años, vino el miedo a los atentados masivos. Resultado: caos diario en las carreteras.

Tel Aviv, vista desde el barrio árabe de Jaffa. Es, desde hace tres años, la ciudad más cara del Medio Oriente.

Tel Aviv, vista desde el barrio árabe de Jaffa. Es, desde hace tres años, la ciudad más cara del Medio Oriente.

Ruth intentó la hazaña, se puso a trabajar como dependienta en un Zara inmenso del centro de Tel Aviv y buscó un piso compartido. Duró poco ese intento de independencia. “Tenía que pagar 3.000 shekels de piso y otros 3.000 de matrícula (algo más de 600 euros)”, recuerda. Encontró una habitación más barata, pero la dueña le obligaba a pagar a un abogado y a un notario para formalizar el contrato, además del abono adelantado de cuatro meses. “¿Cómo iba a pagarlo? Mi familia sólo tiene un sueldo y yo, media jornada”. La mayoría de los indignados de Israel denuncia la arbitrariedad de las condiciones de los contratos: se puede pedir cualquier cosa y el propietario siempre lleva las de ganar. Hay hasta “comités de admisión”, grupos de vecinos puestos de acuerdo para examinar a los posibles inquilinos y que exigen de todo: desde un certificado de matrimonio a pruebas de caligrafía para llevarlas a un experto, como ha desvelado el diario Haaretz.

No son sólo jóvenes los que sufren las apreturas. Edith Aronofsky tiene 83 años y vive en Jerusalén. Norteamericana, su familia escapó pronto del Holocausto que la amenazaba en Holanda. Vive en un piso de 80 metros cuadrados que le vale al mes 1.100 euros. En propiedad. “Podía haber seguido en Boston, pero quería morir en la tierra de mis padres. Lo que no pensé es que me iba a costar todos los ahorros”, comenta. Ha hecho cálculos: su pequeño colchón sumado a la pensión le da para unos “diez u once años como mucho”. “Si vivo más, igual no llego a pagar al banco”, insiste, jocosa. Desde la primera vez que vio su apartamento sobre plano, en 2004, a 2009, cuando se decidió a comprar, la cuota mensual ha subido un 60%. El año pasado la ayudó a pagar la nieta de una amiga, llegada desde Francia para estudiar hebreo. “Pero vivir con una vieja no es vivir… Ahora está en un cuartillo de veintipocos metros cuadrados, sin cocina, caro pero íntimo”, insiste entre griños. Edith se ha dado varios paseos hasta la acampada jerosolimitana, enclavada a los pies de la muralla, desde su casa en el barrio de Agron. Lee carteles, envidia la vitalidad de los jóvenes, les anima en la batalla. “Hacen lo que deben. Hay que pelear”.

Edith Aronofsky, en su casa de Jerusalén.

Edith Aronofsky, en su casa de Jerusalén.

Dos meses al año, esta anciana afable y enérgica deja su piso vacío para ir a ver a la familia en EEUU. En su caso, es un cierre lógico, pero es casi una excepción en una ciudad en la que hay 9.000 viviendas vacías, apartamentos fantasma propiedad de extranjeros y ocupado sólo unas semanas al año, en verano o coincidiendo con grandes fiestas judías. Merav Cohen, concejal por el partido Yerushalmim, denuncia estos datos, reconocidos por el Ayuntamiento de Jerusalén. “El alcalde hizo una campaña por carta, pidiendo a la gente que alquilara sus casas. Su meta era convencer a 500. De eso hace un año y nadie nos da la cifra de éxito o fracaso de la iniciativa”, lamenta. A su juicio, hay tres obstáculos esenciales para dinamizar la política de vivienda: “el intento del Gobierno de maximizar su ganancia con vivienda en suelo propio”, “la falta de ayudas sociales por sueldo o a la primera vivienda” y la “oposición absurda de los mandatarios de hacer torres elevadas” (en Israel es casi extraordinario ver bloques de seis plantas). Awakening Jerusalem, una asociación de abogados en la que Cohen ha trabajado durante años asesorando a estudiantes y familias jóvenes, denuncia que “la base” de la población no tiene respaldo, al tiempo que en zonas como el sur de Galilea se está levantando una ciudad sobre las bases de una pequeña aldea, Harish, en la que sólo van a vivir haredíes (judíos ultraortodoxos). Se espera que desembarquen 150.000 vecinos, con ayudas para la letra, subvenciones al empleo autónomo, escuelas públicas, carreteras y buenas canalizaciones de agua… “Casi no tendrán que pagar impuestos, es discriminatorio”, insiste.

Coincidiendo con las protestas, el JIMS ha hecho público otro estudio que desvela que los israelíes pagan de media un 75% más de impuestos de vivienda que los demás habitantes del entorno de la OCDE. Esas tasas suponen el 9,5% de los impuestos por bienes raíces del Estado de Israel, frente al 5,4% de los países OCDE. El temido arnona, el impuesto de la casa, sube el alquiler hasta 200 o 300 euros al mes. “Estamos en el lugar 121 del mundo en eficiencia al otorgar permisos de obra y en el 147 en eficiencia en obtención de derechos de propiedad tras la compra de una casa… La culpa en este caso no es de la crisis mundial ni de los mercados ni de la burbuja inmobiliaria de los países ricos, es del Gobierno”, dice Yarden Gazit, autor del informe. El primer ministro, Benjamin Netahyahu, culpa de la situación a su predecesor (y mayor opositor), el partido Kadima. “Nadie está haciendo más por este tema que yo”, dijo la pasada semana. El domingo, en el Consejo de Minitros, reconoció que los precios son inadmisibles y prometió una “reforma completa” del sistema de vivienda. Insistió en que las comisiones creadas para escuchar a los indignados “funcionarán en el diagnóstico” y que en acertará con los cambios en las normas de construcción y en las ayudas para los barrios alejados del centro. Nada de eso es hoy, en la práctica, un hecho.

Un albañil, en una construcción de Har Homa, una colonia ilegal en Jerusalén Este.

Un albañil, en una construcción de Har Homa, una colonia ilegal en Jerusalén Este.

Como explica Gazit, el Gobierno está “apegado” a sus beneficios y los pequeños pasos que ha dado son “lentos e infructuosos”. Cada vez hay más vivienda y la demanda crece, un dato al que se agarran las autoridades para hablar de la salud del mercado: la última cifra, hasta mayo, dice que en 2011 se han demandado 3.160 unidades, un 5% más respecto al mismo periodo del año pasado, especialmente en el distrito centro. Se pusieron a la venta 16.250 viviendas, un 10% más que un año atrás, pero de ellas sólo 4.620 (28%) eran de iniciativa pública, “lo que tampoco es una garantía de ayuda, subvención o previo más bajo” pero “impide cifras astronómicas como en las promociones privadas”. Esos datos, insiste el experto, demuestran que el mercado inmobiliario sólo se mueve ante las grandes fortunas, y no para el común de los mortales. “Hay más de siete millones de judíos fuera de Israel que se interesan por una vivienda en su hogar histórico. Por eso las ventas no se frenan en seco, pero lo cierto es que hace ya dos años que el Gobierno anunció la madre de todas las reformas de la tierra para despejar zonas de construcción y hacer bajar los precios y todos los proyectos para ello están paralizados en la Knesset”, abunda.

En las asambleas diarias, estas cifras se repiten como un mantra amargo. Todos los presentes las sufren en carne propia, pero nadie la grita enrabietado. El orden y la educación priman en estas concentraciones. De ahí que la policía sólo pase a vigilar muy de cuando en cuando. Piden en paz, y en paz los dejan. Los turnos de palabra son respetuosos, controlados, se deja hablar al desesperado y al ideólogo, al progre y al conservador. Con gestos copiados del 15M, votan, piden la palabra, aplauden. Para disipar el sopor (calor y humedad son malos compañeros para la pelea) se plantean círculos de aprendizaje de economía, mercados, materia fiscal… “Es para que no nos tomen por tontos. Ya basta de evasión cobarde de nuestra política. Si hacemos estado y somos estado, como demostramos todos en el Ejército, ya es hora de que lo seamos con plena responsabilidad y para todo”. Habla Paul Lubitch, saxofonista, tiene 23 años y está recortando artículos de prensa junto a su tienda de Jerusalén. También los editoriales de la derecha que hablan de “demagogia” y de “falta de compromiso con los problemas reales del país” por parte de los indignados, los que acusan a los manifestantes de “manchar la imagen de Israel por un problema en vías de solución”. Paul sonríe y se recoloca las gafas. “Sólo una vez antes he visto esta fuerza y esta vida en mi pueblo: fue cuando mataron a Isaac Rabin. Era tan pequeño que no pude participar. Que nos dejen hablar, que nos dejen gritar. Es nuestro momento, el de demostrar que somos dignos de tener un futuro y de ser llamados ciudadanos”. Ahí siguen. Y no tienen idea de parar hasta lograr la victoria.