Sociedad

La hidroeléctrica de Belo Monte está bajo fuego amigo

Quienes decidieron el diseño final de la central hidroeléctrica brasileña de Belo Monte responderán en el futuro a juicios por daños provocados. Sería natural que esta imprecación viniera de los ambientalistas, pero procede de sus opuestos, los adeptos decididos de la energía hidráulica.

Las orillas tupidas de selva son en realidad islas sobre el río Xingú.

Belo Monte es un “proyecto malo, que no atiende las exigencias ambientales ni las energéticas”, dijo a Tierramérica el físico José Goldemberg, uno de los notables brasileños en energía y ecología, para justificar el creciente rechazo de técnicos y empresarios del sector eléctrico a la opción del gobierno por centrales a “hilo de agua”.

Las centrales a filo de agua, o de pasada, están diseñadas para no alterar el régimen fluvial, limitando el tamaño de sus embalses, en respuesta a las presiones ambientales. En consecuencia, durante los períodos secos, se quedan sin reservas hídricas para operar con una carga razonable.

“Estamos aumentando la capacidad instalada” de generación, pero el “almacenamiento hídrico se estancó desde los años 80”, y eso preocupa, manifestó Nelson Hubner, director general de la Agencia Nacional de Energía Eléctrica, órgano regulador estatal.

La “energía almacenada” en embalses no acompañó la demanda, lo que hace “imposible” sostener el suministro de hidroelectricidad en un año de sequía, diagnosticó Hubner en la Segunda Cumbre Latinoamericana de Hidroelectricidad (Hydropower Summit Latin America), organizada el 9 y el 10 de mayo en São Paulo por Business News Americas, empresa de información económica y de negocios con sede en Santiago.

El encuentro, que reunió a decenas de dirigentes de empresas estatales y privadas, abundó en críticas al modelo de las nuevas hidroeléctricas, señalándolas como factor de mayor inseguridad energética para Brasil.

“Las generaciones futuras cobrarán el hecho de disminuir la biodiversidad y de no hacer reservorios” en los proyectos actuales, previó José Marques Filho, asistente de medio ambiente y ciudadanía empresarial de la Compañía Paranaense de Energía, controlada por el gobierno del meridional estado de Paraná.

Al renunciar a esa “batería de larga duración”, como definió a los embalses otro participante del encuentro, Brasil tiene que multiplicar sus centrales termoeléctricas a combustibles fósiles, más contaminantes, pero que no están bajo ataque de los ambientalistas, se quejan los “barrageiros”, como se apoda en portugués a los constructores de “barragens” (represas) y a sus partidarios.

La represa de Belo Monte, cuya construcción empezó en 2011 en el amazónico río Xingú, inundará 516 kilómetros cuadrados, solo 42 por ciento del área prevista en el proyecto original que se había elaborado en los años 80 y que fue sustituido en la década pasada por el nuevo formato. Pero su capacidad total de generación, 11.233 megavatios, solo será efectiva en las breves crecidas máximas del río. En las sequías será difícil producir electricidad, porque el flujo hídrico del Xingú puede caer de 30.000 metros cúbicos por segundo en marzo y abril a menos de 500 metros cúbicos en un mes seco como octubre.

“Hay que acostumbrarse a las hidroeléctricas sin grandes embalses”, porque “el ambiente lo exige” y la Amazonia, que concentra el potencial hidroeléctrico de este país, es llana, con pocos sitios donde acumular agua sin inundar extensos bosques, sostuvo Mauricio Tolmasquim, presidente de la Empresa de Investigación Energética, que orienta el Ministerio de Minas y Energía.

Belo Monte, situada al final de un cañón, es uno de esos sitios. Un gran embalse allí inundaría dos territorios indígenas en los que viven poco más de 200 personas. “Eso fue determinante” para modificar su diseño, admitió Tolmasquim a Tierramérica. La decisión, sin embargo, no evitó que Belo Monte fuera blanco de la más amplia movilización contra un proyecto energético en Brasil, con participación de ecologistas, activistas sociales, indígenas e incluso celebridades de telenovelas nacionales y del cine internacional, que condenan la central por sus daños y supuestas violaciones de reglas ambientales.

El aprovechamiento de los ríos amazónicos debería empezar por “hidroeléctricas menores, de unos 500 megavatios”, opinó Goldemberg, profesor de la Universidad de São Paulo que presidió varias empresas energéticas estatales y era el secretario nacional de Medio Ambiente cuando la ciudad de Río de Janeiro acogió la Cumbre de la Tierra, en 1992.

En su opinión, el gobierno “perdió una gran oportunidad” de tomar mejores decisiones al no conversar con el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), organización de ambientalistas “más sofisticados” que recomendaba implantar hidroeléctricas en ríos que ofrecieran más facilidades que el Xingú.

Los conflictos que a veces paralizan la construcción de hidroeléctricas en Brasil oponen a “una pequeña población local, organizada y a veces instrumentalizada”, de algunos miles de personas, a un millón de beneficiados por la energía, pero que están lejanos y dispersos, destacó. Lo que se necesita son “buenos proyectos”, transparentes y que cuiden todos los impactos sociales y ambientales, según el “nuevo paradigma”, y le toca al gobierno “mediar y explicar” para dirimir el conflicto, considerando esa desproporción entre críticos y beneficiarios, de cerca de “uno por cada cien”, acotó.

Hay situaciones mucho más complejas en Asia, donde las poblaciones afectadas son inmensas, por la densidad demográfica de países como India, comparó el experto que conoció casos variados como miembro de la Comisión Mundial de Represas que produjo en 2000 un informe detallando los daños provocados por esas obras y los requerimientos para su construcción.

Para los “barrageiros”, la cuestión ecológica se ha convertido en obstáculo a la expansión de la hidroelectricidad en Brasil.

En cambio, la energía eólica experimenta un gran empuje en buena medida porque sus competidores hidroeléctricos no obtienen desde hace años licencias de las autoridades ambientales, observó Tolmasquim.

Para superar ese impasse será necesario un “pacto social“, según Marques Filho, de la Compañía Paranaense de Energía. Un “diálogo entre todos los actores” que no puede limitarse a ambientalistas de un lado y constructores de otro, concluyó.

* Este artículo fue publicado originalmente el 19 de mayo por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.

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