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Sociedad

Javi

Serie Retratos entre la multitud

Javi tiene un año y medio y la capacidad de recordar a los demás que los niños tienen las llaves del futuro

Javi (M.P)

Cuando su abuelo le aúpa y le sube hasta el techo del salón para que toque una lámpara de lágrimas de cristal, él echa su pequeña cabecita de rizos pelirrojos todo lo atrás que puede y alarga la mano para hacer música tintineando unas lágrimas con otras. Y se parte de risa. Luego repite el gesto tantas veces como la espalda de su abuelo –agotada de cargar sus doce kilazos de peso- se lo permite. Si por él fuera, las 24 horas del día serían juego.

Javi es un pequeño gigante de año y medio de edad. Llegó a este mundo con prisa, adelantándose un mes y medio a su cita. Se ve que tenía ganas de descubrir a bocados toda la vida que imaginaba tras la enorme bolsa de agua calentita que lo protegía. Así que la urgencia hizo que naciera en Ceuta -sus padres vivían por aquel entonces en Marruecos-, y no en Madrid tal y como estaba planeado.

Pero como ya se sabe que las prisas no son buenas consejeras, Javi, que sólo contaba con siete meses y medio, tuvo que pasar catorce días dentro de una incubadora a causa de unos niveles demasiado altos de bilirrubina (una afección que se conoce como ictericia, y que se da, sobre todo, en recién nacidos prematuros) y una pequeña infección. Allí unas luces especiales trabajaron para solucionar el problema y le obligaron a permanecer con los ojos cubiertos por un antifaz y la mano vendada, para que no se arrancara la vía que le habían colocado.

Una vez que se puso fuerte y salió del hospital, comenzó su gran etapa viajera. Durante sus primeros meses de vida cogió veinte vuelos. El trabajo de sus padres en Tetúan y las constantes visitas a sus abuelos hicieron que muy pronto se convirtiera en un experto en aviones. Él no solía llorar ni cuando las turbulencias se encargaban de hacer saltar el estómago de gran parte del pasaje.

Cuando cumplió un año, sus padres trasladaron su residencia a Madrid, y él comenzó entonces a acudir a una guardería. Al haber nacido en noviembre pasó a ser uno de los más pequeños dentro de su clase, y eso a veces le jugó malas pasadas. Uno de sus compañeros, de los más mayores, le sacudió un día un mordisco que le dejó una enorme cicatriz en su mejilla izquierda. Y Javi, tranquilo como es, lloró en silencio sin defenderse, probablemente sin entender qué había pasado, tan sólo dolorido y tristón. Aunque no a todos les sugirió la misma reacción, porque en otra ocasión lo que despertó fue pasiones en una de sus compañeras, que no paraba de comérselo a besos mientras él, galán silencioso, se dejaba. Así que la guardería fue la primera escuela donde empezó a aprender qué significa ese dicho que cuenta que ‘en la vida siempre nos dan una de cal, y otra de arena’.

Javi todavía no habla, pero hace algo mejor: comunica. Sus grandes ojos vivarachos comiéndose cada detalle cotidiano, la mano que pide cuando quiere ir a un rincón que no conoce o su cara de alegría cuando se le sube a un columpio hablan por sí solas. Le encanta recibir abrazos y, cuando lo hace, se queda muy quieto y sonriente, como esperando que no termine nunca. Además es generoso hasta la misma médula: cuando encuentra una bolsa de caramelos se dedica a repartirlos a todos los que le rodean, sin quedarse ninguno y sin haber aprendido aún qué es eso del ‘sentido de la propiedad’.

Para él cualquier objeto es susceptible de ser un juguete. Su imaginación le deja sentirse el capitán de una nave espacial sólo por ponerse al frente de los botones digitales de la lavadora. O es capaz de volverse el mejor ingeniero inventando modernos artilugios a base de un cepillo de pelo y una batería de móvil, cuya clavija introduce por el agujero que el cepillo tiene en su parte inferior sintiéndose poco más o menos que el primer colonizador de la luna.

Javi no se agota de soñar. Y hace soñar a todos los que están a su alrededor. De mayor será bombero, pintor, médico, fotógrafo, jardinero. Quién sabe. A día de hoy elige el oficio de recordarnos a todos los demás que los niños tienen en sus manos las llaves de nuestro futuro.

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Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

5 comentarios

  1. Javier Sánchez

    “Le encanta recibir abrazos y, cuando lo hace, se queda muy quieto y sonriente, como esperando que no termine nunca.” Y eso nadie se lo ha enseñado.

  2. Anaí

    La llave de nuestro futuro y la de acabar con la paciencia de algunos….No!!! la verdad es que los niños nos presentan un reto muy importante y es el de saber educarlos para hacer de ellos grandes personas. Pero seguro que Javi ya lo es.

  3. Ana

    Me encanta, Mary!!! A ver cuándo me presentas a este pequeño gran hombrecito. Prometo no cogerle de la camiseta, sólo como yo sé hacer…. :)

  4. Esther Lázaro

    ¡Cuántas cosas ha vivido ya el pequeñajo!Ya tenía ganas de conocerlo en persona, ahora aún más si cabe. ¡Qué genial retrato! : )

  5. Vicky

    Javi, es icansabJavi, es incansable! Ansioso por descubrir el mundo! Y,eso, está muy bien

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