Sociedad

Infancias rotas a 30 euros

Más de 2.000 menores se prostituyen en Israel, un "negocio" que genera 50 millones de euros al año y en el que cada vez entran más pequeños

Los casos de abusos sexuales a niños han crecido un 130% en una década y superan ya los 40.000. Hasta EEUU pide una actuación urgente

El Gobierno de Netanyahu ha creado una comisión parlamentaria para tratar de atajar el problema, pero los medios aún no llegan

Channary y Botum, obligadas a prostituirse en Israel, a salvo ahora en un centro para menores de la costa.

Channary y Botum, obligadas a prostituirse en Israel, a salvo ahora en un centro para menores de la costa.

Me fui con el hombre porque prometió que me iba a querer y a cuidar. Yo creí en él“. Sarah dice que sólo buscaba cariño en el señor moreno, alto y algo obeso, con olor a café, que inició sus días como prostituta. El primero de los muchos hombres que la vejarían durante dos años, aquellos días negros en que pasó de los 14 a los 16 años. Sarah no necesitaba vender su cuerpo para comer ni para lograr lujos extra: sólo anhelaba “amor”. Hija de ingeniero y secretaria, criada en un barrio bien de Tel Aviv, nunca le faltó nada. “Nada material”, precisa. Muchas tardes sola en casa con la niñera, muchos días con los abuelos por los viajes de trabajo de sus padres, muchas horas tirada en la calle, de plaza en plaza, con los amigos, enfadada con el mundo. Ahora, cuando le quedan tres meses para ser mayor de edad, cuando ha sido rescatada de la prostitución por la asociación Elem, cuando valora su dignidad y se plantea un futuro como médico, ahora es capaz de señalar qué la llevó a ser prostituta: “Creo que me faltaba cariño y que pensaba que un hombre podría darme el amor que no encontraba en casa. Por eso los buscaba por Internet y quedaba en una plaza o un parque. Pero aquellos hombres no me dieron amor. En aquellos días es cuando menos me quería a mí misma“, confiesa. Aquel primer “señor” le pagó 200 shekels (poco más de 30 euros) por borrar su virginidad y hundirla en la pesadilla. La misma en la que viven al menos 2.000 niños en Israel, según datos recopilados -tras sonar todas las alarmas- por una comisión parlamentaria de la Knesset.

Sarah ejerció durante dos años. Dice que sólo buscaba el cariño que no tenía en casa.

Sarah ejerció durante dos años. Dice que sólo buscaba el cariño que no tenía en casa.

La estadística es inquitante: al menos 11 de cada 100 personas que ejercen la prostitución en el país tienen menos de 18 años, afirman los especialistas de Elem, entidad dedicada a la asistencia de jóvenes con traumas. El Departamento de Estado de EEUU tiene la explotación sexual en Israel como uno de los “principales problemas sociales” que el Gobierno de Benjamin Netanyahu debe corregir con urgencia, ya que en la última década los casos de abusos y negligencias han crecido un 130%, pasando de algo más de 16.000 a casi 40.000. Los niños son las víctimas en el 50% de los casos de delitos sexuales denunciados cada año en Israel, añade la Knesset. Dora Levinson, socióloga, colaboradora en esta comisión parlamentaria, reconoce que aún no se ha logrado una explicación razonable a tan elevados niveles. “Entre las víctimas hay hijos de inmigrantes, legales con pocos recursos e ilegales sin ingresos, que son forzados por sus padres; hay otros niños, también extranjeros, que han escapado de casa y ejercen en la calle, pero hay un número no desdeñable de adolescentes que llegan a este punto porque en sus hogares no reciben la atención y el cariño básicos. A veces se prostituyen como protesta, mientras otros lo hacen para ganar dinero, partiendo de una idea equivocada del sexo y el amor, absolutamente mercantilista. Es lo que se les transmite desde algunos medios, Internet, círculos de amigos… Mezclan los conceptos y creen que el sexo vendido es realmente el amor. Suelen tener un fuerte sentimiento de rechazo y abandono. Otros, ante la desacralización del cuerpo en el mundo moderno, la vanalización de la pornografía, no tienen empacho en someterse para lograr dinero que dedican a ropa, joyas o entradas para un concierto. Hay necesidad de dinero, de sentimientos, de valores esenciales de vida. Por eso es tan complejo perseguir los casos, porque no siempre hay un chulo detrás. A veces sólo encontramos un chat y una llamada de auxilio”, sostiene.

Parque Hashmal, en el sur de Tel Aviv, uno de los principales puntos de encuentro entre menores y clientes.

Parque Hashmal, en el sur de Tel Aviv, uno de los principales puntos de encuentro entre menores y clientes.

El Comité de los Derechos del Niño de la ONU (CRC) aplaude los “avances” de Israel en la investigación y persecución de los casos, pero precisa que “debe aumentar los esfuerzos para hacer frente a la explotación sexual comercial de menores”. Hace falta diagnóstico y hace falta actuación, insiste. Al menos ahora, sostienen, el problema es visible y está en los medios, cuando llevaba décadas oculto. “Es un mal casi estructural, sin que tenga lógica alguna, pero siempre ha habido cifras elevadas de abusos en Israel”, añade Levinson. El Gobierno invierte unos 500.000 euros anuales en varios programas piloto en Ashdod, Kiriat Gat, Nahariya y Bat Yam -donde se ubica el llamado “parque del amor”, el más evidente rincón de prostitución infantil de Israel y donde se paga una relación completa con un paquetes de comida-, colabora con Elem en su centro de Tel Aviv, con apoyo personal, una línea telefónica, atención médica, trabajo comunitario, ayuda psicológica… “Pero eso no son más que parches. La esperanza está en la comisión de expertos que arroje luz sobre por qué ocurre esto en un país occidentalizado y moderno. Y en la visibilidad del problema. Hoy los israelíes viven de espaldas a la prostitución infantil, aunque se ve en la calle“. Quien lo denuncia es Noa Ovadia, voluntaria de Elem, que tres días en semana se patea las calles de Tel Aviv en busca de menores a los que asistir. Y los encuentra. Están parques como el Hashmal, al sur de la capital israelí, sentados en un banco, esperando ofertas para ir tras un seto, sexo barato que no sabe ni de pensiones destartaladas. Están en bares y discotecas, unos acechando clientes y otros de marcha con los amigos, inocentes todavía, a punto de caer en la red de los adultos que les pasan sus tarjetas de visita impresas en metal (ideales para cortar rayas de cocaína) o sus encendedores con números de contacto pintados. “Llámame, te va a gustar”. Están en Internet, en foros y chats, buscando “novios” a los que “entregar su corazón”. En la playa, horas y horas mostrándose en bañador. En las estaciones de bus, aguardando al último viajero urgente. En los encriptados anuncios por palabras del periódico, incluso en los de la comunidad ultraortodoxa de Jerusalén. Cada vez son más vistosos, además, porque son más pequeños: según el Gobierno, si en la pasada década la media de los menores prostituídos era de entre 13 y 14 años, hoy ha bajado a 11 y 12.

Imagen de una redada policial contra la prostitución infantil en Beer Sheva. / David K.

Imagen de una redada policial contra la prostitución infantil en Beer Sheva. / David K.

Si están a la vista, ¿por qué no interviene la Policía? La prostitución es legal en Israel, es una práctica no sancionable; sólo se puede procesar a quien incita a la prostitución y a los clientes, “que son los que se esconden bien”, contesta Ovadia. A ellos les pueden condenar a entre siete y diez años de pena. Los agentes hablan con los adolescentes, ellos contestan que están “charlando con los amigos“, y todo queda en nada. Se siguen las redes, los proxenetas, e incluso se ha creado una unidad especial, que ha detenido a 200 personas en dos años. El caso más sonado, en 2009, metió en la cárcel a 30 hombres, ejecutivos de Internet, entrenadores deportivos y dueños de bares, aliados para captar chavales “con problemas de identidad sexual”. Clientes con mucho dinero (militares, abogados, empresarios) abusaban de los menores con insólita violencia. Las víctimas fueron 14 chicos de familias desestructuradas y bajo nivel económico, sometidos previamente a un bombardeo de pornografía preparatoria.

David K., agente de policía en Tel Aviv, recuerda un caso excepcional, el de dos hermanas, Channary y Botum, que un día lo vieron por la calle, lo cogieron de la mano y le dijeron: “Ayúdanos”. Iban camino del colegio por primera vez en meses. Pálidas, ensimismadas, hundidas. Así entró en el horror de la prostitución infantil este otrora guardia de tráfico. Y a eso ha dedicado su vida desde entonces. Las hermanas llegaron desde Laos en 2008, hijas de una emigrante que escapaba precisamente de la prostitución; la mujer llevaba ejerciendo desde los nueve años. Quería un futuro mejor para sus hijas, pero al llegar a Haifa cayó en nuevas redes de proxenetas. Ella y sus hijas. Las pequeñas comenzaron a hacer visitas a pisos de clientes con apenas cinco y siete años. “A veces les regalaban ropa, lazos, caramelos o hasta un teléfono móvil”, explica David. A Botum, una vez, la tuvieron que ingresar porque sangraba por culpa de los desgarros causados por la violación. Los servicios sociales de Israel iniciaron una investigación, pero quedó en nada “ante la imposibilidad de localizar el alojamiento familiar“, reza el atestado. Desde el día en que tomaron la mano salvadora de David, las niñas se encuentran en un centro de menores, en la costa, por donde pasean a diario con sus monitores. De eso hace año y medio largo. Aún no han dejado atrás la depresión, los silencios, los miedos nocturnos, las infecciones… Sólo han pasado la fase de la adicción: su madre les inyectaba tranquilizantes para poder trasladarlas de piso en piso -se calcula que, sólo en Tel Aviv, existen entre 200 y 400 pisos tapadera en los que se prostituyen niños, según el Gobierno-. Cuando ven a David llegar con su coche amarillo salen corriendo hacia él, felices, radiantes. Se agarran a su cuello como un náufrago a una tabla. “Mi sueño sería adoptarlas… Mi mujer quiere hacerlo, aunque ya tenemos dos hijos, pero no podemos saltarnos las listas. Su madre está desaparecida ahora. Sólo aspiro a que encuentren una buena familia”, dice mientras las abraza.

Noa Ovadia y Tamar Avram asisten a una joven que se prostituye en una plaza de Tel Aviv.

Noa Ovadia y Tamar Avram asisten a una joven que se prostituye en una plaza de Tel Aviv.

Hay casos con final feliz porque hay quien pelea para ello. Sólo en las instalaciones de Elem hay ya 60 adolescentes en tratamiento en Tel Aviv y 25 más en Haifa. Unos 100 más tienen una ayuda constante a través del teléfono. Las rondas nocturnas por los puntos calientes de las principales ciudades les ayudan a dar con nuevas víctimas. Son más de 2.000 voluntarios repartidos por 40 ciudades y 270 empleados en busca de chavales sometidos o en riesgo de estarlo. “Casi nada”, suspira Noa. Ellos son el pilar no gubernamental en la lucha contra la prostitución infantil, pero sólo reciben 1,6 millones de euros del Estado. “Y con eso hacemos todo lo que se hace en Israel”, lamenta. Además de la voluntad, queda claro, la clave es el dinero. “Y mientras esto siga siendo un negocio tan inmenso, nadie lo parará”. Hoy, la prostitución genera al año 476 millones de euros en Israel. No menos de 50 de ellos proceden directamente de la violación de menores de edad.

Más info sobre

, , ,

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie