Sociedad
Fernando
Fernando lleva 30 años trabajando en la Gran Vía como limpiabotas
Su trabajo, al igual que la Gran Vía, ha pegado un giro radical en todos estos años
Este limpiabotas cree que la elegancia de cualquier persona empieza por sus zapatos

Fernando (M. P.)
Lleva 30 años clavado en el número 37 de la Gran Vía madrileña. Llueve, nieve, o permita el calor que se derrita el asfalto. Fernando sigue allí, esperando cada día a los clientes que se sientan en su puesto para que les lustre los zapatos y les devuelva un trozo de su elegancia. Si ellos quieren charlar, charla, porque considera que parte de su trabajo es escuchar al cliente. Y consigue con su conversación humanizar el enjambre frenético de la arteria principal de la ciudad.
Todos los días llega antes de las 9 de la mañana y barre el trozo de calle a su alrededor. Luego, la escoba que ha usado reposa escondida en el resquicio que queda entre la pared y una de las columnas de lo que en su día fueron los cines Avenida y hoy son unos grandes almacenes. Es sólo un detalle de la profesionalidad de Fernando, que le da a su oficio un trato sagrado: “Cuidar del trabajo es cuidar de uno mismo: del trabajo viene todo lo que tengo, desde el cuarto de alquiler en el que vivo hasta el reloj que llevo en mi muñeca”, dice.
Comenzó a trabajar como limpiabotas cuando la enfermedad que padecía, psoriasis, le impidió seguir siendo camarero. Corrían los años 70 y el desconocimiento de la dolencia, a pesar de no ser contagiosa, levantaba recelos entre los clientes y los dueños de la cafetería para la que trabajaba. Así, Fernando tuvo que abandonar el trato al público dentro de la hostelería y dedicarse a limpiar zapatos en la calle. Conocía la profesión porque su padre y su padrino de bautismo también habían sido limpiabotas, aunque ellos trabajaban en salones privados, cuando todavía el oficio se desempeñaba allí.
Cuando se instaló por primera vez en Gran Vía, la calle no tenía nada que ver con la que es hoy. Y Fernando lamenta que donde antes había ocio y cultura ahora sólo hay multinacionales “que lo han llenado todo de trapitos”. Pero acepta resignado el paso del tiempo y sus rigores. Y también en la parte que ha afectado a la manera de vestir; asegura que hoy en día se estila mucha menos formalidad en la ropa y en el calzado, y que ni siquiera en los trabajos se impone la disciplina en la indumentaria, como sucedía antaño. Así que hay más zapatillas de deporte y más sandalias y menos zapatos y menos negocio para Fernando, que se encoge de hombros sentado en su silla baja mientras ve cientos de pies calzados ‘de sport’ cruzando su mirada.
Fernando es la élite del deporte de sobrevivir: a tres euros y medio cada servicio, los cuartos no estiran para más que una asfixiante habitación en una pensión. Pero a él le parece un precio más que suficiente, “casi 600 pesetas de las antiguas, oye”. Cuando comenzó a realizar este trabajo, cobraba cada limpieza a 100 pesetas. En llevar a cabo cada limpieza tarda entre 10 y 20 minutos, dependiendo del tipo de zapato y de si es verano o invierno. En invierno, la lluvia suele dejar patas arriba la piel del calzado y él debe esmerarse más en restaurarlo. En verano, no hace precisamente su agosto entre tanto zapato abierto y tanta sandalia.
En cuanto a la clientela, asegura que por su silla pasa sólo la clase media, trabajadora. “Este no es el barrio de la clase alta”, ironiza. Y en cuanto a sexos, una mujer de entre cada mil hombres. Desde siempre, el de limpiabotas ha sido un negocio muy masculino. Y lo dice el refrán: “El hombre se viste por los pies”. Fernando está de acuerdo y afirma que la elegancia, pero la de cualquiera, sea varón o hembra, tiene su punto clave en la manera de vestir los pies. Y por eso pone todo su empeño en dejar reluciente el calzado de quien se acerca a su tenderete callejero. Para que el resultado sea el mejor posible, su oficio tiene algunos trucos que en su mayoría no desvela, aunque sí da una idea de por dónde van los tiros: “No es lo mismo limpiar un zapato en la mano que calzado en el propio pie”, afirma. Los productos de primerísima calidad que emplea, diferentes tipos de betún y anilina, también influyen en el resultado final.
Fernando trabaja días de 14 horas en todas las estaciones del año, pero su diccionario viene sin la palabra ‘jubilación’, y eso que tiene 64 años : al no haber cotizado en la Seguridad Social tendrá que trabajar siempre. “Hasta que Dios me llame”, apostilla. Y no se queja, ni de eso ni de la vida difícil que ha tenido. Cuando era sólo un crío sus padres lo metieron interno en varios conventos en Madrid y en Pamplona, y fueron las monjas quienes cuidaron de él. “Al menos me dieron una educación y me trataron con respeto”, recuerda. “Es mucho mejor que estar tirado en la calle”.
Y de la calle lo ha aprendido casi todo. Educación. Un oficio. El respeto por el trabajo y por sus clientes. Y lo más importante: que la dignidad no proviene del trabajo que uno realice. No se obtiene en un despacho ni se pierde limpiando zapatos: la dignidad se consigue viviendo honradamente. Y en eso Fernando tiene un máster.












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Me gusta que se paren en una cosa así. El calzado,el oficio que hace que unos zapatos machacados aparezcan hasta bonitos.Mi madre adoraba llevar los zapatos lustrosos.Yo también tengo ese afán. Hay algo en querer ir bien calzados que no tiene que ver con el lujo sino, yo creo, de verdad, con una elegancia especial. De esa que se tiene, o no.
el artículo me ha recordado a un buen hombre, un colombiano, afincado hace poco tiempo en España y que se ha buscado la vida como limpiabotas, le he llamado para saber de su vida y me dice que está intentando montar una pequeña empresa pero no encuentra chavales que quieran aprender el oficio y espera poder traerse a su hijo desde Colombia para trabajar con él. Mi más profundo respeto a esta gente, psicólogos y filósofos de altura.