Sociedad

Los refugiados le dicen a Europa “Estamos aquí”

“Estamos aquí sin derechos y permaneceremos aquí hasta que encontremos una solución a nuestras vidas, una solución que respete nuestros derechos humanos”, dice su lema

La mecha del movimiento prendió en mayo, cuando un grupo de personas a quienes no se les había aprobado su solicitud de asilo acamparon cerca de un centro de acogida de solicitantes de asilo en Utrecht. El 4 de septiembre, la protesta llegó a la capital

En Polonia, el número de solicitantes de asilo en Polonia ha crecido de 3.400 a finales de los años 90 a 10.500 en el año 2009 desde la desintegración de la Unión Soviética. De todas las solicitudes de asilo, durante los últimos años solamente han sido aprobadas entre el 1% y el 3%

“Me gustaría tener mi propia casa, donde poder pensar en paz”, afirma Ilyas Mohamed, de Somalia. Su compatriota Fartun Abdullahi querría que “fuera un lugar muy bonito, con armarios y estanterías para su ropa y sus libros, donde recibiría a familiares y amigos”. “Lo más importante no es el tamaño sino encontrar un lugar donde pueda ser feliz”, cree Cyriaque Kouenou, de Costa de Marfil. Y Oumar Berete, de Guinea Conakry, dice que “tan solo necesito seguridad en mi vida. Un lugar donde poder dormir y ducharme”. Todos ellos sueñan con tener una casa, pero por ahora se tienen que conformar con vivir en la “Iglesia Vuelo”, una Iglesia abandonada en Ámsterdam. “No tenemos papeles y por eso no tenemos derecho a tener una casa”, declara Mamadou Telly, una de las más de 150 personas que habitan en este edificio, que se ha convertido en un símbolo del drama pero sobre todo también de la resistencia de los refugiados “sin papeles” de Holanda y de su campaña de protesta “Estamos aquí”.

Cada año, miles de solicitudes de asilo son denegadas en Holanda. Entonces, todas estas personas a quienes se les ha rechazado el refugio, pasan a ser personas en situación administrativa irregular, sin ningún tipo de derecho en el país y o se les deporta por la fuerza o bien se les deja en la calle (se calcula que cada año son 6.000 más o menos) y se les hace responsables a ellos mismos de su regreso. Aunque tienen como máximo 28 días para abandonar el país, si pasado este tiempo son encontrados aún en Holanda se les puede dictar una orden de prohibición de entrada, además de una multa que oscila entre los 130 y los 1200 euros o un encarcelamiento por 6 meses. “Prefiero morir antes de que me deporten por la fuerza”, asegura Telly.

Telly llegó a Holanda hace un año. Vino de Guinea Conakry, un país maltratado por las dictaduras y los golpes de Estado. “Todos los africanos tenemos los mismos problemas. Nuestros Estados no se preocupan por la gente y hay muchos conflictos étnicos en nuestro continente”, se lamenta Telly. Cuando llegó tuvo que pasar dos entrevistas con el Servicio de Inmigración holandés. Es el procedimiento que tienen que seguir todos los solicitantes de asilo en Holanda antes de recibir una respuesta sobre su caso. Pero las organizaciones que apoyan este grupo de refugiados “irregulares” alertan que en muchos casos dichas entrevistas no cumplen los requisitos necesarios. Por ejemplo, denuncian que durante las conversaciones se les pide a los solicitantes de asilo que señalen en el mapa donde vivían o donde tomaron la barca para venir a Europa, sin tener en cuenta que tales preguntas son difíciles de responder con concreción por el estrés que sufren durante el viaje o por simples diferencias culturales. O en el caso de las personas que han sido víctimas de violencia no se les garantiza un clima de confianza y calma, con una persona especialista que pueda conducir la conversación, para que así puedan hablar abiertamente sobre su pasado.

“Muchos de nosotros llegamos clandestinamente, no tenemos papeles y es difícil aportar pruebas legales. A menudo el servicio de inmigración no nos cree cuando decimos el país de dónde venimos ni nuestras historias personales”, prosigue Telly. “En la primera entrevista me dijeron que no se creían que viniera de Guinea Conakry. Y después de la segunda me dijeron que sí que se creían que era guineano pero no se creía mi caso y por lo tanto no aprobaron mi solicitud de asilo. Entonces el gobierno te da una patada en el culo y te deja en la calle”, denuncia. A partir de este momento los solicitantes de asilo no tienen refugio en Holanda. Regresar es en muchos casos imposible ya que hay países (como Iraq o Irán) donde sólo se permite el retorno cuando es un acto voluntario, y otros (como Eritrea, Sudan o China, en el caso de los tibetanos y los uigures) consideran el hecho de haber solicitado asilo en otro país como un acto hostil contra su nación y volver supone un alto riesgo de sufrir torturas, detenciones y abusos. Y tampoco pueden moverse por Europa ya que según la ley europea Dublin II los solicitantes de asilo solo pueden permanecer en el país donde presentaron su solicitud primero e intentar cruzar las fronteras europeas se considera delito. “Estas personas no tienen ningún sitio donde ir, o sea que básicamente lo que se les pide es que desaparezcan”, denuncia Lokien Holleman, una activa voluntaria del Servicio Civil Internacional en Holanda, una de las ONG’s que ha apoyado el movimiento. Por esto mismo hasta ahora este grupo de refugiados “irregulares” siempre se habían mantenido escondidos, hasta que hace algunos de ellos decidieron emprender una campaña de protesta llamada “Estamos aquí”. “Estamos aquí sin derechos y permaneceremos aquí hasta que encontremos una solución a nuestras vidas, una solución que respete nuestros derechos humanos”, dice su lema.

La mecha del movimiento prendió en mayo, cuando un grupo de personas a quienes no se les había aprobado su solicitud de asilo acamparon cerca de un centro de acogida de solicitantes de asilo en Utrecht. Como reacción fueron apareciendo otros pequeños campamentos por el país hasta que el 4 de septiembre la protesta llegó a la capital, Ámsterdam. “Al principio éramos siete personas pero el movimiento fue creciendo”, cuenta Omar Younis, uno de los impulsores de la campaña. “Ahora en Ámsterdam somos 160 personas de 12 países africanos distintos. Y también hay un grupo más pequeño en la Haya, todos provenientes de Iraq”. Younis es originario del Sudan aunque lleva doce años viviendo en Holanda. “Doce años sin papeles y sin nada. Durante este tiempo me han encarcelado 5 veces”, recuerda.

Aguantaron durante casi 2 meses acampados en la capital neerlandesa hasta que les evacuaron el 30 de noviembre. “La única solución que nos daba entonces el gobierno holandés era alojarnos, por solo dos semanas, en un centro de noche que era como un lugar para drogadictos. Pasadas estas dos semanas nos volverían a dejar en la calle. Pero entre nosotros hay gente enferma, mujeres… y durante el invierno hace demasiado frío”, expone Younis. Sin embargo para ese entonces sus denuncias habían tenido un gran impacto mediático y habían logrado atraer el apoyo de parte de la sociedad, que se movilizó para ayudarles a encontrar un sitio donde pasar el invierno. Así el Movimiento Ocupa Universitario de Ámsterdam se instaló en la Iglesia St.Joseph, que años atrás había servido como centro de escalada, y llegaron a un acuerdo con el propietario del edificio, que se comprometió a ceder el espacio durante los tres meses de invierno.

“La iglesia vuelo es un gran y viejo edificio de cemento. Cuando yo la visité, en febrero, casi hacía más frío dentro que fuera en la calle. Improvisaron dos salas-dormitorio en los laterales de la iglesia y también una cocina. Las condiciones del lugar son malas pero están todos unidos y se ha creado una gran familia ahora”, relata un activista holandés que ha trabajado con refugiados en Holanda y en los Balcanes, Wilbert. Una de las claves del movimiento ha sido el apoyo que han recibido de centenares de voluntarios y ONG’s, que han colaborado trayendo comida, sumándose a las protestas, dando asistencia médica, organizando eventos públicos y comunicados de prensa o vigilando el sitio por la noche. “Antes en Holanda nadie sabía que estas personas existían, pero ahora han podido conocer su situación y ver que esta gente no son solo números. Muchos voluntarios han hecho amistad con los refugiados “irregulares”, lo les ha sacado de su aislamiento. Además de que ellos nos han aportado mucho también a nosotros. Han sido un ejemplo de fuerza, solidaridad, pasión, y optimismo”, describe Lokien. De hecho, según una importante encuesta llevada a cabo por la Televisión pública de Ámsterdam, actualmente el 80% de los ciudadanos están a favor de encontrar una solución justa para este colectivo.

Sin embargo, el contrato para permanecer en la Iglesia finalizó el 5 de abril y desde entonces el grupo ha ido consiguiendo prórrogas con la alcaldía y el propietario del edificio. “De momento seguimos viviendo en la Iglesia. La única solución que nos ofrecen por ahora es distribuirnos en sitios individuales. Quieren separarnos y romper nuestro movimiento”, asegura Younis. No obstante, el Ayuntamiento les ha comunicado que se pueden quedar hasta el 1 de junio. Pero temen que después vuelvan a acabar en la calle… “Nuestra situación aquí es muy difícil…”, repiten a menudo los compañeros de Younis y Telly durante la conversación. “Estamos tan preocupados por encontrar un techo donde dormir mañana, por mantener las condiciones básicas para sobrevivir, que a veces nos olvidamos de nuestra lucha y de nuestros derechos. Pero estamos decididos a continuar con nuestras manifestaciones. Queremos una situación justa y una vida digna no sólo para nosotros sino para todos los solicitantes de asilo en Europa”, concluye Younis.

“El infierno está en Polonia”

En Polonia también se viven momentos convulsos en relación a las políticas de inmigración y asilo. Las autoridades y los medios de comunicación del país no se habían preocupado demasiado antes por este tema hasta que el año pasado estalló una protesta en 4 de los 6 centros de internamiento para inmigrantes y solicitantes de asilo de Polonia (Bialystoc, Przemysl, Biala Podlaska y Leszowola). Por entonces había detenidas 375 personas, 33 de ellas niños, y un grupo de más de 70 se coordinaron e iniciaron una huelga de hambre para protestar contra las condiciones de vida en estos centros y la detención como política de control migratorio. “Fue un acto sin precedentes. Antes había habido algunas protestas esporádicas que las autoridades habían aplacado rápidamente. Pero esta vez no pudieron silenciarlo”, explica uno de los principales activistas del movimiento ocupa de Polonia, Bartek, que fue uno de los miembros del grupo de activistas que ayudó a coordinar la protesta desde el exterior de los centros. “Las ONG’s dependen en parte de subvenciones estatales o europeas y no podían operar con tanta libertad y asertividad como nosotros”, justifica Bartek.

Una de las acciones más importantes que hicieron fue la distribución de dos cartas de denuncia escritas por dos solicitantes de asilo de Georgia e Irán. Aunque la huelga de hambre duró poco menos de una semana, la publicación de estos dos textos en uno de los periódicos más famosos de Polonia, la Gazeta Wyborczade, tuvo mucha repercusión mediática. “Estoy entre rejas, y ahora pienso que ese lugar que en la Biblia llaman infierno se encuentra aquí, en Polonia”, se podía leer en una de ellas. Básicamente, los detenidos denunciaban las pésimas condiciones de los centros, la criminalización de este grupo, el aislamiento, los abusos policiales y la falta de servicios sociales (sobre todo en el caso de los menores).

“La mayoría de las quejas eran justificadas, aunque algunas eran exageradas, y otras -como el caso de las denuncias de violencia por parte de la policía de fronteras- no hemos encontrado ninguna prueba que las confirme. Pero estas quejas no nos sorprendieron ya que nosotros conocíamos esta situación desde hace tiempo y de hecho la mayoría de sus demandas coincidían con las recomendaciones que habíamos incluido en nuestra primera investigación en 2011”, cuenta la coordinadora del Área de Extranjeros de la Asociación para la Intervención Legal (SIP), Aleksandra Chrzanowska. Esta vez, como consecuencia del gran impacto mediático y social de las protestas, se encargaron dos investigaciones sobre las condiciones de estos centros, una liderada por el Ministerio de Asuntos Interiores del país y otra independiente, liderada por SIP y la Fundación Helsinki.

Las conclusiones de ambas investigaciones fueron similares y entre ellas se destaca que las condiciones, tanto internas como externas de los centros de detención para inmigrantes y solicitantes de asilo, son muy parecidas a una prisión. “Por ejemplo, la guardia fronteriza se dirige a los refugiados por su número de identificación y les amenazan con deportarlos sin ninguna justificación. Por lo tanto, estas personas sufren diariamente situaciones degradantes y deshumanizantes sin ningún motivo”, critica Chrzanowska, quien añade, no obstante, que esta situación no se dan en todos los centros. “En Ketrzyn y Krosno los detenidos son tratados con respeto, y es interesante destacar que en esos dos centros no hubo protestas”, puntualiza.

Desde la desintegración de la Unión Soviética, el número de solicitantes de asilo en Polonia ha ido en aumento, desde 3.400 a finales de los años 90 hasta 10.500 en el año 2009. La mayoría provienen de exrepúblicas soviéticas: el año pasado, por ejemplo, se registraron 4.800 solicitudes de chechenos y 3.000 de georgianos, seguidos de los armenios y kazajos. Pero de todas las solicitudes de asilo, durante los últimos años solamente han sido aprobadas entre el 1% y el 3%. “Evidentemente que la situación geoestratégica de Polonia influye en sus políticas de detención de inmigrantes y solicitantes de asilo. Europa en general no quiere más inmigración, y Polonia, como frontera de la Unión Europea con el este, juega un papel crucial en el control de este flujo inmigratorio. Y la manera más fácil de controlarlo es poner a las personas en centros de detención para así deportarlos acto seguido”, expone Chrzanowska.

Desde que Polonia entró a la Unión Europea, en 2004, ha recibido 313 millones de euros de las autoridades europeas para controlar sus más de 1.000 km de frontera que limitan con Ucrania y Bielorrusia, ambos países fuera de la UE. Y con esta ayuda se han construido, entre otras cosas, nuevos centros de detención. “La oficina central de Frontex – la Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los Estados miembros de la Unión, creada en 2004- está en Varsovia y más de la mitad de los trabajadores de Frontex son polacos”, apunta Bartek como dato significativo del rol crucial de Polonia en el control de la inmigración en Europa.

Aunque a todo esto, el director del Departamento de Extranjeros del Ministerio del Interior de Polonia, Andrzej Jakubasze, se defiende diciendo que muchos de los solicitantes de asilo en Polonia y también la mayoría de las personas que hicieron la huelga de hambre no son verdaderos refugiados sino inmigrantes económicos que se dirigen a Europa Occidental. “No quieren permanecer en Polonia. Intentan huir al oeste y en unos días o meses les envían de vuelta (según la regulación de Dublín II)”, clarifica Jakubasze, “y entonces Europa nos pide explicaciones sobre qué estamos haciendo para controlar nuestras fronteras”.

El problema no es solo de Polonia, según la antropóloga polaca especializada en refugiados, Izabela Czerniejewska: “La Convención sobre el Estatuto de Refugiado se redactó pensando en los refugiados de la Segunda Guerra Mundial porque en cierta manera creían que no iba a haber más guerras. Pero estamos en el siglo XXI y sigue habiendo conflictos, aunque de una tipología muy distinta a los que había hace medio siglo”, analiza. Por eso ahora es mucho más difícil distinguir entre migraciones forzadas y voluntarias. “Hoy en día la gente se mueve por múltiples motivos, que a menudo están entrelazados: guerra, inestabilidad política y violaciones de los derechos humanos van cogidos de la mano de la falta de oportunidades de ganarse vida, escasez de recursos naturales, pobreza y miseria severas e incluso las consecuencias del cambio climático. Tratar con esta migración mixta es el mayor reto al que nos enfrentamos en la actualidad”, declaró, con motivo del 60º aniversario de la Convención sobre el Estatuto de Refugiado, la directora de la oficina europea de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, Judith Kumin.

Sea como fuere, las protestas de los refugiados en Polonia tuvieron su efecto. Justo después de la huelga de hambre, el gobierno aprobó algunas solicitudes de asilo que estaban en espera hacía tiempo. Además, Jakubasze recuerda que están preparando una nueva ley de Extranjería que prevé introducir cambios en el sistema de detención para inmigrantes y solicitantes de asilo. Entre otras cosas, la nueva ley introducirá una serie de medidas alternativas a la detención y mejorará las condiciones de vida en estos centros, con la modernización de las infraestructuras, la creación de zonas de descanso y deporte, habitaciones para las familias y para actividades educativas.

Holanda y Polonia son algunos de los ejemplos del empoderamiento y la rebelión de los solicitantes de asilo en Europa, un grupo que últimamente ha empezado a organizarse para denunciar y visibilizar su difícil situación en el continente y exigir un trato más humano. En el manifiesto del Congreso de Refugiados de Berlín, otra iniciativa del mismo tipo que surgió después del suicidio de dos refugiados de Irán el año pasado, se lee: “cuando la persona entiende que le están robando su libertad, este es el mejor comienzo de su resistencia”.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie