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Sociedad

Desobedientes en huelga de hambre

Cada vez más personas recurren a la herramienta de desobediencia más radical. Dejar de comer. Por lo suyo y por el procomún.

No son suicidas. Suelen amar la vida y por eso ayunan: porque la degradación democrática en la que naufragamos mata la vida.

Hablamos con una periodista de Vigo enferma de cáncer, un escritor vasco, un enfermero madrileño y cinco oscenses de Hambre de Justicia, un colectivo que acumula más de mil días sin comer en el último mes.


(Marcos Rebollo)

 

Ahora mismo, centenares de personas en el mundo protestan ayunando. El caso actual más conocido, el de Guantánamo, ejemplifica la fuerza de la herramienta de lucha no violenta más extrema. La hulega comenzó en febrero, cuando les dieron comida podrida. Se negaron y hoy, 130 de los 166 presos (11 años encerrados sin que se haya abierto ninguna causa contra ellos), llevan 110 días sin comer. El resto, los más débiles, están siendo alimentados mediante una sonda por la nariz. Un proceso doloroso. Atados, durante dos horas. Si luego vomitan les vuelven a atar. La alimentación forzosa, según la ONU, es tortura, pero además han incrementado otras forma de suplicio: les dan agua no potable, les aíslan en celdas congeladas, no les dejan dormir, les arrastran atados por el suelo. Todo intento es poco para que abandonen su lucha… antes de que mueran.

Ahí radica el ¿macabro? poder de esta forma de protesta En trasladar al enemigo la resonancia mediática de la hipotética muerte por inanición del ayunante. Desde que ETA o el IRA la popularizaran a finales de los 70 en forma de huelgas de hambre escalonadas, presos de todo el mundo han adoptado esta estrategia: en Marruecos, China, Cuba, Colombia, Yemen y un largo etc. Tres de las últimas masivas: mapuches en Chile, kurdos en Turquía y la llevada a cabo en Israel por cientos de palestinos en detención administrativa. Pero no sólo los reclusos utilizan esta arma pacífica del todo o nada. En España (donde los cuatro únicos fallecidos han sido prisioneros –dos del GRAPO, uno común y el disidente cubano Orlando Zapata­–), han aumentado en el último año el número de huelguistas de hambre que no están privados de libertad. Consecuencia de la estafa llamada crisis. A problemas desmesurados, respuestas radicales.

Viñeta del artista brasileño de Carlos Latouf sobre la huelga de hambre que desde hace un año han emprendido centenares de presos palestinos en cárceles israelíes. Ayer, en Francia, dos presas de ETA han comenzado otra quejándose del trato que reciben en prisión.

 

Las razones son variadas. Ante impagos, como Javier Albalat, un autónomo al que el Servef (dependiente de la Consejería de Empleo valenciana) le debía 8.000 € de ayudas, como a otros 6.000 emprendedores de esa comunidad que llevan dos años sin cobrar. Él lo consiguió tras tres semanas de ayuno. Parecida reivindicación mantienen los tres trabajadores de COMROC que llevan 11 meses sin cobrar y 11 días sin comer. La acción, además, se complementa con escraches frente a la casa del dueño de la empresa, Joan Casafont.

Otro motivo recurrente es el desahucio inminente. Así consiguió un alquiler social la gaditana Ana Candelaria o logró la dación en pago el vigués Ricardo Barcia. ¿Da resultado, sobre todo si la huelga se prolonga más allá de los dos meses, el umbral tras el cual los daños suelen ser irreversibles? En absoluto. Ahí está, entre otros casos, el de Jorge Cordero, que tras perder el piso no logró la cancelación de su deuda de 108.000 € pese a estar 64 días sin comer, junto a la entrada de Cajastur. Su director, Manuel Menéndez, le vio cada mañana durante dos meses, pero no quiso negociar. Mal negocio: la plataforma de apoyo logró que muchos clientes retiraran su dinero. Perdieron así 217.000 €, el doble de lo que sigue debiendo (aunque su casa se subastara por 49.000 €) este dueño de una mensajería quebrada (al que dejaron de pagar y por eso él dejó de ingresar la hipoteca).

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Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

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