Sociedad

La ciencia y cómo dar de comer a un mundo hambriento

Una de cada siete personas está severamente malnutrida.

El aumento del precio del petróleo en 2008 condujo a 100 millones de personas a padecer hambre debido a los costes de transporte y producción de comida.

Para el año 2050, la producción de alimentos debería aumentar entre un 70 y un 100% para cubrir las demandas.

Imagine que tiene hambre y la despensa de su casa está vacía. Lo más seguro es que primero se dirija al frigorífico y si éste está vacío vaya al supermercado más cercano y compre allí el producto que quiera. Ésta es una tarea sencilla y corriente para la mayoría de nosotros pero no lo es así en todos los lugares del mundo. Una de cada siete personas en el planeta está severamente malnutrida.

925 millones de personas sufrirán hambre crónica en el mundo este año, según el último informe de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Esta cifra es mejor que la anterior: 98 millones de personas menos respecto a los 1.023 millones calculados en 2009. “Pero con un niño que muere cada seis segundos debido a problemas relacionados con la desnutrición, el hambre sigue siendo la mayor tragedia y el mayor escándalo del mundo”, señaló en una conferencia de prensa, desde la sede de la FAO en Roma, Jacques Diouf, director general del organismo de la ONU el pasado 14 de septiembre. Y, añadió “es algo absolutamente inaceptable”. La evolución del hambre en el mundo hace que sea muy difícil alcanzar no sólo el primer Objetivo de Desarrollo del Milenio, sino también todos los demás.

Dar de comer a todo un planeta no es sencillo. Pero ¿Qué puede hacer la ciencia para alimentar a los 9.000 millones de humanos que poblarán la Tierra en 2050? Se estima que para esa fecha, la producción de alimentos debería aumentar entre un 70 y un 100% para poder cubrir las demandas.

Buscando respuestas en la ciencia

“Creo que la ciencia es muy importante para ayudarnos a conseguir esos objetivos. Principalmente porque no podemos confiar simplemente en la redistribución. Es decir, coger dinero de los ricos y dárselo a los pobres. Necesitamos aumentar los ingresos de los pobres o proporcionarles alimentos más baratos”, explica David Dawe, economista senior de la FAO, desde Roma.

Que casi 1.000 millones de personas sigan sufriendo hambre incluso después de haber remitido en gran medida las recientes crisis de los alimentos y financiera indica según la FAO que el hambre es un problema estructural que no se soluciona simplemente con el crecimiento económico. Y es que el problema de la seguridad alimentaria en el mundo es sumamente complejo y debe ser atacado por diversos frentes: desde el social hasta el económico y el político, pero también científico.

La ciencia puede contribuir con cultivos que permitan una mayor producción, lo cual se puede traducir en mayores ingresos para los agricultores. “Puede ayudar con el desarrollo de cultivos que requieran menos químicos (pesticidas, plaguicidas, etc.), lo cual reduce los costes de los agricultores y mejora incluso su salud. Este tipo de logros científicos pueden ser muy útiles y permitir a los pobres que sean capaces de alimentarse por sí mismos”, añade Dawe.

Cambio climático y agricultura

A su vez, el cambio climático es una realidad que está teniendo graves consecuencias en la agricultura y contra la que hay que luchar para asegurar el abastecimiento de alimentos. Estas consecuencias afectan de un modo diferente a las distintas regiones del planeta. Países del centro y norte de Europa, por ejemplo, se encuentran entre los potenciales “ganadores”: unas precipitaciones más fuertes en el invierno y una mayor temperatura promedio podrían mejorar la producción agraria. Las plantas deberían adaptarse a las nuevas condiciones. Esta tarea, sin embargo, es cada más difícil porque la cantidad y calidad de la cosecha no está determinada por los valores medios de la temporada, sino principalmente por los valores climáticos extremos. De este modo, regiones continentales y del sur de Europa ya sufren largos períodos de sequía en los meses de verano. En España, por ejemplo, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMet) estima que las temperaturas aumentarán entre tres y seis grados entre 2071-2100. En cuanto a las precipitaciones, podrían descender un 20% a finales de siglo.

Sin agua no hay vida (al menos tal y como la conocemos) y sin ella tampoco hay agricultura. Por este motivo, los científicos ya investigan en Europa el desarrollo de cultivos que se adapten mejor a las consecuencias derivadas del cambio climático con el objetivo de desarrollar plantas que puedan dar buenos frutos con una menor disponibilidad de agua.

Genes contra la sequía: una alternativa a las plantas transgénicas

La cebada es uno de los cereales genéticamente más sencillos en comparación con el trigo, por ejemplo, que es mucho más complejo. Se utilizará por lo tanto como modelo para otros cereales. La cebada es un cereal importante en Alemania no sólo por la producción de cerveza sino también por la alimentación del ganado (Foto del MPI für Pflanzenzüchtungsforschung)

En la ciudad alemana de Colonia, Maria von Korff Schmising y su equipo estudian la tolerancia a la sequía en plantas, en el Instituto Max Planck en Investigación de Cultivos Vegetales (MPI für Pflanzenzüchtungsforschung). Objetivo: observar la adaptación de la cebada frente a situaciones de poca agua. Esta investigación apuesta por una alternativa al desarrollo de plantas modificadas genéticamente. Los científicos trabajan con la diversidad genética natural de los cultivos y de las formas silvestres. Para ello tienen a su disposición material genético en diversos países, dentro y fuera de Europa, en los que se almacenan estas formas. “La idea es que la domesticación de los vegetales a través de los cultivos ha reducido significativamente la variedad genética de las semillas y que ésta es considerablemente alta en las cepas silvestres y podríamos utilizarla”, explica von Korff.

Estos recursos incluyen variaciones alélicas (un alelo es uno de los posibles estados mutacionales de un gen, diferente por sus efectos fenotípicos) en diferentes regiones del gen. Es decir, analizan y buscan regiones del genoma de la cebada que regulan la respuesta de estrés frente a situaciones de sequía. Después, los cruzan de forma clásica y los vuelven a cruzar con el fin de que estos alelos se introduzcan en los cultivos con los que trabajan. “Posteriormente analizamos los resultados y vemos si existen nuevas características que nos interesen”, añade la científica. El objetivo es entender el proceso molecular y fisiológico de estos recurso con el fin de poder utilizarlos.

La tolerancia a la sequía es un rasgo en el que están implicados varios genes. “En este caso, el apostar por cambios en un único gen (como en el caso de los transgénicos) es más problemático” explica. Por este motivo, von Korff y su equipo estudian los recursos genéticos naturales que ya existen en la cebada. El problema es que este proceso puede ser muy complicado y largo, necesitándose varios años de cruzamientos y retrocruzamientos para conseguir la combinación deseada de caracteres.

Por el contrario, “el planteamiento transgénico es considerablemente más dirigido y rápido, ya que en él sólo se cambia uno o muy pocos genes” explica la investigadora. Existen, sin embargo, muchas características o rasgos que son interesantes y que no dependen o no se regulan por un único gen sino por la interacción de varios de ellos. En el caso de la cebada, la manipulación en el laboratorio de un único gen no es de gran ayuda y habría que seleccionar los genes que interesan por medio de la selección clásica. “Es decir, el que usemos un transgénico o no y cómo influya éste en el medio ambiente, dependerá en gran medida de las variables o características que nos interesen”, añade Maria von Korff.

Revolución genética verde

El considerable aumento de alimentos ocurrido durante los años 60 del pasado siglo, hay que agradecérselo a la llamada Revolución Verde. Procedimientos agrícolas modernos contribuyeron a conseguir variedades de cereales que permitieron hasta tres cosechas por año. Parte del éxito, se debió a una meticulosa selección y cruce de variedades pero también al uso de herbicidas, abonos y regadíos.

Una mujer agricultora cultivando el suelo de su cosecha de maíz en Mozambique. Uno de los retos principales consiste en ofrecer a los agricultores pobres oportunidades de aprendizaje sobre la biodiversidad y la seguridad alimentaria. (Foto: FAO/Giuseppe Bizarri)

Probablemente ahora nos encontramos en una segunda revolución – esta vez, genética – verde. Pero ¿por qué necesitamos la biotecnología verde, es decir, aquella aplicada a procesos agrícolas?. Voces contrarias critican que a pesar de que se consiguió por este medio alimentar a más personas, la revolución verde no eliminó el hambre del mundo y puede, además, contribuir a riesgos sanitarios a largo plazo.

“Para mí, la cuestión principal no es biotecnología sí o biotecnología no”, comenta Dawe “lo importante es que se trate de tecnología que ayude a la gente pobre. A veces será una tecnología más tradicional y otras, biotecnología. Muchos de los cultivos modificados genéticamente en estos momentos en China y la India, por ejemplo, están permitiendo a los agricultores reducir el uso de insecticidas y pesticidas. Esto es bueno para sus ingresos, pero también para su salud y el medio ambiente”

“Se trata de una tecnología muy prometedora que será muy importante como complemento a otros métodos. No debería ser la única pero ofrece mucho potencial en el desarrollo de plantas con mejoras” matiza Maria von Korff.

Oportunidades y riesgos

También cabría preguntarse sobre la sostenibilidad de la agricultura sin la apuesta por las nuevas tecnologías. Y es que se trata de mejorar la cantidad pero también la calidad de los alimentos. Sobre todo, la de aquellas regiones del planeta, donde los pequeños agricultores sufren las peores condiciones debido a la contaminación de los suelos, a la falta de agua y a las temperaturas cada vez más altas, entre otras cosas.

En cuanto a los riesgos, “lo importante es conocerlos y revisarlos pero eso no es motivo para no utilizarlos ya que ofrecen muchas ventajas”, explica la investigadora alemana. La humanidad ha llevado a cabo la manipulación genética de vegetales durante miles de años a través de la domesticación de los cultivos. Ésta ha consistido, en gran parte, en el cruzamiento entre plantas con características deseables para producir líneas puras para esos caracteres. La mejora vegetal tradicional ha dado lugar a variedades de plantas mejoradas con mucho éxito. El problema es que este proceso puede ser muy largo y, además, existe una mayor necesidad de hacer frente a las consecuencias del cambio climático.

La investigación básica en cultivos vegetales aportará conocimientos e información interesante que podrá ayudar a mejorar la calidad y cantidad de los alimentos y por lo tanto de la situación alimentaria en el mundo. Para ello, los gobiernos y las organizaciones internacionales deberán apostar por la investigación científica agraria, “si no lo hacen ellos, el sector privado lo hará” sentencia David Dawe y, añade “claro que también será importante que esa tecnología sea sencilla de usar y barata y que se pueda aplicar en cosechas importantes para los pobres”. El economista resume “además del crecimiento económico, será importante mejorar y asegurar la educación, el acceso a agua potable, así como la investigación científica en cultivos vegetales”.

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