Sociedad
Ana
Serie Retratos entre la multitud
Ana es maestra de niños y cree que ellos son el futuro.
Cuando un amigo sufre, ella llora con él. Cuando a alguien le faltan sueños, regala almohadas a pares. Y si sabe de alguno al que se le ha partido el corazón, saca aguja e hilo. Tiene claro que, si pudiera, prohibiría estar triste bajo pena de cárcel.
Se llama Ana y tiene 25 primaveras. A esta morena de brillo en los ojos no se le pueden atribuir grandes hazañas épicas, pero quien la conoce sabe que tiene ganado un Nobel de la Paz en causas cotidianas, si esta variante del galardón tuviera a bien existir. ¿Su mérito? Ser buena persona. ¿Su proeza? No desistir en su ‘entregarse a los demás’, ni siquiera cuando le han flaqueado las fuerzas.
Por ese empeño de darse y regalarse, Ana estudió en la universidad Educación Infantil. Ahora es maestra en un colegio del centro de Madrid, donde una jauría de 30 niños de tan sólo 4 años tiene la suerte de dejarse querer cada día por su profa Ana. Ella les lleva canciones y les prepara juegos que no vienen en su temario establecido, y para los que tiene que dedicar parte de su tiempo libre. Lo hace porque le nace. Porque la vocación se la come. Cada día se deja la garganta en el empeño de mantener el interés de sus chicos, y alucina cuando inventa algo que recoge la atención de todos al unísono. Algo como contarles cuentos en voz bajita imprimiéndoles un aire de suspense que ni el mismo Hitcock.
Aunque su dolor de riñones ya puede nombrarse casi como permanente, por el rato que pasa agachada para ponerse a la altura de sus jovencísimos pupilos, Ana no cambia por nada su trabajo. Cree que esos niños son el futuro. Que tiene delante de ella el futuro. Y está satisfecha de que ese ‘futuro’ empiece a mirar al mundo cara a cara a través de lo que ella les enseña. Cuando tiene que ser firme, lo es, y amenaza muy teatralmente con ‘pegar el culo a la silla’ a todo aquel que se porte mal. Y luego lo cuenta y ríe. ‘Son tan inocentes que cualquier riña les asusta’. Por eso mismo, por esa ingenuidad tan dulce de los críos, a Ana le puede la ternura. ‘Un niño es lo más indefenso de este mundo, ¿quién sería capaz de abandonar a uno?’
Ana se siente agradecida. De su trabajo obtiene mucho más de lo que da. Vive la grandeza de ser feliz con lo que hace. Y también lo es fuera de los muros de su cole. Ama a su chico, con locura y con cabeza, desde hace la friolera de 11 años. Comenzó su historia de amor con tan sólo 15, entre paseítos furtivos y admiración hacia las notas que salían de la guitarra de él. Desde entonces hasta ahora su relación se ha forjado a base de amistades, viajes, problemas, sueños, varios trabajos y un año de distancia física entre ambos. Se han construido el uno al otro, y sin descanso. Han dejado de ser críos, pero sólo cuando la vida les pide responsabilidades. Y eso no quita para que Ana confiese pizpireta que cada vez que él va a buscarla para irse a cenar juntos, la espera le pone nerviosa. Después de 11 años.
Los ratos que le quedan libres entre el trabajo y su pareja, los dedica a sus amigos, a quienes cuida con esmero, consciente de la importancia de dar pasos compartidos. Y entre plan y plan, también araña tiempo al reloj para dedicarse a fines benéficos.
A Ana nunca le han dado una medalla. No tiene fama. No tiene nada material de lo que presumir. Pero construye el mundo levantándose cada día para ir a trabajar cargada de ilusión y de vocación. Llegando a casa y cuidando de los suyos. No permitiéndose la tristeza gratuita. Contagiando las ganas de crear una sociedad mejor.













Olé, olé y olé.
Enviaré por mail el enlace del artículo a tod+s l+s maestr+s de Infantil que conozco, ya que el reportaje (si me lo permitís) representa a muchísim+s de ell+s.