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Entre los refugiados sirios en Grecia

Las islas del este del Egeo se han convertido en la principal puerta de entrada para los refugiados e inmigrantes que buscan entran en la UE durante los últimos meses.

Los pocos kilómetros que separan las islas griegas de la costa turca vienen siendo desde hace mucho tiempo una de las vías preferidas por los traficantes turcos, a la vez que el volumen de personas tratando de escapar hacia una vida mejor nunca antes había sido mayor.

Todas las fotografías por Bostjan Videmsek  www.bostjanvidemsek.com

¡Aún no puedo creer que haya conseguido escapar de la guerra!

¿Sabes cuál es la ironía más devastadora de todo esto? Que nosotros tenemos que pagar mil euros para llegar desde Bodrum a Kos, ¡mientras que a los turistas el viaje de ida y vuelta les cuesta solamente diez euros!” dijo Amir Obada, un sirio de treinta años mientras estaba a mi lado de pie en la sombra proyectada por el abandonado hotel Captain Elias en los alrededores de la ciudad de Kos.

Amir viene de la famosa ciudad cristiana de Malula, donde una amarga lucha entre las fuerzas del gobierno, el Estado Islámico, varias milicias insurgentes y grupos cristianos locales armados viene sucediéndose durante los últimos años.

Cuando estalló la guerra, Amir estaba terminando sus estudios en química. Su padre era profesor en la Universidad de Malula, pero el lugar de aprendizaje fue cerrado a causa del enfrentamiento armado. Como fervoroso pacifista, Amir se negó a coger un rifle. Quedarse en casa, me asegura, no era una opción. Su casa familiar fue destruida por el fuego cruzado. Así que partió hacia Turquía y desde allí a una de las islas orientales del Egeo, donde se ha generado una grave crisis humanitaria en los últimos meses. Las autoridades griegas se han encontrado sin preparación para una llegada tan masiva de personas. Este año, solamente la isla de Kos, ha visto llegar a 7500 inmigrantes y refugiados – seis veces más que durante el mismo periodo del año anterior. La mayoría de ellos han llegado desde Siria y Afganistán. Durante la segunda mitad del mes de mayo y los primeros días de junio, Kos – todavía la isla preferida por los turistas que llegan de todo el mundo – se encontraba en un estado de convulsión. De cien a quinientas personas estaban llegando cada día en barcas hinchables y pequeños barcos pesqueros desde la costa turca.

Uno de ellos fue Amir Obada, que comenzó su viaje desde Siria acompañado de cinco de sus amigos y familiares. En el momento de nuestra entrevista, compartía una pequeña habitación con ellos en el hotel abandonado, insalubre, falto de electricidad así como de cuartos de baño funcionales.


Caminando hacia Europa occidental

Estoy tan contento de estar a salvo. No sé qué más decir. En estos dos últimos años he visto cosas que, bueno… ¡aún no alcanzo a creer que consiguiera escapar de la guerra! Pero no puedo evitar pensar en mis padres y mis familiares que aún están en Siria – pienso en ellos constantemente. A diferencia de la mayoría de mis compañeros de viaje yo no estoy casado ni tengo hijos. ¡En tiempos de guerra eso es una ventaja enorme!” Amir se fue orgulloso y sacó su billete para el ferry hacia Atenas de esa tarde. Las autoridades griegas – al menos en parte porque se acerca el pico de la temporada turística – han lanzado recientemente la llamada vía rápida para los refugiados sirios. Esto significa que a la gente que llega a diario no se les presentan muchas trabas. Después de que llegan a Atenas, les dan un permiso para quedarse durante seis meses, que puede ser renovado después sin mucha dificultad.

Ni uno solo de los muchos refugiados con los que hablé deseaba quedarse en Grecia. Todos entendían demasiado bien que el país está en un estado de profunda crisis y que las cosas solamente pueden ir a peor. “Tuve que dejar atrás a mi mujer y a mis cuatro hijos – están esperándome en el campo cerca de Damasco. Les prometí que, una vez llegara a Europa, haría todo lo que estuviera en mi mano para ayudarles a reunirse conmigo. Sí, sé que va a ser muy difícil. Pero sencillamente no les podía traer conmigo en un viaje tan peligroso. Era demasiado arriesgado. Y los niños eran demasiado pequeños.” me contó Muhammad Issa, de 45 años, en una estrecha habitación llena de colchones viejos, mantas harapientas y botellas de agua de plástico vacías.

Hace unos dos años y medio, Yassin Sinno, de 26 años, emprendió una tarea similar – sacar a sus seres queridos de forma segura de Siria. Consiguió de algún modo escapar de Malula y llegar a Londres a través de Turquía. Las autoridades británicas le concedieron su solicitud de asilo. Se gana la vida como camarero e una cafetería en Yorkshire, y es libre para viajar por toda la Unión Europea. Había venido a la isla de Kos para recoger a sus hermanos Mahmmoud y Hussein, que habían navegado hasta aquí en el mismo barco que Amir Obada.

¡No puedo describir la alegría de volver a verlos! No había palabras para describirlo. Fue la voluntad de Dios que nos volviéramos a ver, y todos lloramos,’’ Yassin sonrió y continuó con la descripción de cómo había organizado el viaje completo de sus dos hermanos desde Siria a Grecia. El objetivo ahora es llegar a Atenas y buscar a uno de los ‘contactos’ más competentes que los pueda llevar hacia delante en su viaje. Las rutas oficiales hacia Reino Unido están descartadas. En este momento, la única forma remotamente razonable de salir de Grecia hacia Europa occidental es el extremadamente arduo y peligroso camino a pie a través de Macedonia, Serbia y Hungría.

Muhammad Issa consiguió llegar a Grecia en su segundo intento. La primera vez fue detenido por la policía turca. Lo enviaron a prisión por dos días y luego lo dejaron en libertad. En Bodrum y en todas las ciudades turcas costeras cercanas, donde el negocio del tráfico de personas está en auge, esto es más o menos parte de la rutina. “Éramos 44 en la zodiac. Fue muy peligroso. Salimos alrededor de la medianoche. El viaje solamente duró dos horas y media. Sabíamos hacia donde nos dirigíamos, o al menos sabíamos la dirección aproximada. Yo estaba muy asustado porque no sé nadar. Cuando llegamos a Kos, nos acogieron con decencia y amabilidad. Lo que pasa es que aquí, donde estamos ahora, la situación es bastante insoportable. Pero esta noche seguimos el viaje.” Muhammad continuó su relato en el hotel en ruinas.

* * *

Amir Obada no tenía un destino (geográfico) claro en sus planes. Estaba más que dispuesto a ir a cualquier lugar en el que pudiera continuar con sus estudios de química. Su país de elección sería Suecia, pero sabía demasiado bien que la elección, para él, era un lujo fuera de su alcance. Él estaba preparado, decía, para empezar de cero. Para poder llegar a Grecia había tenido que gastar una parte importante de sus ahorros. Por este motivo cuando llegó a Kos, igual que la mayoría de sus amigos y compañeros, se instaló en las sucias y destrozadas ruinas en las afueras de la ciudad de Hipócrates.


Resolución 

Frente al edificio principal, algunos adolescentes afganos estaban dando patadas a un desinflado balón de fútbol. En una pradera cercana, un par de vacas estaban pastando al sol, mientras que un grupo de hombres paquistaníes estaban tumbados a la sombra.

Sobre una plataforma en lo que queda del hotel, las autoridades locales han montado un sistema de tuberías para proveer de agua potable a los residentes. Éste era el lugar en el que los refugiados podían también lavar y afeitarse. Mientras yo paseaba, algunos de ellos estaban lavando sus ropas y arreglando los destartalados zapatos que aún necesitaban para que les llevaran a lo largo de la larga caminata hasta Europa central.

Yo no estoy acostumbrado a vivir así,” Amir me dijo frunciendo el ceño: “Ni siquiera algo parecido. Hasta que estalló la guerra, vivíamos muy bien en Siria. He de reconocer que la gente nos ha acogido amablemente, pero no hay recursos suficientes para repartirlos entre todos los refugiados. Aquellos a los que les quedaba algún dinero se han ido a hoteles o a habitaciones privadas, especialmente porque saben que sólo van a estar aquí unos días. Yo decidí por mi parte que iba a gastar lo mínimo posible aquí. Necesitaré cada moneda que tengo para continuar hacia delante en Europa. He decidido que voy a caminar. Mi plan es cruzar Macedonia y Serbia para llegar a Hungría. Una vez allí, probablemente cogeré un tren que atraviese Austria para llegar hasta Alemania. Para ser honesto, tampoco tengo muchas opciones… ”

Cuando me iba contando sus planes, los compañeros de Amir estaban asintiendo con un silencioso acuerdo. Ninguno de ellos era capaz de presentar un plan bien definido. Ellos esperaban que alguno de los países europeos que tenían como objetivo les concediera el asilo. Pese a que hasta ese momento, nadie les había informado de cómo tenían que solicitarlo ni de los derechos básicos que habían sido acordados para ellos. En general, la presencia de grupos de ayuda humanitaria internacional en la isla de Kos era más que escasa para satisfacer las necesidades, tan escasa que incomodaba. Las infraestructuras necesarios para ayudar a los migrantes y refugiados eran virtualmente inexistentes. Para casi todo, estas almas entristecidas dependían de la ayuda de los buenos samaritanos locales. Para los servicios médicos más básicos, un pequeño equipo itinerante de Médicos sin fronteras (MSF) estaba a cargo de proporcionar asistencia.

La isla no estaba absolutamente preparada para una crisis como esta. El número de personas que llega es impresionante. Y sólo se puede esperar que vaya en aumento. Las rutas de los traficantes han cambiado. Ahora, las islas del este del Egeo son el destino más popular. Kos, Lesbos, Leros, Samos… Las autoridades griegas están intentando ayudar, pero ellos mismos ya están atravesando sus propias dificultades. Aquí no hay infraestructuras para asistirnos a ayudar a esta pobre gente. Así que tenemos que improvisar.Hemos conseguido reclutar la ayuda de la comunidad local, algunas ONGs y varios voluntarios locales. Sorprendentemente muchos de ellos han estado a la altura de las circunstancias, pero la situación sigue siendo dura, muy dura… ” Estas fueron las palabras de Aggelos Kallinis, el representante local de ACNUR, hablando conmigo frente a la comisaría de policía en la pequeña ciudad de Kos, donde cientos de personas esperan a diario para obtener los permisos que les permiten continuar hacia Atenas.

La solidaridad de Kos

Cada día, el grupo voluntario Solidaridad de Kos viene al ‘hotel’ Captain Elias para distribuir comida, ropa, zapatos y productos de higiene básica. Cuando estos Samaritanos del lugar – Sofia (maestra de educación primaria), Elena (médico), Alexander (maestro de educación primaria) y Jorgos (empresario) – llegan para traer a los refugiados su comida diaria, un enorme jaleo puede oírse desde la lejanía. Los niños, algunos de los cuales no llegan siquiera a los diez años, se agarran fuertemente a los trabajadores humanitarios que apenas pueden controlar el arrebato de la hambrienta multitud. Bajo el fuerte sol, los locales reparten la comida preparada especialmente para los migrantes en las cocinas de algunos de los hoteles cercanos.

Hay bastante comida, suficiente para que dure todo el día. Se puede sentir la enorme gratitud que emana de la multitud, pero también un gran sentimiento de vergüenza. En sus hogares, estas personas no habían estado acostumbradas a sobrevivir gracias a la pena que provocan en otros seres humanos. De hecho todo lo contrario. Los sirios y los afganos vienen de los que se pueden decir son dos de los países más hospitalarios del mundo. Mis muchos años como reportero de guerra me han enseñado que la hospitalidad de un país normalmente alberga una correlación directa con el tamaño de las tragedias que ha atravesado la población de ese país.

***

Un hombre cansado, en su cuarentena, rodeado por seis de sus hijos, observaba la distribución de alimentos a cierta distancia. Visiblemente preocupado, quería obviamente acercarse y coger la parte que le correspondía pero su orgullo no le dejaba hacerlo. “Vengo de los Altos del Golán, justo al lado de la frontera israelí. Un tiempo antes de la guerra me mudé a las afueras de Damasco, donde comencé un pequeño negocio. ¡Me estaba yendo muy bien! ¡Me construí yo mismo una casa grande y me casé! ¡Todo estaba bien! ¡Tenía una buena vida! Me informó Bilal, bastante enfadado. Durante los dos primeros años de la guerra no hubo muchos problemas en su barrio, pero su negoció fue lentamente hundiéndose. Hace como un año, su casa fue arrasada durante las batallas. “El Ejército Sirio Libre y las fuerzas del gobierno estaban luchando por el control de nuestra mahala. Una bomba fue lanzada directamente sobre mi casa. No sé quien lanzó esa bomba y francamente no me importa. Mi mujer, mis seis hijos y yo salimos de allí tan rápido como pudimos” En este punto de la conversación, había un patente temblor en la voz de Bilal. Había llegado a Kos el viernes anterior. Apiñado en el hotel junto a su familia, estaba esperando para seguir hacia Atenas, y luego…¿Y luego? “No lo sé. No tengo un plan. Mi único objetivo es que estemos seguros y libres. Para llegar a donde estamos ahora hemos tenido que gastar mucho dinero. El viaje duró veintidós días. Desde Siria, nos fuimos a Líbano, entonces volamos hasta Turquía. Tuvimos que sobornar a muchísima gente. Tú sabes que para llegar simplemente desde Turquía hasta Grecia en barco tienes que pagar mil euros por persona. Quiero decir que, por supuesto, ¡queremos continuar avanzando! Quizá hasta Alemania o incluso hasta Escandinavia. Pero sé que va a ser muy complicado. Quiero encontrar un trabajo. Tengo muchas habilidades y experiencia.”

Mientras que hablaba con Bilal, su mujer y sus dos hijos menores se quedaron en la fría habitación del hotel abandonado. La señora no se encontraba muy bien. Hace algún tiempo se sometió a una complicada y peligrosa operación. El cáncer de mamá se había cobrado un precio muy alto, pero aún así ella había conseguido superar el arriesgado y fatigoso viaje hacia la libertad. “Estoy deseando que mi señora se ponga bien, para que todos podamos relajarnos y empezar a vivir de nuevo,” Bilal dijo en voz baja: “¡Inshallah, si Dios quiere!” Seguía haciendo un gran esfuerzo para no unirse a la cola formada por los demás refugiados que esperaban los alimentos.


Incertidumbre absoluta

En la calurosa mitad de la tarde del Egeo, un par de pequeñas niñas sirias estaban apoyadas al mismo tiempo sobre una pared y entre ellas. Habían estado haciendo todo los posible para no quedarse dormidas, pero su agotamiento las había derrotado finalmente. Durmiendo, respiraban al unísono, con sus bocas abiertas, unidas a la altura de la cadera como si fueran hermanas siamesas.

Pero el trauma de todo por lo que habían pasado estas dos pequeñas niñas estaba grabado profundamente en sus jóvenes caras durmientes.

Sólo unas pocas horas antes, al amanecer, llegaron a Kos en una zodiac junto a sus padres y otros refugiados sirios. “¡Eh!, ¿necesitas una habitación? ¿un hotel? Barato – ¡muy barato!” una lugareña de avanzada edad abordó a la familia mientras sus miembros hacían cola frente a la comisaría de policía. Los padres de las dos niñas dormidas dudaron por un momento. Respecto a su futuro inmediato, tenían muy poca información de utilidad con la que continuar, pese a que llevaban esperando, junto a la multitud, desde temprano.

¿Sólo por una noche? ¿Solamente para descansar un poco? Queremos continuar con el viaje tan pronto como podamos, señora,” contestó el padre y despertó amablemente a sus hijas. Tan pronto dejaron de apoyarse la una en la otra, casi se desplomaron del agotamiento. Su madre les dio un cálido abrazo.

Cargaron en sus brazos sus escasas pertenencias y siguieron a la mujer griega que les guiaba.

Habrán conseguido escapar de uno de los conflictos más sangrientos de nuestro tiempo, y puede que acaben de conseguir el principal reto de haber llegado con éxito a la UE. Pero sus futuros son aún descorazonadamente inciertos. 

 
 

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