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Mujeres

La madre de los desaparecidos ocultos de México

Rosario Ibarra lleva 35 años removiendo cielo y tierra para encontrar a su hijo y a los más de 500 desaparecidos

En su búsqueda ha sido la primera mujer candidata a la presidencia y ahora preside la Comisión de DDHH del Senado

En un mundo patriarcal y en una cultura, la mexicana, donde a lo bueno se dice que está padre o padrísimo, donde se ensalza a la patria y al patrimonio, y se homenajea a los padres de la patria, hay madres que sobresalen por su empeño y hacen de este papel su lucha. Es el caso, de Rosario Ibarra, que se hizo conocida públicamente por ser madre de un hijo desaparecido y haber amadrinado la bandera de la justicia en un país que la vulnera con demasiada frecuencia.

A sus 83 años, Rosario Ibarra es el icono de las madres de los desaparecidos y la madrina de todas las víctimas de las injusticias en México. M.S.

Esta mujer menuda, de 83 años, es enorme. Es todas las madres que sufren por sus hijos y que dan la vida por ellos. Trae sobre su blusa negra un broche con la foto del suyo, Jesús Piedra Ibarra, con la sonrisa congelada desde hace 35 años, cuando a la edad de 21, desapareció por militar en una organización armada, en los años de la guerra sucia mexicana. Rosario es el icono de las madres de desaparecidos en México y a la vez, es la hija de esa generación revolucionaria del 68, pues heredó y retomó sus ambiciones de mejorar la nación.

Desde que su hijo Jesús fue detenido y desaparecido en 1975, no ha cesado un momento de buscarlo y exigir la verdad. Para ello se mudó sola desde Monterrey, una ciudad industrial en el norte del país, a la enorme capital mexicana, y tocó todas las puertas, desde la policía, la Suprema Corte de Justicia, las ONGs… hasta al presidente. Recorrió todas las instancias nacionales e internacionales denunciando los crímenes de lesa humanidad que ocurrían en México en esos años, en un momento donde este país se erigía como el paladín de los derechos humanos, desconociendo a los golpistas y acogiendo a los exiliados de toda América.

Ibarra empezó a juntar fotos de desaparecidos hasta que encontró a sus familiares y fundaron el Comité. M.S

“Hablar de desaparecidos, qué barbaridad, ¡en el país que era un paraíso!”, recuerda Rosario y resume: “Fue muy duro”. Tanto en lo político como en lo personal, pues con 46 años y tres hijos más tuvo que sacrificar la convivencia familiar y mudarse sola a la capital. “Fue muy dolorosa la separación, pero todos lo entendieron, mis hijos nunca me han reprochado nada, es más, me han acompañado muchas veces”, explica rodeada de las fotos de todos ellos y sus familias, que siguen residiendo en Monterrey, a 925 km de la Ciudad de México. La Abuela Cometa, como la han bautizado sus nietos, va y viene siempre que puede para verlos. A quién ya no puede visitar es a su marido, quien murió “sin cumplirle la promesa de retornarle al hijo” cuenta con los ojos mojados.

Pero enseguida se repone y se reafirma, pues esta cometa tiene cuerda para seguir volando mucho tiempo. “Tengo la esperanza de seguir viviendo para colaborar con mi modesta participación a que no quede una patria tan horrible, por mis seis nietos y mi bebé, que ya tiene 50 años” alega en referencia a su hijo desaparecido, Jesús.

En su empeño hizo reaparecer a 148 detenidos en cárceles clandestinas y facilitó una ley de amnistía que liberó a 1500 presos políticos. A su hijo todavía no lo ha encontrado pero ella lo seguirá buscando. A él y a los más de 500 que quedan documentados como desaparecidos. Le acompañan las doñas, como se conoce al Comité Eureka, un grupo de mujeres, madres, esposas, hijas y hermanas de desaparecidos, que junto a ella llevan 30 años buscando respuestas. Para Rosario, su ejemplo no tiene tanto mérito pues ellas sólo está cumpliendo con su deber de madre: “¿Qué harías tú si te desaparecieran un hijo o un ser querido?”, inquiere.

No obstante, se convirtió en la primera mujer candidata a presidenta de la República Mexicana en dos ocasiones por el partido Revolucionario del Trabajo (troskistas) y las dos veces llegó a diputada. Desde su atrio del Congreso ha alzado la voz por todas aquellas víctimas de las injusticias y se ha plegado a todos los movimientos por un país mejor. Ibarra está con los zapatistas, con los mineros, con los electricistas despedidos, con los campesinos, con los presos políticos… desde las calles, desde su columna periodística, desde el Congreso y ahora en el Senado como presidenta de la Comisión de Derechos Humanos.

“Lo que hago en la Cámara es similar a lo que hacía, sólo que ahora sí me escuchan. Me ha servido mucho para dar visibilidad. Antes escribía a un juzgado y me hacían el caso del perro, ahora me contestan enseguida. O voy a hablar con el Ministro de Justicia y me atiende: -Pásele señora senadora,… senadora venga… Le dije al presidente de la Suprema Corte que me recibió hace poco ‘¡Qué diferencia señor magistrado, se acuerda cuando venía hace muchos años y me ignoraban! Y son los mismos”.

En los años 70 con la foto de su hijo en el pecho

Sin embargo asegura que ni ella ni el resto de doñas, sienten odio o quieren venganza. Y cuenta como en el Congreso dijo que si desaparecían a un hijo de Luís Echevarría –el presidente con más número de desaparecidos- también lucharían por él.

“Es muy fuerte lo que hemos vivido, el sufrimiento no se quita y en la soledad afloran las lágrimas como cataratas para echar fuera toda esa tristeza que una tiene, pero aprendimos a disciplinar nuestro llanto porque no queríamos que nos vieran llorar los poderosos, pero no hay amargura, nos apoyamos unas a las otras”. Y seguramente esa fortaleza es la que le permite seguir y levantarse cada día a las 6 de la mañana pese a haberse acostado a las dos de la madrugada. Aunque cuando le preguntas cómo lo hace para estar en todo dice que “será la gota de sangre vasca que me queda”, y con una sonrisa explica que el apellido Ibarra le viene de un abuelo euskaldún que emigró a México.

Vasca o mexicana, viene de una familia longeva y de larga tradición izquierdista. Entre sus padres y abuelas se cuentan anarquistas, comunistas y masones, y aunque ha desempeñado hasta la saciedad su papel de madre, no la educaron para ello. En lugar de aprender a cocinar, recibía clases de canto, danza, declamación y piano, que le sirvieron para perder el miedo escénico y empuñar años después el megáfono. En la secundaria era la única mujer en un bachillerato para futuros estudiantes de derecho. Aunque nunca entró a la universidad, ha llegado hasta el despacho del senador Edward Kennedy en los Estados Unidos, quien más tarde llegó a visitarla a su casa en la Ciudad de México, provocando la euforia del vecindario. Unos vecinos que la apoyaron cuando policías y hombres extraños vigilaban su casa para atemorizarla y cuando sus arrendadores la echaban por mudarse con todos sus carteles propagandísticos.

Estos fueron algunos de los escollos que ha tenido que superar por defender una causa aún desconocida en este país. “Fue horrible concienciar a la gente que en México también hay desaparecidos. Por ejemplo en la Federación de Familiares de Desaparecidos de America Latina, había reticencias a aceptarnos por no comprometer al gobierno méxicano, el mismo que había roto relaciones con Franco, con Pinochet, que dio asilo a chilenos, argentinos, uruguayos, guatematelcos, nicaragüenses, salvadoreños…”. Sin embargo Rosario llegó a presidenta de esa Federación.

Ahora, más centrada a nivel interno, ya lleva 16 años viviendo en un pequeño piso en La Condesa, que es un santuario de su lucha, pues en sus paredes se acumulan fotos de su hijo Jesús, carteles de los desaparecidos, una colección de velas y cruces y hasta una corona de espinas. “La corona de espinas es un símbolo de la tortura, me la regalaron unos amigos y las cruces también representan algo similar. Me impresiona mucho la vida de Cristo como ser humano”. No obstante, Rosario no comparte la resignación cristiana. “Mucha gente cree que defendemos una causa perdida, hay algunos bondadosos, que vienen de buena fe y nos dicen, – ya resígnese, descanse, su hijo la está mirando desde arriba. -Usted piense lo que quiera pero mientras yo no sepa que pasó sigo reclamando”. Y continúa: “lo que más me duele es que no hayamos podido erradicar esta práctica infame. En este sexenio tenemos infinidad de desaparecidos, sólo que ahora le echan la culpa al crimen organizado. Estoy muy molesta de que se lleven a tantísima gente, no sé si a cárceles clandestinas como en el pasado o a una muerte segura a manos de criminales disfrazados de soldados. Le han cambiado el nombre a la desaparición forzada por los levantones y llegan al descaro de decir que las muertes de los inocentes que han hecho los militares son daños colaterales”, subraya enojada.

Ibarra en el salón de su casa en la Ciudad de México . M.S.

Y es que después de tantos años de denuncia se niega a comprender las violaciones que azotan el país: “Es muy cómodo por parte de este presidente espurio decir que es el crímen organizado el que hace los desmanes. Pero yo me pregunto ¿por qué muere tanta gente pobre? ¿Todos son narcomenudistas? ¿O qué están haciendo? Matan a los prescindibles, a los que no importan, a los que no tienen trabajo”. Y reitera: “Yo no sé, pero voy a seguir, hay algunas doñas que estan muy decepcionadas y tristes. Yo estoy triste pero no decepcionada y tengo mucha fuerza de voluntad. Voy a seguir peleando, simplemente por saber verdaderamente qué le pasó a mi hijo y también para que no se repita”.

Sin embargo, sí se le intuye una pizca de decepción con la sociedad que la rodea: “vivimos una apatía general, y además, con la guerra contra el narco se ha sembrado el miedo, no la seguridad. El miedo es algo muy útil para paralizar a la población, con el miedo no sale la gente a la calle, se amedentra; es una garantía para un gobierno como éste, que se siente inseguro por fraudulento y porque ha hecho tontería y media, ha movilizado al ejército, ha desobecido una ley constitucional, le han matado policías, militares… hasta el cuerpo uniformado tiene ahora miedo. Pues claro, si son seres humanos, a lo mejor por eso disparan sin averiguar, y matan, y sansecabó”, concluye esta madre que ha hecho de su maternidad la denuncia de las injusticias.

4 comentarios

  1. Dice esta gran dama “Se llevan a la gente”…Como en un cuento de horror, o una pelicula de vampiros. ¿Que cabezas pueden maquinar tal horror, sedientos de sangre?.
    Y es. a la vez. una historia maravillosa, ya, desde niña.
    Una preparacion desde el dolor y la humillacion. Al poder de una figura que rescata a los desaparecidos y pone frenos a tal desatino.

  2. [...] Consuelo Morales en Monterrey, monja y activista social. Otro personaje sonado en el país es Rosario Ibarra de la Piedra, senadora y activista [...]

  3. soy marta elsa zulberti

    naci el 08 de octubre me criaron militares ellos ya fallecieron no se quien soy no se de donde vengo se encargaron de no dejarme nada para saber ayudeme por fabor quisas sea una desaparecida espero su pronta respuesta se lo suplico

    • Io

      estás en México?, podrías poner un correo electrónico? Quizá pueda ayudarte

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