Mujer
A escupitajo limpio contra la “inmodestia”
Un judío ultraortodoxo radical ataca a una niña de ocho años por enseñar tobillos y antebrazos cuando caminaba hacia el colegio en Beit Shemesh
Su caso conmociona a una sociedad que en los últimos meses vive un incesante goteo de ataques contra la igualdad
Calles segregadas, mujeres al fondo del autobus, borradas de la publicidad y de los actos públicos del Ejército... hacen que el Gobierno acelere las sanciones
Con su mochila púrpura, su falda de volantes a media pierna y su jersey azul de manga francesa, Naama Margolis salió de casa un jueves cualquiera, como cada mañana. Caminaba con sus amigas hacia la escuela primaria Orot cuando un ultraortodoxo judío se le abalanzó y le escupió, mientras le chillaba, como una metralleta, que era una “prostituta provocadora”. Su delito: vestir enseñando tobillos y antebrazos, con “inmodestia” según las normas de una facción radical haredí, la secta de los Sikrikim. Naama tiene sólo ocho años, proviene de una familia religiosa judía, no radical, de origen norteamericano, y se ha convertido en el símbolo de la lucha de la mujer israelí contra la segregación. Su ataque, ocurrido en la localidad de Beit Shemesh, a unos 40 minutos de Jerusalén, se suma a una infinita cadena de casos que han sacado a flote el soterrado problema de la discriminación femenina ejercida por los religiosos más rigoristas. Según datos del Ministerio del Interior israelí, en el último mes 28 hombres han sido detenidos por altercados similares y sólo nueve han sido procesados. Hay de todo: insultos y amenazas verbales, pintadas violentas en las paredes, carteles ilegales que fuerzan a las mujeres a caminar sólo por calles o aceras determinadas…
En el caso de Naama ha habido suerte: un equipo del Canal 2 de la televisión israelí estaba grabando en la calle cuando ocurrieron los hechos, así que la cinta pasó a manos de la Policía (que la confiscó) y el agresor fue identificado y detenido. Se trata de Meir David Eisenbach, 27 años, quien tardó dos días en estar en la calle, tras pagar una fianza cuya cuantía no ha trascendido. En una semana no podrá pisar su pueblo. Dice que actuó “por el bien de la pequeña, para protegerla del ansia de los hombres”. Los Sikrikim son una excepción, una minoría, aunque muy dañina, especialmente en la última década. No reconocen el Estado de Israel (hasta que llegue el mesías, el hombre no debe apoderarse de la Tierra Prometida) e incluso se han entrevistado con Mahmud Ahmadineyad, el líder iraní, demonio nacional. El Gobierno cree que no llegan ni a 100.000 personas (los ultraortodoxos, como bloque, son aproximadamente el 10% de la población), pero sus acciones son radicales: mujeres con mantas sobre la cabeza para ir a comprar, adolescentes con problemas de pigmentación por no salir de casa, ataques a conductores que no respetan el shabat…
La niña aún se niega a ir caminando al colegio, a 900 metros de su piso. Llora cuando su madre, Hadassah, la intenta convencer. “Estamos asustadas pero esperamos que lo que ha pasado haga que los fanáticos se vayan de aquí. No todos los ultras son malos, pero estos excesos son imperdonables”, dice la madre tras la manifestación de cerca de 10.000 israelíes (de izquierda, de centro, de derechas) que tuvo lugar en Beit Shemesh para reclamar, 63 años después de su creación, dos de los derechos esenciales con los que nació el país: la igualdad de hombres y mujeres y el respeto a la diferencia.
La protesta comenzó festiva, con autobuses de línea llenos hasta la bandera, en los que las mujeres, ejerciendo su libertad, se sentaban donde les venía en gana, ante la mirada retadora de los sectarios que no se atrevían ni a rozarlas. Una orden no escrita de los haredíes (temerosos de Dios, literalmente) dice que las mujeres deben viajar en la parte trasera y los hombres en la delantera, sin mirarse siquiera. Algunos de los ultras bajaron del vehículo de la compañía Egged y prefirieron hacer autostop antes que soportar la proximidad de estas mujeres sin ataduras. “¿No es un servicio público? Pues es para todos. Nadie me tiene que decir dónde debo sentarme”, decía Ania Sakerman, militante del izquierdista Meretz.
La riada de israelíes comprometidos se fue concentrando ante el colegio donde estudia la pequeña Naama, pero la Policía obligó de pronto a parar la música y guardar los rotuladores y las cartulinas. Un grupo de los Sikrikim había amenazado con atacar el centro, situado en un barrio puramente ortodoxo, así que la comitiva se fue hasta el centro, a la calle Herzog, caminando bajo el lema “Venimos a dispersar la oscuridad“, una alegoría tras la fiesta de Hanuka, la fiesta judía de las luces, recién acabada.
Fue un desfile en paz, gracias a los casi 500 agentes desplegados en el pueblo. Algunos integristas trataron de acercarse al grupo y lanzar puñetazos, pero fueron reducidos por los policías. No hubo peleas ni piedras como días antes, cuando los radicales –al grito de “nazis, nazis”- iniciaron una batalla campal que mandó al hospital a tres policías y dos periodistas. Esta vez, los gritos eran otros. “Liberemos a Israel de la opresión religiosa”, “La mayoría nunca más estará en silencio”, “La mujer no puede ser pisoteada”, cantaban los manifestantes. Udi Toledano, amigo de la familia Margolis, fontanero de profesión, venía de ver a la pequeña, algo más calmada al ver el apoyo popular. “Nosotros también somos religiosos y sabemos que esto es cosa de un puñado, una excepción, pero no pueden arrastrar los derechos de todo un pueblo, no si queremos que Israel se siga llamando democracia”, señalaba.
La clase política quiso arropar a los manifestantes. Desde el presidente Simón Peres, que animó a los israelíes a acudir a la concentración, hasta no menos de una decena de diputados. Miri Regev, parlamentaria del derechista Likud (el partido del primer ministro, Benjamín Netanyahu), reclamó el derecho de todos “a vivir donde les plazca y en paz”. “Beit Shemesh ha pasado de secular a haredí pero no desde el respeto, sino con violaciones intolerables. No podemos permitir que una minoría gane en ciudades mixtas y someta a la otra parte. Todo el mundo debe tener capacidad para elegir”, dijo ante familias como la de Salomon y Hanna Katshav, que se han tenido que ir a otro lugar (Modi´in) porque no aguantaban más. “Que te obliguen a cubrirte, que te veten el paso por una acera o una calle, que te seleccionen en qué caja del súper puedes pagar y en cuál no, que te manden al fondo del autobús porque les provocas… El fallo está en sus ojos viciosos, no en la mujer”, denuncia Hanna, indignada. No tienen hijos pequeños (Ido y Amit superan ya la veintena), sabe que son “independientes y fuertes” y pueden vivir al margen de esta opresión, pero no quiere. “Bastante sufrieron nuestros antepasados, perseguidos por ser diferentes. Nosotros venimos de Irán e Israel nos dio la libertad de culto y pensamiento. ¿Ahora van a venir estos a destrozarla?”, reta.
El primer ministro ha insistido en que atentar contra la igualdad “va contra los principios fundamentales del judaísmo” y prometió acelerar la ley que pena con tres años de cárcel a quien incite o excluya directamente a las mujeres, una norma que ahora mismo está en fase de estudio en la Knesset, el Parlamento. Algunas fuentes dijeron al diario Yediot Aharonot que incluso está estudiando partir el pueblo, entre los ultras y los no ultras, una decisión que su gabinete multipartidista de centro-derecha no apoya. Netanyahu ha anunciado una ronda de contactos con los principales rabinos pero, sin embargo, sigue sin tirarles de las orejas cuando, día tras día, guardan silencio ante estas agresiones. Nadie se atreve a hablar, cuando lo que dijeran muchos de ellos se haría ley automática para determinados fanáticos. Sólo los de EEUU han censurado los ataques. Los locales se limitan a pedirle a la prensa que distinga entre “radicales” y “respetuosos”.

Un grupo de ultraortodoxos, junto a un cartel que limita el paso de las mujeres, en Beit Shemesh, antes de ser retirado.
Sólo la movilización social ha dado sus frutos, pero las autoridades no van a la base, a la libertad y el respeto, sino que vienen a reforzar el estado policial, de vigilancia sistemática. El alcalde de Beit Shemesh, del partido ultrareligioso Shas (aliado con los laboristas en el consistorio, extraños compañeros de cama), ha activado la campaña “Ciudad sin violencia”, instalando 400 cámaras de seguridad en las calles para intimidar a otros posibles fanáticos. También han comenzado a retirarse los carteles que piden a las mujeres que salgan de casa sólo en caso de urgencia o que marcan las aceras que son únicamente para hombres, como un tramo ante la sinagoga del barrio de Naama. “Es para cuidarnos de la gente enferma o impura, como las mujeres”, dice Isaac Schult, un haredí vecino de la zona, ante varios de sus colegas, enardecidos con tanto revuelo, justo antes de enfrentarse con un vecino algo más laxo. Media hora de ruegos cuesta que el señor Schult atienda a una “mujer periodista”.
El caso de esta localidad israelí es el culmen. Hay un problema que está estallando, gracias a que, en apenas unas semanas, se han concentrado muchos sucesos, que han trascendido lo doméstico y que han encendido todas las alertas. “Atentados contra la igualdad”, como los ha denominado el primer ministro. Se incluye ahí el caso de Tanya Rosenblit, quien el pasado domingo 18 de diciembre viajaba en un autobús de línea, desde Ashdod hasta Jerusalén, cuando un hombre ultraortodoxo subió en una parada y, al verla, le ordenó que se levantara del asiento delantero en que se sentaba y se trasladara a la parte de atrás. Tanya se negó, mientras el haredí la insultaba y pedía la mediación del conductor, impidiendo que cerrara la puerta para que el vehículo no pudiera arrancar. Media hora parados hasta que la Policía llegó. Tanya decidió seguir donde estaba. Todos los ultraortodoxos, menos uno, subieron al autobús, se sentaron detrás de la chica y el coche partió hacia Jerusalén. La historia, narrada por la joven en Facebook, la convirtió en una especie de Rosa Parks a la israelí, con un acto “heroico”, como le aplauden muchos internautas, prácticamente insólito en un país en el que casi todas las mujeres tragan “por evitar problemas”, como explica, flemática, Judith Malachi, una anciana pasajera de la línea 8, en el barrio jerosolimitano de Talpiot.
No hay más que ver las líneas urbanas 1 y 2 de la capital santa, donde el Ayuntamiento no interviene y donde, salvo alguna turista escapada (paran junto al Muro de las Lamentaciones), todas las mujeres entran, mansas o enfadadas, por la puerta trasera, donde hay máquinas extra para picar el billete.
Alentada por su ejemplo, otra joven, haredí ella misma, Yojeved Horovitz, hizo lo propio dos días después, negándose a sentarse en la parte de atrás de un autobús, “porque no lo dice la Torá en ningún sitio”, lo que provocó una violenta pelea con los radicales. Ganó Yojeved.
No es el único lugar donde mujeres y hombres van por separado en entornos muy radicalizados (no es algo generalizado en Israel, no hay más que ver Tel Aviv), pero sí un fenómeno creciente: se han intentado crear vagones segregados en el tranvía de Jerusalén, inaugurado en agosto; hay supermercados con cajas separadas para hombres y mujeres (por ejemplo, en la cadena Rami Levy), lo mismo que hay ambulatorios con dos entradas diferenciadas; se han incrementado un 15% en el último lustro el número de escuelas exclusivas para chicos o chicas, hay cuatro playas con separación hombre-mujer en la costa de Israel, bien con zonas separadas con un murete, bien con días distintos de baño…
La discriminación también ha llegado al Ejército. En otoño, unos soldados religiosos abandonaron una celebración porque dos compañeras cantaban, ya que entendían que la voz femenina es una tentación y estaban expuestos al pecado. El episodio se ha repetido varias veces y las IDF acaban de ordenar que se sancione a quien se marche, siempre que sea un acto oficial. En los no oficiales, reconocen, se “reducirá” la intervención de la mujer para no enervar a estos ultras. Al final, el Gobierno ha acabado cediendo. Hubo otro episodio de segregación musical: en octubre, la Israeli-Andalusian Orchestra anuló un concierto en Ashdod porque cantaba la solista Françoise Atlan, francesa sefardí. Ahora la diana está en la compañía de danza Kolben, con base en Jerusalén, que ha reformado su academia y el edificio permite que, desde la calle, se vean los ensayos, con sus bailarinas incluídas, a través de grandes ventanales.
Surgen grupos de apoyo a la mujer en las redes sociales y cuajan en convocatorias inesperadas como el baile colectivo de unas señoras (muchas religiosas) que, con su coreografía aprendida, tomaron el pasado viernes una plaza de Beit Shemesh al ritmo del “Don´t stop me now” de Queen, reivindicando que “nadie detenga a las mujeres”. Pero lo cierto es que en ciudades más conservadoras como Jerusalén, son ellas las que pierden la batalla. Incluso la de la visibilidad, con decisiones como las de la firma de ropa Honigman de poner sólo brazos de mujeres portando bolsas, para evitar que salgan rostros, cuellos, piernas… Frente a ellos, sí, las tiendas de Fox y la campaña millonaria pagada a la modelo local Bar Rafaeli. Pero es la excepción en la ciudad, donde los autobuses con mujeres en anuncios son vandalizados, donde los carteles de las marquesinas de autobús aparecen pintados, censurados, donde las compañías de vallas publicitarias exigen fianzas de 10.000 euros a quien quiera poner mujeres, en previsión del daño que sufrirán los postes cuando sean atacados por los radicales, donde hasta una ONG de prevención del cáncer de mama ha tenido que eliminar su campaña, en la que salían señoras con jersey de cuello alto. “Pasa en zonas focalizadas, pero la mancha de aceite se extiende cada vez más y, si no lo paramos, perderemos el país”, decía en la manifestación de Beit Shemesh la joven Sheila Mayer. El debate popular va de la prensa progresista, que llama “pedófilo” a quien escupió a Naama, hasta los ultras que insisten y tapan a las mujeres con capas tipo burqa. Entre los dos extremos, mucho israelí sensato dispuesto a no dejar que se traspasen más líneas rojas.















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en Francia prohibieron el uso del burka… pero sabemos que la discriminación se da en muchas otras religiones…lamentablemente!
La religión, si se toma como fanatismo y no como esperanza y fe, termina corrompiendo, asustando y separando. En todas las creencias hay dolor y culpa y exigencias idiotas. Desde aquí mi ánimo a las mujeres de Israel, a todas, para que luchen por sus derechos sin descanso. Al gobierno le exijo que cumpla con la igualdad.
Todas las religiones son causa estructural de todas las formas de machismo y violencia. Es uno de los pilares del patriarcado.
Solidaridad con esta niña, y millones en el mundo que sufren los abusos de un sistema violento y sexista.
Concienciación ya!!
“El fallo está en sus ojos viciosos, no en la mujer”, como dice la señora del reportaje. Creo que eso lo explica todo. ¿Quién puede ver algo pérfido en esta niñita? Me gusta este término de “pedófilo”, muy bien por el diario que lo empleara. En los demás casos, comparto con Rubén, el machismo es la clave. Como mujer y como descendiente de judíos me apena mucho lo que leo, pero también me da alegría el vídeo final. Si hay gente que se planta, hay futuro. No dejemos que una gente sin cerebro acabe con un país que sirvió de regalo a gente perseguida. ¿Más persecución aún? Por favor. Debo decir por último que me habían recomendado esta página y no he entrado antes y me gusta mucho.
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Religion y nacionalismo, caldo de cultivo de los males de la sociedad…
No es una cuestiòn nacionalista. Lo explico más abajo. Gracias
Si quieres hablar de religión y nacionalismo te has equivocado de reportaje. Los jaredim podrán ser muchas cosas, pero de nacionalistas no tienen nada. Muchos incluso son antisionistas.
Cuánto reprimido de mirada sucia.
Es increible cómo las mujeres se han dejado comer terreno cuando empezaron como iguales en el mismo estado, ¿no? ¿Hay asociaciones feministas en Israel? ¿A qué se dedican? No es, es la involución perfecta.
Eso se llama sharia sionista
¿Cómo puedes mezclar el sionismo con los haredíes, cuando son antagónicos? No tienes ni idea. El sionismo defiende la existencia y necesidad del estado de Israel, no hablamos en términos religiosos. Los “ultras”, como apunta el texto, no quieren ese estado. Independientemente de esa distinción (te animo a leer un poco para aprendértela y entenderla bien), no me gusta la comparación porque no es cierta: la sharia es ley, en Israel la religión NO es ley. Tiene un serio problema con la desigualdad femenina, pero la igualdad está reconocida por norma. ¿Cómo puede pensar siquiera que son iguales? Qué pena de analfabetismo
Lamento decirte, Miriam, que te equivocas. La religión es ley en Israel en muchas vertientes de la vida como por ejemplo el matrimonio, el divorcio y la decisión de tener hijos como madres solteras. Lo peor es que esto, que podría no ser general, cierto, es cada vez más profundo. Cada vez la religión se mete en más rincones. Si no paran atentados como el que cuenta el reportaje, lo que tendrán los israelíes sí acabará siendo una sharia.
Antonio, utilizando juntos los términos “sharia” y “sionista” solamente demuestras que no tienes ni la más remota idea de qué es el sionismo ni de quiénes son los jaredim. Arango, me resulta muy extraño que afirmes que la religión en Israel es ley y solamente cites la ley del matrimonio, la ley del divorcio y otra más… Que Israel tenga algunas leyes basadas en la religión no significa que “la religión sea ley”, ya que el otro 99% de leyes aprobadas por la Knéset poco o nada tienen que ver con la Halajá. A ver si nos informamos un poco antes de opinar en un foro público y evitamos hacer el ridículo con suposiciones y verdades a medias.
Cualquier pequeño atisbo de proseletismo religioso debería ser limitado e impedido, sea cual sea la religión. Todo el mundo tiene derecho a ser religioso, si, pero en su casa y mientras respete la legalidad. Los judios, los cristianos, los musulmanes… Todos al fin y al cabo herederos de la misma tradición y con las mismas taras: la misoginia absoluta, el desprecio a la libertad individual y el odio al diferente.
Llevan siglos siendo el lastre que impide que la humanidad avance, hay que frenarlos cuanto antes.
estoy por completo de acuerdo contigo… la religión debería ser algo privado, a celebrar en tu propio hogar, con los que comparten tu ideología, no algo para imponer por la fuerza, como dueños de una supuesta verdad absoluta
No estoy a favor en absoluto con el fanatismo religioso, pero si la madre y la niña se hubieran quedado en su casa en USA y no se hubieran ido a ocupar una tierra que no les corresponde, ni a ellas ni a su agresor, sino a los refugiados palestinos que fueron expulsados de allí para construir su ciudad, no les hubiera pasado nada.
Beit Shemesh es zona israelí, a este lado de la línea verde. Sería del estado de Israel según la partición de la ONU de 1947, reconocida por todo el mundo salvo por los negacionistas que insisten en vetar a Israel su derecho a existir. La madre y la hija no viven en una colonia. Viven en su país. Como judías, tienen derecho a estar en el hogar de su pueblo. Eso es historia reciente. ¿O nos ponemos a reivindicar para los árabes Al Andalus? Si no le gustan los motivos por los que se creó Israel, la respeto, pero respete también la unanimidad internacional en avalarlo como Estado de pleno derecho. Se lo pide quien, siendo judía, ama a los palestinos como hermanos que son en este mundo, atacados por los israelíes y sin protección internacional.
Si ese… se sentía provocado por una niña de 8 años… Qué horror, qué enfermo… pero lo peor es que por lo que he leído no es el único fanático intolerante, cómo es que nadie actúa, por favor???
“Liberemos a Israel de la opresión religiosa”, ¡¡¡¡COJONUDOOOOO!!!
TOTALMENTE DE ACUERDO…..¿ PERO PARA CUANDO ESTE TIPO DE ESLOGANES DIRECTOS Y SIN TAPUJOS PARA LOS MUSULMANES ? SOLO DE VER ARABIA SAUDI Y ETC …SE TE REVUELVEN LAS TRIPAS. ¡¡¡¡PERO CLARO,ESOS NI TOCARLOS POR SI CIERRAN EL GRIFO DEL NEGRO “JARABE”!!!! ANDA QUE NO SE VE EL PLUMERO DE LOS INTERESES Y DE LA PASTA.
Y QUE CONSTE QUE PERSONALMENTE ME P_S_ POR EL FORR_ EL CUENTO DE LAS RELIGIONES,AMBAS Y TODAS.
Buen reportaje.
Las religiones no son más que un lastre en la sociedad cuando se practican con fanatismo y no permiten la libertad de las personas.¿Tan dificil es respetarse entre si?
Fanatismo y violencia escudados en la religión.
Es muy triste las maldades que se cometen en nombre de la religión. Me pregunto ¿qué nos llevará al ser humano a ser tan cruel?. Parece que no nos damos cuenta de algo tan básico como es que nuestras libertades acaban cuando interceptamos las de las demás; qué más nos debe dar como vistan los demás. Las mujeres han tenido que soportar a lo largo de la historia las injusticias de tantas religiones. La situación en Israel es muy triste y en el futuro todos seremos conscientes de que David realmente era Goliad.