Migración

Sombras en la casa de chocolate

Las reflexiones de un inmigrante antes y después de llegar a España

“Estos blancos… Siempre créeis que nos podéis hablar como si fuéramos niños, como si fuéramos tontos, con esa condescendencia. Como si pudiéramos confiar en vosotros así sin más, a cambio de nada”, nos dice Charli Tido cuando le tratamos de convencer de que este reportaje servirá para que mucha gente quizá cambie algo su forma de ver la inmigración. Ya no cree en todo eso como hace un año, pero es él el que nos ha llamado.

Sus prioridades han cambiado desde la última vez que nos vimos, en Marruecos. Las páginas interiores de los periódicos españoles hablaban entonces de nuevos “asaltos” a la valla de Melilla, “seis o siete en dos semanas”, en los que grupos de 150 o 200 inmigrantes subsaharianos provistos “de palos, piedras y ladrillos” intentaban evitar la carga del Ejército de Marruecos, en primera línea, y de la policía española después. La Delegación del Gobierno en Melilla había establecido el “máximo nivel de alerta”en la frontera.

Comprobar la versión de las notas de prensa te lleva en estos casos por tortuosos caminos de tierra por los montes de Marruecos que salpican los alrededores de Melilla. En los menos de 150 kilómetros que separan las ciudades de Nador y Oujda viven unos 1.500 inmigrantes escondidos entre los árboles de secano y las humedades de las colinas más altas. Y, sin embargo, es casi imposible encontrarse con uno por las calles de los pueblos o las ciudades, donde no son bienvenidos.

El taxista, que no pone problemas para entrar en un poblado marroquí de chabolas, no quiere seguir avanzando por la pista de arena ni un kilómetro más en cuanto intuye que la zona es escondite de inmigrantes. Detiene el coche mucho antes de donde le indicamos en cuanto aparecen las figuras de tres jóvenes negros; “hasta aquí hemos llegado, yo me voy”, dice. No aparenta tener miedo de aquellos hombres sino la angustia de estar haciendo algo que no está permitido.

En esa curva del camino de tierra a las afueras de las afueras, más allá de las chabolas marroquíes, entre la ladera y el riachuelo conocimos a Charli Tido. No se presentó ni quiso ser visto como una víctima sino como un actor político y social. Evitaba las preguntas personales y las transformaba todas en mensajes ambiciosos dirigidos a las autoridades europeas y africanas; negaba cualquier violencia contra la frontera, denunciaba brutalidad policial y pedía ayuda no para sí sino para la asociación clandestina que estaba intentando afianzar, Coup de Coeur, que asiste al goteo incesante de inmigrantes que seguían llegando a los montes después de años caminando desde Mauritania, Senegal, Camerún, Mali, Guinea…

Y aunque quiso que nos sentáramos sobre dos tuberías de cemento abandonadas en el campo para poder hablar con tranquilidad, no pudo hacerlo por mucho tiempo porque la presencia de caras europeas y cámaras de vídeo llamó la atención de varios de sus compañeros de “gueto”, nada de acuerdo con la visita. Charli se jugó algo más que una simple discusión al aceptar primero y defender luego lo veníamos a hacer. “Si hablamos con vosotros, luego viene la policía marroquí a darnos de golpes”, nos espetaron muchos. Y sucedió con nosotros todavía allí.

Tres camionetas de policía tomaron desde tres puntos diferentes la colina y la orilla del río donde acampaban los inmigrantes. Durante aproximadamente media hora, los agentes marroquíes persiguieron inmigrantes con un celo titánico por pendientes inclinadas, entre el barro de la orilla, apostados tras los arbustos más grandes. “Ahora mismo estarán destrozando nuestro campamento y tendremos que buscarnos otro sitio”, nos dice uno que había conseguido esconderse entre las chabolas, donde la población marroquí asiste al espectáculo como la gran atracción de la tarde. Los niños jalean a los policías y corretean cerca de la escena.

Anochece, fin de turno y los gendarmes se llevan en sus ‘lecheras’ un buen cargamento de inmigrantes que tras pasar por comisaría, según el procedimiento habitual, probablemente sean abandonados en la frontera con Argelia, heridos y agotados, desde donde tendrán que andar durante al menos una semana para recuperar el terreno perdido. Y vuelta a empezar.

Un año después suena el teléfono. “Hola, soy Charli. Estoy en Madrid”.

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