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Migración

No hay sitio para los refugiados en Israel

60.000 inmigrantes se enfrentan a la deportación o la cárcel por una orden de Interior que les impide el reconocimiento como asilados, pese al ruego de la ONU

Apenas 200 de 13.000 solicitudes han sido aceptadas en los últimos años. El Gobierno teme que corrompan el "alma judía" de Israel

Zonas como Sudán del Sur se han declarado "seguras" de forma unilateral, pero los que retornan hablan de persecución y conflicto abierto

Una refugiada muestra sus documentos de asilo en una manifestación en Tel Aviv. / Activestills

Una refugiada muestra sus documentos de asilo en una manifestación en Tel Aviv. / Activestills

“Los africanos son una amenaza tan grave para Israel como un Irán nuclear”. “Los inmigrantes están corrompiendo el alma judía de nuestro país”. “Los de fuera están violando a muchas mujeres israelíes, que no lo denuncian por vergüenza al SIDA”. “La respuesta a la inmigración debe ser más prisiones y campos de detención. Hay que encarcelarlos a todos, sin excepción”. “Los inmigrantes nos traen enfermedades y convierten las sinagogas en lavaderos”. “Tenemos suficientes preocupaciones aquí para que nos las importen de África”. Todas estas reflexiones proceden de un mismo hombre, Eli Yishai, ministro del Interior de Israel, del ultrarreligioso partido Shas.

Suya es la orden de expulsar y encarcelar a todo inmigrante “ilegal” que se encuentre en el país, unas 60.000 personas según los datos de las ONG, en su mayoría refugiados que huyen de los conflictos de Sudán, Sudán del Sur, Eritrea y Costa de Marfil y que llegan a Israel tras una infernal travesía, cruzando el Sinaí egipcio, despojados de dinero y humanidad a manos de mafias de beduinos que los someten y explotan. Asilados a los que no se escucha (apenas 200 de ellos han logrado los papeles de 13.000 solicitantes oficiales, pese a los ruegos de Naciones Unidas) o ni se les permite el derecho de iniciar el papeleo para el reconocimiento de su situación.

Un grupo de inmigrantes, en la furgoneta de la Policía tras ser detenidos. / Activestills

Un grupo de inmigrantes, en la furgoneta de la Policía tras ser detenidos. / Activestills

Un juez de Jerusalén ha permitido que la esperanza de estos inmigrantes se extienda hasta el 30 de octubre. Hasta ese día podrán respirar. Pero si nada cambia, desde entonces el Gobierno tendrá derecho a encarcelar a todo aquel que encuentre, para lo que ya diseña redadas masivas, centradas en Tel Aviv. Ya hay unos 2.000 entre rejas, la mayoría en un centro de detención creado ex profeso en el desierto del Negev, con vigilancia militar y capacidad para 8.000 internos, lejos del tratamiento humanitario que deberían recibir. Unos 400 han regresado desde el verano a sus países de origen, tomando “voluntariamente” la oferta del Ejecutivo: billete de retorno pagado y 1.300 dólares de ayuda para instalarse. Voluntarios obligados, claro, cuando la otra opción es la detención, por un delito de estancia ilegal, que se puede prolongar hasta tres años.

Oded Feller es miembro del gabinete jurídico de la Asociación para los Derechos Civiles de Israel (ACRI), una de las seis entidades que han recurrido en los tribunales de orden de Yishai de comenzar a detener a estos africanos, que debió entrar en vigor el pasado día 15 y que se ha atrasado dos semanas más. Sabe que el retraso temporal es “un parche”, pero entiende que “algo se mueve y late” entre los jueces, “que saben de la ilegalidad de esta medida, aunque el Gobierno presione”. “Estamos hablando de que Interior convertirá a miles de solicitantes de asilo, junto a sus hijos, algunos ya nacidos en Israel, en una masa de perseguidos, detenidos a puñados, sin criterio, sin delito, por un periodo indefinido, en condiciones extremas, en el desierto. Se olvidan de que entre ellos hay supervivientes del genocidio de Darfur, víctimas de atrocidades tribales y políticas. ¿Los vamos a devolver al horror, les vamos a crear un infierno nuevo en nuestras cárceles?”, se pregunta.

Un grupo de sudaneses del sur parte hacia el aeropuerto Ben Gurion, tras acogerse al retorno ofrecido por el Gobierno, en julio.

Un grupo de sudaneses del sur parte hacia el aeropuerto Ben Gurion, tras acogerse al retorno ofrecido por el Gobierno, en julio.

Israel se sumó a la Convención del Estatuto del Refugiado en 1951, aunque luego nunca ha desarrollado un marco legal para atender a quien pudiera estar en esta situación. Creó una especie de acuerdo de protección en 1999 y varias disposiciones de bajo nivel jurídico, que a poco obligan. Algo “tristísimo y que viola el derecho internacional”, en palabras de Alice Edwards, jefa de la sección legal del ACNUR, el organismo de la ONU para los refugiados. “Israel detiene automáticamente a todos los solicitantes de asilo y los encarcela en centros de detención por periodos muy largos, a veces hasta que necesitan una cama para un nuevo ingresado y entonces liberan a uno que lleva mucho tiempo. Eso viola la base de nuestro ordenamiento y del sistema de garantías para quien huye de cualquier persecución. Sus solicitudes de asilo, en muchos casos, ni siquiera son registradas”, añade.

Para Asaf Weitzen, portavoz de la Línea Caliente para Inmigrantes de Israel (otro de los grupos impulsores de la reclamación judicial), “es dura la encarcelación, por supuesto, pero es excepcionalmente cruel que se repatríe a estas personas sin ningún tipo de medidas de seguridad, cuando van al lugar del que huyeron por motivos muy razonables como la guerra. Nadie hace nada. El primer ministro [Benjamin Netanyahu] no se atreve a tocar al Shas, y menos en tiempo pre-electoral [es un partido llave, con sus 11 escaños]. Yishai hace y deshace con su visión racista del mundo”.

La amenaza real de detenciones es la segunda fase del plan del ministro para “limpiar y purificar” Israel. La primera comenzó en junio, con el envío de refugiados a sus países, como cita Weitzen. Una comisión del Gobierno viajó a Sudán del Sur y decidió, tras su somera visita, que la zona era nuevamente habitable, que no había riesgo para el retorno. Su decisión, unilateral, contrasta con la de Naciones Unidas y demás organizaciones internacionales que siguen sobre el terreno porque el conflicto no es un caso cerrado. El 17 de octubre, el Gobierno de Jartún reconocía que 663 personas murieron este último año por combates en zonas petroleras limítrofes entre Sudán y Sudán del Sur, donde la hambruna afecta al 80% de la población.

Nada de eso ha sido inconveniente y, en julio, los primeros vuelos aterrizaron en Yuba, cargados de gente como Josefine Karti, 31 años. En la estación central de autobuses de Tel Aviv ella fue una de las que cargaba sus maletas llorando, hundida. Durante su estancia en la ciudad pudo trabajar como limpiadora gracias a que al menos la norma, mientras tratan de arreglar sus papeles, no les multan si encuentran oficio. Con los dibujos de sus vecinas en la mano, con sencillos mensajes en hebreo, lanzaba besos a quien acudió a despedirla.

Jo se negó a hacerse fotos. Temía por su futuro. “En mi país me espera una casa destrozada, un padre y tres hermanos en prisión, y un marido muerto. ¿Eso es la paz? ¿Es ese el mundo que merecemos? Luché ocho meses por llegar a Israel. Me he portado bien y he cumplido las leyes. ¿Por qué no se me da este derecho a sobrevivir?”, decía entonces. Ahora, por email, relata que sus temores se han constatado. “Aquí no hay nada. No hay empleo, no hay educación, no hay salud. Hay miedo. Me escondo para que nadie sepa que he vuelto. Los ahorros se me están acabando”, explica en su francés impecable de antigua secretaria.

Marie, encarcelada en su país, ha formado una familia en Israel, amenazada ahora por la deportación o la cárcel.

Marie, encarcelada en su país, ha formado una familia en Israel, amenazada ahora por la deportación o la cárcel.

La postura del Gobierno encuentra la respuesta de los voluntarios de una quincena de ONG que, cada día, acuden por ejemplo al parque Levinsky de Tel Aviv a repartir comida y café, a asesorar legalmente a estos africanos sentados en el césped mullido, a preparar pancartas para las manifestaciones, insistentes, en las que piden un cambio de política a sus representantes. En el bulevar Rothschild, en el centro, se celebran concentraciones semanales. A ella asiste Marie Amaneh con su hijo Adi, de año y medio, en brazos. De Sudán del Sur, de la ciudad de Wau, enfermera de oficio encarcelada por robar medicamentos y material médico para atender a sus vecinos, escapó a Israel en un grupo donde se encontraban su tío y dos primos. “Los demás están desaparecidos o presos o murieron”, explica. Fue hace casi tres años. En Tel Aviv conoció a  Tom, su esposo, de Costa de Marfil. Ambos han tenido empleo y su hijo está bien cuidado, pero a los dos les persigue la maldición de los papeles. Tom llegó tiempo antes y su caso está siendo revisado. Tiene la esperanza de que prospere. Pero no el de ella. “No pueden separarnos. Quieren meterme en la cárcel o echarme. ¿Cómo voy a dejar aquí a mi familia? Quien ha puesto estas leyes no tiene corazón y no sabe lo que se sufre en mi país. Soy la primera que, un día, quisiera volver. Pero cuando haya paz”, razona, ayudada por un abogado de ACRI. “Israel, no nos lleves a la cárcel de nuevo. Ya bastante tuve en mi tierra”, grita su pancarta.

Israel es un país nacido de la inmigración. Cerrarle las puertas al de fuera es un crimen. Menos mal que mis antepasados, que huyeron del Holocausto, no viven para verlo”, recuerda Gilad Lauder, extrovertido estudiante de Arquitectura, voluntario de la asociación ASSAF. Cuando el silencio tenso de su recuerdo pasa, nacen las canciones y las poesías. Ahí interviene el escritor y activista israelo-norteamericano Moriel Rothman, que recita andanadas contra Interior de más de media hora. En sus estrofas, reivindicaciones claras: “Que la estadística del miedo del Gobierno no nos aparte de la realidad: la de la muerte y la tortura de la que un día escaparon. Vienen a nosotros porque buscan seguridad, pero les respondemos con detenciones en masa, los definimos como invasores, los de fuera, los no judíos. Recordemos a Shylock, recordemos a Shakespeare: Si me pinchan, ¿no sangro? Los judíos y los que no lo son compartimos la humanidad. Están atrapados entre personas que no los ven como personas”.

Más de 15 ONG locales ayudan con asesoramiento y comida a los inmigrantes. Los parques son su lugar de asamblea y encuentro.

Más de 15 ONG locales ayudan con asesoramiento y comida a los inmigrantes. Los parques son su lugar de asamblea y encuentro.

La religión y la raza son también puntos espinosos del proceso. Israel es un país que, salvo en los últimos meses, ha mantenido un crecimiento económico superior al 6% y una tasa de paro inferior al 5% (aunque es cierto que con mucho infraempleo o medias jornadas), enfocando su economía a la alta tecnología y las start ups. Quedaban trabajos en el campo, en la dependencia o el hogar que nadie quería cubrir, por lo que se ha contratado a unos 300.000 extranjeros, en su mayoría provenientes de países de la extinta URSS y del sureste asiático (Filipinas, especialmente) para que se ocupen de ellos. En este caso, la burocracia es mucha y pesada y las inspecciones, constantes, pero nadie ha rechistado en el Gobierno. Son extranjeros que cumplen una función. Hasta el primer ministro tiene filipinos en su servicio. La mayoría no son judíos, pero sí católicos o cristianos ortodoxos, una minoría en el país con el 2% del total. No hay riesgo de vuelco de fe. “Y, además, no son negros, no son tan invasivos, no se ven tanto”, constata Yarden Deri, activista de Right Now.

Mete el dedo en la llaga: los sudaneses, eritreos y marfileños son negros, muy negros, muy vistosos para las calles israelíes, pese a la presencia de judíos etíopes, un pequeño grupo casi endogámico que sigue siendo tratado como ciudadanos de segunda. Estos africanos son animistas pero, sobre todo, son musulmanes. “Eso es lo que nadie quiere, más fieles para el Islam”, lamenta esta maestra de Jerusalén. Su organización ha lanzado una campaña, “No en mi nombre”, en la que se pide al Ejecutivo que no enarbole la bandera de la “amenaza para el alma del Hogar Judío de Israel”.Los judíos debemos perseguir apasionadamente la justicia colectiva y luchar contra la opresión y la persecución, sea donde sea, como sea. Lo que está haciendo Interior entra en contradicción con la  esencia de mi religión y mi pueblo”, destaca.

Más allá de deportaciones y detenciones, desde la primavera el ambiente es tenso en algunos barrios donde la concentración de extranjeros es alta, como en la zona de Hatikva, palabra hebrea que significa “la esperanza” y que da nombre al himno nacional. Allí, en mayo y junio, se produjeron ataques a comercios de inmigrantes con sus papeles totalmente en regla, acusados de hacer la competencia a los locales. Escaparates rotos, contadores de la luz reventados, piedras lanzadas contra los propietarios, patadas, pinturas amenazantes… La turba llegó a rodear el coche en el que iba un etíope judío que hizo la aliyá, el retorno avalado por el Estado, pero lo confundieron. “Era negro”, dijo lacónico al Canal 10 uno de los vecinos que participaron en el ataque.

Intisar muestra la casa quemada de sus compatriotas en Jerusalén. Nadie ha pagado aún por el ataque.

Intisar muestra la casa quemada de sus compatriotas en Jerusalén. Nadie ha pagado aún por el ataque.

Varias casas particulares fueron quemadas, además de una guardería en la que había mayoría de niños africanos. No sólo ocurrió el Tel Aviv. También en Jerusalén. Intisar es amiga de los propietarios de la casa atacada en el centro de la ciudad santa. “Ellos no se atreven a venir”, explica. Muestra la puerta tiznada. Ella vive pocos números más arriba y fue quien llamó a los bomberos. “Era de madrugada, muy tarde. Primero me alertó el olor. Me dio mucho miedo porque en la casa había mucha gente”. Tanta como entra en una especie de piso-patera, una veintena de compatriotas sudaneses, entre ellos tres niños. Nadie vio nada. Nadie ha pagado por ello todavía. La denuncia no ha mejorado las cosas. La Policía ha hecho preguntas y varios vecinos se han quejado de que los señalen con el dedo. Les han invitado a que se vayan. “No podemos pagar nada mejor que este barrio. No podemos irnos”, dice señalando las calles pobres que pueblan, en una zona ultraortodoxa donde un gentil no es bien visto.

Arrastran el lastre de la diferencia de piel y de credo, y el sambenito de la peligrosidad social. Para quien los acusa de elevar la delincuencia y, especialmente, los ataques sexuales, un par de estadísticas: el 89% de los delitos cometidos en Israel tienen por autor un delincuente local, según la Policía; y el 87% de las violaciones las perpetra alguien del entorno social y familiar de la víctima, no un extranjero, según la Asociación de Centros de Crisis por Violación de Israel.

Los refugiados siguen llegando porque Israel es el pedazo de primer mundo más cercano que tienen, porque la necesidad sigue empujando. Se ha pasado de los miles semanales que cruzaban la frontera antes, entre 2010 y 2011, a 350 al mes como máximo. El temor a subir por Egipto en plena revuelta contra Hosni Mubarak los paralizó. Luego, el refuerzo en la vigilancia de la frontera del Sinaí y la mezcla de las mafias de la inmigración con los salafistas han hecho que muchos se lo piensen dos veces. Está por ver lo que sucederá una vez que Eli Yishai comience con sus redadas. Si la Justicia, antes, no lo evita.

 

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie

6 comentarios

  1. [...] "CRITEO-300×250", 300, 250); 1 meneos No hay sitio para los refugiados en Israel – periodismohumano periodismohumano.com/migracion/no-hay-sitio-para-los-refu…  por luruna hace [...]

  2. Raúl

    Que Israel niegue el derecho de asilo en un cotradios.

  3. Ven?, aprendieron del maestro…

  4. Mia

    You can find some fascinating points in time in this post but I do not know if I see all of them center to heart. There is certainly some validity but I will take hold opinion until I appear into it further. Wonderful post , thanks and we want far more! Added to FeedBurner as well

  5. [...] como tantos otros, se creó con el fin de dar refugio a otros perseguidos. En 2012, el Ministro de Interior Eli Yishai, dijo que los inmigrantes estaban “corrompiendo el alma judía” y que la respuesta debía ser [...]

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