Migración

El “amigo” libio expulsa a ACNUR y maltrata a los refugiados

Miles de inmigrantes malviven hacinados y maltratados en los centros de detención libios

El Gobierno ha expulsado a ACNUR dejando desamparados a miles refugiados que oficialmente no son reconocidos por las autoridades

Europa está "muy preocupada" pero sigue siendo un país "amigo"

Un grupo de Inmigrantes protestan al ser entregados a Libia tras recogidos en el mar por un barco guardacostas italiano. Mayo, 2009. AP Photo/Abdel Magid al Fergany)

Hace una semana una patera pasó 24 horas a la deriva en aguas de Malta y a 40 millas de Italia. Sus ocupantes realizaron una llamada de emergencia pero los gobiernos de ambos países no hicieron nada, fueron dos patrulleros libios quienes evitaron la tragedia, rescatando a los 20 ocupantes y llevándolos de vuelta a su país de donde había salido la embarcación. ¿Significa eso que ya están a salvo?

Libia es un país de tránsito para miles de inmigrantes que quieren alcanzar las costas europeas, como lo son Marruecos o Argelia, quienes se han convertido en subcontratas africanas para contener los flujos migratorios. En 2009, los gobiernos de Silvio Berlusconi y Muammar el Gaddafi firmaron un acuerdo por el que Italia puede devolver a Libia a todo inmigrante que llegue a sus aguas, sin hacer preguntas. “La realidad es que Italia están enviando a personas de vuelta al maltrato”, asegura Bill Frelick, de Human Rights Watch.

De los que inmigrantes que consiguen entrar en Italia, el 75 por ciento pide asilo y al 50 por ciento de ellos se lo conceden. El pacto evita que lleguen. Los patrulleros deportan a la fuerza, sin comprobar si son personas perseguidas, obligadas a salir de sus países y por tanto con derecho a la protección internacional a través del estatus de refugiado, o si son enfermos, están heridos, si hay mujeres embarazadas, niños no acompañados o víctimas del tráfico de personas. “Frontex, el organismo de control de la migración en las fronteras externas de la Unión Europea, coordina algunas de las operaciones“, asegura HRW. La organización pide a los países europeos que participan en las actividades que se nieguen a devolverlos en estas condiciones.

Una vez en Libia son detenidos y encarcelados en los centros de internamiento de inmigrantes a los que pocas organizaciones tienen acceso y cuando lo consiguen es de forma muy limitada. Ese privilegio lo tenía hasta ahora el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados pero el pasado 8 de junio el Gobierno le expulsó del país. Desde 1991 este organismo se ha encargado de registrar a los refugiados, ya que Libia no es firmante de la Convención de Asilo de 1951 y no tiene un sistema nacional de tramitación de asilos, asumiendo una responsabilidad que le corresponde al propio Gobierno. A través de sus visitas a los centros estudiaba las condiciones de los detenidos y determinaba si podían solicitar el estatus de refugiado. En estos casos evitaban su deportación a los países de origen. En Libia, las detenciones y deportaciones arbitrarias están a la orden del día.

Con su salida, ACNUR “dejará un gran vacío para los miles de refugiados y solicitantes de asilo que ya están allí y, por supuesto, a aquellos que siguen llegando en barcos cada semana”, aseguraba la semana pasada Melissa Fleming, portavoz de ACNUR. Libia justifica su decisión amparándose en que el trabajo del Alto Comisionado es ilegal. “El Gobierno libio no ha firmado ningún acuerdo con ACNUR y no reconoce su

presencia en nuestro territorio por lo que sus actividades son completamente ilegales” ha asegurado el Ministerio de Exteriores en un comunicado. Además, afirma que las autoridades libias autorizaron en 2001, de modo excepcional, la presencia de un representante del ACNUR “con el objetivo de cumplir una misión precisa en el marco de las actividades del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo” pero que el representante del ACNUR “no abandonó Libia al final de su misión y prosiguió sus actividades ilegales”.

En el aire queda el futuro de los 9.000 refugiados que hay en Libia, principalmente de origen palestino, iraquí, sudanés, somalí y eritreo. Y de los 3.700 que tramitan su solicitud de asilo, la mayoría viene de Eritrea, como los de la patera de la semana pasada. ACNUR los ha atendido hasta ahora ofreciéndole cuidado sanitario, refugio, educación y formación. “Aunque los recursos son limitados”, reconoce María Jesús Vega, portavoz del Alto Comisionado en España. “La acción en Libia siempre ha sido limitadísima porque es un país muy complicado a nivel político. Cada paso, cada persona a la que conseguimos entrevistar es un logro. No siempre se nos permite actuar”.

Las pocas denuncias que llegan de los centros de detención en los que encierran a los inmigrantes coinciden en el estado deplorable de las instalaciones y el maltrato policial. En ellos ha entrado Gabriele Del Grande, el creador de Fortress Europe, un observatorio sobre las víctimas de la inmigración. El periodista cuenta en su web cómo los detenidos, en grupos de hasta 30 personas, malviven en habitaciones de tres por ocho metros.”Apilados uno sobre otro, no hay camas, la gente duerme en el suelo sobre sucios colchones de espuma. En las paredes, alguien ha escrito Guantánamo”. Allí conoció a Gift, de Nigeria, que fue detenida mientras caminaba con su marido por la calle. Sus dos hijos se quedaron en Trípoli, no pudo llamarlos, ni avisarlos de que su padre había sido deportado. “¡La gente sufre aquí! La comida es mala, y el agua está sucia. Estamos enfermos y hay mujeres embarazadas”, reclamaba Gift, que tres meses después de ser detenida vestía la misma ropa que el día que la arrestaron.

Entre los muros de los centros también se esconden historias como la de Daniel, que aparece en el informe de HRW. Es eritreo, en su país el Gobierno recluta a jóvenes para realizar el servicio militar sin una fecha límite, y con una única salida, la cárcel o centros de detención secretos donde son recluidos sin juicio, si se les ocurre desertar. “Yo estaba dispuesto a servir cinco años, pero no toda mi vida. Me trataron muy mal. Fue muy duro. Fue muy difícil escapar”. Después del periplo para llegar a Libia, consiguió echarse al mar pero su embarcación fue localizada por las autoridades maltesas que los remolcaron hasta un buque libio. Vuelta a atrás. “Estábamos muy cansados y deshidratados cuando llegamos a Libia. Pensé: ‘Si me golpean, no voy a sentir nada’. Cuando llegamos, no había médicos, ninguna asistencia, sólo la policía militar. Empezaron a darnos puñetazos. Decían: ‘Crees que vas a ir a Italia’. Se burlaban de nosotros. Estábamos sedientos y nos golpeaban con palos y nos pateaban. Se pasaron alrededor de una hora golpeando a todos los que estaban en el barco”.

Un policía libio distribuye el pan a los supervivientes de una patera que llegaron a bordo de una patrulla de rescate al puerto de Trípoli, Libia. En Marzo de 2009. Tres meses después ACNUR denunció que el Gobierno Libio los expulsó sin dar explicaciones. (AP Foto)

Pastor es nigeriano. “Íbamos en una barca de madera y los libios empezaron a dispararnos desde una Zodiac (una lancha hinchable motorizada). Nos dijeron que regresáramos a la costa. Siguieron disparando hasta que le dieron a nuestro motor. Una persona murió por los disparos. No sé quiénes dispararon, pero eran civiles y no llevaban uniforme. Después llegó un barco de la Armada de Libia donde nos recogieron y empezaron a golpearnos. Nos quitaron el dinero y los teléfonos móviles. Creo que la lancha Zodiac colaboraba con la Armada. El barco de la Armada nos llevó de regreso y nos envió al campamento de deportación de Bin Gashir. En cuanto llegamos allí empezaron a golpearnos inmediatamente. A algunos les golpearon hasta que no pudieron caminar”.

Hasta ahora, el trabajo de ACNUR ha sido siempre ayudar a llevar una vida relativamente, sólo relativamente, tranquila a los refugiados y, en algunos casos, reasentarlos en otros países donde sean reconocidos como tal, puedan conseguir papeles, trabajo y empezar una nueva vida. Países como EEUU, Canadá y España acogen a un grupo de ellos al año, aunque esta vía es sólo para los casos más graves, son muchos refugiados para tan pocas plazas. España, por ejemplo, acoge a 75 anuales.

Con su salida, los que se quedan vivirán desamparados ya que las autoridades libias no les otorga ningún documento de residencia, ni tienen derecho a trabajar. Los que quieran salir tendrán que hacerlo a través de las deportaciones a los países de los que salieron huyendo o intentando de nuevo cruzar el mar, y vuelta a empezar. Las autoridades libias por su parte siguen negando la presencia de los refugiados y solicitantes de asilo en el país, argumentando que todos los extranjeros en su territorio están allí por razones económicas. Los inmigrantes sin papeles, en general, se enfrentan a un clima de inseguridad e indefensión, viven con el miedo de ser asaltados y golpeados no sólo por criminales, también por la policía y las continuas redadas. Si los cogen saben que serán devueltos a sus países de casa o abandonados en el desierto.

El G6 es el grupo de los Estados de la UE con mayor peso en el Consejo Europeo. En su última reunión, España, que ejerce la Presidencia de la UE, aplaudió el “significativo descenso” en la llegada de inmigrantes ilegales que han supuesto los acuerdos firmados con países del sur del Mediterráneo, en especial Libia. “Si hemos tenido algún éxito, ha sido el de conseguir implicar en la lucha contra la inmigración irregular a los terceros países, a los países de origen y de tránsito de esa inmigración. Pero, en general, lo ideal es que los inmigrantes no salgan porque, si salen, se ponen en manos de las mafias y se juegan la vida”, aseguró el ministro Alfredo Pérez Rubalcaba.

Con la expulsión de ACNUR no parece que las cosas vayan a cambiar mucho, la Comisión Europea ha dicho estar “muy preocupada”, poco más. Este fin de semana, el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, en representación de la Presidencia europea, ha estado en Trípoli para acabar con la crisis abierta hace unos meses entre Libia y Suiza, allí ha vuelto a recordar que el país árabe es un “país amigo”. A finales de junio el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se reunirá con Gadafi para preparar la cumbre UE-África prevista para noviembre. La inmigración estará sobre la mesa, seguro, pero menos probable es que lo estén los inmigrantes.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie