Migración
Africanos en Argentina

Vendedor ambulante en Buenos Aires (Armando Camino)
Argentina mira en 2010 hacia África, continente que acoge este año por primera vez la Copa Mundial de Fútbol, con la esperanza de repetir el título logrado, casi un cuarto de siglo atrás, en un deporte transformado en más que una pasión desde el Río de la Plata hasta la Tierra del Fuego. Sin embargo, miles de africanos hace ya tiempo que posaron su vista en las tierras argentinas como destino migratorio, como en siglos pasados hicieron miles de europeos, con el anhelo de una vida mejor.
Muchos emigrantes parten desde África occidental e ingresan con visado de turista a través de los aeropuertos de Argentina y, sobre todo, Brasil. Sin embargo, “otros se cuelan en barcos como polizones y, no sabemos cuántos, pero muchos mueren en el trayecto”, advierte Carolina Podestá, portavoz para el Sur de América Latina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), acerca de las víctimas de un “trayecto más largo y en peores condiciones, todavía que las habituales rutas hacia la Unión Europea, tradicional destino migratorio junto a Estados Unidos. Precisamente, “el cierre de fronteras y la bajada de los cupos de inmigrantes” entre los países más desarrollados, unido a las “políticas más benévolas” de los gobiernos latinoamericanos, explican el fenómeno migratorio iniciado hace un más de decenio e incrementado durante los últimos años, acompañado en múltiples casos de la solicitud de la condición de refugiado.
Los muelles fluviales de Buenos Aires y Rosario en el Río de la Plata, principales puertos argentinos en las rutas comerciales transatlánticas, constituyen la habitual vía de entrada marítima, aunque la portavoz de ACNUR apunta que que muchos africanos desconocen el destino final al embarcarse y sufren un “gran descontento y confusión” al arribar a Sudamérica en lugar de a Europa o Estados Unidos. Así fue en el caso del nigeriano Bobby Yooh, que quería viajar a España, donde trabaja su hermano, pero desembarcó en Argentina hace dos años. A pesar de la previsible frustración, muestra una sonrisa tan ancha como su continente de origen y atribuye su equivocación, como devoto cristiano evangelista, a “razones divinas. Si buscas a Dios, siempre lo encuentras”, expresa en inglés.
Pero Booby Yooh, sin documentación en regla, prefiere no detallar su historia, precaución tan común al colectivo de inmigrantes africanos como su risueña vitalidad, para centrarse en la venta ambulante de relojes y bisutería en la avenida Pueyrredón del céntrico y comercial barrio porteño Once, donde se agrupa la mayoría de sus paisanos continentales. “Hay que ser muy paciente, esperar durante horas a los clientes, y estar muy atento, porque algunos te quieren robar o puede venir la policía a quitarte la mercancía”. Sólo quiere ganar dinero para viajar a Nigeria, casarse con su novia y, quizá, regresar a Argentina o tratar de alcanzar su objetivo inicial. “Muchos africanos encuentran trabajo en Europa”, confía Booby Yooh antes de vender un reloj y dos anillos por 60 pesos (12 euros) a una pareja de jóvenes argentinos.
Vestido con una camiseta del Real Madrid, Obi, nigeriano de 37 años, cuenta que desembarcó hace cuatro meses después de una travesía de 24 días “muy duros, escondido” a bordo de un buque mercante sin apenas alimento ni bebida, desde su país a la costa argentina, probablemente al puerto rosarino. Además de cargueros, los emigrantes también abordan en los muelles africanos barcos de pasajeros como cruceros turísticos para viajar hasta América y permanecen ocultos hasta que la tripulación descubre su escondite o el hambre y la sed les obligan a entregarse a los marineros. Trabajador de la construcción en Nigeria, Obi también se gana la vida ahora en Pueyrredón como vendedor de baratijas, que limpia con esmero con un plumero tras colocarlas sobre la cubierta extendida de un paraguas. “Trabajo mucho y gano poco, me gustaría Europa, pienso que es mejor”, expresa en una mezcla entre inglés y español. Aunque “no hay ningún lugar como tu hogar, acá no hay tantas diferencias entre ricos y pobres”, subraya.

Vendedor ambulante en la playa de Cariló, en la provincia de Buenos Aires (Armando Camino)
“No me gusta contar mi historia, porque me duele mucho”
Hassan Fundi, un tanzano de 41 años, sí accede a narrar su experiencia, pero no sin esfuerzo, idiomático y, sobre todo, emocional. “No me gusta contar mi historia, porque me duele mucho”, se excusa tras declinar la invitación a una sesión fotográfica. No es para menos. El padre de Hassan, propietario de una tienda de alimentación y una granja porcina en la isla de Zanzíbar, pertenecía a un grupo político “peleado” con el partido gobernante y, “antes de las elecciones, hubo problemas. Nos gritaron y pegaron, mataron a todos los chanchos y dijeron que nos matarían a nosotros la próxima vez”, recuerda en rudimentario español tras menos de un año en Argentina.
Tras la obligada mudanza familiar a otra zona del país, Hassan Fundi y sus dos hermanos decidieron emigrar, pero cada uno por su lado. “No sé dónde están ahora”. Él viajó a través de Tanzania, Mozambique y Sudáfrica durante más de un año, periodo durante el que trabajó limpiando y vendiendo pescado o talando árboles para producir carbón vegetal. “Todo muy duro y por muy poca plata”. Hasta llegar a Johannesburgo, donde subsistió como vendedor de dulces. “Me gustaba el lugar y quería vivir ahí, pero la gente de Sudáfrica me trataba mal, porque piensa que [los extranjeros] les quitamos trabajo. Y mismo problema en Cape Town (Ciudad del Cabo)”. Por ello, “me quería ir a otro país, pero no pensaba en Argentina, me daba igual, cualquiera es mejor que África”.
Un amigo le proporcionó un contacto a bordo de un “barco muy grande, sin pasajeros, no sé si llevaba combustible o contenedores ni a dónde iba”. Aunque no facilitó ni su nombre personal para evitarse problemas, el tripulante ayudó a Hassan Fundi, “sin pagar nada”, a embarcarse y ocultarse en un buque mercante. Y, además, “me cambiaba de escondite y me daba comida y bebida” durante una travesía de “unos tres meses, pero no me acuerdo”, se disculpa. Tras desembarcar de noche en los muelles bonaerenses, el marino proporcionó hotel y 100 pesos (20 euros) antes de despedirse de Hassan, que logró contactar con un tanzano residente en Argentina para guiar sus primeros pasos en el país.
A partir de ahí, se afanó en conseguir documentación, actualmente posee residencia precaria hasta la tramitación de su condición como refugiado político, estudiar español y, lógicamente, buscar empleo. Después de alternar trabajos de obrero de la construcción y lavaplatos en restaurantes, tanto en Buenos Aires como en ciudades tan distantes como Jujuy o Ushuaia, ahora se dedica a atender un puesto callejero de comida y a ayudar en una tienda de ropa. “Estoy feliz, tranquilo y mejor que allá, pienso que tengo futuro acá y quiero quedarme, aunque no sé cómo va a ser mi vida”, concluye Hassan Fundi.
“Pocas mujeres y menos familias”
Según las cifras de la Comisión Nacional para los Refugiados (Conare), dependiente del Ministerio del Interior de la República Argentina y con asistencia del ACNUR, alrededor del 50% de todas las solicitudes de asilo durante los últimos ejercicios (desde las trescientas cincuenta de 2006 a las más de ochocientas en 2008) correspondieron a ciudadanos africanos, pero la proporción se redujo el pasado año al 20% de las 765 peticiones presentadas. Desde ACNUR se apunta como posible causa del descenso al “control más estricto” ejercido por las autoridades argentinas.
De hecho, las peticiones de refugio por parte de personas africanas se saldan en el seno de la Conare con “una alta tasa de rechazo”, cercana al 75%, y desembocan, por tanto, en el inicio del proceso de tramitación de los correspondientes permisos de residencia como emigrantes por motivos económicos, al margen de los derechos contemplados en la Convención de Ginebra de 1951 para las víctimas de persecuciones raciales, sociales, religiosas o políticas. A pesar de la “crítica situación de los fondos” monetarios de ACNUR en América Latina, debido a la crisis económica global y el desvío hacia otras acciones urgentes, la institución transnacional asiste, apoyada en varias fundaciones religiosas, a los solicitantes de refugio en colaboración con el Gobierno de Argentina: “Trabaja mucho en la documentación e integración con sanidad, educación o vivienda, pero todavía falta mucho”.
Desde la Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones (FCCAM), entidad colaboradora de ACNUR desde 1951 y dependiente de la Conferencia Episcopal Argentina, su portavoz y asesora, Silvia Costanzi, define al colectivo como “hombres solos y jóvenes, de 16 a 40 años, gregarios, solidarios entre ellos y arrastrados por conflictos bélicos o por la miseria, hay muy pocas mujeres y menos aún, familias”. Senegal, mayoritariamente, Nigeria, Costa de Marfil, Ghana o República Democrática del Congo son las principales nacionalidades.
Sin apenas formación y tampoco documentación, provisional como máximo, el comercio callejero representa, al igual que en Europa, la ocupación laboral más asequible y, por tanto, mayoritaria entre los emigrantes africanos en Argentina, favorecida además por cierta permisividad policial con la venta ambulante. Y por otro lado, según añade Podestá, por su inclinación a “trabajar en la calle y a estar en contacto con la gente”, aunque el idioma constituye una barrera importante en personas procedentes de antiguas colonias francesas o inglesas.
Por ello, el personal de la FCCAM trata de facilitar la adaptación del colectivo, además de con un primer alojamiento temporal, mediante clases de español gracias al convenio firmado con la Universidad de Buenos Aires. “Hay de todo, desde casi analfabetos a universitarios, y no saben nada de la lengua, pero en general tienen facilidad con los idiomas [por la convivencia en sus países de origen de las lenguas autóctonas con el inglés y francés] y aprenden rápido un español de supervivencia para moverse en la calle”, explica la profesora Florencia Genta. Sin embargo, no son alumnos regulares y abandonan las aulas tras adquirir las primeras nociones “por cuestiones económicas”.
“No tengo tiempo, siempre hay que trabajar, hay que comer”, argumenta Elcon, un senegalés de 25 años que voló hace más de dos a Río de Janeiro y viajó en autobús hasta la metrópoli porteña, donde vive con otros cinco compatriotas en un apartamento del barrio de Flores. “Europa está muy difícil, no visa, acá más tranquilo y buena gente, no hay problemas, pero poca plata”, expresa en un escueto español junto a su puesto ambulante de relojería y bisutería, instalado en uno de los accesos a la estación Tribunales del subte bonaerense y, paradójicamente, enfrente de una oficina de la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia de Argentina. “Hola, amigo, ¿cómo te va?”, responde Elcon al saludo de un abogado, un gremio que “no compra mucho”. Aunque vende “poquito, un día sí y otro no”, tiene “suficiente para vivir, mejor que en Senegal”.
“El miedo a la ‘otredad”
Problemas con el idioma ya no tiene Brick, de 45 años, procedente de Ghana y con pasaporte argentino tras residir 17 años en el país y lograr la condición de refugiado. “Yo estaba contra el Gobierno, era la época de los militares y mataban a la gente, así que me marché y fui de los primeros africanos en llegar, entonces había poquitos”, recuerda en un correcto español con acento porteño.
Tras aterrizar, Brick estudió diseño gráfico y trabajó casi siempre como camarero, pero perdió su empleo hace un mes y, por ello, ahora también vende la bisutería expuesta sobre un paraguas en Pueyrredón. “Para pasar el tiempo y pagar el alquiler mientras busco cualquier otro laburo”, se justifica antes de atender a las preguntas de un joven argentino, que finalmente no compra ningún reloj tras consultar a su pareja. “Las mujeres mandan siempre. Yo tuve una novia de acá, pero estoy mejor solo, las mujeres argentinas son muy lindas, pero histéricas”, zanja mientras esconde su mercancía y vigila la acera de enfrente, donde una patrulla policial requisa la mercancía a otros vendedores ambulantes. “Sólo hacen su trabajo”. Brick, que vive con otros dos compatriotas, sueña con ahorrar para comprar una impresora profesional y montar un estudio de diseño. Y, quizás, con poder regresar algún día a Ghana, una país que “ha mejorado mucho” y en el que “podría ganar más plata que acá” con una buena impresora.
Aparte de la enseñanza del idioma, las instituciones tratan de completar la oferta para la adaptación de los inmigrantes mediante convenios suscritos con sindicatos para el aprendizaje de oficios o la concesión de microcréditos para emprender negocios, gestionados por la Fundación Migrantes y Refugiados en Argentina (Myrar). No obstante, sin préstamo de ninguna institución, tan sólo con la unión de sus ahorros, cuatro senegaleses montaron un comercio en plena avenida Corrientes, en la zona de Abasto, dos años atrás. Al kiosco Touba Argentina, bautizado así en honor a la ciudad sagrada y de peregrinación en Senegal para los musulmanes de la orden sufí del muridismo, “vienen a reunirse los paisanos con ganas de hablar en wolof o comer thieboudienne (o ceebu jen, plato típico a base de pescado, arroz y salsa de tomate)”, explica Buba, de 40 años y uno de los socios.
“Fue muy difícil, era un laburo desconocido y te enfermas de problemas, pero hay que luchar, ahora entra bastante gente y tenemos para vivir, ojalá continúe así”, cuenta Buba, un artesano del cuero metido ahora a empresario tras ocho años de residencia en Argentina. Aparte de la habitual mercadería en un kiosco argentino, tabaco, dulces, refrescos o panchos (perritos calientes), el local cuenta, cómo no, con un mostrador con bisutería, varias cabinas telefónicas y una pequeña cocina, en la que mujer de Buba prepara el thieboudienne. Para probarlo, “vente mejor los martes”, indica Fata, también senegalesa y dos años en Argentina.
Según Buba, “obtener la documentación cuesta mucho tiempo ahora, era menos en otra época. Entonces, había consulado argentino en Dakar y, como casi nadie pedía visado de turista, no era complicado obtenerlo”. En cualquier caso, su idea inicial “para mejorar de vida, como cualquier emigrante”, no fue volar hasta Argentina, sino cruzar el océano para aterrizar en América y viajar después hasta Estados Unidos por vía terrestre. Una vez en Buenos Aires, no obstante, desistió de su proyecto por la extensión del continente y decidió establecerse porque “es un lindo país”. Y, ahora, muchos otros compatriotas arriban a Argentina “porque no pueden ir a Europa o a Estados Unidos”.
Documentación y negocio, sin embargo, no aportan la suficiente tranquilidad para que Buba se preste a posar ante la cámara fotográfica. “No tengo problemas con los argentinos, son buena gente, pero hay que andar con cuidado, sin llamar la atención”. No en vano, “la integración es un proceso largo y complejo, cuesta tanto a los inmigrantes como a la comunidad receptora”, coincide Silvia Costanzi. En su opinión, entre la ciudadanía argentina “no hay graves problemas de racismo, porque es una sociedad abierta y tolerante, pero hay una segregación negada, el miedo a la otredad no se puede evitar”. Por su parte, Carolina Podestá matiza: “Hay más desconocimiento o desconfianza que discriminación y, salvo situaciones aisladas, apenas hay denuncias”.
Integración, por tanto, parcial. Y también, como paradigma, en el fútbol, pues Buba se declara hincha del Club Atlético Boca Juniors, pero el kiosquero senegalés prefiere que gane el Mundial 2010 “cualquier equipo africano, Camerún o Nigeria, por ejemplo, y luego Argentina”. Una cosa es la documentación y otra, el corazón.








Impresionante reportaje. Que gran trabajo de documentación, cómo se nota que se ha pateado las calles argentinas para recoger testimonios como los citados. Esto sí que es un periodismo de produndidad. Felicidades Armando y a periodismohumano.com porque cada día consiguen que se me caiga la baba viendo el enorme despliegue de historias interesantes que están ofreciéndonos. Bauluz ha vuelto a marcar el paso de este oficio,
Felicidades, Armando y PeriodismoHumano. Se me han puesto los pelos de punta con la historia. Lo cierto es que no me esperaba menos del señor Camino… Gran trabajo!
me ha gustado, siempre un comentario al futbol, estilo Jhon Carlin…
a seguir currando asi, inmigrante europeo¡¡
[...] Más en periodismohumano.com -34.608418 -58.373161 [...]
Armando, sigue asi, eres un campeón, pronto dejaras atras a Cristobal Colón y tu seras el verdadero conquistador de America, un abrazo de un fato
Articulo muy bien documentado que nos ofrece una perspectiva diferente de la inmigración. Desconocía que hubiera trasiego más allá de nuestro empachado ‘primer mundo’. Felicidades Sr. Camino. Seguiré con interés su trabajo en este medio.
Bien por el reportaje, se podría profundizar un poco más en el transfondo de la situación, si de verdad es periodismo profundo. Ilustra y sensibiliza sobre una situación, pero no abarca la búsqueda de soluciones sobre estos procesos sociales ni brinda un marco de análisis estructural.
Solo sirve para conocer historias y decir… pobre gente, mira por lo que están pasando. De esto ya hay mucho, en grafica y tv, a ver cuando el periodismo avanza un poco más.
Parece que los comentaristas son la abuela del periodista redactor!
Muy interesante. No hay nada como las historias humanas, que tanto se han perdido en nuestro oficio. Felicidades!
Sencillamente genial. Enhorabuena tanto a Periodismo humano como a Armando.
Esta es la información que quiero leer y que no encuentro en ningún otro medio.
Quiero escuchar a los nunca tienen oportunidad de hablar. Quiero saber qué piensan, qué sienten, por qué abandonan sus hogares, para comprenderlos mejor y sentirme más cerca de ellos. Informaciones como esta nos harán a todos más humanos: a ellos porque se sienten escuchados y a nosotros porque nos hace aún más conscientes de las dolorosas injusticias de este perro mundo y eso nos despierta. Y estar despierto es, desde luego, más humano que ser un zombie que trabaja y consume, consume y trabaja día tras día.
¡Gracias!
Excelente trabajo. Animo a Periodismo Humano a seguir firme en este camino tan repleto de obstáculos.
[...] de provincias, de Bolivia o de Paraguay). En los últimos años, la influencia brasileña y la reciente inmigración africana, proveniente fundamentalmente de Senegal, está facilitando el que muchos argentinos comiencen a [...]
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