Migración
El opio del pueblo refugiado
ACNUR Marruecos ha creado un equipo de fútbol formado por refugiados y otros que llevan meses esperando serlo.
Compiten con conjuntos locales y durante esas horas dejan de pensar en problemas, preocupaciones y frustaciones.
Mohamed nació hace 15 años en Costa de Marfil y tiene un sueño: convertirse en futbolista profesional. “Como Eto’o o Drogba. Jugar en el Barça o en el Madrid”, asegura. Llegó a Marruecos hace 7 meses, huyendo de la situación de su país, cuya guerra civil de la pasada década, le robó a sus padres. Hoy, Mohamed es refugiado en Marruecos y, gracias al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), tiene un techo bajo el que dormir. Tímido, con la mirada fija pero inocente, escucha atentamente nuestras preguntas. Sus respuestas, envueltas en frases escuetas, se pierden entre el ruido de los cláxones de Rabat.
“Habla más alto, que no se te oye”, le pide Sweli, de 20 años, natural de la República Democrática del Congo. Sweli llegó a la capital marroquí hace un año, dejando atrás las barbaries que sufre su país y que cada día arrancan la vida a centenares de civiles inocentes. Desde entonces, está esperando la respuesta del ACNUR con respecto a su demanda de asilo. Todavía no ha alcanzado el “privilegio” de ser refugiado. Sweli también sueña con convertirse algún día en jugador profesional. “No me importa si en Europa o en África. Jugaría allí donde encontrara mi sitio, donde me considerasen de verdad”, sostiene, esperanzado.
Ambos forman parte del equipo de fútbol que ha formado el ACNUR en Rabat. El mes pasado, fútbol y África han sido dos palabras que han estado más unidas que nunca. Formando un tándem semántico, jamás han estado en boca de tanta gente como lo han hecho dentro del escaparate del Mundial. Detrás de él, en la trastienda, fútbol y África siempre han estado conectadas (y lo seguirán estando) aunque de forma muy diferente. El fútbol es una de las maneras de huir, de desconectar, de olvidar, aunque sea por unos momentos, la frágil situación del continente africano.
Éste es el principal motivo que llevó al ACNUR a crear, hace 5 meses, el equipo de fútbol de Mohamed y Sweli. El equipo de los refugiados e inmigrantes de Rabat. “Los jóvenes refugiados están frustrados porque viven en una situación precaria. Les cuesta mucho llegar a alimentarse bien y cuidar de ellos mismos. Montamos este equipo para ofrecerles medios para distraerse, abrirse, desarrollarse, realizarse como personas. El deporte está muy bien para ese tipo de cosas. Y además pone en contacto a los refugiados con los marroquíes”, afirma Johanness Van der Klaauw, responsable del ACNUR en Marruecos.
Camiseta y pantalón blancos, con motivos naranjas, el conjunto de los refugiados e inmigrantes juega esta tarde de finales de julio contra el Yacoub El Mansour, un equipo amateur de jóvenes de este barrio de la capital del reino alauí. “Dinámicas como ésta permiten que los inmigrantes se mezclen con marroquíes; muchas veces surgen relaciones de amistad, incluso de amor. Para nosotros, creyentes del Islam, todos somos iguales. No hay diferencias entre blancos, magrebíes y negros; entre residentes y no residentes. Ellos saben que conocemos su problema y que estamos con ellos”, afirma Hassan, entrenador del Yacoub El Mansour.
Los dos combinados salen al campo, ordenados, detrás del árbitro. Saludan al público. Las formalidades dignas de un partido oficial. Suena el silbato, y el balón echa a andar. Comienza el partido.
“Este tipo de actividades les ayuda a pensar en otra cosa, a distraerse. A veces, los únicos momentos en los que están bien es cuando juegan al fútbol”, asegura Clotilde Maréchal, psicóloga de Cáritas en el Centro de Acogida de Inmigrantes. “Desde la creación del equipo, les veo menos en mi consulta. Y eso, es buena señal”, puntualiza, sonriente, Maréchal.
Esta asistencia psicológica y social es ofertada a través de la Fundación Orient Occident (FOO), colaboradora del ACNUR, una vez por semana. Además, se aseguran también visitas a domicilio tres veces a la semana y en función de urgencias y necesidades. Por otra parte, se les proporciona también acceso a una asistencia médica a través de una colaboración con la Asociación Action Urgence (AU), ya que los refugiados carecen de acceso directo al sistema de sanidad pública marroquí, al no tener derecho a un permiso de residencia.
Y no lo tienen porque el gobierno marroquí no reconoce a los refugiados. Los niega. “Afortunadamente, tampoco nos impiden hacer nuestro trabajo, aunque no estén integrados ni aceptados por el Estado. Todo se mueve de manera irregular”, señala Van der Klaauw mientras se interesa por una entrada fuerte que ha recibido uno de los jóvenes. “Los refugiados tienen mucho talento y muchas ideas si les damos la oportunidad. El ACNUR no puede sustituir al Estado. No es nuestro papel. No tenemos los medios. Es el Estado quien tiene que comprometerse”, demanda el representante del ACNUR en el reino alauí.
Según los datos de la ONU, en Marruecos, existen cerca de 800 refugiados, la mayoría procedentes de Costa de Marfil, República Democrática del Congo e Irak. El reino alauí firmó la Convención de Ginebra relativa al estatuto del refugiado y su protocolo adicional. A la espera de la introducción de un proceso nacional, el ACNUR determina el estatus del refugiado y trabaja con el Gobierno para mejorar el dispositivo legal e institucional en materia de asilo. Entre finales de 2005 y 2009, se trataron alrededor de 5.000 expedientes y la tasa de reconocimiento del estatus de refugiado fue del 14%. El objetivo de la determinación como refugiado es identificar, dentro del grupo de inmigrantes, a aquellas personas que necesitan protección internacional. Cuando el reconocimiento es positivo, el ACNUR entrega unas tarjetas de refugiado, aceptadas como pieza de identidad por las autoridades marroquíes.
Sweli no es tan “afortunado” como Mohamed, que ya tiene su tarjeta. Sin ella, el congoleño, alto, fuerte, con marcas en la cara que delatan una adolescencia tardía y con un discurso coherente que evoca una inteligencia desperdiciada bajo el umbral de la metralla, no puede recibir la ayuda del ACNUR para la búsqueda de una casa, por lo que no le queda más remedio que deambular por la calle.
La vida cotidiana de los refugiados y demandantes de asilo varía en gran medida en función de su situación jurídica, pero también en función del género y la edad. Los hombres tratan de buscar un trabajo, como albañiles la mayoría. El sueldo no suele alcanzar los 70 dirhams (aproximadamente 7 euros) al día. Las mujeres intentan apañárselas en pequeños negocios intracomunitarios, como peluquerías. Ésas, las que tienen suerte, otras, venden su cuerpo al mejor postor. La noche rabatí aloja a muchas prostitutas a las que habían prometido un futuro mejor en Marruecos. Por último, algunos jóvenes tratan de ir a los cursos que ofrecen la Fundación Orient Occident y Cáritas para labrarse una formación que la vida les ha negado hasta el momento. Otros, simplemente, se quedan en casa, si la tienen, sin hacer nada. Muchos de ellos, tienen miedo de salir por miedo a las agresiones racistas.
“Tienen enormes esperanzas de llegar a ser futbolistas profesionales. Es importante aportarles otra cosa y ponerles los pies en la tierra”, subraya Clotilde Maréchal. En ello trabaja la Fundación Orient Occident, quien, a través de su programa de menores, se encarga de los adolescentes de 14 a 18 años sin referencia parental conocida. Esta fundación trabaja para ofrecerles una educación y una formación en pequeños oficios. “Algunos acaban siendo contratados”, asegura, orgullosa, Aude Balme, encargada del proyecto para los menores de esta fundación.
Las principales razones por las que los refugiados e inmigrantes abandonan sus países son, sobre todo, los conflictos armados y los motivos económicos. Es muy raro que elijan Marruecos como destino. Les viene dado a través de algún contacto que asegura que serán muy felices en el Maghreb. La realidad que se encuentran es muy distinta. Contrariamente a lo que se pueda pensar, muchos no ven Marruecos como puerta hacia Europa; no tienen como objetivo cruzar el Estrecho, al menos, los menores. Lo único que buscan es un sitio donde estén protegidos y en paz.
Fin del partido. El marcador termina intacto. Pero a quién le importa. Bueno sí, a ellos. A los Etoo’ y Drogba de las calles de Rabat. Pero lo primordial es que durante 90 minutos, Mohamed, Sweli y sus compañeros han olvidado su infinita travesía hasta Rabat, el racismo que viven aquí, las noches en la calle, los recuerdos de una familia perdida. Dicen que el fútbol es el opio del pueblo. Y en este caso, es cierto. Es el opio de los refugiados e inmigrantes para evadirse de su difícil realidad.











Que pobre el trabajo de ACNUR en Marruecos… ¿qué hace esa gente en sus despachos de Rabat? ¿montar liguillas? Se les necesita en Gurugú, en los barrios de Tánger y Casablanca
Está claro que siempre se puede hacer más y que la cooperación internacional tiene agujeros, pero en este caso también hay que pensar en lo que el Gobierno marroquí deja hacer…Los refugiados no están reconocidos en Marruecos, por lo que el ACNUR está bastante atado de pies y manos…por mucho que intenten trabajar y proponer cosas, al final es Mohamed VI y su gobierno quien decide…Y lo del equipo de refugiados es una gran iniciativa, que permite a los refugiados e inmigrantes pensar en otra cosas que en su miseria,así que creo que tu comentario de “montar liguillas” es algo desacertado…
En fin, estoy de acuerdo en que siempre se pueden hacer muchas más cosas, y que seguramente el ACNUR pueda hacer más, pero tamcpoo hay que desprestigiar lo que ya hacen y ver más allá.