Migración

Costó 2.000 euros operar a Gastón, pero con 10 se habría librado de la brutal paliza

La generosidad de organizaciones y particulares ha permitido salvar la vida de un joven camerunés que recibió una agresión inhumana cuando intentaba saltar la valla de Melilla.

Ha tenido que ser operado de urgencia en una clínica privada porque el hospital público de Nador no garantizaba su recuperación después de que ocho gendarmes se ensañaran con él porque no llevaba el dinero suficiente para sobornarles, según declaró, como sí pudo hacer alguno de sus compañeros

La de Gastón podría, a simple vista, parecer una de esas miles de historias que cada año -desde que en 2005 las Fuerzas Auxiliares Marroquíes se convirtieran oficialmente en los vigilantes de la frontera sur de Europa y muchas veces en los garantes del incumplimiento sistemático de los convenios internacionales y los derechos humanos- suceden alrededor de las vallas de Melilla y Ceuta: un inmigrante subsahariano intenta entrar a España superando la triple barrera metálica de más de seis metros de altura y según testigos, los Alis (nombre coloquial con el que se conoce a este cuerpo paramilitar que presume de ser “los ojos y las orejas del sistema marroquí”) responden con un uso de la fuerza desmesurado, causando al agredido heridas graves que no le permitan un nuevo intento de salto –o al menos le hagan pensárselo más detenidamente- y que sirva como medida disuasoria para el resto de compañeros del campamento.

Pero no es exactamente así. El caso de Gastón tiene muchos nuevos matices que permiten ver un recrudecimiento de las actuaciones policiales en la frontera sur terrestre de la Unión Europea y unas directrices políticas hacia los inmigrantes en Marruecos más inhumanas que se manifiestan de manera directamente proporcional con la implicación y la concienciación de la población y la sociedad civil para con este colectivo cada vez más vulnerable y numeroso.

Gastón, poco después de salir de la operación

Hace sólo unas horas que ha despertado de la anestesia general y ver tanta gente alrededor de su cama le resulta algo inquietante. Además, se queja de que su habitación –la 209 de la Policlínica Al Wahda (La Unión) de Nador- está casi todo el día en penumbra y de que pasa mucho frío.

Todavía no puede comer nada sólido y apenas sorbe un poco de zumo con mucha dificultad: “El pobre no puede tragar bien. Han debido hacerle daño en la garganta durante la entubación”, informa a los presentes Mónica, coordinadora de la asistencia sanitaria de la Delegación de Migraciones en Nador, organización a cargo de los colectivos migrantes en la región Oriental de Marruecos desde la salida de Médicos Sin Fronteras de dicho país.

Le cuesta todavía mover bien las piernas y continúa con ambos brazos escayolados, pero tiene buena cara y “parece un hombre nuevo; es realmente un milagro”, asegura entre lágrimas Juliana, activista voluntaria que lo recogió cuando estaba moribundo tirado en la calle.

Gastón, camerunés de 30 años de la etnia bamileké, llevaba tan solo tres semanas en los campamentos del Gurugú cuando la tarde-noche del 15 de mayo decidió, junto con otros doce compañeros, intentar por primera vez llegar a Melilla superando el vallado fronterizo.

Cuando estaban únicamente a unos pocos metros de la alambrada de acero fueron sorprendidos por las Fuerzas Auxiliares marroquíes que les acorralaron y comenzaron a pegarles con piedras y bastones.

No siempre es bueno ser el más fuerte y menos en esta ocasión: la corpulencia de Gastón hizo que fuera abriendo el grupo, por lo que era el que peor lo tenía para escapar corriendo, y “siempre van primero a por los más grandes, son como trofeos de caza para ellos”, comenta Adil, delegado de la Asociación de Derechos Humanos de Nador.

Pasarán varias semanas hasta que el joven camerunés se recupere del todo 

Según testigos, los Alis lograron ‘cazar’ a dos y comenzaron a propinarles una brutal paliza. Pero el compañero de Gastón sacó entonces dos billetes de 50 dirhams (poco más de nueve euros) y al entregárselos a sus maltratadores le dejaron escapar con varios golpes y un brazo maltrecho.

Gastón entonces les pidió que parasen y les dio todo lo que tenía en los bolsillos: solamente una moneda de 10 dirhams (no llega a un euro). La cifra no contentó a los gendarmes, un total de ocho, que se ensañaron con él hasta dejarlo medio muerto. Luego lo llevaron a la subida del monte Gurugú y allí lo arrojaron: “Si hubiera tenido algo de dinero no me habrían pegado tanto. Debieron creer que no les daba todo lo que tenía o que me burlaba de ellos al darles tan poca cantidad. Entonces me pegaron más y más. Me golpearon con piedras, porras, me dieron patadas y puñetazos cada vez más fuerte”, se le logra entender entre dientes mientras mantiene el rostro hierático, casi sin poder moverse ni gesticular.

Al día siguiente de la paliza, un equipo de la Delegación de Migraciones en Nador subía al monte para atender a los inmigrantes que se hallan allí en diferentes campamentos cuando fue alertado por unos vecinos de la zona que aseguraron haber visto a un hombre envuelto en sangre y tirado en la cuneta de una de las calzadas.

Rápidamente fue trasladado al hospital provincial Hassani donde quedó ingresado, pero no fue hasta el día siguiente cuando comenzaron a atenderle: “No sabemos por qué no quisieron hacerle pruebas ni suministrarle calmantes. No fue hasta casi 24 horas después cuando las quejas de varias personas que se hallaban en su habitación (son salas comunes que acogen entre ocho y doce enfermos) obligaron a los sanitarios a atenderle debidamente, ya que sufría tremendos dolores”, relata Juliana.

Las pruebas confirmaron lo peor: tenía fuertes traumatismos en la cabeza y las piernas, ambos brazos quebrados por varias partes y la mandíbula presentaba dos fracturas y un desplazamiento graves.

Los días iban pasando, los huesos comenzaban a soldar en falso y el hospital público, que había instado a los activistas y voluntarios a que compraran el material quirúrgico, se lavaba las manos y aseguraba que no podía operar con garantías al joven camerunés.

Estado en el que ingresó Gastón el 16 de mayo en el hospital Hassani de Nador

La Delegación de Migraciones no lo pensó dos veces y con la mayor brevedad trasladó el pasado 4 de junio a Gastón a una policlínica privada que decidió preparar un equipo médico y operarlo de urgencia.

En la madrugada del 5 al 6 de junio salía de quirófano con los brazos y la mandíbula en sus sitios y dos placas de titanio alojadas en la cara que le van a acompañar durante algunos años: “Ha quedado muy bien. Él está molesto pero contento. Es un chico muy bueno y muy inteligente. Es verdaderamente fuerte y despierto”, asegura Mónica.

Hoy, lunes 10 de junio, saldrá de la clínica privada y será de nuevo trasladado al hospital provincial de Nador para terminar allí su periodo de reposo y observación. La operación y el tratamiento han costado más de 20.000 dirhams (unos 2.000 euros) que han podido recaudarse gracias a la generosidad de algunas organizaciones y particulares de Melilla.

Un gesto altruista y conmovedor que sirve para darle una nueva oportunidad a un hombre cuyo único delito ha sido abandonar a sus padres y hermanos en Camerún para emprender un viaje hacia Europa, buscando formar una familia y dar a sus sobrinos y futuros hijos una vida mejor que la que ha llevado él en África.

No es un caso aislado

El trágico y brutal incidente de Gastón no es un caso aislado. Dos días antes –la noche del 13 al 14 de mayo de 2013- de que él fuera apaleado hasta casi la muerte, varios grupos de subsaharianos intentaban entrar en Melilla superando el vallado fronterizo. Unos setenta jóvenes conseguían llegar a suelo español, pero el resto no tuvo la misma suerte. La noche acabó con 54 apaleados, detenidos y expulsados a Argelia; al menos cuatro inmigrantes ingresaron en el hospital Hassani de Nador en estado grave; una treintena necesitó en los días posteriores asistencia médica por fracturas y fuertes contusiones; y, al menos uno, fue hallado sin vida abandonado en los bosques cercanos a Nador.

Yahya está conversador y esperanzado a pesar de todo 

 

Uno de los heridos esa noche fue Yahya, un joven guineano que consiguió escapar de las garras de los Alis con tan mala suerte que, estando ya lejos, fue alcanzado por una piedra en el ojo derecho cuando giraba la cabeza para ver si venían tras él o no.

Tuvo que ser intervenido y ha estado a punto de perder el ojo, pero finalmente se recupera en el hospital Hassani y pronto podrá volver a estar con sus compañeros: “Es un chico estupendo, listo, divertido, educado. Todavía está recuperándose, pero es una suerte que haya podido conservar la visión”, asegura Adil.

Todos los días tenemos que velar porque atiendan en el hospital Hassani de Nador a dos, tres, cinco heridos con graves contusiones en la cabeza, los brazos y las piernas y muchas veces con fracturas y desplazamientos de huesos. Es algo continuo. Ellos intentan entrar a Melilla casi a diario y las palizas igualmente son casi todos los días”, cuenta Ibrahim, uno de los trabajadores de la Delegación de Migraciones en Nador.

Los subsaharianos que permanecen ocultos en los bosques del monte Gurugú y alrededores aseguran que la presencia de la Policía marroquí y de las Fuerzas Auxiliares en las carreteras de acceso es permanente, y que las redadas e incursiones en los campamentos son casi a diario, llegando incluso a quemar los asentamientos como ocurriera a mediados del mes de mayo pasado.

Abderrahman: “Nos han matado a palos”

Pero, si hay una situación parecida a la de Gastón, sin duda esa es la que sufrió en sus carnes Abderrahman. Este joven maliense de 25 años fue encontrado el 3 de septiembre de 2012 arrastrándose por el suelo –cerca de la subida al monte Gurugú- con la cabeza abierta, toda la cara llena de sangre, los brazos completamente colmados de cortes y contusiones, y las piernas quebradas. No podía andar.

Estaba siendo un verano muy intenso en cuanto a intentos de entrada de inmigrantes subsaharianos a Melilla.La Unión Europea y el Gobierno de España pidieron una colaboración más intensa por parte de Marruecos. Dicho y hecho: las Fuerzas Auxiliares realizaron una brutal carnicería en la madrugada del domingo 2 al lunes 3 de septiembre en la que hirieron a cientos de jóvenes y deportaron a otros tantos, según declaraciones de testigos.

A Abderrahman le rompieron las piernas a golpes. Los vecinos de la zona le habían dejado una torta de pan y unos batidos cerca pero no se aproximaban a socorrerle. “Tienen miedo de que les pase algo a ellos también o les acusen de colaborar con la inmigración clandestina”, susurraba.

A Abderrahman le rompieron las piernas y lo abandonaron en una cuneta

Les sorprendieron de noche y muchos no tuvieron oportunidad de escapar: “Nos han matado a palos. Han venido de madrugada y nos han pegado hasta partir nuestros huesos. A muchos los han llevado a Oujda, pero a otros nos han dejado muriéndonos en los bosques”.

Entonces Médicos Sin Fronteras (MSF) se encargaba de la asistencia a los inmigrantes en la zona pero, en esas fechas, andaban trabajando en Rabat, por lo que unos activistas melillenses tuvieron que llamar a la ambulancia para que fuera trasladado de urgencia al hospital provincial.

Días después, MSF tuvo que insistir para que fuera atendido debidamente y Abderrahman tardó varios meses en recuperarse. Cuando le agredieron tan sólo llevaba un par de semanas en Marruecos y para él, como para Gastón, era su primer intento de entrada a Melilla.

A pesar de todo tampoco ha perdido nunca la esperanza de conseguir una vida mejor: “No vamos a dejar de luchar por nuestro sueño. No somos delincuentes, sólo pobres. Aquí nos están matando y no hay nadie que nos defienda. La gente en el resto del mundo tiene que saber lo que hacen con nosotros”.

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