En conflicto

Za’atari, morir en el refugio

Los refugiados sirios en el masificado campo de Za'atari denuncian bajas mortales por los incendios y las bajas temperaturas

Inaugurado el pasado verano en pleno desierto, el campamento ya alberga a 76.000 sirios y nuevas zonas son ampliadas ante la llegada de nuevos residentes

La entrada masiva de nuevos miembros ha convertido el lugar en una verdadera ciudad donde los sirios levantan pequeños negocios

Dos refugiados contemplan los restos del incendio que mató a Lamis Ibrahim. (Mónica G. Prieto)

Los restos calcinados de la tienda siguen intactos horas después de la tragedia. Jirones de ropa y calzados semiquemados se confunden con las cenizas de todo aquello que devoró el fuego. Pero, como suele ocurrir en los campos de refugiados, no había demasiado por arder. La lona de la jaima, así como la de tiendas vecinas, fue la primera consumirse, convirtiendo lo que debía ser un refugio en una antorcha y atrapando a Lamis Salhada Said, de sólo 10 años, en su interior.

“Estuve con mi cuñada y los niños en la tienda hasta la medianoche, y a esa hora me fui a mi tienda a dormir”, explica cabizbajo Abu Maryam, el tío de la víctima. “Mi tienda está cercana, y al tumbarme escuché gritos. Salí corriendo y vi esta tienda en llamas, y a los vecinos sacando a mis sobrinos”. Uno de los residentes más próximos, Mohamed Abdleila al Maqdaq, acude al escuchar el jaleo propio de la visita. “Yo ya estaba dormido cuando me despertaron los gritos y vi las llamas. Me envolví en una manta y saqué a uno de los niños, mientras otros hacían lo mismo. Pero a la cría no la pudimos sacar”, dice señalando una mancha oscura en el terreno, donde afirman que encontraron el cadáver.

El espacio dejado por otra tienda incendiada en el campo de refugiados jordano. (Mónica G. Prieto)

Lamis Salhada se convirtió el martes 19 de febrero en la penúltima víctima que se cobra el refugio sirio. Su tío, que lleva un mes en el campamento de refugiados jordano de Za’atari, donde 76.000 personas comparten miseria, incertidumbre y necesidades, asegura que en estas cuatro semanas han muerto tres personas en tres incendios diferentes. A ellos habría que sumar las víctimas por el frío denunciadas por los residentes y también las de las inundaciones de principios de enero, cuando una tempestad sin precedentes inundó tiendas de campaña completas obligando a los refugiados que las ocupaban a buscar refugio en las letrinas y las cocinas comunes.

La madre y dos de los hermanos de Lamis (eran cuatro niños en total) están hoy hospitalizados en clínicas jordanas con quemaduras en cara, brazos y manos. No está claro qué desató la tragedia, pero todo parece indicar que fue una vela. La ausencia de corriente eléctrica –sólo unas horas al día- convierte las noches en una helada pesadilla para los refugiados, que recurren a cualquier ingenio para iluminarse o calentarse. Las bombonas de gas donde calientan té son otra tea potencial. Pero el fuego no es el único riesgo mortal que confrontan los sirios en el que debería ser su refugio.

Hermanos y vecinos del bebé Mohamed Milad, junto a Umm Rawat, frente a la tienda de campaña. (Mónica G. Prieto)

Umm Rawat, de 28 años, tenía seis hijos hasta mediados de febrero. “Una mañana, cuando desperté, el pequeño Mohamed no se movía. Estaba muerto, a mi lado. Le cogí en brazos y caminé hasta el hospital, pero no pudieron hacer nada”, explica esta avejentada refugiada rodeada por sus cinco hijos restantes. Todos caminan con sandalias, sin calcetines, pese a las bajas temperaturas del invierno jordano. Las raídas ropas que llevan son insuficientes para calentarles.

Cuenta que Mohamed, de dos años, ya llegó enfermo al campamento hace tres meses, cuando la familia se instaló. “Tenía fiebre, estaba siempre adormilado. Le llevé varias veces al hospital, pero los médicos me decían que no tenía nada. Pero yo sabía que no estaba bien. Cuando murió, le llevé a los mismos médicos. Les dije que había muerto por su culpa”. Las autoridades del campo desconfían que las muertes que se han dado hasta ahora respondan a las bajas temperaturas, indicando que las víctimas ya venían enfermas por las duras condiciones del interior de Siria. Los habitantes del campo, sin embargo, culpan a las temperaturas y la escasez de la ayuda humanitaria de las defunciones –en noviembre se registraron otras tres, y en enero, cuando las lluvias inundaron unas 500 tiendas de campaña, también se denunciaron bajas- en una pauta que siguen otros campamentos en Turquía y en el interior de Siria.

Dos refugiadas trasladan sus tiendas de campaña en Za’atari. (Mónica G. Prieto)

Hiba Farrouj murió cuando sólo tenía siete meses de edad. Según su padre, Faoud, de 27 años, lo que mató al bebé fueron los gases de la policía jordana, cuando los agentes sofocaban una protesta de los refugiados. “Hubo gente que intentó escapar del campamento y la policía nos atacó. Lanzó proyectiles de humo, y uno cayó justo delante de mi tienda de campaña”, relata el hombre, entre cigarrillo y cigarrillo, sentado en un adoquín de cemento en pleno campo de Za’atari. “La niña pasó dos días en el hospital. A mí, ni siquiera me dejaron entrar. Al tercer día, cuando fui a interesarme por su estado, me dijeron que había muerto. Tuve que pagar 200 dinares jordanos (unos 200 euros) por el entierro”.

Los refugiados cuentan que las tragedias son constantes en el campamento. “Hace dos días, hubo una manifestación espontánea para pedir más ayuda. Yo sólo caminaba por la zona: una bomba de humo rodó entre mis piernas”, afirma Abdallah, de 28 años, un antiguo mecánico que ahora ha montado una suerte de cafetería en Za’atari para ganar unos dinares que le permitan comprar pañales y leche infantil a su única hija, de dos meses. “Ya ha habido una decena de enfrentamientos con la policía”, interviene otro refugiado.

Una niña escribe el nombre de su familia en su tienda, recién levantada en Za’atari. (Mónica G. Prieto)

Las condiciones de vida en Za’atari son miserables. Abu Hassan, de 33 años, es uno de los privilegiados que acaban de recibir una caseta metálica donada por el régimen de Arabia Saudí, en lo que supone toda una mejora en su calidad de vida. Su tienda se inundó en la tormenta de enero. “Estábamos dentro mi mujer y mis cuatro hijos. Llovía mucho, y la tienda comenzó a llenarse de agua. Creo que se llegó a acumular 40 centímetros. Salimos con lo puesto y nos refugiamos en otra tienda, situada en otro punto del campo, acogidos por la familia que allí vivía. Perdimos casi todo lo que habíamos traido de Siria. Sólo en mi zona el agua se llevó 35 tiendas. Entonces murió un niño”.

Los barracones metálicos, una estancia por familia, llegan con cuentagotas. Son asignadas a los residentes más antiguos, mientras que los nuevos –cada día decenas, sino cientos, de personas hacen cola ante la oficina de registro del campo- buscan un lugar donde plantar su tienda. Los residentes han aprendido a excavar surcos en torno a las tiendas para recoger el agua de lluvia y evitar inundaciones, pero las características del terreno –excavado en pleno desierto- transforman el esfuerzo en un puro barrizal cada vez que llueve. Incluso Naciones Unidas llegó a denunciar que el gigantesco campo de refugiados, responsabilidad del Gobierno jordano, fuera erigido de la forma que ocurrió. “No creo que nadie antes en Jordania haya creado nunca un campo de refugiados de esta talla en medio del desierto”, afirmó Panos Moumtzis, responsable de la Agencia de Refugiados de la ONU para Siria. “Hace falta el viento más liviano [para crear una tormenta de polvo]”, destacó el pasado octubre, añadiendo que a esa fecha 150 niños eran tratados a diario por problemas respiratorios.

Niños juegan en surcos excavados para impedir la anegación del campamento. (Mónica G. Prieto)

En ocasiones, las familias deciden, días después de asentar sus tienda, cambiar el lugar para acercarse a vecinos y familiares, viendose obligadas a organizar traslados. Contratar un coche que ayude a cargar los enseres y colchones que asigna la ONU implica emplear usr parte de los ahorros de cada familia. Otros deciden acercarse a la calle principal del campo, la más cotizada dentro de la miseria dado que los refugiados han levantado barracones que acogen variopintos comercios: desde barberías a restaurantes pasando por fruterías, puestos de zapatos y ropa usada o improvisados restaurantes que ofrecen manoushe y kebab. Cada tienda de campaña lleva, pintada a mano con rotulador, el nombre del cabeza de familia que la habita y la localidad de donde vienen. La provincia de Daraa es el lugar procedencia más común, si bien pueden verse tiendas con familias de Damasco o Homs.

El caos del campo, a 10 kilómetros de la frontera con Siria y 85 kilómetros de Amán, crece con cada llegada de nuevos miembros, y las autoridades jordanas calculan que unas 3.000 personas cruzan las fronteras cada noche de forma ilegal. Si en agosto Za’atari, construido el pasado verano para albergar a un máximo de 60.000 personas, acogía a 15.000 residentes, hoy en día la cifra global roza los 80.000. En total, la ACNUR estima que hay unos 290.000 refugiados sirios en Jordania, pero la mayoría se habría asentado con familiares, amigos o alquilando casas particulares en lugar de acudir al campamento, considerada la última opción.

Un grupo de refugiados, sobre las mantas recién asignadas en Za’atari. (Mónica G. Prieto)

El complejo de escuelas levantado por UNICEF, donde este semestre se matricularon 5.500 niños, se ha quedado pequeño. La agencia de la ONU para la infancia está levantando otro bloque similar con aulas en lo que se conoce como la ‘zona saudí’, donde se levantan tiendas cedidas por Ryad y donde explanadas ya delimitadas esperan nuevos residentes.

Los responsables de UNICEF estiman que no acuden a las aulas más de 4.365 niños. Parte del resto termina trabajando, casi siempre vendiendo pequeñas mercancías, en las callejuelas del campo para ayudar económicamente a sus familias; otra parte huye con los suyos, bien a alguna ciudad jordana, o bien de regreso a Siria ante la desesperada situación de tener que depender de la ayuda humanitaria para alimentarse a diario. “Vienen de un entorno rural donde la educación no es una prioridad. Aquellos que estaban escolarizados, hace uno o dos años que dejaron la escuela”, justifica Shorouq Fakhouri, asesora de Educación de UNICEF.

“La violencia a la que los niños fueron sometidos en el interior de su país y la incertidumbre del día a día ha hecho saltar por los aires las rutinas familiares”, explica Konadi Kone, responsable de UNICEF para la coordinación del campo. “La gente ya no come en familia, no comparte tiempos, los mayores han comenzado a pegar a los más pequeños y las madres están desbordadas por la situación y también por el cambio en el comportamiento de sus hijos”, prosigue. “El apoyo psicológico se ha convertido en una parte vital de nuestro programa”, continúa Kone en la sala de profesores del macro complejo escolar.

Una joven refugiada pinta tiendas de campaña en un mural sobre Siria. (Mónica G. P.)

Los profesores del centro -100 jordanos, apoyados por 108 refugiados voluntarios que ejercían de maestros antes de la revolución- han sido formados para hacer frente a la peculiaridad psicológica del niño que acaba de vivir experiencias traumáticas. No es poco habitual encontrar, entre ellos, a menores violentos. Los estudiantes, además, antes de llegar a clase suelen pasar por uno de los 18 ‘espacios seguros‘ que se han creado en el campo “donde pueden recuperar los juegos y volver a sentirse niños de nuevo”. Son lugares cercados, a salvo de los adultos, donde hay precarias instalaciones deportivas y barracones donde el personal de UNICEF realiza talleres que mantengan ocupados a los asistentes y que les ayuden a convivir con su nueva realidad.

En algunos, se les enseña técnica fotográfica, distribuyendo cámaras y animándoles a captar la realidad de Za’atari a través de la lente. En otros, se les dan clases de informática. En uno de ellos, una decena de adolescentes está pintando un enorme mural. La monitora les ha pedido que expliquen lo que les ha ocurrido mediante los pinceles. En el extremo izquierdo del lienzo, aparece Siria: carros de combate y soldados matan a personas que huyen de sus aldeas. En el extremo derecho, las tiendas de un campamento representan Za’atari. Una de ellas está siendo devorada por las llamas.