En conflicto
Una guerra a piedra limpia
Israel extrae 12 de las 44 toneladas de piedra que necesita al año para la construcción de una decena de canteras cisjordanas, según la ONG Yesh Din
Los empresarios no pagan impuestos ni canon, ni respetan las leyes ambientales de ruido y polución que rigen en suelo israelí
A veces el hombre se mata por el poder. A veces, por la religión, por la ideología, por el odio acumulado. A veces, por debajo de todos esos móviles, la guerra en realidad busca otra cosa: el control de los recursos naturales de un territorio. A veces es una salida al mar, a veces es una bolsa importante de petróleo o gas, a veces son minas de diamantes. En Cisjordania, además de la batalla por lugares estratégicos, además de la pelea por emblemas religiosos, subyace el intento de dominar las materias primas: el agua (desviada del Jordán y de yacimientos cisjordanos a las canalizaciones israelíes), las tierras de labranza (con ocupación, condenada por la ONU, de campos de olivos y frutales), y hasta la piedra. Según ha denunciado la ONG de juristas israelíes Yesh Din, Israel extrae de 10 canteras cisjordanas 12 millones de toneladas de piedra, de las 44 anuales que emplea en el sector de la construcción. Se trata de extracciones ilegales, hechas en suelo de colonias reconocidas como una invasión territorial por la comunidad internacional. Se esquilman los recursos de los palestinos, se dañan los cultivos próximos, se contaminan los arroyos cercanos y se daña la flora y la fauna de un entorno único en el mundo, el desierto de Judea, una destrucción de la que alerta además, desde hace años, la organización ecologista Greenpeace.
Yesh Din ha emprendido una pelea en los tribunales con acusaciones contra el Ejército de Israel y varias empresas del sector por extracción ilegal de materiales; el primer recurso lo presentaron en abril del año pasado y aún nada se ha resuelto. Según denuncia Michael Sfar, uno de los abogados de la asociación, las compañías mineras involucradas en este expolio operan bajo la protección de las IDF y con documentación avalada por las administraciones civiles de los territorios ocupados, que son quienes emiten los permisos. Que las constructoras se lleven de Cisjordania más del 27% de la piedra que requieren sus proyectos en Israel es, para esta asociación, “la prática, ilegal, de una brutal explotación económica de un territorio que no es suyo, para satisfacer las necesidades económicas exclusivas de la potencia ocupante, violando flagrante y directamente los principios básicos del derecho internacional”. La Corte Suprema de Israel ya ha emitido fallos anteriores en los que condena al Gobierno de Tel Aviv por transferir recursos naturales de Cisjordania a su zona, “en su beneficio”, como reza una de las resoluciones que evidenció el uso fraudulento de agua de riego en la zona de Galilea. “Se trata de una transferencia de tierras absolutamente ilegal”, insiste Sfar.
Joseph Aronofsky, consultor legal de la oficina de la OTAN en Bruselas y especialista en derecho de guerra, explica la base normativa de esa ilegalidad: “Está fijada por las Regulaciones de La Haya, de 1907; en su artículo 55 se dice que sólo se permite a la potencia ocupante la administración de edificios públicos, bienes inmuebles, bosques y haciendas agrícolas en el territorio que se ocupa. Las Convenciones de Ginebra apuntan en esa misma dirección, porque la idea es proteger a la población civil y garantizarle unos recursos esenciales de subsistencia”, explica. Varios desarrollos posteriores obligan al ocupante “a pagar un canon en el caso de que se beneficie económicamente de sus acciones en suelo ocupado, así como un porcentaje del lucro que obtenga“. ¿Entonces debería legalmente volver el dinero a manos palestinas? “Sí, aplicando la ley es la economía palestina la que debería beneficiarse, no la israelí”, reconoce el experto. Desde el departamento económico de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) sostienen que “nunca” han visto ni un euro de esas empresas.
A la familia Khalaf, de Shuqbah, cerca de la Línea Verde que separa Israel de Cisjordania, no le importan los articulados ni las convenciones internacionales. Su preocupación es la de soslayar las consecuencias de esta explotación. No les bastaba con soportar que en un valle cercano se depositen las basuras del gran cinturón residencial de Jerusalén, sino que desde hace siete años soportan el ruido y la polución de la explotación de canteras a cielo abierto. Las mismas por las que Abdul, el abuelo, pastoreaba sus cabras, y por donde ya no pueden pasear siquiera. “El movimiento de rocas, grava y arena acaba por desgastar las canteras, pero además daña la salud de los vecinos“, explica el vicepresidente de la Autoridad Ambiental Palestina, Jamil Mtoor. En los Khalaf hay muestras de ello: la madre y dos de los cinco hijos tienen problemas respiratorios severos. No hay antecedentes en la familia. No hay fallos genéticos. Hay “exceso de PM10“, esto es, de partículas en suspensión en el aire que, según la OMS, causan tos y dificultad para respirar, agravan el asma, dañan los pulmones (desembocando en ocasiones en cáncer) y provocan la muerte prematura de personas con enfermedades previas de corazón y pulmón. “La incidencia es particularmente elevada en los niños”, reconoce Mtoor. A su juicio, lo más “duro e injusto” es que Israel tiene unas leyes “estrictas, garantistas” sobre umbrales de ruido y emisión de polvo en canteras de su territorio. “Que nuestra gente esté mal, eso no les importa”, lamenta.
Un vecino de la familia, Rim Said, ha sufrido en sus carnes el zarpazo en la biodiversidad de la zona. Sus campos de olivar fueron confiscados hace una década, a excepción de un pequeño rincón de una hectárea. La tierra y los predios cercanos han quedado tan dañados que aún, pasados los años, no están listos para producir de nuevo. “No hay actividad en mis campos, porque el impacto de las canteras fue inmenso. No sirven para uso agrícola, ni para el paso de animales ni para reserva forestal… ¿Ahora entiende por qué me he reconvertido en mecánico?”, pregunta entornando los ojos entre el humo del cigarro. Según datos de Greenpeace, la riqueza de flora y fauna del desierto de Judea -la zona más afectada por estas explotaciones- se ha reducido a la mitad en los últimos diez años, una cifra en consonancia con el hecho de que se han triplicado las excavaciones en la zona. Hay serpientes, alacranes, lagartijas, cabras, arbustos y cactus al borde de la desaparición, con una quincena de especies en el libro rojo internacional de especies en peligro de extinción.
El representante ambiental de la ANP reconoce que las explotaciones cisjordanas son golosas para los empresarios israelíes porque el Gobierno palestino no tiene “capacidad” para hacer cumplir sus leyes conservacionistas. Por tanto es barato, es impune, es fácil trabajar allí. En los dos últimos años la presión de la seguridad palestina ha logrado evitar, no obstante, la salida de un centenar de camiones que habían ido a sacar piedras en plena noche en lomas de pueblos puramente cisjordanos. El recurso de uno de los empresarios, Avi Elkayam, que insistía en que estaba recogiendo “los frutos que daba la tierra de Israel”, no sirvió en los tribunales. Su empresa de Mishor Adumim tuvo que cerrar cuando se le acabaron los portes ilegales.
Realmente lo único que se ha avanzado es que, en mayo del año pasado, se promulgó una ley que sanciona a quien comercie con las colonias. Se establecen penas de dos a cinco años de prisión y multas de unos 10.300 euros para quien emplee en sus negocios productos de los asentamientos y entre tres y seis años, multas de 3.00o euros, y confiscación de tierras y vehículos comerciales a quien importe estos artículos. Es la llamada “ley de boicot”. “Al final pagamos los que no tenemos más remedio que recurrir a ellos, porque nuestras tierras no nos dan lo que necesitamos. Tenemos muy limitadas las importaciones de otros países así que nos toca entendernos con ellos. Y si lo hacemos, debemos pagar. Es una locura”, argumenta indignado Khalid Jubran, comerciante de Al Bireh.
Lo que Khalid intenta decir es que, sí o sí, a veces necesitan recurrir a lo que viene del otro lado del muro. Se calcula que la construcción cisjordana necesita piedra de las colonias, porque con la producción propia sólo llegan al 65% de las obras que se ponen en marcha, ya que tampoco les llegan materiales desde Gaza. En el caso de Israel la dependencia, además de por tradición, proviene de una curiosa normativa aprobada en tiempos del mandato británico, en la Palestina posterior al Imperio Otomano. El Gobernador Sir Ronald Storrs decidió que al menos las fachadas de todos los edificios de Jerusalén y sus alrededores debían estar hechos de piedra caliza y dolomita de Judea; de allí se extraen cinco tipos de piedra, con variantes de calidad y tonalidad, entre ellas la más valiosa, la meleke o piedra blanca, que por efecto del sol da a Jerusalén el característico tono dorado. El uso de estos materiales se ha extendido por costumbre en todo el país, aunque en Tel Aviv cada vez haya más variedad de materiales. En el resto, cada casa, cada bloque de oficinas, cada ambulatorio, llevan “piedras de Jerusalén”. Aunque en realidad sean ”piedras de Cisjordania”.















Siempre Israel. Nunca leo nada nada sobre Yemen, Sudán ni Arabia Saudi. Derechos humanos para todos, sería bueno.
Pues sigue leyendo Periodismo Humano, porque aquí sí que se habla de todos esos países y de lo que allí pasa. Y de Israel y Palestina también, porque contarlo es igualmente necesario.
[...] Una guerra a piedra limpia periodismohumano.com/en-conflicto/una-guerra-a-piedra-lim… por Pietrotro hace 2 segundos [...]
Israel siempre no, cuando hace mal las cosas. y en este caso las hace muy mal. Las referencias que da el experto de la OTAN serían “MUY” ampliables a poco que nos pusiéramos a buscar jurisprudencia de guerra. Lo sé porque conozco la materia. Se queda corto en su argumentario. Además, no hablamos de una guerra clásica en la que entras, arrollas las tierras del contrario y te lo llevas todo. Hablamos de suelo reconocido por las Naciones Unidas como ocupado, suelo palestino, donde hay quien va a cosechar alegremente. Judea y Samaria ya no son suyas.
No sólo es el daño de las piedras, es que los colonos contaminan a propósito manantiales de los que se surten los palestinos, o se los cierran alegando algún vínculo religioso, o sencillamente implantando la violencia. Estuve en la zona el año pasado y lo de los vertederos es vergonzoso. ¡Echan la porquería en las puertas de las casas! Así que respondo a Leonor: también contemos los males de otros puntos del mundo, muchíiiiiiiiiiiiiiiiiisimos por desgracia, pero no callemos nunca el mal que hacen los dirigentes israelies. Insisto, los dirigentes, porque conozco a ciudadanos que valen su peso en oro, razonables y serenos, que lo único que quieren es “vivir su vida, en paz”
Hay una cosa que no entiendo: dice la ONG que Israel pretende estar otros 30 años explotando estos yacimientos. ¿Eso quiere decir que, aunque se llegue a una solución de 2 estados, ellos van a hacerse un caminito para controlar los recursos, explotar las canteras, sacar el material y emplearlo en su país? ¿No van a respetar la soberanía de un nuevo estado, con su riqueza, sus empresas, sus carreteras, sus tierras? Plantear una cosa semejante sólo da a entender que la colonización va para largo. No sé a vosotros, a mí me da pánico.
Hola Antonio.
Creo que ellos entienden que las colonias, también son parte de su país. De hecho se siguen construyendo casas en los asentamientos, incluso en los que hay dentro de Jerusalén. ¿Tendría sentido ello si no lo piensan reclamar como propio en el futuro?
Soy israelí de origen argentino, ahora vivo en Rosario, y hace 2 años intentamos crear un grupo de boicot en el mismo país contra los productos provenientes de las colonias. Lamentablemente, apenas logramos las firmas de 94 personas en todo Israel. Y eso que nos movimos mucho: calles, mercados, universidades, estaciones de autobús. No lo logramos. No sé si por falta de medios o porque no hay conciencia del daño que se hace. No obstante, les pediré que separemos lo que hace el Gobierno de Israel y lo que hace el pueblo de Israel. La gente quiere la paz y el entendimiento. No digo la amistad, digo al menos el respeto en la convivencia. El problema está en la clase política. Gracias
Os recomiendo un libro muy interesante de Virginia Tilley titulado “Palestina-Israel: un país, un Estado” (Akal 2007). En él, la autora describe cómo Cisjordania se ha convertido en un “mercado cautivo” de Israel. También nos habla del expolio hídrico al que están siendo sometidos los palestinos (mientras los españoles seguimos bebiendo agua en garrafas de la marca israelí Edén -véase campaña BDS-) y de Jerusalén Este que, según el Derecho Internacional, es un “territorio ocupado” como el resto de Cisjordania y el Golán sirio.
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