En conflicto
Refugiados sin papeles afganos en Bélgica
Los refugiados afganos, a la cabeza de las demandas de asilo político, se encuentran en una situación especialmente crítica.
Hasta 79 personas o grupos de personas de origen afgano hacen su segunda demanda de asilo en lo que va de año.
Un total de 11 000 demandas de asilo siguen a la espera en Bélgica desde hace meses.

Una familia de origen afgano que ocupa un edificio público concedido por la comuna de Ixelles, en Bruselas. (G. M.).
Suena la voz de alarma en Bélgica: “El número de demandantes de asilo se ha disparado en un 30% en el último mes”, “los centros de acogida están llegando a su tope”, “estamos ante una crisis humanitaria”. Estas son algunas de las declaraciones que el Secretario de Estado belga para la Integración Social, Philippe Courard, ofreció el pasado viernes en Le Soir, uno de los principales periódicos de tirada nacional.
En Bélgica vive un 16% del millón setecientos mil refugiados que acoge Europa, quien a su vez sólo ampara un 16% del total de refugiados que existen en el mundo. Una cifra modesta si se compara con la distribución del 80% restante entre otros países como Kenya, con alrededor de trescientos mil, o Siria, con más de dos millones, según datos ofrecidos por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en 2010. Con una crisis de acogida, supuestamente resuelta, que dejó viviendo en la calle a siete mil refugiados en los dos últimos años, y después de haberse convertido en el primer socio comunitario en ser condenado por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos por el envío de un refugiado afgano a Grecia, la situación en Bruselas se revela más dramática de lo que ha simple vista ha podido parecer hasta el momento: hasta once mil personas siguen esperando que sus demandas de asilo sean aceptadas desde hace meses. Guineanos, kosovares, iraquíes o serbios, entre otras nacionalidades, suman la escalofriante cifra de 3671 demandas depositadas desde inicios de 2011 ante las instancias reguladoras: la Oficina de extranjería y el Comisariado para los Refugiados y los Apátridas (CGRA, por sus siglas en francés). En la cúspide se encuentran los afganos con un total de 345 demandas en lo que va de año, y de las cuales setenta y nueve corresponden a personas, o grupos de personas, que hacen su segunda, tercera, cuarta y hasta quinta demanda. La República Islámica de Afganistán, que desde hace dos años se sitúa a la cabeza de las estadísticas de asilo (en 2009 fue considerado primer país generador de refugiados a nivel mundial por ACNUR), se ha convertido en una espinita difícil de sacar para Bélgica.
Jóvenes, afganos y clandestinos
Sahiel, Baba Kabier, Ahamid y Tahna son amigos, compañeros de casa y camaradas en la lucha por abandonar las listas de espera desde unas instalaciones concedidas por el ayuntamiento de Ixelles (una de las diecinueve comunas que componen la capital belga), donde viven desde hace cinco meses. Un jardín abandonado, cuatro plantas, más de cuarenta habitaciones, centenares de escalones y ni una sala de aseo, componen un frío laberinto de parqué y mármol que en otra época fuera un edificio de oficinas. En total suman cincuenta habitantes, entre los que se incluyen cuatro familias y alrededor de nueve niños. Aunque hubo un momento, a finales de noviembre, en el que allí se concentraron hasta ciento veinte inquilinos. Hartos de vivir en hoteles, en centros de acogida o en la calle desde hace años, hartos de ver como sus demandas eran rechazadas una y otra vez (hasta dieciséis, en algunos casos), y hartos de saberse anónimos, ya han ocupado en dos ocasiones un par de edificios, con una huelga de hambre de por medio , para pedir al CGRA que accediera a estudiar sus peticiones y les reconociera como refugiados.
Este grupo de jóvenes, junto con otros siete, suele reunirse en la planta baja de edificio, en una habitación marrón y rectangular, de apenas quince metros cuadrados, donde no existen ventanas por las que penetre la luz día y que les lleva a vivir en un desfase horario en el que sólo amanece cuando alguien enciende la lámpara del techo. Varios pares de zapatos junto a la puerta, dos colchones que conforman una ele en el suelo, una televisión sin antena situada en el rincón derecho de la pieza, una tetera roja a sus pies, un ordenador portátil sin conexión a Internet que anda de un lado a otro y una mesa junto al muro llena de barras de pan, bolsas de arroz, botellas de aceite y rollos de papel higiénico, decoran una pieza que hace las veces de dormitorio y de sala de estar. En el muro, algunos dibujos, un listado de verbos y expresiones en francés, un mapa del mundo y una carta de transportes públicos de Bruselas pegados con cinta adhesiva, dan una nota de color. “Si quieres salir de aquí no tienes más que saber qué autobús debes coger”, dice uno de los inquilinos señalando el mapa de transportes y un autobús que alguien dibujó con rotuladores en un trozo de papel.
En esta habitación todos tienen entre dieciocho y veintisiete años. Miembros de una generación que sólo conoció la guerra, proceden de Afganistán, país que abandonaron huyendo de una situación que resumen de la siguiente manera: “Primero los ingleses, después los rusos y ahora los americanos”.
Este es el caso de Tanha Hazrat. En diciembre de 2001, con tan solo once años, fue testigo de un bombardeo militar a escasos kilómetros de su casa, en la provincia de Panshir, al este del país. Fue durante la batalla que tuvo lugar en la región montañosa de Tora Bora, después de los atentados del 11-S, y en la que las tropas americanas atacaron ante la sospecha de que en ella se escondían miembros de al-Qaeda, incluido Osama Bin Laden. Pero nunca lo encontraron y tuvieron que ser los hombres y los niños de su poblado los que recogieron los centenares de cuerpos que quedaron y enterrarlos en una fosa común: “Nos pusimos de acuerdo ante el temor de que el olor pudiera llegar hasta nuestras casas a causa del viento”, aclara este joven.
Con tan solo tiene diecinueve años, tanto su físico como su picardía llevan a Tanha parecer diez años mayor, hasta que se le escapa la risa nerviosa y vuelve a ser aquel adolescente de catorce años que abandonó su casa y lo poco que quedaba de su familia. Fue en 2004, después de que su padre y sus tres hermanos resultaran muertos en un ataque bomba en la puerta de su residencia y un tío suyo decidiera que había llegado el momento de mandarle a un lugar seguro: Europa. En ese momento se convirtió en Jamal Udin Torabi, el protagonista de “In this World” (“En este mundo”). Este docudrama, ganador de un Oso de Oro a la Mejor Película en el Festival de Cine de Berlín en 2003, narra el largo viaje de un niño refugiado afgano hasta Gran Bretaña. En ambos casos, las etapas fueron las mismas: Pakistán, Irán, Turquía, Grecia e Italia y Francia, en un duro viaje de cinco meses “en el interior de camiones en los que apenas se podía respirar o andando durante diez días con una reserva de comida para tres. Las condiciones fueron tan duras que muchos prefirieron volver a sus casas. Pasamos de ser 33 personas a sólo doce cuando llegamos a Turquía”, declara Tanha, que pagó buena parte del viaje con el dinero que había ahorrado trabajando en una base militar estadounidense como traductor. Desde que llegara a Europa, ha pasado por un centro de acogida para menores y otro para adultos, ha solicitado cuatro veces su demanda de asilo (la mayoría en calidad de menor de edad) y en las cuatro ocasiones se le ha denegado. Sin embargo, no pierde la esperanza: “Cuando tenga los documentos viviré en tal sitio”, “cuando tenga los documentos haré tal cosa”, repite una y otra vez.
Algo más serio y discreto es Ahamid, que comparte habitación en la primera planta. Tiene veintisiete años y lleva desde los veinte viviendo en Bélgica, donde ha podido perfeccionar un francés que le permite ejercer de intérprete para sus amigos, con quienes suele comunicarse en dari (una de las setenta lenguas habladas en Afganistán), aunque cada uno hable de media cuatro idiomas, como el pashtún, hindi, neerlandés o inglés. Él, que abandonó su hogar por iniciativa propia y tardó seis meses en llegar a su destino haciendo el mismo trayecto que Tahna, ha solicitado en varias ocasiones tanto el asilo como la regularización. Pero ni uno ni otro han funcionado. Su reticencia a hacer cualquier alusión a un pasado “muy duro”, según resalta en repetidas ocasiones, es mayor que la de otros compañeros, y prefiere centrar sus reflexiones que hace en voz alta en las condiciones de vida del grupo: “No hay duchas así que tenemos que asearnos en nuestras habitaciones o en el jardín con agua que calentamos en hervidores eléctricos. Estamos cansados de esperar y no tenemos ganas ni de salir de esta habitación”, donde pasan prácticamente todo el día bebiendo té, jugando a las cartas y escuchando música: desde Shakira hasta Los Beatles, pasando por los grandes éxitos musicales de su país.
A diferencia de Tahna, Ahamid jamás dice lo que hará si le conceden los papeles.
Dificultades para ser reconocidos como refugiados
Miembro del gabinete jurídico especializado en derechos humanos y derecho social, le “Quartier des Libertés” (“El barrio de las libertades”), Bahia Zrikem, es una de las tres abogadas que lleva el caso de estos 120 ciudadanos afganos. A pesar de que todos posean un pasaporte librado por la embajada de su país, según explica, “las demandas son rechazadas porque se considera que mienten cuando dicen que proceden de Afganistán y por falta de documentos” que demuestren que su vida corre peligro por razones de raza, religión, nacionalidad, membresía de un grupo social o de opinión política en particular, tal y como establece el Convenio de Ginebra relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra. Pero, y añade, “cuando vienes de un país que lleva años en guerra es difícil conseguir que unas instituciones fiables te proporcionen los papeles que necesitas. Todo el mundo sabe que en Afganistán existe un conflicto, incluso el CGRA”. Bahia hace referencia a un informe publicado en 2010, en el que esta institución reconoce que en el país asiático “la situación de seguridad sigue siendo un problema” y que “actualmente existen algunas zonas con conflictos armados o disturbios graves”.
En este sentido la Protección Subsidiaria se ha convertido en la única arma de combate. Instaurada por una Directiva europea en 2004, estipula que será concedida por un periodo de un año (renovable hasta tres veces) a todo solicitante de protección internacional que se encuentre fuera de su país de origen y no pueda regresar debido a un riesgo real de ser objeto de tortura, pena de muerte o ejecución, amenaza seria y específica contra la vida debido a una violencia indiscriminada vinculada a un conflicto armado interno o internacional. Para comprenderlo en el contexto actual: “Un ciudadano libio que llegue a Europa hoy debería poder solicitar la protección subsidiaria debido a la situación de conflicto indiscriminado que asola al país”, aclara Bahia, que ha trabajado en la negociación para conseguir que el CGRA se comprometa a realizar las entrevistas a cada uno de los 120 refugiados y que tuvieron lugar entre el mes de febrero y marzo. “Aunque no existe ninguna garantía respecto al resultado”, se apresura a aclara.
La primera etapa ha sido superada por todos, excepto por Sahiel y Baba Kabier que, también en la veintena, son los únicos que no han sido convocados para la entrevista y empiezan a inquietarse.
Está por ver qué ocurrirá en unas semanas con las primeras respuestas que, de media, suelen tardar dieciséis meses en llegar. Con los afganos como ejemplo, Bruselas parece dar muestras reticencia a la hora de acoger a aquellos que huyeron de un país claramente en conflicto. ¿Qué pasará cuando lleguen los tunecinos, los egipcios o los libios que huyen de otros regímenes dictatoriales o de la guerra?














Muy interesante y terrible. Aunque lamentablemente no hay que irse a Bélgica para ver vulnerado el derecho a obtener asilo. En España también viven muchas personas afganas que han tenido que huir y a las que no se las protege. Y palestinas y saharahuis y colombianas y costamarfileñas y nigerianas y…
Y ahora empezarán a llegar personas de Túnez y Libia, y también se lo negaremos todo. Eso sí, recursos para F18 sí hay.
No creen que esto debe terminarse. Que no existen ciudadanos de primera en esta nave. Que es inhumano, tanto el que deban huir como el infierno que viven.
¡Tengan mis “papeles”! o mejor hagamos una gran pira y quemémoslos para siempre.
Somos todos o ninguno.
Son tan bellos, profundicen y véanlos en el blog SolidarythiShop, traen tanta diversidad y fortaleza…No hay que temer que lleguen, sino el que se los lleven.
bueno si me perdonais os dire que un amigo de muchos añas que nos conocemos ha perdido toda su familia ala puerta de su casa mentras el estaba trabajando en su empresa de importacion de miel y le mataron a sus padres y a 7 hermanos hay derecho aeso y ahora esta desesperado por que tenme por su vida y a qui llamas por que me pidio ayuda y todos nadie en este pais sabe nada cono hacer que lo amitan como refugiado y alli esta esperando en este infierno que ya me gustaria ver alguin de los españoles nosotros que hariamos simplemente reflexionen i den un suspiro de vida a ese chaval jove ayuda me podeis mandar email i me imformais os lo estara agradecido toda su vida es un ser humano