En conflicto

Refugiados en la celda número 3

Un antiguo penal palestino situado en la localidad libanesa de Soueri, cerca de la frontera siria, acoge a 30 familias de refugiados que no se pueden permitir otra cosa. Las condiciones de vida son infrahumanas.

"Preferimos esto a un campo de refugiados", señalan.

Assir, de 10 años, juega a la comba en el interior de la celda número 3 de un antiguo centro de detención, en Soueri. (Mónica G. Prieto)

Apenas le queda espacio libre en las páginas de su manido cuaderno, pero la pequeña Assir se empeña en seguir escribiendo con el característico empecinamiento de sus diez años de edad. Al percatarse de la mirada de la periodista, su madre, Umm Mohammed, interrumpe su relato de huída, guerra y muerte para cambiar de conversación. “¿Has visto? Se pasa el día escribiendo. Al principio, como no teníamos papel, guardaba hasta las cajas de quesitos y las cajas de té para abrirlas y escribir en su interior”. La niña, ojos grandes y curiosos y larga melena recogida con una coleta, se revuelve en su asiento como si pretendiera volver a la invisibilidad. “Cuando llegaron, se pasó los dos primeros meses abrazada a su madre. Es la más retraida de los tres hermanos”, explica su tía, Ahlan. “Hasta que no llegaron otros niños, no se abrió”.

Sin embargo, los ocho niños que habitan con Umm Mohammed y sus dos hermanas no salen a la calle a jugar como otros críos. Pasan la mayor parte del tiempo en los muros de la celda número tres del penal palestino de Soueri, la localidad fronteriza libanesa donde residen desde que, hace meses, lograran escapar de su localidad natal en Siria tras meses de cerco militar y bombardeos. El único lugar donde encontraron refugio fue la antigua prisión abandonada, usada por las fuerzas palestinas durante la primera etapa de la guerra civil libanesa como centro de detención e interrogatorio y transformada en establo por los lugareños cuando los tiempos prosperaron. Una instalación sórdida, fría e insalubre donde unas 150 personas –buena parte de ellos, niños de corta edad que pululan por los pasillos- se hacinan –hasta tres y cuatro familias por celda, en los peores casos- en lo que supone una paradoja: un lugar que tendría que ser temido se ha convertido en la única esperanza de civiles como Umm Mohammed y los suyos.

Assir, de espaldas, juega con sus primos en su celda. Detrás, el retrete tras un agujero horadado en el muro. (Mónica G. Prieto)

“Cuando llegamos, hace cuatro meses y medio, el conductor con el que atravesamos la frontera nos trajo directamente aquí, porque decía que era el único edificio con sitio libre de la zona”, explica. Ella sabía bien a dónde iba, ya que su hermana Ahlan llegó hace siete meses, lo que le convierte en una de las residentes más antiguas del penal reconvertido en centro de refugiados. Sus 14 celdas, habitadas por 30 familias, llevan siendo ocupadas por sirios desde hace casi un año en un buen ejemplo de la desesperada situación que vive el Líbano, un país de cuatro millones de habitantes donde la llegada de más de 400.000 refugiados sirios registrados ha provocado una crisis humanitaria con la que el Gobierno, en permanente crisis, no sabe, quiere o puede lidiar. Si a esa cifra sumamos los 600.000 sirios que trabajaban en el Líbano antes de la guerra y que ahora no pueden regresar, se trata de un millón de personas: un factor de desestabilización para un país con profundas heridas sectarias.

Hace un año, la cifra de refugiados registrados ante la ONU no pasaba de los 10.000. La ausencia de campamentos ha obligado a la población libanesa a asumir el alojamiento de los refugiados, en una situación insostenible. Los civiles procedentes de Siria suelen denunciar que no queda una sola estancia libre en el país del Cedro, ya sea de acogida o alquilada, e incluso los solares son arrendados para que los más pobres instalen sus tiendas de campaña.

Imagen del interior del penal palestino, de 14 celdas. (Mónica G. Prieto)

La ayuda internacional, a cargo de las ONG y de ACNUR (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados) sufre cada vez más recortes ante el escaso compromiso externo y se encuentra actualmente en una situación dramática, a juzgar por las declaraciones de Ninette Kelley, representante de ACNUR en Líbano. “Los planes de asistencia están terminados, el equipo de trabajo está listo, pero los fondos se agotan. Las agencias se ven obligadas a elegir entre proyectos igualmente necesarios. Así, financiar programas vitales que aseguren la alimentación, el agua potable, la escolarización de los niños, la asistencia sanitaria y el refugio para los recién llegados es simplemente imposible”.

El penal de Soueri es un buen ejemplo de la masificación y las extremas carencias que viven los refugiados sirios en Líbano. “No hay nada peor que esto”, vocea un hombre a la entrada de la celda número tres. Se trata de Ahmed, hermano de Umm Mohammed, y único hombre a cargo de los 25 miembros de la familia: además de los 11 ocupantes de esta dependencia, Ahmed, su esposa y sus hijos y su hermana con su respectiva familia habitan en otra mazmorra situada en la planta superior. “Llevo siete meses aquí, y aún no he podido encontrar trabajo”, denuncia.

Los hijos de Abu Said, en la celda que ocupan en la prisión de Soueri. (Mónica G. Prieto)

La familia procede de Moadamiyeh, un suburbio de Damasco situado cerca de Daraya, tan castigado como éste último por la represión. “Los bombardeos empezaron al principio de las manifestaciones, pero desde hace meses la situación era muy difícil”, reflexiona Umm Mohammed. “El cerco militar impide la entrada de alimentos, los niños llegaron a pasar hambre. No había electricidad ni agua. Muchos amigos se han quedado allí cercados, sin poder salir”. Su marido, como otros varones de las familias que ocupan esta prisión, se quedó en Moadamiyeh “defendiendo la casa”.

Abu Said y Abu Rabia, tío y sobrino respectivamente pese a llevarse pocos años de edad, sí tomaron la decisión de abandonar Moadamiyeh con sus familias. “En caso contrario, nuestros hijos habrían muerto de hambre”, dicen sentados en la celda que ocupa el primero, una estancia de gastados muros con enormes manchas de humedad donde unas mantas que cuelgan de una cuerda demarcan un espacio reconvertido en almacén y cocina: el resto consiste en varios colchones dispuestos en el suelo y una estufa cedida por la cooperación noruega. Sastres de profesión, cruzaron la frontera -situada apenas a cuatro kilómetros de esta prisión- hace un mes y medio, después de que la casa de Abu Rabia fuera bombardeada cuando la familia se encontraba en el interior. “Al principio, no estábamos con la revolución. Sobre todo con sus medios: no es lógico enfrentarse pacíficamente a las armas del régimen. Así que nos limitábamos a hacer nuestro trabajo. La reacción del régimen nos empujó a tomar partido”, apunta Abu Said mientras acaricia la cabeza de su hijo pequeño, dos años de pura sonrisa.

Una adolescente prepara té en la celda que ocupa Abu Rabia junto a las familias de sus hermanos. (Mónica G. Prieto)

“Eso nos llevó a ayudar e incluso alistarnos en el ELS. Nuestro hermano murió mártir [combatiendo]. Pero si mi mujer no hubiera resultado herida, no nos habríamos marchado”, continúa Abu Rabia antes de andar los escasos pasos que separan la celda del amplio calabozo que ocupan su esposa, su madre, sus hijos y dos de sus hermanos con sus respectivas familias: en total, 13 personas. Una pila de colchones delata el alto número de ocupantes de la mazmorra. En un extremo, varios bombonas de gas sirven de cocina, pero no hay alimentos a la vista. La madre de Abu Rabia toma rápidamente el control de la conversación.

“El proyectil impactó sobre el muro de la habitación. La pared nos cayó encima”, explica atropelladamente Umm Khassam, de 55 años. Según recuerda, fue una horrible jornada de bombardeos. “Dos edificios quedaron aplanados por las bombas en dos horas. En mi barrio murieron 40 personas, 15 de ellos conocidos, sólo en esas dos horas”. “Todos resultamos heridos en mayor o menor manera: los críos con rozaduras, pero la mujer de mi hijo recibió un impacto en la cabeza”, continúa. La ausencia de hospitales en Moadamiyeh –en la clínica de campaña sólo pudieron constatar su gravedad mediante radiografías- hizo que la familia tomase la decisión de huir.

El retrete colectivo que comparten las celdas de la parte superior del penal. (Mónica G. Prieto)

“La sacamos entre cuatro personas”, resalta Abu Rabia acariciando la rodilla de su esposa, Umm Mohammed, una delicada joven recostada en el suelo. La parte izquierda de su cuerpo muestra visibles síntomas de parálisis. Sólo tiene 18 años y ya carga con dos hijos de corta edad. Su suegra explica que contrajo matrimonio con 13 años. “Pasé 15 días sin poder moverme”, articula la chica. “Si no nos hubieran alcanzado con las bombas, nunca hubiéramos abandonado nuestro hogar”, reflexiona.

En la celda número tres, situada en la planta baja de la prisión, la vivaz y resuelta Hanna relata el incidente que desbordó la paciencia de su familia y les llevó a huir de Moadamiyah. “Fue el pasado septiembre. Estábamos en clase cuando bombardearon el colegio. Los profesores nos escondieron hasta que llegó el Ejército Libre de Siria a rescatarnos”, explica la cría, en referencia a la facción rebelde alzada en armas contra el régimen. “Mi hermana estaba en el colegio de al lado, y yo no sabía si estaba viva o muerta. Estaba aterrorizada”, dice señalando a Assir, que separa brevemente la mirada del cuaderno para escuchar a Hanna. Su madre, sentada al lado, ha palidecido súbitamente al recordar la jornada que les hizo abandonar el país.

Los niños, descalzos, deambulan por una de las celdas. (Mónica G. Prieto)

“La niña se despierta por las noches con pesadillas. Sueña con los bombardeos”, murmura la madre antes de que Assir vuelva a enfrascarse en la escritura. El problema de la escolarización de niños que han perdido otro año lectivo en Siria se convierte en una necesidad imperante entre los fríos y húmedos muros de la prisión. No hay juguetes, no hay galletas, no hay libros ni lápices. No hay nada que pueda distraer a los críos, más allá de un arma de plástico que los más mayores se disputan en la entrada. “Intenté registrarlos en el colegio local cuando llegué. Primero me dijeron que no era posible porque estaba muy avanzado el curso. Luego, que no sabrían si habrá espacio para ellos el próximo año”, dice Umm Mohammed. Por eso su hermana Ahlan, estudiante de Empresariales, ha comenzado a dar clases a los críos refugiados en la mezquita de Soueri. En los últimos siete meses, la mujer no ha podido encontrar un trabajo en Líbano.

Los niños, lamentan los adultos, son pasto de los insectos del lugar, lo que viene a confirmar la preocupación del Ministerio de Asuntos Sociales, que denuncia plagas de sarna y piojos entre los refugiados. Dadas las insalubres condiciones de vida, es de esperar que proliferen los problemas sanitarios. En la planta de arriba, Abu Said muestra una cicatriz en el omoplato provocada, explica, por un alacrán. Las  enfermedades parecen inevitables entre los muros del penal. “Estuvimos diez días limpiando heces de animales”, dice Hanna, la hermana mayor de Assir, con expresión de asco y asombro mientras eleva la mano derecha medio metro: según la cría, ese era el volumen de deshechos a limpiar. “Había hasta murciélagos, y el olor era insoportable”, apostilla su madre, señalando una diminuta ventana con barrotes, hoy tapada con plásticos, que supone la única ventilación de la celda. “Tardamos un mes en acabar con el olor”, añade haciendo un mohín con la nariz. No lo lograron: el tufo a cañerías y heces reina en todas las estancias del penal abandonado.

Un niño refugiado barre el acceso a su celda. La frontera siria se encuentra a sólo cuatro kilómetros. (Mónica G. Prieto)

“No hay privacidad, y no nos gusta estar mezclados con hombres que no son de nuestra familia”, lamenta Umm Mohammed. “Y nosotros tenemos suerte, porque las celdas de esta planta tienen un baño propio: en la parte de arriba, todos comparten una misma letrina”, dice señalando el agujero en la pared que conduce a un nauseabundo retrete donde, además, se ha instalado una pequeña bombona de gas que hace las veces de cocina.

Cada vez que un crío enferma en la cárcel de Soueri, una tendencia cada vez más en alza dadas las condiciones insalubres de vida, sus padres tienen que pagar 25.000 libras libanesas, unos 12 euros, para poder llegar en coche al hospital más cercano, situado en la localidad de Taanayel. Nadie cubre los gastos de la hospitalización porque no están registrados como refugiados, y hacerlo cuesta más dinero. “Dos veces he viajado hasta Zahle para darme de alta ante ACNUR”, explica Umm Mohammed. “Las dos veces han apuntado nuestros nombres y me han dicho que me avisarían para formalizar los papeles, pero todavía no lo han hecho. Están desbordados. Y yo no puedo gastar más dinero en transporte”.

Varios niños juegan con un arma de plástico en la puerta de la prisión. (Mónica G. Prieto)

Vivir en un penal abandonado no implica que no haya gastos. Los refugiados costean el suministro eléctrico –privado, dados los problemas del Líbano- y el depósito de agua potable, lo cual implica unos 5 euros al mes por familia. Las ONG, denuncian, han pasado “dos veces en cuatro meses, y los alimentos que traen no nos da ni para una semana”. La familia de Umm Mohammed detalla cuáles son sus necesidades. “Aquí somos 13 personas, necesitamos cinco bolsas de pan al día. Sólo nos llega para pan y arroz, y éste nos lo comemos cocido, sin nada más. Llevamos meses sin comer fruta ni productos frescos”.

El poco dinero que traían consigo se ha ido consumiendo estos meses. “Hay quien se ve obligado a regresar a Siria porque no tiene dinero para sobrevivir aquí”, incide Ahlan, destacando un nuevo fenómeno: el del regreso a la guerra forzado por la miseria. Les pregunto a dónde van. “A donde sea”. “Todo está destruido. No hay ningún sitio en Siria que no haya sido bombardeado”, resaltaba Umm Khassam en la otra celda.

Los entrevistados dicen que aquí, en la prisión palestina, están mejor que en un campo de refugiados. “Vinimos en busca de libertad, no para que nos encierren. Por eso nos rebelamos, por la libertad. Y triunfaremos, si Dios quiere”, señala Umm Mohammed. “El precio es muy alto, pero no nos arrepentimos. Sólo nos arrepentimos de las vidas perdidas, de nuestros mártires, pero de todo lo demás no. El régimen nos mata como a animales”, señala Umm Khassam ante el asentimiento generalizado de sus familiares. “Nuestros hijos han visto una violencia irracional que nadie tendría que haber visto. Nos gobierna como si fuésemos ganado. Por eso tenemos que liberar Siria de este régimen”, señala Abu Rabia. Sólo su esposa, la pálida Umm Mohammed, semiparalizada en su colchón, no se muestra tan decidida. “Al principio era necesario rebelarse, pero ha muerto demasiada gente”, dice antes de que su suegra la silencie, decidida. “Dígale a los dirigentes internacionales que no queremos comida ni medicinas. No queremos ayuda humanitaria. Lo que queremos es librarnos de Bashar Assad”.

Si no lo mueves, no lo sabrá nadie