En conflicto

Pesca de cadáveres en Alepo

Tras la toma de posiciones en barrios disputados con las fuerzas del régimen de Bashar Assad, los rebeldes recuperan los restos de las personas abatidas por los francotiradores

 

(Mónica G. Prieto)

El cadáver yace, tendido de espaldas, en medio de la calle cubierta de vidrio y escombros. Una mata de pelo gris, recogido en un moño, revela que la víctima del francotirador fue una anciana. Un improvisado gancho se enreda en el cuello, y el tirón amenaza con fracturarle el cráneo.

“¡Cuidado, Ahmed, el cable se ha enganchado en la cabeza!”. El joven combatiente, que suda copiosamente pese a la tibia temperatura de la caída de la tarde, resopla mientras mira con reticencia a la derecha, en busca de un reflejo que le permita adivinar la presencia del tirador. Su cuerpo está expuesto al mismo fuego que acabó con la mujer cuyo cadáver trata ahora de recuperar, pero su determinación vence al miedo. Se arquea, sacude el largo cable -unos cinco metros de grueso metal- que emplea a modo de percha y vuelve a intentar alcanzar el cuerpo. “¡No, Ahmed, cuidado, ahora se lo has enganchado al pelo!”. Y el joven vuelve su cabeza de nuevo, libera el metal y suspira antes de sumirse de nuevo en la macabra pesca.

(Mónica G. Prieto)

Parte del grupo de Abu Obeida, autodenominado Brigada Amar bin Yassed pese a estar compuesta por sólo 30 hombres, se ha congregado en la esquina de la calle Bustan al Pasha, donde combaten desde el Instituto Deportivo situado frente a la avenida que separa el lugar de los barrios vecinos. En su interior hay una docena de hombres que se turnan en varios orificios horadados en las paredes de la planta alta: algunos en los pasillos, otros en aulas e incluso en los retretes, donde tienen a tiro a un francotirador que les hostiga desde que tomaron la posición. Innumerables impactos de bala en paredes y cristales revelan que la caza es mutua.

A la derecha de Instituto Deportivo se sitúa el barrio de Midan, en manos de las fuerzas de Bashar Assad, y enfrente Sheikh Mansour, barriada kurda donde las fuerzas del PYD, la facción siria del PKK, se defiende de la facción desertora para evitar que ésta tomen el enclave. “Ellos no quieren que los miembros del Ejército Libre de Siria entremos porque pretenden hacerse autónomos cuando acabe esta guerra, y eso no lo podemos permitir”, se defiende Abu Obeida. “Siria estará unida cuando caiga el régimen”, apunta este soldado desertor, teniente del Ejército de Assad que sólo abandonó filas hace seis meses, mintiendo a sus oficiales con la falsa noticia de la muerte de su padre.En el Ejército regular, la misión de Abu Obeida era entrenar a los reclutas en el manejo de armas: de ahí que ahora lidere una unidad de francotiradores. El mismo ejerce como tal cuando le llega su turno. En la posición son visibles fusiles de asalto kalashknikov y un reluciente M-16 norteamericano que, aseguran, les llegó hace dos días: afirman haber pagado 4.000 dólares a cambio del mismo.

De los dos núcleos urbanos salen los disparos de francotirador que el grupo trata de evitar, y esos proyectiles son los que dificultan enormemente la operación de rescate del cadáver. Mientras Ahmed aventura medio cuerpo en la calle recubierta de escombros, el resto espera amparándose tras muros ametrallados y negocios desventrados, indicándole a gritos y retirando obstáculos para permitir que el cuerpo pueda deslizarse sin atascos. “Cada vez que veo un civil abatido se me rompe el corazón”, musita Abu Obeida, con la mirada fija en sus hombres. “Pero ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que estaba ahí. Hace pocos días que ocupamos estas calles, y los tiradores hacen el tránsito impracticable”.

Cada bocacalle que conduce a Sheikh Mansur ha sido parcialmente bloqueada para evitar los proyectiles de francotirador. En casi todas se ha empleado un autobús de línea, algunos calcinados, otros con los vidrios reventados; en las más alejadas, un toldo pretende ocultar la actividad para confundir a los tiradores. Intentan así proteger a los rebeldes pero también a los civiles que, como Mariam o Abu Aaref, han decidido permanecer en el barrio pese a los bombardeos que han partido postes por la mitad y han aplastado como sandwiches edificios de varias plantas.

(Mónica G. Prieto)

¿A dónde voy a ir? He pasado la mayor parte de mi vida pagando mi casa, ahí están mis recuerdos. Mi familia está a salvo y, en cuanto a mi, la casa es todo lo que tengo”, explica el vecino de 63 años, que se empeña en permanecer en el impracticable barrio pese a sus problemas de asma. Ni siquiera he pensado en marcharme”, rebate enérgica Mariam, de 62, otra de las residentes, cuando se le cuestiona sobre cómo es vivir en plena línea de frente. “Me paso el día en casa, cuidando de mi hermano incapacitado. En su estado no se puede mover, así que me concentro en cuidarle, cocinar y no pensar”.

Ellos son la excepción. La mayoría de residentes abandonó hace tiempo el barrio. De una casa sale un orondo joven con una niña de 17 meses en brazos. “Hemos venido a recoger cosas y a ver a mi padre, pero no nos podemos quedar aquí, esta zona está demasiado expuesta”, explica. De otra vivienda, situada en plena línea de frente, salen dos jóvenes mujeres veladas y un hombre corpulento con varios sacos a la espalda. Dos combatientes con fusiles cruzados en la espalda acarrean bolsas y una alfombra. “Hemos venido a recoger ropa para pasar el invierno”, explica una de las chicas, con las manos ennegrecidas tras haber rebuscado entre los escombros. Su padre sólo se atreve a intervenir cuando ve la cámara. “No nos haga fotos, por favor: nos hemos refugiado en un barrio controlado por el régimen y nos podrían matar si descubren que venimos de Bustan al Pasha”, interviene, demudado.

(Mónica G. Prieto)

Uno de los rebeldes que les ayudan en la atípica mudanza es Ahmed. Es quien atisba, en una calle perpendicular más expuesta, algo que puede ser un cadáver. Es un bulto negro del que sobresale lo que parece ser un brazo. Avisa a gritos a Abu Obaida, que pega su cuerpo contra los muros para deslizarse hasta el autobús que dificulta la visión de los francotiradores, una de las novedades del barrio desde que el Ejército Libre tomó posiciones. Envía a uno de los jóvenes a la calle paralela para confirmarlo, y una vez que recibe la información dispone a sus hombres.

No les lleva más de cinco minutos decidirse a rescatarlo, pero la tarea les ocupará casi una hora por la exposición al fuego. Dos de los hombres doblan, con la ayuda de una silla giratoria, el grueso cable de construcción que Ahmed empleará a modo de percha. El enjuto cuerpo se revela como el de una mujer ataviada con pesadas ropas negras. Desde la esquina lanzan bultos a la calle a la espera de disparos. Ante la ausencia de éstos, el combatiente se aventura tímidamente con el cable.

(Mónica G. Prieto)

El menudo cuerpo de la anciana tropieza con escombros. La operación de rescate parece imposible y Abu Obeida envía a uno de sus hombres a una bocacalle vecina donde se esconde un vehículo aún por estrenar. Se trata de una versión casera del más rústico vehículo blindado que cabe imaginar, una vieja furgoneta recubierta con una doble chapa de hierro. Dos chapistas han trabajado durante 20 días en alguna localidad de la provincia para hacerlo realidad y sólo se lo entregaron ayer a la brigada. “Lo pensábamos usar para el rescate de heridos. Con él nos podemos aventurar en zonas de combate sin temor a los disparos”.

Finalmente, el uso del vehículo no es necesario. Tras varios intentos, Ahmed logra atrapar las ropas de la mujer y arrastrar el cadáver hasta una calle segura, donde los rebeldes se protegen del olor estirando sus camisetas hasta la nariz y entonan la shahada, profesión de fe islámica, antes de cubrir el cuerpo con una manta. Por el estado del cadáver, calculan que ha pasado unas dos semanas a la intemperie. “Los gatos han cambiado su dieta con la guerra, y algunos se atreven con la carne humana”, dice Abu Obeida intentando explicar el obvio deterioro de los restos mortales. “Fijese en su mano derecha. Murió intentando levantar el dedo índice, como señala nuestra religión”. Antes de que el blindado casero vuelva a su escondite, Abu Obeida acaricia la chapa roja. “Si lo hubiésemos tenido antes, quizás la habríamos podido rescatar con vida”, dice. 

(Mónica G. Prieto)

Abu Obeida confía que no es la primera vez que rescata un cadáver. Se ha convertido en parte de la labor de las brigadas rebeldes cuanto terminan de tomar un barrio, para dar sepultura y tambien para prevenir enfermedades. Y siempre resulta igualmente complicado. En otro frente de Aleppo, en la Ciudad Vieja, patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, Abu Abdo muestra un video: en el puede verse un cadáver parcialmente sepultado por los escombros. “Era un anciano, al que disparó un francotirador cuando intentaba cruzar la calle. No le mató en el acto, así que intentamos sacarlo, pero cada vez que nuestros hombres se acercaban los disparos les obligaban a retirarse.

(Mónica G. Prieto)

Al día siguiente, el hombre seguía vivo: el francotirador volvió a dispararle, esta vez dos tiros, pero en en lugares no vitales. El anciano permaneció ahí tumbado pero con vida, y cada intento de rescatarle fue en vano. Al tercer día, el francotirador le disparó tres veces más y finalmente murió. Su cadáver sigue en esa calle, porque el tirador nos está esperando”.

 

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