En conflicto
Palestinos refugiados en América Latina
Hassam Ali Hassan, hijo de palestinos, vivía como refugiado en Bagdad, de donde tuvo que huir cuando Estados Unidos invadió Irak en 2003
Pasó más de cuatro años en un campamento en la frontera de Jordania, hasta que viajó a Brasil tras ser aceptado por el Programa de Reasentamiento Solidario, que ejecuta el gobierno de este país con apoyo de ACNUR.
A los 30 años, Hassan no olvida la angustia, soledad y desesperanza del campamento desértico de Ruweished, a 70 kilómetros de la frontera con Iraq, donde compartió penurias y tiendas improvisadas con otros palestinos, somalíes, iraníes, kurdos, sudaneses y argelinos.
Acepta contar su vida, pero no quiere saber nada de fotos. “En 2003, cuando la guerra llevaba 15 días, tuve que irme. Es muy difícil quitarme de la cabeza ese tiempo porque sufrí mucho. Vivía solo en el campamento. No tenía trabajo ni estudio, estaba lejos de mi familia y sin contacto con el mundo exterior”, dice.
Refugiados de varios países que llevaban años en Iraq escaparon de la guerra hacia Jordania, que les negó el ingreso. Miles quedaron varados en la desértica tierra de nadie fronteriza o acabaron en Ruweished. Pese a los esfuerzos del Acnur, el campamento tenía condiciones singulares de aislamiento. En el verano desértico, el interior de las tiendas se calentaba hasta los 60 grados, y en invierno el frío era congelante. No había electricidad, y el agua y los alimentos estaban racionados. “Tenía derecho a 20 litros por día. Nos daban legumbres tres veces por semana, pero luego se redujeron a dos veces. Para comprar comida, la gente trabajaba limpiando baños y otras instalaciones”, recuerda.
Una noche el fuego tomó una de las tiendas y una niña de cinco años murió quemada. “Cuando hablo, las imágenes aparecen como en una película. No quiero acordarme, pero no puedo evitarlo”, dice Hassan. “Quería que alguien me salvase de aquella tierra. Todo el mundo quería irse, buscar un país rico que asistiera a los refugiados, como Australia, Suecia, Noruega o Canadá”. Entonces “apareció una luz, que era Brasil, y corrí tras ella. Pero me fui de allá sin esperanzas. Nuestros sueños se habían terminado”, relata.
En octubre de 2007, Hassan se sumó a un contingente de 108 palestinos que salieron de Ruweished rumbo a Brasil. El 5 de noviembre de ese año, con la partida de la última familia, ese campamento fue cerrado. Fueron los primeros no latinoamericanos en beneficiarse de un programa de reasentamiento propuesto como una de las soluciones duraderas del Plan de Acción de México Para Fortalecer la Protección Internacional de los Refugiados en América Latina, adoptado por 20 países de esta región en 2004.
Una parte del grupo se dirigió junto con Hassan al estado de Rio Grande do Sul, en el extremo sur brasileño, bajo la asistencia de la jesuita Asociación Antônio Vieira, y otros al interior del también sureño São Paulo, con ayuda de Cáritas Brasil. El viaje de casi 20 horas lo dejó en Porto Alegre, capital riograndense, con otros 50 palestinos, la mayoría hombres solteros y sin familia.
Los recibieron autoridades de este país, del ACNUR y de la comunidad árabe local. Pasó un mes residiendo en una iglesia, hasta que le asignaron un pequeño apartamento y una ayuda mensual equivalente a 170 dólares durante dos años.
“Aprendí a hablar portugués en el trabajo. La religión es diferente, las costumbres y hasta el clima; y la lengua es difícil”, señala. Recorrió la extensa geografía de este país buscando trabajo, desde Porto Alegre a Río de Janeiro, pasando por São Paulo y los estados de Mato Grosso, en el oeste, y Rondônia, en el noroeste. Trabajó en seguridad en tiendas de ropa, en plantas de procesamiento de pollos y carne, en la cocina de un restaurante árabe…
Hoy, de vuelta en Río, tiene una vida estable. Fue acogido por la familia de su esposa brasileña, de origen árabe, que está embarazada de su segundo hijo. Desde hace año y medio, Hassan es dueño de una pequeña tienda de ropa infantil en el barrio carioca de Tijuca, que lo enorgullece porque la construyó con sus propias manos.
Aunque lleva cinco años Brasil, todavía no tiene residencia permanente y por eso no puede tramitar su pasaporte para visitar a sus familiares, desparramados por el mundo, a los que no ve hace 12 años. Sus siete hermanos viven en Suecia, Noruega, Grecia y Jordania, y su madre y hermana en Iraq.
Él se queja de la escasa ayuda que recibió como refugiado. La mayoría de las familias que permanecieron en Porto Alegre aún hoy siguen recibiendo asistencia, pero los solteros quedaron por su cuenta, asegura. “Después de dos años no recibí más ayuda y el salario de mi trabajo era muy bajo”. Sabe poco del paradero de los demás palestinos que llegaron con él, pero sí está al tanto de que algunos no tuvieron su misma suerte. “Hubo gente que mendigó por la calle o se enredó con las drogas. Otros encontraron un empleo fijo, y hay quienes trabajan duro”.
El Programa de Reasentamiento Solidario prevé una cobertura de dos años, pero en algunos casos se extiende hasta cuatro, de acuerdo con “el grado de integración en la sociedad” del beneficiario, explica el portavoz del Acnur en Brasil, Luiz Fernando Godinho.
En este país de más de 192 millones de habitantes, los refugiados gozan de sus mismos derechos fundamentales y tienen acceso a los servicios públicos de educación y de salud. Solo un pequeño grupo de palestinos siguen recibiendo asistencia de ACNUR. Son personas enfermas y vulnerables que cuentan con hospedaje, un subsidio y acompañamiento psicosocial, dice Godinho.
Karin Wapechowski, coordinadora de la Asociación Antônio Vieira en Porto Alegre, fue quien recibió en 2007 a los refugiados como Hassan. Por entonces, contactó a las comunidades árabe-palestinas de la región para que colaboraran en la acogida de los recién llegados. En Rio Grande hay 68 de ellos, dice Wapechowski. “Al principio fue difícil. Pero ahora hablan portugués y sus hijos también se adaptaron y dominan la lengua. Están bien integrados. Las personas mayores tienen más dificultades, pero los jóvenes se casaron, tienen hijos brasileños y están afincados”, describe. Para ayudar a entender la cultura, el tipo de alimentación y la religión de los palestinos se creó una red de apoyo, cuenta.
“Fue un desafío. Hasta entonces teníamos solo experiencia de recibir a colombianos. Preparamos un paquete con clases de portugués e informaciones geográficas y culturales de Brasil. La idea del reasentamiento era incluir a las personas, y hasta hoy hacemos seguimiento de las familias”, dice Wapechowski.
Aunque ya está adaptado, Hassan reconoce que ser refugiado es una cicatriz que no se borra. “Viví mi vida entera como tal. No soy visto por mi nacionalidad, sino como refugiado“.
Ese es el problema de los palestinos, cuyos territorios están ocupados por Israel. “No hay una solución política para su estatus”, explica el comisionado general de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, Filippo Grandi.
Casi cinco millones de palestinos, eternos refugiados, viven en Líbano, Siria, Jordania y los territorios ocupados. Decenas de miles viven en otros países de Medio Oriente y el norte de África.



Hay registrados en el organismo de las Naciones Unidas dedicado a los palestinos unas cinco millones de personas, pero los verdaderos refugiados de la guerra árabe-israelí de 1948 no pasan hoy en día de un par de decenas de miles. Los cinco millones son hijos y nietos de los mismos, que nunca vivieron en la tierra de Israel. Dijo el renombrado activista por los derechos humanos Andrei Sakharov, Premio Nobel de la Paz en 1975, “con todo el dinero que se ha invertido en los palestinos, hubiera sido posible hace tiempo restablecerlos y otorgarles una vida mejor en los países árabes”. La principal causa de su pérdida de sus hogares fue la irresponsable decisión de sus dirigentes llamándolos a salir temporalmente de ellos, a los efectos de no intervenir en el “victorioso” avance de los ejércitos árabes invasores. De todas maneras, el número de los refugiados palestinos fue menor que el de los refugiados judíos de los países árabes, y los bienes que dejaron atrás fueron de menor valor que el de las pérdidas de los refugiados judíos. Básicamente el problema de los refugiados del conflicto árabe-israelí fue una consecuencia de las políticas árabes, que a diferencia de Israel que absorbió unos 800,000 refugiados de los países musulmanes, crearon el problema y lo mantuvieron artificialmente para combatir a Israel.
En el año 1948, después que los países árabes iniciaran una guerra de destrucción en contra del novel Estado de Israel,al mismo tiempo iniciaron una persecución contra las comunidades judías residentes en esos mismos países árabes desde tiempos inmemoriales.
A raíz de estas persecuciones, los integrantes de esas comunidades debieron huir con lo puesto abandonando propiedades y pertenencias, que fueron confiscadas, es decir , apropiadas indebidamente por los gobiernos arabes de turno
Las propiedades y pertenencias han sido cuantificadas en miles de millones de dolares.
Los refugiados judíos debieron comenzar una nueva vida desde cero en un naciente Estado que,les dió cobijo.
En cambio, los estado árabes no integraron a los refugiados árabes, manteniendoles en campos en condiciones miserables, para de este modo poder crear artificialmente el “pueblo palestino”.
Los refugiados judíos no son menos refugiados que los refugiados “palestinos”.
La diferencia es que unos han sido integrados y los otros no, con el evidente objetivo de ser usados como caballito de batalla en contra de Israel.
La izquierda “progresista” en alianza con el islamismo retrogrado han logrado instalar en la agenda internacional únicamente el problema de los refugiados “palestinos”.
Pero los refugiados judíos y sus descendientes se están movilizando para también reclamar sus derechos y las compensaciones por las propiedades confiscadas.
Ocasión inmejorable para apreciar cuán ecuanime será la postura de la izquierda “progresista” al respecto.